Parte 1- Le début de tout
Entre el miedo y la sangre, los humanos somos los animales más tiernos. Como yo y muchos más, pensamos que nada vale la pena, pero con el tiempo vi cómo amigos y enemigos me demuestran lo contrario, y sé que no es la primera vez que me ha de pasar eso.
Nací en una familia de buen corazón: mi padre, Santiago Flores Hernández, y mi madre, Julieta Ramírez, mis dos hermanos y yo, siendo el mayor en la familia. También mis abuelos, de buen corazón, estaban siempre presentes. Nada podía ser más perfecto. Lo único malo era la comida, pero el abrazo de mis hermanos era suficiente para mí.
Hasta que un día vi cómo todo desapareció. Un fatídico día, mientras estaba en la cocina, vi una sombra negra cruzar de un lado a otro, mirándome como si algo malo estuviera por suceder, pero solo me observaba. En ese momento, agarré un cuchillo y me preparé para atacar por si algo se atrevía a hacerme daño. Y con un grito, más o menos fuerte, le dije: “¡¿Quién eres?!“. Él solo me miraba, y como si lo hubiese asustado, desapareció en la oscuridad. Pensando qué hacer por el miedo, decidí salir de allí. Caminando hacia la salida, me choqué con mi hermano Marcos. Me dijo: “¿Está todo bien, hermano?“. Lo miré y respondí: “Sí, todo está bien, solo fue un malentendido, pensé que había visto algo”. Di una pequeña risa antes de irme, calculando las posibilidades de que eso haya sido real o solo una mala jugada de mi mente. Hago mis cosas cotidianas para olvidar ese suceso: limpiar, cocinar y pensar en algo que hacer o cuidar a mi hermanito. Mientras hacía todo eso, vi a mi padre sacar un pedazo de carne y ponerlo en la heladera antes de irse. Después de eso, vi una puerta abierta y, como jugada de niños, decidí abrirla mientras mi padre estaba distraído. Le dije a Marcos que viniera, y a escondidas abrimos la puerta con mucho cuidado.
Era impresionante, todo lleno de carnes de diferentes tipos. Le tenía envidia a mi padre por eso. Mientras caminábamos, le señalé a mi hermano una trituradora de huesos inmensa, utilizada para triturar los huesos de vaca. Le dije que estaría bueno verla más de cerca, y él accedió. Subí primero las escaleras para ver cómo era. Me acerqué a la trituradora, mirándola atentamente para entender su funcionamiento. Mi hermano Marcos permanecía abajo y dijo: “Che, AJ, sal de ahí, si nos ve papá nos mata”. Bajé lentamente, pero un leve movimiento hizo que casi me cayera en la trituradora, que estaba apagada. Por suerte, no pasó nada. “¿Estás bien, AJ?“, preguntó mi hermano. “Sí, sí, estoy bien, tranquilo, solo fue un resbalón”, respondí. Bajé con calma y le dije: “¿A qué no te atreves a subir?“. Mi hermano se rió y dijo: “¿Y qué me das a cambio si lo hago?“. Lo miré y le dije: “Te doy mi flor roja”. “Ni loco hago eso por una rosa berreta”, respondió mi hermano. “Está bien, ¿por 10 pesos?“, le ofrecí. “Ahora sí estamos hablando, AJ”, dijo mi hermano con una voz burlona. Se preparó y subió lentamente.
Mientras él hacía eso, volví a ver esa maldita sombra negra, pasando rápidamente. Como si el viento fuera tan malvado, lo empujó... Haciendo que se agarrara de lo primero que vio, que era la palanca de encendido, prendiéndola en el proceso. Y tan rápido como desastroso, lo llevó sin la posibilidad de salvarse. Escuchando sus gritos, intenté salvarlo, agarrándole de las piernas para poder sacarlo de allí, mientras mi padre corría para apagarla. Ya era demasiado tarde.