Elfen Lied:True Love

Summary

Tras su peela contra Mariko, Kaede comienza a dudar en su sed de venganza y al ver que Kurama se sacrificó al salvar a su hija, ella decide protegerla entablando una relación al principio tensa pero conforme pasa el tiempo, un amor mutuo e inesperado crece en ellas.

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1
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n/a
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18+

Confesión

Empieza a Kaede caminaba tambaleándose, su cuerpo marcado por el dolor de la batalla contra Mariko y las heridas de la emboscada de los militares. Cada paso le costaba esfuerzo, con una mano presionando su costado ensangrentado. Sin embargo, su determinación no vacilaba. A pesar del sufrimiento que la consumía, su mente estaba fija en una sola cosa: encontrar a la hija de Kurama. La necesitaba, deseaba salvarla. Pero primero, debía enfrentarse a algo más personal.

Cuando divisó a Nana, aún en cuclillas y sollozando por la muerte de quien consideraba su padre, Kaede no pudo evitar sentir una oleada de emociones contradictorias recorriendo su ser. El dolor de sus heridas se mezclaba con una angustia interna, más profunda, que comenzó a arder en su pecho. Se acercó lentamente, sus ojos oscuros fijos en la joven.

—Kaede… —susurró Nana, su voz quebrada y vulnerable, como si cada palabra le desgarrara el alma.

—No hay tiempo, Nana… —murmuró Kaede con un tono bajo y firme, acercándose aún más—. Regresa con Kouta… por favor, vete del país.

La cercanía entre ellas se hizo palpable, como una tensión invisible que parecía envolverlas. Nana, sorprendida por el tono de Kaede, se levantó lentamente, su mirada chocando con la de la reina Diclonius. La respiración de ambas se hizo más pesada, y la dureza en la voz de Kaede comenzó a desmoronarse ante la emoción que sentía por su joven compañera.

—No puedo irme sin ti, Kaede… Kouta te necesita —respondió Nana, su voz ahora cargada de un calor que hacía eco en el aire entre ellas.

Kaede cerró los ojos, cada palabra de Nana removiendo algo profundo dentro de ella. Cuando volvió a abrirlos, su mirada era melancólica, pero decidida.

—Él ya no me necesita —dijo en un susurro, mientras daba un paso más hacia Nana, quedando peligrosamente cerca—. Ya te tiene a ti, a Mayu, Wanta… y a Yuka. Haz lo que yo nunca pude hacer con él, Nana… Confío en ti, vuelve a casa.

La proximidad entre ambas era casi electrizante, y Nana, sin poder evitarlo, posó una mano temblorosa en el brazo de Kaede. Sus ojos se encontraron de nuevo, esta vez con algo más que simple tristeza en el aire.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Nana, su voz apenas un murmullo mientras sus dedos se deslizaban suavemente sobre la piel herida de Kaede, un roce que, aunque leve, era cargado de una intensidad que las dejó sin aliento.

Kaede miró hacia el cielo por un instante, sintiendo el calor del toque de Nana, y sus puños se cerraron.

—Debo salvar a Mariko —susurró, cada palabra como una confesión, un secreto compartido entre ellas.

Nana la miró, sus labios entreabiertos mientras procesaba lo que había escuchado. El aire entre las dos parecía cargado de una energía que ninguna de las dos podía nombrar.

—Prométeme que vivirás —pidió Nana, su voz temblando, mientras se acercaba aún más, su frente casi rozando la de Kaede—. Hazlo no solo por ti, sino por mí… y por quienes te amamos.

Kaede, sin decir nada, alzó una mano y acarició suavemente la mejilla de Nana, un gesto que, aunque fugaz, hizo que ambas sintieran un escalofrío recorrer sus cuerpos.

—Lo prometo —susurró Kaede, sus labios peligrosamente cerca de los de Nana, antes de apartarse lentamente—. Ahora vete.

Con un último vistazo, Nana retrocedió, sus ojos llenos de lágrimas, mientras Kaede se elevaba en el aire con sus vectores, dejando tras de sí una mezcla de dolor y anhelo.

—Adiós, Kaede… —susurró Nana mientras veía cómo desaparecía en la distancia.escribir aquí...

Mariko avanzaba lentamente por el parque, sus sollozos resonando en el aire mientras su mente deliraba, alternando entre risas y llantos desesperados. Cada paso la llevaba más cerca del acantilado, donde las olas del mar rugían bajo sus pies, como si la invitaran a liberarse de su sufrimiento. No había nada que la atara a la vida, o al menos eso creía.

En ese mismo instante, Kaede corría desesperada por el bosque. El sonido de los soldados la rodeaba, pero su ira explotó sin control. Sus vectores, salvajes y precisos, destrozaban los cuerpos de los militares a su paso, bañando el suelo en una escena visceral. Entre gritos de furia, Kaede sintió algo, un rastro. Mariko estaba cerca.

Con el corazón latiendo con fuerza, llegó justo cuando Mariko estaba a punto de lanzarse al vacío. Su cuerpo se balanceaba en el borde del acantilado, el viento agitaba su hermoso cabello, y sus labios susurraban incoherencias. Con un movimiento rápido, Kaede atrapó su brazo antes de que pudiera caer.

—¡No, por favor, no me mates! —gritó Mariko, su voz temblorosa y llena de terror mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

Pero, en lugar de empujarla o herirla, Kaede la jaló con fuerza hacia sí misma, envolviéndola en un abrazo apretado. El calor de su cuerpo chocó contra el de Mariko, deteniéndola en seco.

—¿Por qué? —susurró Mariko, su voz entrecortada, confundida por el inesperado contacto—. ¿Por qué me abrazas?

—Lo siento tanto… —Kaede enterró su rostro en el cuello de Mariko, su voz quebrada por el arrepentimiento—. Fui egoísta, dejé que la venganza me consumiera, pero tu padre se sacrificó por ti… No permitas que su sacrificio sea en vano.

El roce de las manos de Kaede sobre el cabello de Mariko la dejó sin aliento. Sus dedos deslizándose suavemente por los mechones húmedos crearon una intimidad que Mariko no había experimentado nunca. La confusión y el miedo que la envolvían comenzaron a desvanecerse con cada caricia, pero su momento de consuelo no duraría. Las voces de los soldados resonaron a lo lejos, acercándose peligrosamente.

Kaede se apartó, su mirada oscura y amenazante fija en el horizonte. Sin decir una palabra, cargó en sus brazos a Mariko, sintiendo el suave temblor de su cuerpo contra el suyo.

—Agárrate fuerte —le susurró al oído, su aliento cálido enviando un escalofrío por la piel de Mariko.

Ambas se lanzaron al acantilado, el viento envolviendo sus cuerpos mientras descendían hacia la playa oculta. Los soldados no lograron seguirlas.

Pasaron horas desde el salto, y el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte. Kaede, completamente desnuda, observaba el mar mientras su cabello ondulaba con la brisa salada. Sus ropas, junto a las de Mariko, colgaban cerca, secándose. La cabaña de madera donde se refugiaban ofrecía apenas algo de intimidad.

Mariko, temblando, se cubría el cuerpo con sus brazos. Al ver entrar a Kaede, sus ojos se llenaron de confusión y angustia.

—¿Por qué me salvaste? —preguntó, su voz apenas audible.

Kaede la miró con suavidad, sus ojos brillando con sinceridad.

—Lo hice porque ya no quiero causar más sufrimiento, Mariko. Tú y yo somos víctimas… de todo esto.

Mariko apretó los puños, llena de ira y frustración.

—¡Mentira! ¡Querías matarme, querías destruir a mi padre! —exclamó, sus ojos llenos de dolor.

En un arrebato, Mariko liberó sus vectores, atrapando a Kaede y sujetándola con fuerza. Sin embargo, Kaede no se resistió. En lugar de luchar, se rindió, dejando que las lágrimas llenaran sus propios ojos.

—Si esto te dará paz… hazlo. No me defenderé.

Mariko, furiosa, lanzó uno de sus vectores contra la pared, creando un cráter en la madera, pero no pudo terminar lo que había empezado. Su respiración era irregular, su cuerpo temblaba, y dejó caer a Kaede con un suspiro.

Se dejó caer al suelo, cubriéndose la cara, incapaz de contener las lágrimas que brotaban sin control. Kaede, arrodillándose junto a ella, no dijo nada. Simplemente permaneció cerca, su presencia una mezcla de confort y tormento.

La noche caía suavemente sobre ellas, mientras el crepitar de la fogata iluminaba sus rostros con un brillo tenue y cálido. Sentadas frente al fuego, compartían en silencio el pescado que Kaede había capturado horas antes. La tranquilidad del momento parecía envolverlas, pero Mariko rompió el silencio con una confesión que hizo que el aire se tensara.

—¿Sabes que mientras estés conmigo, soy un peligro para ti? —murmuró, sus palabras flotando en el aire.

Kaede, sorprendida por la seriedad en su voz, la miró con el ceño fruncido.

—¿Por qué dices eso, Mariko? —preguntó, su voz suave pero llena de preocupación.

—Esas malditas personas me implantaron bombas en las extremidades. Si encuentran un nuevo detonador, no dudarán en usarlo para acabar con nosotras.

El rostro de Kaede se oscureció momentáneamente ante la confesión. Pero en lugar de desanimarse, acercó su mano y la colocó sobre el hombro de Mariko, el calor de su toque inundando el cuerpo de la hija de Kurama.

—No me importa lo que tenga que hacer, te sacaré esas bombas, Mariko. Lo prometo. —Las palabras de Kaede eran firmes, pero había algo más en su tono, una promesa cargada de una ternura inesperada.

Mariko no respondió de inmediato. Las sombras danzaban en sus ojos mientras se preguntaba si Kaede realmente estaba dispuesta a arriesgar tanto por ella. Esa mano cálida que apretaba la suya le transmitía más que simples palabras, una conexión que la hizo estremecerse.

Horas después, Kaede la llevó a una clínica abandonada, con sus pasillos vacíos y lúgubres resonando bajo sus pies. Mariko había marcado las zonas de su cuerpo donde se encontraban las bombas, trazando cruces sobre su piel desnuda. Cuando llegaron al quirófano, el aire se cargó de tensión mientras Kaede la ayudaba a acostarse en la camilla.

—¿Sabes lo que estás haciendo? —preguntó Mariko, su voz temblando de nerviosismo.

Kaede se inclinó sobre ella, con sus ojos oscuros y serios, pero en ellos había algo más que seguridad. Había deseo de protegerla, de demostrarle cuánto había cambiado.

—No lo sé… —respondió con sinceridad, deslizando sus dedos por la mano de Mariko, apretándola suavemente—. Pero por salvarte, por verte sonreír de nuevo, haré lo que sea. Quiero que sepas que ahora eres importante para mí.

El contacto de sus manos hizo que un escalofrío recorriera el cuerpo de Mariko, y durante un breve momento, todo el miedo se desvaneció. Esa cercanía, esa vulnerabilidad compartida, las unía de una manera diferente, más íntima.

Kaede preparó el área, esterilizando cada zona donde haría los cortes. Luego, con la precisión de sus vectores invisibles, comenzó a operar. Mariko, consciente pero adormecida por los analgésicos, observaba cómo la piel de su brazo derecho era cortada delicadamente, revelando la pequeña bomba que Kaede extraía con sumo cuidado. El susurro de los vectores a su alrededor era casi tan íntimo como el toque de Kaede sobre su piel.

—Al fin eres libre, Mariko… —dijo Kaede, su voz ronca de emoción mientras dejaba la bomba en una bandeja de metal.

El proceso se repitió con las piernas de Mariko, mientras sus ojos se encontraban en un silencio cargado de promesas. Kaede, atenta a cada detalle, a cada movimiento, no apartaba la mirada de su compañera, ansiosa por liberarla de cualquier dolor, de cualquier temor.

Mariko respiró hondo cuando la última bomba fue retirada, su cuerpo temblando tanto por la operación como por el contacto inquebrantable de Kaede. Estaba desnuda, vulnerable, pero al mismo tiempo, una nueva sensación de libertad comenzaba a invadirla.

Kaede la miró con una mezcla de orgullo y deseo.

—Ya nada te ata a esos bastardos, Mariko. Eres libre.

Sus palabras resonaron en el aire mientras la intimidad de la situación las envolvía en un silencio cargado de emociones. La noche seguía afuera, pero dentro de ese pequeño quirófano, algo mucho más profundo había nacido entre ambas.

Kaede terminó de suturar las heridas de Mariko con cuidado y precisión. Al concluir, levantó su cuerpo frágil pero lleno de vida, cargándola en sus brazos como si no pesara nada. La reina Diclonius la llevó lejos de aquel lugar, a un refugio donde nadie pudiera interrumpir la paz que tanto ansiaban.

Un año había pasado desde entonces. Kaede y Mariko habían vivido en tranquilidad, ocultas de las miradas del mundo. La reina Diclonius había aprendido a robar de cajeros automáticos, lo suficiente para alquilar un pequeño apartamento. En ese lugar anónimo, lejos de todo, Kaede encontró un respiro. A veces enviaba cartas a Kouta, quien vivía en Europa junto a Nana y las demás, y aunque la noticia de su matrimonio con Yuka y el nacimiento de sus gemelas le dolía en lo más profundo de su ser, sabía que era lo mejor para él... y para ella.

Kaede terminó de leer una carta de Nana cuando una lágrima solitaria recorrió su mejilla. El eco de una puerta abriéndose la distrajo. Se limpió la lágrima rápidamente y levantó la vista. Mariko estaba en la entrada de su habitación, luciendo un hermoso vestido blanco largo.

—Kaede-Nee... ¿Te gusta mi nuevo vestido? Es el que me compraste —dijo Mariko con una sonrisa tímida.

Kaede se acercó a ella con una expresión tierna en su rostro.

—Siempre te ves hermosa, Mariko. No importa lo que lleves puesto. Tus padres estarían tan orgullosos de ti, te dirían lo linda que te ves —respondió Kaede suavemente.

Sin decir una palabra, Mariko envolvió sus brazos alrededor de Kaede, abrazándola con fuerza. Su cuerpo temblaba, sus manos se aferraban a la blusa de la reina Diclonius, mientras susurraba con dulzura:

—No me dejes nunca, Kaede... No te apartes de mí...

Con una voz suave y reconfortante, Kaede respondió:

—Nunca te dejaré, Mariko. Siempre estaré contigo.

Las noches en su pequeño apartamento eran tranquilas, hasta que una tarde, Kaede regresó después de un largo día. El apartamento estaba oscuro, y no veía señales de que Mariko hubiera vuelto de sus compras. Suspiró, pensando que aún tendría un poco de tiempo para relajarse. Se dirigió a su habitación, se quitó la ropa y dejó que el agua caliente de la ducha cayera sobre su cuerpo, relajando sus músculos. Lo que no sabía era que no estaba sola.

Al salir del baño, secándose el cabello mojado, se puso una pijama ligera y se sentó en la orilla de su cama, sintiendo el alivio del descanso. De repente, una extraña sensación le recorrió la piel, como si alguien la estuviera observando. Al voltear rápidamente, se quedó perpleja al ver a Mariko de pie en la habitación. La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando el cuerpo desnudo de la joven.

—Mariko… —susurró Kaede con sorpresa—. ¿Estás bien? Pensé que no habías llegado aún.

Mariko dio un paso adelante, sus ojos brillando con una mezcla de inocencia y algo más profundo. Su voz era dulce, casi un susurro.

—Estaba esperándote, Kaede-Nee... He estado pensando en muchas cosas... En todo lo que has hecho por mí. Me salvaste tantas veces, arriesgaste tu vida por la mía. Eres como una hermana mayor, como una madre... pero...

Kaede observaba el cuerpo de Mariko, su piel desnuda bajo la luz plateada, mientras su corazón comenzaba a latir más rápido.

—Pero... siento algo más —continuó Mariko, su voz temblando de emoción—. Algo más que solo verte como una hermana mayor o una madre. No puedo evitar lo que siento por ti... No quiero seguir ocultándolo...

Los ojos de Kaede se abrieron ligeramente, una mezcla de asombro e incertidumbre. Mariko se acercó lentamente, cada paso haciéndola sentir el calor de su cuerpo. Kaede tragó saliva, sin saber cómo responder, mientras el espacio entre ellas se reducía a nada.

Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Mariko mientras se abrazaba a sí misma, su vulnerabilidad expuesta frente a Kaede.

—¡Tengo miedo, Kaede! Miedo de que me rechaces, de que me odies… Solo quiero estar a tu lado, siempre. Ser tu pequeña Mariko… ¡Ser tu chica! ¡Te amo, Kaede!

Kaede, sorprendida por la confesión, sintió su corazón latir con fuerza. Sin decir una palabra, se acercó lentamente a Mariko, sus manos temblorosas mientras tomaba sus mejillas, levantando su rostro para que sus ojos se encontraran.

—Mariko... jamás pensé que dirías algo así, pero yo también... he empezado a sentir algo más profundo por ti. Tú me has hecho volver a creer en el amor. Me has hecho feliz... más de lo que imaginaba.

Ambas se miraron por un instante, sus respiraciones mezclándose en el aire cargado de emociones. Los rostros se acercaron hasta que sus labios se unieron en un beso apasionado, un beso que llevaba consigo todo el amor reprimido. Mariko deslizó sus manos por la espalda de Kaede, sus caricias urgentes, llenas de anhelo.

El mundo a su alrededor desapareció cuando, con suavidad, Kaede la llevó a la cama. Se tumbó sobre ella, su piel rozando la de Mariko mientras la reina Diclonius dejaba caer su pijama al suelo, revelando su cuerpo desnudo. Mariko la miró con adoración, sus manos recorriendo cada curva de Kaede, dibujando caminos de deseo sobre su piel.

Sus cuerpos se encontraron en una danza de pasión, amor y lujuria. Las caricias se volvieron más íntimas, sus labios exploraron la piel de la otra sin reservas, y los gemidos comenzaron a llenar la habitación. Mariko observaba a Kaede, fascinada por la intensidad de su mirada, y Kaede, perdida en el placer, la besó con una mezcla de fervor y posesión.

—Eres mía, Mariko... —susurró Kaede con voz grave y dominante—. Solo mía. Nadie más puede tocarte.

Mariko la miró, sumisa y entregada, sus labios curvándose en una sonrisa suave.

—Solo tuya, mi reina... siempre tuya.

En un gesto inesperado, Mariko se inclinó hacia adelante, sus labios envolviendo el pecho de Kaede. Los suspiros de la reina se convirtieron en gemidos profundos, y cuando sintió la calidez de Mariko en su piel, la excitación creció en ella de una forma que nunca antes había experimentado.

—No te detengas... —susurró Kaede, su voz cargada de deseo—. Toma todo de mí...

La conexión entre ambas era palpable, mientras los cuerpos se entrelazaban en una entrega absoluta, el placer mutuo transformándose en algo casi espiritual. Las energías de sus vectores comenzaron a manifestarse, danzando por la habitación, dejando marcas en el techo y las paredes, reflejo del éxtasis que compartían.

A la mañana siguiente, los primeros rayos de sol entraron tímidamente por la ventana. Kaede abrió los ojos lentamente, pero al girarse, notó que Mariko ya no estaba a su lado. Se levantó, siguiendo el aroma tentador que venía de la cocina. Cuando llegó, la vio de pie, vestida únicamente con un delantal, preparando el desayuno. Mariko se giró para mirarla, y con una sonrisa dulce, susurró:

—Buenos días, amor.

El corazón de Kaede se llenó de calidez al ver la escena, sabiendo que, después de todo, su amor había florecido en algo hermoso, algo más allá de lo que alguna vez había imaginado.