14 días [BL] / Pausada

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Summary

Alfred ha pasado años guardando un secreto que le quema por dentro: está locamente enamorado de su mejor amigo, Timothy Parker. Pero este año, justo a tiempo para San Valentín, ha decidido que es hora de dejar de lado el miedo y confesar sus sentimientos. Con solo 14 días por delante, Alfred se embarca en una divertida y caótica misión, apoyado por un grupo de amigos que están más que dispuestos a ayudarle. Sin embargo, en su camino hacia la declaración, se enfrenta a malentendidos hilarantes y situaciones inesperadas que pondrán a prueba su determinación. P.D Todos saben que Timothy también siente algo especial por Alfred, pero los dos son unos tontos enamorados que no parecen darse cuenta que se corresponden.

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
16+

Inicio

«Maldición, Darcy, ¿Dónde mierda estás?»

Alfred Barnes tamborileaba inquieto con los dedos sobre la mesa. Su capuchino se enfriaba lentamente, olvidado tras un par de sorbos cortos y amargos. Hacía más de media hora que le había enviado un mensaje a su mejor amiga, urgido por la necesidad de hablar con ella. Le había dicho que la esperaría en Tatte Bakery & Cafe y esta le había respondido con un “voy de inmediato”. Pero el “de inmediato” se había diluido en el aire, y de ella no había ni rastro.

Suspiró profundamente y desvió la mirada hacia su café, que reflejaba sus cejas fruncidas. «¿Qué demonios la tiene tan ocupada?», pensó mientras se mordía el interior de la mejilla. Sus uñas seguían golpeando rítmicamente la mesa, atrayendo miradas curiosas por parte de los baristas, quienes parecían debatirse entre acercarse a preguntarle si todo estaba bien o dejarlo en paz.

«Ya, Darcy, aparece de una maldita vez», rogó en silencio, ocultando su rostro con las manos.

La campanilla de la puerta interrumpió sus cavilaciones. Darcy había llegado, como un torbellino, jadeando y con su cabello azabache desordenado. Su ropa lucía arrugada, y la correa de su mochila colgaba de un lado, casi deslizándose por completo de su hombro. Su mirada recorrió el local hasta dar con él, y cuando lo vio, Alfred le dedicó una mirada que reflejaba tanto alivio y molestia.

—Perdona la demora —dijo Darcy, desplomándose en la silla frente a él mientras trataba de recuperar el aliento—. Surgió un... percance.

Alfred arqueó una ceja y la observó detenidamente. Fue entonces cuando notó una pequeña mancha azulada en su cuello. Una marca, inequívocamente, de un beso dejado por un pintalabios demasiado llamativo.

Una risa seca escapó de sus labios.

—Sí, ya veo —dijo Alfred, señalando hacia su cuello.

Darcy, confundida, llevó la mano a su cuello e inmediatamente sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso. Torpemente, subió el cuello de su blusa para intentar ocultarla, aunque ya era demasiado tarde.

—Dile a Freya que use un color menos escandaloso —comentó Alfred con un tono sarcástico, pero no carente de afecto.

—¿De qué querías hablar? —cambió Darcy rápidamente de tema, intentando desviar la atención—. Dijiste que era algo urgente, ¿Te pasó algo? ¿Le pasó algo a tu mamá?

—No... —murmuró, bajando la vista hacia su café.

—¿Entonces?

Alfred respiró hondo, cerró los ojos un momento, y cuando los abrió, fijó su mirada en su amiga.

—Voy a decirle a Tim lo que siento por él.

La reacción de Darcy fue inmediata. Soltó una risa seca, incrédula, mientras se cruzaba de brazos y apartaba la mirada hacia la ventana.

—Sí, claro —respondió con un tono cargado de escepticismo—. Como si realmente lo fueras a hacer.

Alfred frunció el ceño.

—Hablo en serio, Darcy.

—Yo también hablo en serio, Al—dijo Darcy—. Con esta, sería la cuarta vez que intentas confesarte a Tim. Ambos sabemos que te arrepentirás en el último momento.

—No será así.

—Por favor, Al. Siempre dices lo mismo. ¿Recuerdas la visita a la Mansión Pittock? ¿O la fiesta de graduación? ¿O cuando lo llevaste a conocer Central Park? Oportunidades perfectas, y las dejaste pasar.

Alfred apretó los labios, masajeándose la sien como si quisiera borrar esos recuerdos de su mente.

—Lo sé —murmuró, irritado—. Pero esta vez será diferente.

Darcy arqueó una ceja, claramente dudando de su determinación.

—¿Ah, sí? ¿Y qué te hace pensar que esta vez es diferente? ¡Siempre terminas igual! —reclamó su amiga—. No entiendo porque te da tanto miedo decirle a Tim que lo amas.

El pie de Alfred empezó a moverse frenéticamente bajo la mesa. Sus manos se cerraron en puños mientras trataba de articular una respuesta.

—Es…difícil... —dijo finalmente, con la voz cargada de emoción—. No quiero perder a mi mejor amigo. Si él me rechaza...yo…

Darcy suavizó su expresión al ver el dolor en los ojos de su mejor amigo. Extendió su mano y la colocó sobre la de él.

—Alfie... Entiendo que tengas miedo. Yo pase por lo mismo—le dijo—. No tienes que apresurar las cosas si no te sientes listo. El momento llegará…

Alfred negó con la cabeza.

—No estoy apresurando nada. De verdad creo que es el momento. No puedo seguir viviendo con este peso. ¡Tengo que hacerlo!

Darcy lo miró fijamente, como evaluando la sinceridad de sus palabras. Finalmente, tras un breve silencio, se levantó de su asiento.

—Espérame aquí un momento.

Sin darle tiempo a preguntar nada, Darcy caminó hacia el mesón, dejando a Alfred un poco desconcertado. Este la siguió con la mirada por unos segundos antes de desviar su atención hacia la ventana. Afuera, se veían algunos estudiantes cargando mochilas, grupos charlando en las mesas exteriores, y el ocasional ciclista esquivando peatones. Pero Alfred no veía nada de eso realmente. Su mente estaba en otro lugar.

«Voy a hacerlo», se repetía como un mantra. «Le diré a Tim cuánto lo amo».

En ese momento, como si su mente buscará fortalecer su resolución o tal vez poner a prueba su determinación, fue arrastrado por sus recuerdos, retrocediendo en el tiempo al instante en que conoció a Tim.

Era el inicio del segundo año de secundaria. Él y Darcy se habían encontrado con horarios diferentes por primera vez, lo que dejó a Alfred sintiéndose un poco perdido por no tener a su amiga con él. En especial en química, donde él era un cero a la izquierda. Fue en esa clase donde su vida tomó un giro inesperado. El maestro había asignado parejas para un proyecto anual, y Alfred terminó con Timothy Parker, un chico que parecía un fantasma entre sus compañeros.

En aquel entonces, Tim era un joven introvertido, casi invisible. Pasaba las clases con la mirada fija en sus cuadernos o en algún libro que llevaba consigo, y sus respuestas eran poco más que un murmullo. Alfred recuerda que al principio se sintió frustrado; intentar interactuar con alguien que apenas respondía era agotador. Pero él no era alguien que se rindiera fácilmente.

Lo empezó a invitar en los almuerzos, para que pasara tiempo con él, Darcy y Lena, quien en ese entonces era su novia. También sacaba temas de conversaciones, ya sea relacionado al proyecto o sobre cualquier tema trivial. Y con el tiempo, Tim empezó a abrirse. Alfred aún recuerda el día en que escuchó a Tim reír por primera vez; fue una risa tímida y breve, pero para él fue como un rayo de luz en la oscuridad.

Para Alfred, ayudar a Tim a salir de su caparazón fue más que un logro: fue un privilegio. Lo vio florecer, hacerse más seguro de sí mismo, incluso hacer amigos propios. Se sentía orgulloso de haber sido parte de ese cambio y, a su vez, había encontrado en él algo que no esperaba: un amigo incondicional. Juntos comenzaron a compartir más tiempo fuera del aula, explorando bibliotecas, yendo al cine, acompañando a Darcy en sus prácticas de karate o simplemente jugando videojuegos. Tim se había vuelto su confidente, su apoyo constante.

Sin embargo, todo cambió al final de ese año.

El día de la entrega del proyecto había sido uno de nervios para Tim. Estaba tan ansioso que Alfred pasó gran parte de la clase tratando de calmarlo, asegurándole que todo saldría bien.

Y así fue.

Cuando sonó el timbre y la clase terminó, el maestro les pidió quedarse unos minutos más. Les dio la noticia de que su proyecto había sido tan impresionante que quería que representarán a la escuela en la feria de ciencias de la ciudad. Ambos estaban más que felices por ese logro, sobre todo Tim, quien, apenas el maestro salió del aula, abrazó de improvisto a Alfred. No fue un abrazo breve y casual, sino uno intenso, que transmitía gratitud y emoción. Alfred recuerda cómo sintió el calor del cuerpo de Tim contra el suyo, cómo su corazón empezó a latir con fuerza descontrolada.

Cuando Tim se separó, con lágrimas contenidas y una sonrisa en los labios, le agradeció por todo lo que había hecho por él ese año. Y en ese instante, mientras veía la luz en los ojos de Tim, Alfred supo que algo en su interior había cambiado.

Se había enamorado de Tim y, desde entonces, su amistad fue tanto un regalo como una tortura.

Obviamente, terminó con Lena a principios del tercer año, relativamente en “buenos términos”, y se enfocó solo en Tim, acompañándolo en cada nueva etapa de sus vidas, escondiendo sus sentimientos detrás de bromas y sonrisas, temeroso de que una confesión arruinara todo lo que tenían.

Y ahora, años después, en la universidad, ese amor seguía tan intenso como antes.

—Ya no más… —murmuró Alfred—. Ya no puedo seguir ocultándolo más…No puede seguir siendo un cobarde.

En eso, su amiga regresó, con un latte para ella y una gran rebanada de pastel de frambuesa que colocó en el centro de la mesa. Alfred miró aquella rebanada con una pequeña sonrisa, sintiendo el aroma dulce y ácido del postre.

—Para que te relajes —dijo Darcy, extendiéndole un tenedor con una sonrisa cómplice.

—Gracias… —murmuró Alfred, recibiendo el utensilio—. Siempre sabes cómo calmarme.

—Por supuesto que lo sé —respondió ella, llevando una mano a su pecho con un gesto teatral—. Somos amigos, confidentes, hermanos de otra sangre. Yo cuido de ti y tu cuidas de mí.

Alfred dejó escapar una pequeña risa. Sus palabras eran ciertas. Darcy y él se conocían desde que tenían memoria; sus madres, amigas de toda la vida, se habían asegurado de que ambos crecieran prácticamente como familia. Eran inseparables, y aunque muchas personas en sus círculos sociales —sobre todo sus madres— soñaban con verlos como pareja algún día, aquello nunca estuvo en sus planes, dado por dos razones. La primera razón, era que se veían como hermanos. No había lugar para el romance en su relación, solo una amistad pura y profundamente sincera. Y la segunda razón, y quizás la más obvia, era que a Darcy sólo le atraían las mujeres.

Alfred recordó con claridad el día que Darcy llevó a Freya, su novia, a una de las reuniones familiares. El anuncio había caído como una bomba. Los padres de Darcy, sus demás familiares, y hasta la propia madre de Alfred se habían quedado boquiabiertos. Nadie había sospechado nunca que la hermosa, inteligente y talentosa Darcy Powell era lesbiana.

Bueno, nadie excepto Alfred.

Por fortuna, todos los miembros de la familia Powell aceptaron la decisión de Darcy. El único tropiezo verdadero había sido su abuela, quien se había aferrado a la absurda idea de que Alfred tenía algo que ver con “convertir” a su nieta en lesbiana. Aunque aquello había sido incómodo, ahora lo recordaban como una anécdota más que alimentar sus interminables charlas.

—Ahora, dime, ¿Qué pasó? —preguntó Darcy, llevándolo de vuelta al presente.

—¿Eh? —respondió Alfred, aún medio perdido en sus pensamientos.

—Las únicas veces en que te pones así de serio, es porque algo lo detonó—dijo ella, tomando un sorbo de su café mientras lo observaba con atención—. Y debió ser algo grande para que estés tan decidido a declararte a Tim.

Alfred tragó saliva y desvió la mirada, empezando a jugar nerviosamente con sus dedos.

—Bueno…Hace poco… Vi a Tim con una chica en la biblioteca —confesó finalmente, su voz apenas audible.

Darcy se detuvo, bajando lentamente su taza, mientras sus ojos se abrían en sorpresa.

—Era una chica… algo linda —continuó Alfred al notar el silencio de su amiga—. Estaba pegada al brazo de Tim como una garrapata y él… se veía bastante cómodo con eso…

Un silencio tenso se instaló entre ambos. Alfred miró de reojo a Darcy, quien permanecía inmóvil, procesando la información. Pasaron unos minutos que parecieron horas antes de que algo rompiera el momento: una carcajada.

Darcy comenzó a reír, echando la cabeza hacia atrás como si hubiera escuchado el mejor chiste del mundo.

—¿Qué es tan gracioso? —preguntó su amigo, sintiéndose ligeramente ofendido.

Darcy trató de contenerse, pero cada vez que abría la boca para responder, la risa la dominaba de nuevo. Finalmente, logró calmarse lo suficiente para articular algunas palabras.

—¿Tú… tú estás celoso? —dijo entre risas, limpiándose una lágrima de la mejilla—. ¿Crees que esa chica te va a quitar a Tim?

—Pues…si—Alfred ladeó la cabeza, confuso y algo molesto.

—Alfie… por favor. Ambos sabemos que Tim no se inclina para ese lado.

—Que tú digas que Tim es homosexual no significa que sea cierto.

—¡Pero si es cierto! —exclamó Darcy—. Sabes que tengo un don para saber cosas de la gente con solo mirarlas. Además, entre personas LGBT nos identificamos.

—Eso me sigue pareciendo absurdo.

—¿Acaso me he equivocado alguna vez? —preguntó Darcy, ladeando la cabeza mientras levantaba un dedo acusador—. ¿Debo recordarte el caso de mi prima? ¿De nuestros compañeros de secundaria, Diego, Karin y Becky…? ¿O de ti, señor “yo no soy bisexual”?

Alfred soltó una risa ligera, una mezcla de diversión y resignación.

—Touché.

—Te lo digo, Alfie. A Tim le gustan los hombres, no tienes porqué sentir celos al verlo con una “garrapata” —dijo Darcy, haciendo comillas con los dedos al pronunciar la última palabra con un dramatismo exagerado.

Alfred asintió, desviando la mirada.

—Ahora, si hubiera sido un hombre, entendería tu pánico —continuó Darcy, sin perder su tono burlón—. Sobre todo, si hubiese sido un hombre atractivo como Henry Cavill, Ryan Gosling o Jake Gyllenhaal. Ahí no hubieses tenido oportunidad, amigo.

—Gracias, Darcy. Me estás haciendo sentir mucho mejor —dijo Alfred con sarcasmo.

Darcy se limitó a dedicarle una sonrisa satisfecha antes de cambiar de postura, apoyándose contra el respaldo de la silla con aire triunfante.

—Ya, hablando en serio —dijo Darcy, revolviendo su café—. Si dices que vas a declararte a Tim, debo suponer que tienes un plan en mente, ¿O me equivoco?

—Algo así —respondió Alfred, encogiéndose de hombros.

—¿Algo así? —repitió Darcy con incredulidad.

—Planeo declararme en San Valentín.

Darcy abrió los ojos de par en par.

—¡¿Qué?! —exclamó, poniéndose de pie de golpe. Su voz atrajo las miradas de algunos clientes cercanos, lo que la hizo carraspear y volver a sentarse con las mejillas enrojecidas.

—¿Qué tiene de malo? —preguntó Alfred, confundido por la reacción.

—San Valentín es en 14 días a contar de mañana —respondió Darcy, aún con el rostro ligeramente ruborizado—. Yo pensaba que lo harías ahora o buscarías una fecha importante.

—San Valentín es una fecha importante —dijo Alfred con firmeza—. Quiero que sea algo especial…Tim se merece lo mejor.

Darcy se cruzó de brazos, inclinando la cabeza hacia un lado mientras lo miraba con escepticismo.

—Muy bien —dijo finalmente—. ¿Y qué vas a hacer durante esos días?

—Pues, pensaba darle regalos o invitarlo a salir —respondió Alfred con un tono que intentaba sonar seguro—. Ya sabes, como para darle indirectas. Quizás él se vaya haciendo una idea. Preparar el terreno, como dice el profesor Smith.

—Entiendo… —murmuró Darcy, frunciendo el ceño mientras adoptaba una postura pensativa—. ¿Y dónde lo llevarías? ¿O qué cosas le vas a dar?

—Eh… Bueno… Eso no lo había pensado aún…

Darcy soltó un suspiro exagerado y llevó ambas manos a su rostro, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.

—A veces no entiendo cómo es que estudias Economía —dijo Darcy, dejando caer las manos en la mesa con dramatismo—. Eres tan tonto a veces.

—Mira quién habla —replicó Alfred—. Tú estuviste dos semanas enteras pensando en qué regalarle a Freya para su cumpleaños, cuando ella prácticamente te lo dijo en la cara.

El rostro de Darcy se puso rojo como un tomate. Su boca se abrió para decir algo, pero antes de que pudiera defenderse, Alfred estalló en carcajadas, incapaz de contenerse.

—¡Eso es diferente! —protestó Darcy, aunque su tono era menos serio y más avergonzado.

—Claro que sí, Darcy. Muy diferente —dijo Alfred entre risas.

—¡Lo es! —insistió Darcy, apuntándolo con una cucharita como si estuviera dictando una sentencia—. Además, Freya es... bueno, Freya es especial. ¡Tenía que darle algo grande!¡No un simple regalo!¡Ella no es como cualquier persona!

—¡Y Tim tampoco lo es para mí!

—No puedo creer que tengamos este tipo de discusiones aún —murmuró Darcy, divertida, mientras negaba con la cabeza—. Así no se supone que actúan futuros trabajadores de la Bolsa de Nueva York.

—¿Cómo estás tan segura? Quizás sean igual de infantiles que nosotros, o incluso peor.

Ambos compartieron una risa ligera, como si la idea de ejecutivos financieros inmaduros fuese un secreto divertido entre ellos.

Darcy sacó su teléfono y comenzó a escribir rápidamente con los pulgares.

—¿Qué haces? —preguntó Alfred, inclinándose ligeramente hacia adelante con curiosidad.

—En la noche, tú, yo y Freya nos reuniremos en mi dormitorio para planear bien qué cosas harás estos días antes de tu declaración—respondió Darcy sin apartar la vista de la pantalla.

—No metas a Freya en esto —protestó Alfred, entrecerrando los ojos—. Se burlará de mí hasta mi muerte.

—Muy tarde. Ella ya aceptó —dijo Darcy con una sonrisa traviesa mientras guardaba su teléfono en el bolsillo.

—Maldición, Darcy.

—¿Qué? ¡Vamos, Al! Tres cabezas piensan mejor que una. Además, me aseguraré de que no se burle de ti demasiado —añadió Darcy, alzando una ceja con un tono de falsa solemnidad.

Alfred soltó un gruñido y escondió su rostro entre las manos, como si quisiera desaparecer de la conversación. «Grandioso» se dijo, dejando escapar un suspiro resignado.

Después de un momento, alzó la cabeza con una expresión de súbito reconocimiento.

—Un momento… —dijo Alfred—. ¿Dijiste esta noche?

—Sí, ¿por qué? —preguntó Darcy, bebiendo el poco café que le quedaba en la taza.

—Esta noche no puedo. Los viernes siempre me junto con Tim para jugar God of War.

Darcy se atragantó.

—¡¿Y yo por qué no sabía eso?! —exclamó Darcy, ofendida—. ¡Se supone que somos Los Tres Mosqueteros del Gaming!¡¿Cómo se les ocurre excluirme?!

—Porque estoy seguro de que llevarías a Freya contigo y las dos se pondrían románticas, por no decir calurientas —respondió Alfred, burlón—. Prefiero ahorrarle la incomodidad a Tim… y a mí también.

Darcy entrecerró los ojos, fulminándolo con una mirada que pronto se suavizó.

—¿Seguro que es eso o solo quieres estar a solas con Tim? —preguntó Darcy, con una sonrisa que sugería que conocía la respuesta.

—Puede que ambas. Quién sabe —dijo Alfred, encogiéndose de hombros mientras trataba de disimular una pequeña sonrisa.

Darcy rodó los ojos, aunque no pudo evitar soltar una risa.

—Bien, dejaré pasar esta falta de respeto hacia mi persona —dijo con voz dramática—. Pero debes decirle a Tim que esta noche no podrás estar con él.

—No puedo. No quiero que sienta que lo estoy haciendo de lado.

—Solo será una noche, Alfie. No seas tan dramático.

—No quiero… —murmuró Alfred, bajando la mirada como si estuviera a punto de hacer un puchero.

Darcy lo observó en silencio durante un momento antes de negar con la cabeza, incrédula.

—No lo puedo creer. Parece que estoy hablando con un niño de seis años en vez de con un hombre de veintiún años.

—Veinte años —corrigió Alfred, levantando un dedo.

—Es igual. Cumplirás los veintiuno en un mes —dijo Darcy, rodando los ojos nuevamente—. Escúchame bien: le dirás a Tim que hoy no podrás ir porque nuestro profesor de Finanzas nos dejó un trabajo que se tiene que entregar esta noche.

—¿Y si no me cree? —preguntó Alfred, mirando a Darcy como si fuera un niño buscando aprobación.

—Te creerá, Al —respondió Darcy con un tono firme—. Y si llegase a dudar, estoy segura de que me preguntará a mí. Soy la más confiable del grupo.

Alfred soltó una risa.

—¿La honesta Darcy Powell mentira por su mejor amigo?

—Por supuesto. Mentiré si mi mejor amigo consigue ser feliz —replicó Darcy con una sonrisa triunfante—. Ahora, termina y prepárate, porque esta noche no vamos a dormir hasta que tengamos un buen plan.

Alfred soltó un suspiro exagerado, pero en el fondo sabía que no podía hacer nada para detenerla.

—Gracias, Darcy, ¿Qué haría yo sin ti?

—Probablemente nada, Alfred. Agradece a Dios de que somos amigos.

Y con eso, ambos se echaron a reír.


«¿Qué estará haciendo Al?» se preguntó Timothy Parker, mientras apoyaba su mentón en su mano, sumido en sus pensamientos. Su mirada se perdía en el gran ventanal de la biblioteca, donde la tenue luz del sol se filtraba a través de los cristales. A su lado, su compañera de clase, Jasmine Thomas —o Eris, como le había insistido que le gustaba que la llamaran— estaba enfrascada en la lectura de “Complejidad y Contradicción en la Arquitectura”, pero su expresión era todo menos entusiasta. Su ceño fruncido y los labios apretados revelaban que el contenido del libro no le estaba resultando fácil de digerir.

Tim, que en estos dos años de universidad jamás había entablado conversación con ella, se encontraba ahora siendo su pareja de estudios. Debido a su atraso en la clase, su profesor había decidido que ella sería su compañera para el proyecto de fin de año, lo que le había frustrado un poco, ya que siempre hacía los trabajos con Mason, su amigo de carrera.

La miró de reojo, observando cómo se movía inquieta en su silla, como si la energía que la caracterizaba no pudiera ser contenida. Era un caos andante, pero en el mejor sentido de la frase. Su risa era escandalosa y contagiosa, capaz de hacer reír al humano más serio del planeta. Tim no pudo evitar compararla con su mejor amigo, Alfred, quien también poseía esa chispa vibrante que hacía que la vida a su alrededor pareciera más emocionante.

«Se llevarían bien» pensó Tim «Ambos son iguales. Aunque, Al es mucho mejor…y más lindo» En ese instante, sus mejillas se tiñeron de rojo, y rápidamente intentó ocultar su sonrojo, escondiendo su rostro en el libro que sostenía, como si las páginas pudieran protegerlo de sus propios pensamientos.

—Oye, Parker, ¿Puedes explicarme qué significa esto? —preguntó Eris, interrumpiendo su ensimismamiento y señalando una parte del texto

—Claro—dijo Tim, dejando de lado su libro y acercando su silla al de su compañera.

«Tengo que dejar de pensar en Al de ese modo»