Prólogo
La visión de aquel escenario era irreal, tan retorcidamente impactante, que si alguien hubiese advertido sobre tal acontecimiento incoherente, sacado de lo que podría ser el libro de fantasía más irreal jamás escrito, nadie le hubiera prestado más atención de lo que un elefante le prestaría a una hormiga. Un escenario, que ni el confabulador más recalcitrante hubiese sido capaz de elugubrar.
El sinsentido de aquel día, carente de toda lógica alguna, no cabía de ninguna forma en las mentes de los que aterrados, presenciábamos esa visión espantosa. Las pisadas de aquellos extraños que atravesaban las calles de nuestra ciudad, resonaban en cada rincón, en cada esquina, con la velocidad que lo hace una bala al ser disparada hacia su objetivo; implacable y estruendosa, cómo el retumbar de ese millar de botas negras al chocar con el empedrado de adoquín, acompañado por el impasible traqueteo de la maquinaría bélica que venía tras ellos. Imponentes vehículos blindados que con su andar enardecía el espíritu de los que seguía, y quebrantaba a los que atónitos veíamos como de un día para otro, la ciudad de Nova, la joya de nuestra nación, había caído en manos no de un país, ni siquiera de un ejército, sino de un poder escabrosamente aterrador.
Nos apelotonábamos en las calles, viendo con temor como esos hombres, vestidos de ese característico verde militar, marchaban con júbilo hacía el capitolio, con una sensación de victoria, una victoria increíble que ni ellos creían posible. Se notaba en sus rostros, era algo que compartían con nosotros en aquel momento. Una situación tan improbable, tan poco creíble, tan irreal.
Cuando nuestra nación marchó hacía el norte junto al medio millón de hombres del Imperio de Mandstone, se hablaba en el periódico de lo que sería una victoria fácil contra la tiranía imperialista que amenazaba nuestro continente.
—¡Sus tropas se retiran, no son rivales para nosotros!— Se escuchaba en la radio tan seguido y con tanta seguridad, que todos en Nova dábamos por hecho lo que se anunciaba como un triunfo inminente. Por eso dos meses después, cuando oímos que nuestro ejército había sido derrotado, dejando paso libre a las tropas del enemigo que marchaban sin obstáculo alguno hacia nuestra ciudad, el desconcierto fue tal, que no pude mover un solo músculo en lo que duró el anuncio, ni siquiera para respirar.
Esa mañana, hombres y mujeres mirábamos perplejos cómo en aquella avenida aparecía lentamente su figura, la figura de un hombre que se erguía imponente sobre aquel vehículo negro. Perplejos y con la mirada en blanco, presenciábamos esa imagen de pesadilla que nunca imaginamos sería posible. Tantas cosas habíamos escuchado de ese hombre, tantas que ya era difícil recordarlas, tan malas y grotescas, que era impensable creer que un humano pudiera ser tan malvado. Aún así, todos quedamos atónitos ante la devastación que causó el paso de aquel hombre sobre el norte de nuestra nación. Nuestro hogar.
Ahora se encontraba frente a nosotros, y por primera y última vez pude verlo, avanzando lentamente en aquel coche negro, con sus banderas naranja fuego ondeando a su alrededor. Orgulloso, apuntaba su puño cerrado hacia el cielo y al verlo, sus tropas lo imitaban, arrancando de sus gargantas un millar de gritos que al unísono, hacían vibrar las calles de la ciudad. Lo adoraban, como a una especie de mesías que los llevaría a la gloria absoluta, a la gloria eterna. Pero ese hombre que tanto adoraban, que tanto idolatraban, bajo esa piel blanca como la nieve del invierno más frío y esos ojos negros como la más oscura de las noches, bajo la carne y los huesos, se hallaba un monstruo. Un monstruo que aunque en ese momento no lo sabía, traería consigo un cataclismo mundial que arrasaría con el continente, haciéndolo sangrar hasta la última gota.
Millones seríamos asesinados, en lo que duraría el conflicto más grotesco que vivió la historia de nuestra especie, millones de nosotros. En ese momento, una sensación espantosa me recorrió de pies a la cabeza, cuando aquel monstruo volteó a verme. Aún en ese mar de gente, posó su mirada sobre mi, cómo si supiera exactamente que yo estaría allí, en ese lugar.
Por un momento lo vi, directamente a los ojos, esos ojos vacíos en los que durante un instante se reflejó aquel infierno que estaba por venir. Una visión hacia un futuro aterrador, uno del que no podría escapar. Estaba aferrado a mi, impregnado en mi pelo, en mi piel, en mi sangre y en lo más profundo de mi alma, en mis antepasados, en mis hijos y en mis hermanos.
Aquella mañana del doceavo día del mes del Águila en el año mil ochocientos cincuenta y cinco de la Nueva era; cuando Heinrich Von Manstein y los Dúngaros tomaron la ciudad de Nova, mi destino y el de toda mi raza estaba escrito, escrito con la sangre de todos nosotros. Ese día todos lo supimos, nadie podía escapar del infierno que caería sobre nosotros. No podíamos escapar de la guerra. Una guerra que no era nuestra.