Capítulo Uno: Rosas, espinas y maldiciones
La primera vez que lo vio fue cuando se hizo un gran revuelo en la academia por la admisión de un joven humano, algo que jamás había pasado hasta ese momento en la noble y respetable Academia de los Valar, por lo que aquel suceso era casi un insulto para los jóvenes estudiantes y eruditos que habían pasado por muchos años de estudios para ser aceptados. El joven fue repudiado fácilmente por el simple hecho de ser humano y porque rápidamente se corrió el rumor de que el motivo por el que fue admitido fue gracias a que era el estudiante y protegido del Gran Hechicero Alphonse Mephesto, un gigante de estatura bochornosamente baja a comparación de la media de su raza que estaba bien amaestrado en todo tipo de magia y alquimia.
La mayoría de las veces solo lograba verlo siendo humillado por los académicos cuando hacía un comentario fuera de lugar o cuando era objeto de las burlas de los hijos de guerreros originarios de la Tierra Oscura que habían viajado de tan lejos hasta la capital élfica Ost-in-Edhil para perfeccionar sus conocimientos en magia y artes en la academia, otras veces, lo veía por las cocinas comiendo panecillos a hurtadillas de las criadas. Un día, el humano se apareció en su clase, donde se enseñaba la magia más poderosa digna solo de la realeza élfica, al parecer había sido el mejor de su antigua clase que el Gran Hechicero consideró prudente que sus estudios fuesen más extensos y completos. Esta decisión no fue tomada con agrado por los estudiantes elfos, ni los maestros.
Sabía muy bien de la complicada relación entre humanos y elfos, lo había leído en los libros de la biblioteca privada de su padre cuando este se marchaba por semanas en su interminable campaña por el dominio total de las tierras conocidas de Zaron. La guerra había iniciado milenios antes, luego de la muerte del Gran Rey Elfo Malekith, que esclavizaba humanos y los vendía para el entretenimiento de sus aliados, fue un gobernante despiadado al igual que su gente seguía siéndolo milenios después. Asesinado a manos de un simple humano cuyo nombre verdadero ha sido olvidado con el tiempo y que entre los humanos era apodado como "El Matarreyes", hurtó la Vara de la Verdad y se hizo con su poder, siendo capaz de matar al más poderoso de los elfos de ese entonces. Desde ese momento, ha tenido lugar una lucha interminable por el dominio de la Vara de la Verdad, ya que quien posea dicha reliquia sería capaz de dominar el universo. En parte era por poder, pero muy en el fondo, solo era sed de venganza y odio desmedido entre ambas razas, todo por errores del pasado que seguían repitiéndose.
A Kyle no le parecía que los humanos tuviesen realmente la culpa, después de todo fueron y seguían siendo víctimas, por lo que le parecía injusto el trato que recibían. A pesar de ello, no podía hacer más que observar en silencio y sentirse culpable por no hacer nada para evitarlo cuando veía y escuchaba tales iniquidades. Su silencio se siente como violencia también, y no puede evitar recordar las veces en que vio al humano totalmente desnudo en medio del patio siendo azotado con un látigo por uno de los educadores de la academia real, recuerda la sangre que escurría en su espalda manchando sus muslos y la nieve y la forma en que su cuerpo temblaba por el frío y el dolor, recuerda los comentarios despectivos de sus compañeros elfos hacia el único humano de la clase cuyo nombre vergonzosamente no sabía. Pero por sobre todo recuerda su mirada, tan profunda y llena de odio que le hizo temblar y retroceder inconscientemente en esa ocasión, a pesar del dolor el humano no soltó ni una lágrima y mantuvo su cabeza en alto, casi de forma desafiante hacia sus agresores, un acto de rebeldía silenciosa pero indudable que fácilmente le podría haber costado la vida, afortunadamente para el joven humano la situación nunca llegó a tal punto.
Meses después, las notas de joven príncipe Kyle decayeron drásticamente, dejándolo como segundo de la clase. Para su profunda molestia, el humano ahora era el mejor y por fin sabía su nombre, Motortart, poseedor de ningún título honorario ni procedente de algún linaje acaudalado, era un simple plebeyo. Sintió rabia los días que pasaron después de conseguir aquella información, sintió envidia también, y sintió unas inmensas ganas de demostrar que era superior al humano cuando descubrió que le miraba durante las clases con una sonrisa burlesca plasmada en su rostro, desafiándolo. El príncipe heredero se vio obligado a pelear para recuperar su prestigio, no podía ser el segundo mejor, sus padres el Rey y la Reina esperaban excelencia de él, al igual que todos sus súbditos, no quería ser recordado como el Rey Inepto cuando tarde o temprano su padre y los Rabinos de la sagrada corte real decidieran que era hora de coronarlo Rey. Y a partir de ese momento, inició una rivalidad silenciosa entre ellos, llegando al punto de convertirse en una búsqueda de aprobación mutua.
El humano Motortart le observaba atentamente durante sus prácticas de arpa élfica a pesar de sus intentos fallidos de ocultarse entre los pilares, Kyle sabía que él estaba allí, al igual que el resto de los estudiantes que deseaban admirar al príncipe tocar tan hermosas y armónicas melodías. También sabía que estaba allí, siempre oculto entre las sombras, cuando el príncipe recitaba sus épicas, donde describía rico en detalle escenarios heroicos en mundos desconocidos para él con los que solía soñar a veces a pesar de nunca haber salido en su corta vida de la capital élfica y solo haber leído o escuchado de dichos lugares gracias a su padre, o sus poemas esperanzadores llenos de su anhelo febril de paz en todo Zaron. El humano siempre le observaba y le daba la impresión de que estaba analizándolo con interés, pero nunca se acercaba, como si hubiese una barrera enorme pero invisible separándolos.
Pero a pesar de todo eso, a Kyle le parecía injusto la ventaja que tenía solo por ser el príncipe. En primer lugar, solo él tenía permitido entrar a la gran biblioteca de los maestros cuando él quisiera, lo cual le daba la delantera ante no solo el humano, sino sus demás compañeros, quienes se veían obligados a conformarse con la biblioteca de uso público con información incompleta. A parte, el propio maestro de la clase se ofreció a enseñarle a perfeccionar su magia, entonces, usualmente desde la ventana de la torre más alta de la academia donde le daban las clases privadas y donde se encerraba a estudiar para no ser molestado, tenía visión perfecta del gran ventanal de la biblioteca, donde podía ver por horas a su rival estudiando y practicando sentado en una mesa repleta de libros, podía ver la frustración o alegría del humano, las noches en vela, las ojeras y las uñas comidas y sangrientas por estrés, las lágrimas secas en la mañana, y como este a veces, como si tuviese un sexto sentido, en medio de una lectura levantaba su mirada del libro y miraba fijamente a la torre donde estaba Kyle, y el príncipe con las mejillas rojas se apartaba de la ventana al ser descubierto expiándolo.
Mentiría si dijera que no lo hacía seguido, en ocasiones, hasta el propio maestro lo regañaba por no prestar atención, demasiado distraído vigilando a su rival académico, por lo que terminó decidiendo delegarle la tarea a alguien más para no interrumpir sus estudios cuándo él no podía hacerlo, todo bajo la excusa de que solo estaba cerciorándose de que el humano no hiciera trampa.
Una semana después de conseguir un informante de confianza, tres toques en su puerta con pausas de por medio le avisaron que su informante deseaba hablar con él, por lo que sin apartar la mirada de su pergamino le concedió el permiso de pasar. Una de las criadas abrió la puerta e hizo una reverencia ante su príncipe, luego cerró la puerta tras de sí.
—¿Nadie te siguió hasta acá?—cuestionó, apartando finalmente la mirada del pergamino para verla, ella negó rápidamente.
Kyle notó que la mujer estaba ansiosa, su respiración errática y su frente sudada, como si hubiese corrido hasta la torre, ella se acercó temblorosa hasta el joven príncipe.
—Su majestad… el humano está siendo golpeado a muerte por un grupo de estudiantes en el jardín que está detrás de la academia.—avisó rápidamente con voz temblorosa, y puede ver sus grandes ojos avellana húmedos.
Una rabia inmensurable se apoderó del joven príncipe, quien de inmediato se levantó de su mesa de estudio y a pesar de las suplicas de la criada para que no se involucrara y simplemente avisara a los guardias él hizo caso omiso, abrió la puerta con más fuerza de la deseada y salió corriendo, Kyle sabía mejor que nadie que si fuese por ellos lo dejarían morir. Él no quería eso, nunca quiso eso. Por lo que bajo corriendo las escaleras de la torre, no le importaba tropezarse o que le faltara el aliento, o que le doliesen las piernas de tanto correr, ni la mirada de los estudiantes y profesores posadas en él al pasar a toda prisa por los pasillos de la academia, nada de eso le importaba ahora. Afuera hace demasiado frio y esta mal abrigado, por lo que al entrar en contacto con la nieve puede sentir poco a poco su piel entumecida, a pesar de ello, continúa marchado por el camino nevado con esfuerzo.
Cada vez está más cerca del jardín trasero, y puede escuchar gritos, del tipo que hacen que su estómago se revuelva y sienta un escalofrío recorrer su cuerpo, del tipo que lo hacen enfurecer aún más de lo que ya está. Al girar en una esquina, puede ver a lo lejos que están debajo del gran árbol sagrado, y su sangre hierve cuando logra visualizarlo. Su ropa estaba manchada con tierra y su propia sangre, y la tela de su túnica que antes era azul celeste en algunos lados estaba chamuscada, la nieve que le rodeaba estaba pintada con su sangre y el bastón que usaba para su magia estaba lejos de su alcance. Su cabello estaba hecho un desastre y tiene pegadas hojas secas del árbol, su nariz está sangrando y está alarmantemente desviada, su labio está roto y lo puede ver escupir sangre cuando todos los patean, obligándolo a hacerse un ovillo en el suelo.
Kyle siente su cuerpo entero arder, siendo dominado por sus fuertes emociones. Su magia se siente impredecible y peligrosa. Sus afiladas uñas se tornan de un color negro al igual que la piel de sus brazos y puntiagudas orejas, sus colmillos son más largos y filosos de lo normal y la esclerótica de sus ojos se vuelven totalmente negros haciendo contraste con su iris verde qué parecía brillar debido a su magia sin control. Sabe que se está dejando llevar por su sangre oscura heredada gracias a su madre, quién era descendiente directa de Malekith, nunca le gustó ese lado de sí mismo, nunca le gustó la magia negra, era demasiado repulsiva y violenta para él.
Pero ahora con sólo ver a esos elfos golpear a ese humano, su rival, sentía que nada de eso importaba ahora. Sus uñas eran tan filosas que podían cortar piel si así lo quisiera, por lo que cuando agarró al primero que vio por la cabeza, este soltó un grito de dolor cuando perforó su piel y Kyle puedo oler y admirar la sangre escurrir por su frente. Los demás gritaron junto a él al ver que se trataba del príncipe y cuando se disponían a correr, la oscuridad de sus brazos se materializo en cadenas que lo rodeó a todos los agresores por el cuello y la magia ejerció tal fuerza que los obligó a doblegarse ante él. Kyle supo que estaba dejando a la locura ganar cuando pudo oler piel quemada, los gritos de dolor y las suplicas no tardaron en llegar y el solo podía ver al humano semi consciente que miraba atónito la escena frente a él.
—Escuchadme con atención, pues no voy a repetir mis palabras dos veces.—dice con un tono de voz más siniestro y distinto de su voz real que parece retumbar en sus mentes, puede sentir el miedo de los demás elfos y como estos obedecen a su orden.—Sí lo tocan, le hablan, o si se atreven a mirarlo, los cazare uno por uno y juro por mi sagrado nombre que os arruinaré.—decretó con voz desgarrada por rabia.
Puede verlos temblar, puede ver la marca al rojo vivo que está dejando la cadena en sus cuellos al quemar su piel, sabe que esa herida nunca sanará y tendrán para siempre el recordatorio de lo que era capaz su príncipe. De esa manera, sabrían sus límites y aprenderían a no desafiar su paciencia, a no meterse con los más débiles, a no meterse con lo que no les pertenece.
—¿He sido claro?—cuestionó al no recibir respuesta alguna más que silencio.
—¡Sí su majestad!—gritaron todos al unísono.
Al soltar el agarre que ejercían las cadenas sobre sus cuellos, salen corriendo despavoridos del lugar, pudo sentir el alivio de ellos tras perdonar sus vidas y poco a poco recuperó el control de sí mismo, volviendo a la normalidad. Se había dejado llevar por sus emociones y su magia negra todo gracias el humano que por algún motivo deseaba proteger. Pudo verlo recostado en el suelo muy malogrado y con rasguños en su piel, luce frágil, como un pequeño pájaro herido por un depredador más grande que ha roto sus alas y le ha privado de libertad. Y, aun así, le mira con una intensidad abrumadora. No pone resistencia alguna cuando el príncipe lo alza entre sus brazos, en cambio, se aferra a él con la poca fuerza que le queda y se deja llevar a un lugar más privado. La puerta de vidrio fue abierta gracias a su magia, y el olor a rosas se apodero de sus fosas nasales, era un invernadero dedicado a los hermosos rosales únicos de las tierras élficas que a duras penas sobrevivirían a los fuertes inviernos que últimamente azotaban Zaron. Los vidrios están empañados por lo que es difícil ver por dentro y por fuera y no muy lejos de la entrada había un banco de piedra. Dejo al humano recostado en ella y atendió sus heridas con magia que le había enseñado su madre hace un tiempo, la nariz dislocada volvió a su posición original, sus huesos rotos se recuperaron y las cortadas dejaron de brotar sangre, continuo hasta que finalmente el humano lució como si nada de hubiese ocurrido.
—¿Cómo te sientes?—cuestionó suavemente al terminar, apartándose de él sin dejar de verlo.
Ahora, no tenía esa mirada desafiante ni esa osadía, más bien parecía acobardado al verse a solas con el príncipe heredero. El castaño le observaba con los ojos abiertos de par en par y lucia tan pálido que parecía que iba a desfallecer en cualquier momento. Luce vulnerable y frágil, y Kyle se siente abrumado por la creciente necesidad de proteger que el humano le genera. Abre los labios y comienza a balbucear incongruencias, hasta que finalmente logra decir: —Gracias, su majestad.
Y levantándose del banco de piedra hace la reverencia más exagerada que el joven príncipe elfo ha visto en su vida.
—No es necesario que hagas eso, levántate.—tras decir aquello, cae en cuenta que es la primera vez que hablan oficialmente. El humano obedece y un silencio incomodo se hace presente.
—Compártelos conmigo. Tus pensamientos, tus sentimientos, los principios que seguirías…—suelta abruptamente el humano, como si tuviese mucho tiempo pensándolo y por fin tuviese la oportunidad de decirlo en voz alta.
Kyle le mira atónito y confundido, no entendiendo sus palabras, hasta que recuerda sus poemas y sueños vividos y se sorprende de que el humano lo encuentre interesante. Al mirarle directamente a los ojos, Kyle sintió sus entrañas resolverse, una especie de presentimiento acumulándose en su pecho. Sus ojos, a pesar de ser una característica única, carecían de resplandor y parecían dos posos sin fondo, llenos de penumbras y secretos.
Tal vez en aquel momento debió pensarlo más, pero terminó siendo atraído a la oscuridad que el muchacho poseía como una polilla, totalmente intrigado por el único humano que había visto hasta el momento, volviéndose su amigo. El joven príncipe elfo siempre buscaba una excusa para faltar o marcharse más temprano de sus clases privadas, llegando al punto de soportar los regaños de la reina con tal de ver a su único amigo.
Motortart siempre le esperaba en el invernadero en las noches y se sentaban juntos entre los rosales. Podía escucharlo hablar por horas o verlo practicar magia con mucho esfuerzo y dedicación. Algunas veces traía libros prohibidos de Alta Magia ya que el castaño parecía tener un febril interés en el tema. Kyle sabe que un simple humano es incapaz de controlar tal magia, ya que solo los elfos de sangre real, cuya disciplina mental y sabiduría les hiciera merecedores del título de gran rey, podían hacerlo en su totalidad. Incluso él duda que algún día logre tal hazaña, pero está asombrado por la determinación que poseía su amigo, llegando al punto de admirarlo.
El joven humano se convirtió rápidamente en su confidente, ya que Kyle sentía que no debía actuar a su lado. Hizo justo lo que le había pedido aquel día, compartiendo sus ideas, su corazón. Con él, era solo Kyle, un joven elfo que todavía no sabía sobre los peligros de la vida y que simplemente quería divertirse. No tenía obligaciones reales, no debía comportarse con prudencia todo el tiempo ni estudiar hasta el agotamiento. Su amigo lo trataba como a un igual, no pretendía ser alguien que no era con tal de obtener un beneficio del título de su amigo a diferencia de la mayoría de la corte real. Podían pasar horas hablando de cualquier cosa, disfrutando la compañía del otro, eran momentos que atesoraba con aprecio y le hacía confirmar aún más que los humanos no eran criaturas desleales, indignos, egoístas y crueles como decían todos a su alrededor.
Los rosales del jardín se convirtieron en un lugar tan sagrado para ellos dos que Kyle, sin saberlo, había hecho crecer las rosas amarillas dos veces su tamaño original gracias a su magia. Motortart había logrado perfeccionar su magia para crear un par de collares de plata con un amuleto circular de ámbar que tenía tallado las iniciales de cada uno y que desprendían el delicado olor de las rosas que ambos conocían tan bien. Fue un regalo para Kyle cuando este se escapó de su propia fiesta de cumpleaños al cumplir dieciséis a través del camino que unía al castillo a la academia para ir al jardín. Aquella noche, el humano aspirante a hechicero le había explicado que era un regalo especial, ya que cuando no pudiesen estar juntos, con sólo tocar el amuleto el olor a rosas se haría presente, podría recordar a su amigo y le mantendría a salvo en todo momento.
Le pareció un gesto muy bonito de su parte y desde ese momento ambos comenzaron a usarlos con orgullo, durante los banquetes de la academia en los que se le permitía al humano comer junto a ellos, en los pasillos e incluso cuando Kyle practicaba su tiro al arco junto a los guerreros, con solo ver el símbolo que los unía les generaba una sensación gratificante a ambos. Cuando Motortart cumple diecisiete se marcha junto a Mephesto de Ost-in-Edhil para emprender un largo viaje por las tierras conocidas, Kyle vuelve a sentirse solo por completo por la ausencia de su único amigo. La academia se siente más aburrida sin él, y los eventos en el castillo se vuelven una carga, así que le ruega a su padre que le deje marchar junto a un escuadrón de elite que se dirigía a Edoras, tierra de humanos, con el único propósito de escarparse y con suerte encontrarse con Motortart. Lamentablemente para él, su padre no acepta gracias a uno de los rabinos de la corte, quien en sueños anticipo sus intenciones. Por lo que, resignado y ahora seguido de cerca por dos guardias, no le queda de otra que seguir con la monotonía de su vida.
De vez en cuando recibía cartas de él, pero eran tan vagas y cortas que dejaban al pobre príncipe releyéndolas por noches enteras buscando palabras y significados ocultos sintiéndose completamente decepcionado. Una noche, descubrió que, si calentaba el pergamino lo suficiente, una tinta que a simple vista parecían manchones se transformaba mostrando una carta totalmente distinta, con palabras que solamente estaban destinadas para el príncipe y dibujos que le habían sacado más de una risa, hablaba sobre sus aventuras y de vez en cuando confesaba lo mucho que le echaba de menos. Estuvo asombrado por la ocurrencia y felicitó a su amigo por sus avances en el dominio de la magia. El tiempo pasó tortuosamente lento, y el gélido invierno dio paso al equinoccio de marzo, y las plantas comenzaron a recuperar poco a poco su color verdoso, llenando de vida nuevamente al reino de los elfos. Esa misma semana, marcando exactamente un año, Motortart regresó al castillo, y Kyle con solo verlo no podía quitarse esa sensación de encima de que algo había cambiado en él.
Ni siquiera le miró a los ojos cuando fue corriendo a recibirlo, machando sus zapatos con el barro que se había formado en los establos al derretirse la nieve. No le abrazó, ni le dio la mano y le dio la impresión de que estaba ignorándolo, y furioso y con el ego machacado Kyle lo dejó en paz. Luego, en la noche, ansioso, racionalizo que tal vez solo estaba cansado del largo viaje y tarde o temprano se reencontrarían y tendrían tiempo de sobra para ponerse al día.
Termino siendo incorrecta la suposición que hizo, ahora a duras penas podía verlo, Kyle demasiado ocupado preparándose para sus exámenes con los Grandes Maestros y Motortart demasiado enfocado en sus propios estudios como para frecuentar los rosales. Y durante muchos meses quiso convencerse a sí mismo de que las razones por las que cuando coincidían y las mejillas de su amigo se tornaban rojas era por la vergüenza, ya que Kyle había crecido tanto y él seguía siendo tan pequeño a su lado, pero muy en el fondo sabía que eso no tenía ningún sentido. Sabe que el castaño le mira todo el tiempo, más de una vez lo descubrió haciéndolo, y con una sonrisa en su rostro sutilmente tocaba el dije mientras le devolvía la mirada. Podía ver el rostro del castaño tornarse tan rojo como las rosas y durante muchas noches no pudo sacar esa imagen de su cabeza generando un remolino de pensamientos y sentimientos que no sabía que podía sentir, llegando al punto de desear ser el único en lograr esa reacción en él.
Pero una noche, justamente una semana después de que los últimos pueblos de humanos fueran conquistados por los elfos, un Kyle de unos 18 años recientemente cumplidos tuvo un mal presentimiento, del tipo que no le dejaba dormir por las noches y recurría a sus libros y a la magia buscando respuestas. Todo comenzó con la noticia de que el Gran Hechicero de la corte había desaparecido sin dejar rastro y todos comenzaron a sospechar de su único estudiante, Motortart, pero las acusaciones se marcharon tan rápido como vinieron cuando se comprobó que la última persona que le había visto fue un humano noble que iba de paso por los bosques encantados. Constantemente estresado por la sensación de peligro que no dejaba de sentir y la incertidumbre al no poder encontrar respuesta alguna, solo podía conseguir consuelo en las estrellas y sus oraciones a los dioses.
Después, una mañana se despertó por el ajetreo de las sirvientas que usaban su magia para decorar el castillo, y sin comprender porque tanto revuelo, caminó hasta el comedor privado donde le esperaba su familia, al entrar su padre le sonríe y lo invita a sentarse a su lado, lo cual hace con cautela al darse cuenta que estaba presente un rabino real con una gran sonrisa plasmada en su rostro, no entiende porque ambos están tan felices. Cuando escucha la noticia de su compromiso con una elfina de la noble casa Cotswolds llamada Rebecca, quiere correr, huir, esconderse en las paredes y no ser encontrado jamás. No sabe porque le molesta tanto la idea de casarse con ella si la conoce desde que eran niños y le parecía la elfina más hermosa que había visto jamás. Rebecca es dulce, amable e inteligente, es la consorte perfecta para un rey, es lo que le dice el rabino de la corte en el desayuno cuando Kyle siente que va a vomitar el jugo de moras.
Ike, su hermano adoptivo lo felicita, pero Kyle siente que no hay nada que felicitar, todo era un castigo para él. Todavía era demasiado joven como para casarse, todavía tenía muchas cosas que aprender y vivir, se rehusaba a casarse con ella. Y cuándo se disponía a defenderse, las trompetas que anunciaban la llegada de un noble retumbaron por todo el castillo.
—Nos presentaremos ante su familia y en la noche habrá un gran banquete de celebración por la sagrada unión.—dice su madre, y Kyle puede sentir su ropa sofocante y calurosa.
Siente que todo se trata de un sueño cuando las criadas limpian su cuerpo con flores y ramas cuyo aroma se impregna en su piel, cuando lo visten con las sedas más finas y cuando la misma criada que años atrás le había advertido sobre el peligro que corría Motartart le miró con lastima a través del espejo al peinar su cabello rojizo. Siente la realidad cuando finalmente se reencuentra con Rebecca después de tantos años y ella luce genuinamente feliz por el compromiso, se siente forzado cuando besa su mano y finge una sonrisa para ella.
En cualquier momento va a explotar, lo jura, ella habla sin parar y Kyle solo la escucha en silencio totalmente aturdido. Podía ver la academia a lo lejos y se preguntaba que estaba haciendo Motortart en ese momento, no podía marcharse ya que estaba siendo acompañado todo el tiempo por sus padres y el rabino, por lo que se vio obligado a permanecer todo el día en el castillo manteniendo conversaciones que realmente no le interesaban y vergonzosamente se encontró a si mismo comparando a Rebecca y a Motortart.
Rebecca era hermosa, de eso no tenía dudas, su cuerpo era delgado pero bien proporcionado, con una cintura pequeña y caderas anchas que demostraban fertilidad según el rabino, ojos grandes verde opaco y labios rosados; al parecer la hija menor del conde Cotswolds no sabía hablar de otra cosa que no fuese plantas, y Kyle demasiado aburrido como para importarle el uso medicinal del sauce blanco pensó en su amigo. Motortart no era atractivo según los estándares élficos, era gordo de una manera que le hacía ver tierno cuando hacia pucheros cuando Kyle se negaba a traerle postres del castillo, piernas, muslos y trasero grandes a los que vergonzoso se descubría mirando tras el regreso del humano de su viaje, sus ojos heterocromáticos eran una rareza que le hacían destacar y su cabello castaño era tan suave que siempre tenía la tentación de enredar sus dedos en el, sus mejillas grandes y sus labios finos pero rosados hacían armonía con su rostro, haciéndolo fascinante y hermoso para el príncipe. Él hablaba de literatura, citaba los autores favoritos de Kyle de memoria mientras hacia un chiste memorable sin siquiera intentarlo, y a veces lograba sacarlo de sus casillas de una forma en que nadie más podía. Había algo en él que volvía loco a Kyle, haciéndolo pensar obsesivamente en él, incluso antes de hacerse amigos.
Kyle siempre se preguntó si eran algo más que amigos, pero se le hacía difícil definir que eran con exactitud. El castaño podía abrazarlo hasta dormirse en su regazo un día, y al siguiente, crear una barrera invisible entre ellos. Luego el pelirrojo terminaría unido a él casi por naturaleza, escribiéndole poemas solo a él usando el método que inventó el humano, donde profesaba sus sentimientos cálidos, podía regalarle riquezas si así lo quisiera, pero Motortart parecía satisfecho con que usara el amuleto que le había regalado hace años, y en cambio este como agradecimiento, besaba al príncipe en la mejilla al despedirse de el por las noches cuando se reunían en su lugar especial.
Estuvo tan absorto en sus pensamientos que ya había anochecido, las criadas lo vistieron con ropas más finas y costosas de color verde como el bosque cocidas con hilos de oro qué hacían patrones elegantes en la tela. Su prometida usaba un vestido de flores reales blanco y verde qué la hacía ver hermosa, y tomados de la mano entraron al banquete. Todas las familias nobles estaban presentes, y tras una serie de presentaciones y saludos formales tediosos fácilmente se le fueron dos horas en ello. Cuando se disponían a sentarse, el rabino de la corte le recordó el protocolo diciéndole que debía bailar con su futura consorte para que los demás hicieran los mismo, y tragándose su rabia y frustración invitó a bailar a Rebecca, ella se excusó de unas amigas y siguió a su prometido. Ambos podían sentir la mirada de todos sobre ellos al empezar a bailar, Kyle observa que su mano esté en una posición apropiada en la cintura de su prometida, bailan al son de la música, puede verla sonreír con alegría y decide por primera vez en ese día que no era justo para ella que estuviese tan serio y amargado, por lo que sonríe y se relaja un poco dejándose llevar.
Bailan por mucho tiempo, tanto que se da cuenta que los demás se han unido al baile también llenando el gran salón de alegría. Sus padres le miran con orgullo desde la mesa real, su hermano Ike aplaude a los músicos, y al dar vueltas sin parar con Rebecca y al alzarla con gracia suelta una risa nerviosa cuando ella en el aire se inclina para abrazarlo, de tal modo que queda más cerca de su rostro, están a centímetros de distancia y ella aprovecha la oportunidad para besarlo en los labios. De ninguna manera es el primer beso de Kyle, ni el primero que se dan, pero esta vez no siente mayor cosa más que la suavidad de los labios ajenos. No es un beso especial para él, ni memorable al punto de dejar una marca en su corazón. Se siente como un mentiroso cuando la mira tan sonrosada y alegre, todo el rostro de Rebecca irradia felicidad y luce tan enamorada. Casi se tambalea cuando todavía tomándola de la cintura giran y puede verlo finalmente.
En el gran salón hay un ventanal enorme con vista a los jardines reales que se conectan con los jardines de la academia, en la oscuridad puede verlo, sus ojos imposibles de confundir. Le mira con tanta dureza que Kyle siente que si él tuviese la capacidad ya se hubiera convertido en piedra, sus ojos perpetuamente carentes de brillo y ahora, una mirada llena de dolor y traición.
Por instinto suelta a Rebecca y ella confundida le pregunta que pasa, puede verlo darse la vuelta y marcharse en la oscuridad, y puede sentir su pecho comprimirse. Rápidamente le dice que debe marcharse un momento y antes de dejarla responder, se marcha del banquete entre la multitud, rogando que no se dieran cuenta de su ausencia. Corrió en dirección a los jardines y al no verlo por ningún lado, pensó que el lugar más probable sería el invernadero. Corrió hasta que le faltó el aliento al igual que aquel día en que lo salvó y se convirtió en su amigo, esta vez corría por él para... ¿explicarle? ¿debía explicarle algo? Sentía tantos sentimientos contradictorios qué le llenaban de angustia al no poder descifrarlos, pero una vocecilla dentro de él le rogaba que buscara a su humano.
Encontró al castaño en el invernadero, sentado entre los rosales con la mirada pérdida y mejillas húmedas, y Kyle se arrodilla frente a él de la angustia que sentía, propia y del humano.
—Mírame...—le ruega desesperado cuando Motortart ignora su presencia, demasiado distraído viendo las rosas.—Por favor, mírame...—su voz se rompe, nunca en su vida había rogado por nada ni por nadie y ahora suplica como un hombre desperado.
El castaño toma una rosa con la palma de su mano sin cuidado alguno y las espinas se clavan en su piel, rompiéndola y haciendo que brotara sangre.
—Cásate con ella.—dice de repente el castaño todavía evitando su mirada y por más que trate de ocultarlo Kyle puede leerlo como un libro abierto, sus ojos reflejan desesperación detrás de esa sonrisa falsa que esboza. Y se siente increíblemente molesto con él por primera vez.
Pero que esperaba, ¿Qué le dijese que no lo hiciera? ¿Qué abandonara todo, su vida, su estatus, para marcharse con él? ¿Qué lo tomara a él como consorte? Ambos sabían que era imposible, las relaciones entre elfos y humanos estaban prohibidas, y eso era lo que más molestaba a Kyle. Durante casi toda su vida, viendo el ejemplo de sus padres, pensó que el matrimonio era la unión más pura de amor entre compañeros, pero ahora, ellos habían elegido por él, condenándolo a una unión sin amor que él no quería.
La verdad era que lo consideraba su compañero, y su corazón latía con tanta pasión por él que sí Motortart fuese honesto sería hasta capaz de renunciar a su título. Solo quería escuchar esas palabras, y lo que fuese que realmente quería, se lo daría sin miramientos.
—Es tu deber como heredero a la corona,—fue lo que dijo en cambio, y Kyle puede sentir su corazón achicarse cada vez más cuando el castaño finalmente le mira.—Amarla y tener descendencia, serías un excelente rey y padre...—y el humano no puede dejar de hablar, ya no le mira a los ojos, en cambio, observa cómo se marchitan los rosales y como los pétalos viejos salían volando por la brisa que entraba por la puerta. Cuando un pétalo se enreda en el cabello castaño, finalmente encuentra imposible retener las lágrimas.—Serás un excelente esposo y yo estaré feliz por ti.—sus mejillas se humedecen mientras dice eso, suelta una risa nerviosa.—Así que déjame ir y ser libre... de tal forma que no tenga remordimiento alguno.
Kyle no entiende a que se refiere con eso, de repente siente como sí Motortart estuviese hablando en un lenguaje extranjero del que no tiene ningún conocimiento. Se siente asustado ante lo que implicaban sus palabras y se ve incapaz de articular palabra alguna en respuesta. El castaño le sonríe con tristeza y le entrega la rosa que sostenía con las espinas llenas de su sangre y Kyle tembloroso la acepta, observando atónito como esta se marchitan en cuanto la toca, las espinas pinchan su piel y duele. Mira a quien amaba levantarse del banco de piedra qué compartieron durante muchos años como si nada y duele más que las espinas qué perforan su piel cuando se marcha del invernadero.
Kyle se mantiene en el suelo, rodeado de rosas marchitas, espinas llenas de sangre y su corazón roto sin reparo.
Los días siguientes no dejó sus aposentos en lo absoluto en un auto declarado encierro. No deseaba ver a nadie más que a Motortart, pero una criada le informo que había abandonado sus estudios en la academia y nadie sabía dónde estaba. Kyle llora sin consuelo alguno y lo extraña tanto que una noche considera marcharse para buscarlo, pero no lo hace, en cambio es obligado a salir de su encierro y retomar sus clases cuando pasan exactamente tres días. Todo se siente monótono y no se ve con la fuerza suficiente con para prestar atención a las clases, también sabe que Rebecca debe de estar buscándolo, por lo que se esconde de ella en la torre en que solía estudiar años atrás, trae consigo un montón de libros para pasar el rato, pero termina recordando con amargura lo que había sucedido y tras romper en llanto otra vez, cae dormido por el agotamiento.
Ahora, en medio de la noche, cuando escucha un grito desgarrador, desea no haberse quedado dormido. Al alzar su mirada hacia el castillo, ve fuego, cenizas y nieve, una tormenta, y su único instinto es correr. Todo es un caos afuera, con estudiantes huyendo despavoridos a guardias reales luchando contra una horda de humanos armados que lograban asesinar a cualquier elfo que se les cruzara en el camino gracias a unas armas especiales que tenían, cuyo filo emitía llamas de un anormal color azul. Casi es atravesado por una lanza, pero es salvado por un guardia que solía darle clases de defensa cuando era más pequeño, este decapita al humano, la sangre salpica su cuerpo y atónito observa el cadáver en la nieve, es la primera vez que ve la muerte directamente. Siente ganas de vomitar y se mantiene en un trance, la sangre mancha la creciente nieve hasta llegar a sus zapatos de piel de dragón.
—¡En Garde, mi príncipe!—exclama el guardia, captando la atención del pelirrojo para luego lanzarle una espada y él la toma tembloroso, repasando mentalmente todo lo que sabía mientras continuaba su camino en dirección al castillo.
El fuego se propagaba con rapidez, de una forma antinatural y casi mágica, por más que tratasen los eruditos de apagar el fuego con su magia nada parecía surtir efecto. Kyle grita por su familia, y siente un vacío cuando nadie sabe darle respuesta, puede escuchar gritos y puede ver a distintos nobles y sirvientas revolcarse en el suelo en un fallido intento de apagar las llamas que calcinaban sus pieles, el olor a muerte revuelve su estómago y siente sus rodillas débiles cuando aprieta la empuñadura de la espada qué tiene grabada el escudo de su familia, y tras armarse de valor, entra al castillo a pesar de que uno de los rabinos le ruega que no lo haga.
La entrada al trono real no está lejos, y tras esquivar el fuego y usar su magia como escudo, descubre sangre en el suelo y el mundo se le viene encima. Frente a él hay una persona de estatura pequeña encapuchada que tenía en sus manos una espada ensangrentada, y en el tapiz rojizo con el emblema de la dinastía Broflovski, yacían los cuerpos sin vida de su familia. Pronto pierde el control de si mismo por completo, puede ver rojo y ya no desea paz, su cuerpo entero abraza la oscuridad de su corazón y todo el castillo tiembla por la magnitud de su furia, y con fuerza inhumana se abalanza contra aquella persona, quien esquiva por poco ser cortado con su espada, de alguna manera, Kyle sabe, siente, que su oponente no es humano, pues logra mantener casi la misma velocidad que él, más no lo ataca activamente.
—¡Te voy a cortar la garganta, tu, infame bestia!—grita fúrico, y su voz resuena con fuerza por la sala del trono real, e invoca con su magia espadas por el suelo, que amenazan con clavarse en su oponente justo donde estaba, pero lo esquiva y Kyle aprovecha su distracción para asestarle un golpe en el estomago tan fuerte que le manda volando hasta el otro extremo de la habitación y la piedra de la pared se desmorona por el impacto. Puede escuchar el grito de dolor de su contrincante, que suena demasiado agudo para ser el de un hombre y empuñando su espada, la alinea para clavarla en su pecho, pero esta se convierte en polvo frente a sus ojos y una fuerza externa lo impulsa lejos de aquella persona.
Ha perdido su arma, no importa, puede forjar una con su sangre y hueso si eso significa vengar la muerte de su familia. Así que lo hace, sus puntiagudas uñas cortan su ropa y su propia piel, haciendo una incisión de tal forma que de su torso le es posible arrancar una de sus costillas, que se transforma en sus sangrientas manos con una facilidad increíble, hasta convertirse en una espada larga, filosa e imponente. Su oponente, cuyo cabello rubio largo sale de la capucha negra traga saliva, y Kyle puede sentir su miedo con agudeza. Ambos saben que, si logra travesarle con su espada, sería el fin, su existencia se desvanecería y su alma sería consumida.
Todo pasa muy rápido, su intento de terminar de una vez con todas con su sufrimiento cumpliendo su cometido de asesinar a aquél vil traidor y un escudo de color rojo qué se interpone en su camino y no puede atravesar.
—Me has salvado por poco, Cartman, casi pienso que deseabas que el elfo me matase.—dice la persona encapuchada, su voz es femenina y se levanta del suelo con mucho esfuerzo, gravemente herida. Recibe una risa como respuesta que provenía de atrás del trono, una risa que Kyle conoce muy bien.
Motortart.
Siente su sangre helarse, sus rodillas débiles y su corazón dar un vuelco. Motortart también está encapuchado, pero Kyle sabe muy bien que es él, por la forma de caminar, su risa, y el penetrante olor característico que podía detectar hasta dormido con su sentido del olfato agudizado; rosas, tinta y miel.
—¿Pensé que eras más fuerte? Te ha dado un paliza.—suelta él, resoplando, todavía sin ver a Kyle.
—¡S-su majestad, debemos marcharnos!—exclama una voz desconocida desde el pasillo, es temblorosa, y Kyle sabe que no está dirigida a él. La mujer de cabello rubio comparte una mirada con ¿Motortart? ¿Cartman? y ambos asienten.
Y finalmente le dirige la mirada, sus ojos heterocromáticos carentes de emoción se sienten desconocidos, son como un arma en el corazón de Kyle, clavando cuchillos en el. Siente angustia, dolor y traición de una manera abrumadora, puede verlo sostener en una mano su bastón y en la otra la Vara de la Verdad.
—¡Motortart, maldito traidor!—grita y con su puño golpea aquel escudo que los dividía.
—Mi verdadero nombre es Cartman, Eric Cartman.—le corrige con voz apagada, y al ver como el elfo golpeaba el escudo hasta el punto de lograr facturarlo, supo que no debía quedarse más tiempo en aquel lugar si quería seguir con vida.
Huye junto aquella mujer y tras lograr romper aquel escudo rojizo, Kyle tiene más de una razón para acabar con los traidores, así que, con espada en mano, va tras ellos. El castillo está siendo consumido por las llamas y en cualquier momento colapsaría la estructura. La herida de su costilla es crítica y la pérdida de sangre hacen sus movimientos débiles. Tose por la cantidad de humo y sus ojos escuecen, logra salir y la imagen desoladora de cientos de compañeros elfos muertos hace que caiga de rodillas, no puede controlar sus lágrimas y aún así se arrastra al ver a Cartman y un grupo de humanos montados en caballos.
La mujer de cabello rubio le está diciendo algo a un muchacho de cabello del mismo color y el castaño mira al agotado elfo a lo lejos, arrastrándose hacía ellos en la nieve. Kyle, siente el conflicto entre su mente y corazón cuándo él fugaz pensamiento de que Cartman luce genuinamente herido le da fuerzas para aferrarse a la esperanza de que todo se trata de una pesadilla, y cuando este le grita a uno de los arqueros humanos que no lo mate cuando le apunta con su arco al encontrarse demasiado cerca.
—Déjame ir, no te pertenezco.—expresa con un tono de voz afectado que casi pasa desapercibido por su mirada gélida. Sus mejillas regordetas están sonrosadas por el frío extremo y su cuerpo está abrigado con pieles de animales. Al ver que Kyle sigue intentando acercarse a su caballo, habla nuevamente más fuerte.—He dicho que no te pertenezco, elfo.
Sí, por su puesto que no le pertenece, esa noche, y hace tres días lo ha demostrado. No le pertenece y nunca le perteneció. Lo había subestimado todo el tiempo, resulta que el ave débil de alas rotas en realidad era el depredador. Las lágrimas siguen brotando de su rostro, y la rabia nuevamente lo consume cuando el grupo se aleja del lugar, por lo que con la poca fuerza que le queda toma una gran bocanada de aire, canaliza su magia y mira el cielo con determinación.
—¡Juro por la luna y las estrellas en el cielo, que sin importar dónde estés, te destruiré!—gritó tan fuerte como se lo permitieron sus pulmones, y su voz retumbó por todo Ost-in-Edhil, ensordeciendo a quien lo escuchase.
Las estrellas brillan con fuerza por sus palabras y la luna se tiñe de rojo gracias a su magia. Su cuerpo arde y duele demasiado, y siente como el amuleto de ámbar que le había regalado Cartman vibra con fuerza y se clava en su pecho, quemando su piel y dejando una cicatriz horrible. Pega un grito cuando esto ocurre, y jura que puede escuchar otra voz gritar junto a él, la voz es de Cartman, que se alejaba cada vez más y hace eco por los árboles, resonando junto a la suya. Le falta el aire, siente que todo a su alrededor da vueltas y lentamente pierde la conciencia.
Ahora todo era solo un recuerdo doloroso que había ocurrido hace muchas lunas, y durante el transcurso de ese tiempo habían pasado tantas cosas.
Se le realizó una coronación provisional, y se tuvo que fundar de emergencia una nueva ciudad élfica, oculta entre el bosque e inaccesible para los humanos que no conocían el camino correcto. Había sobrevivido de milagro, gracias a la atención de quién luego se convertiría en su mano derecha, Stan Marshwalker, un humano que estaba en contra de los métodos brutales y despiadados de la rebelión humana liderada por Eric Cartman.
Había escuchado también que en algún momento, Cartman fue proclamado Rey y Gran Hechicero del recién fundado Reino de Kupa Keep. Luego de muchos años de guerra interminable, eventos diplomáticos a los que dejaba a Stan como representante, y un tercio de la población descontenta por la guerra, finalmente fue obligado a verlo luego de tanto tiempo.
La propuesta fue hecha por la Princesa Kenny del Reino Kupa Keep siendo respaldada por su paladín Butters, su prometido, el Gran Rey Mago Cartman no tuvo más remedio que complacer los deseos de su prometida. Un tratado de paz entre especies,
Y ahora lo tenía frente a él, con una expresión difícil de leer. Sus ojos bicolor ojeaban el pergamino que tenía en frente y con su mano derecha jugueteaba con la pluma sin atreverse a firmar el tratado. Finalmente apartó su mirada del papel, mirando a su enemigo, pudo escucharlo chasquear su lengua con fastidio. Su prometida que yacía sentada a su lado, le susurró algo que pareció molestarle más, era obvio que no le interesaba en lo absoluto la paz, y Kyle mentiría si dijera que ahora le interesaba la paz, si fuese por él, ya habría apuñalado a aquél hombre por lo menos cuarenta veces para apaciguar el recor que todavía sentía y aún así, no sería suficiente.
—Terminemos con esto de una vez.—Dice el Gran Rey Elfo, Kyle, cansado. Puede escuchar el chirrido que emite la chimenea al quemarse la madera, proporcionándoles a todos los presentes un calor reconfortante a diferencia del frío extremo que hacia fuera de aquella carpa improvisada.—Estoy siendo considerado, conociendo la situación por la que los humanos están pasando.
Hambruna. El invierno que había comenzado hace exactamente once años, -el día de la caída de Ost-in-Edhil-, y no había parado desde entonces los estaba perjudicando. Sus cultivos no prosperaban y la gente se estaba muriendo de hambre, en cambio los elfos protegían el bosque con su potente magia del invierno y no se veían afectados en lo absoluto.
Cartman le mira fijamente, en el campo de batalla podían verse a lo lejos, pero nunca habían estado tan cerca. Tal vez está alerta de cualquier movimiento extraño del Gran Rey Elfo, que había jurado matarlo, en cambio, el peligro llegó de alguien externo.
Clyde Donovan, a quién recientemente había desterrado de Kupa Keep, había venido a vengarse de él. Clyde, para nada amaestrado en magia, poseía un artilugio que una bruja ambulante le había vendido, un pedazo de obsidiana cortada de una forma que solo la magia más prolija podía, un hipogrifo, que supuestamente poseía un poder similar a la Vara de la Verdad.
Su propósito era desterrar a Cartman, justo como él lo había hecho, pero de las tierras de Zaron. Por lo que cuándo arremete con un pequeño batallón de gigantes contra la carpa improvisada, se ve cara a cara con el castaño y el Gran Rey Elfo. Por el asombrado de la situación, y con su bastón como único objeto de defensa, al ser desarmado, no le queda de otra que huir. Pero el Gran Rey Elfo no iba a dejar pasar tal oportunidad, teniendo a su enemigo servido en bandeja de plata, con lo que no contaba Kyle, es que Clyde arremetería contra él también.
Siente sus entrañas revolverse cuando el destello de luz mágica de la obsidiana impacta contra él y Cartman. Poco a poco todo a su alrededor desaparece, solo para ser remplazado por absolutamente todo al mismo tiempo en todas partes, su piel pasa por cuatro distintos tonos en un segundo, el cabello castaño de Cartman se torna tan colorido como un arcoiris y su ojo azul refleja estrellas y constelaciones con tanta precisión que parecía que el cosmos estaba encerrado en su iris. Ambos están flotando y la sensación de nauseas es inevitable cuando sus cuerpos están atravesando lo que sólo podía ser explicado como un portal.
Puede escuchar un sonido sordo y un grito adolorido, y solo le toma unos segundos después comprender porqué. Habían caído de golpe en el suelo, golpeando sus cabezas y malogrando sus cuerpos por el impacto. Puede escuchar al castaño balbucear por lo bajo sintiendo una jaqueca terrible, y en cuanto se levanta se da cuenta de dos cosas.
La primera es que están en un lugar que nunca en su vida había visto y solo parecía posible en sueños; escaleras en todas direcciones y por doquier de mármol blanco, que giraban y cambiaban de sentido cada cierto tiempo, todo a su alrededor era ese escenario extravagante. La segunda es que había una cuerda en su muñeca de color rojo qué parecía unir a Cartman y a él.
Trató de usar su magia sin éxito, intentó cortar la cuerda con sus filosas uñas, un fracaso rotundo. Terminó mirando pálido como el contrario intentaba hacer lo mismo sin lograrlo.
—No puede ser.—suelta con voz amarga, lo máximo que podía alejarse de Cartman eran dos metros como mucho.
El castaño parece compartir su sentimiento, y maldice a Clyde de todas las maneras que conoce.
Ahora estaba en un mundo desconocido y unido por una especie de magia a su enemigo, Kyle pensó que nada podía ir a peor.