Capítulo único
Durante años, la idea de devolver la vida a los muertos, ya fueran animales o humanos, se convirtió en mi obsesión. Había llevado a cabo incontables experimentos, pero ninguno había dado resultados. Sin embargo, una pequeña luz de esperanza se encendió.
MARC/0, conocido en su ficha médica como “Marcus”, dio señales de vida, aunque solo por un instante.
Para muchos, aquello podría parecer un avance insignificante, pero para mí fue el mayor logro en todo el tiempo que llevaba trabajando en este proyecto.
Algunas de las pruebas realizadas lograron estímulos leves: una melodía, algún aroma —ya fuera incienso o perfume— bastaba para provocar espasmos en sus extremidades, reflejos de movimientos involuntarios.
Esa sensación era nueva para mí. Por primera vez, experimenté algo que se parecía a la esperanza. Incluso llegó a pronunciar palabras.
La posibilidad de que despertara me ilusionaba tanto que decidí llevar a cabo uno de mis experimentos más ambiciosos.
Encapsulado en una burbuja de alta seguridad, conectado a un sinfín de tubos y cables que monitoreaban sus signos vitales, inicié el procedimiento. El comienzo fue lento, pero el movimiento de sus manos y piernas se hizo evidente. Su piel recobraba color gradualmente; era una prueba clara de que todo funcionaba.
Jamás imaginé que algo pudiera salir mal.
La cápsula explotó en mil pedazos, y la onda expansiva me lanzó por los aires. El impacto en mi espalda me dejó sin aliento. Estaba completamente aturdido y, antes de perder el conocimiento, lo vi: una sombra, un ser sin forma física, pero inconfundiblemente presente.
Él estaba allí, de pie frente a mí.
Lo último que recuerdo fue una mano espectral rozando mi rostro... ¿o acaso podía llamarla “mano”? No tenía forma definida; simplemente asumí lo que era.
Cuando desperté, me encontraba desorientado. El ambiente era pesado, y una densa neblina cubría por completo el laboratorio. Me puse de pie y, al intentar dar un paso, tropecé con algo.
En el suelo, mi sujeto de pruebas luchaba por mantener una forma estable. Su cuerpo se comportaba de manera extraña. El humo espeso que llenaba la habitación no provenía solo de la explosión; aquella neblina negra era él: MARC/0.
No sabía qué hacer. Lo único que se me ocurrió fue tomar vendas o telas para comprimir la niebla que componía su cuerpo. Me apresuré hacia los gabinetes, recogí todas las vendas que encontré y, torpemente, envolví sus brazos, piernas y torso. Me costó más de lo que esperaba, pues las heridas que sufrí me impedían ejercer fuerza con normalidad.
La sangre corría por mis brazos y una gran mancha teñía mi delantal blanco. Tal vez era la adrenalina lo que aún me mantenía en pie. Sacudí la cabeza para intentar despejarme, pero mi vista se volvía cada vez más borrosa.
Me acerqué a él, tirado en el suelo, aparentemente inconsciente. Pasé mis manos por lo que debía ser su “rostro”. No sabía cómo describirlo; en lugar de nariz, boca y ojos, solo había neblina, un vórtice oscuro que parecía consumirte si lo mirabas fijamente. Su cuerpo, de una masa gaseosa, se asemejaba más al humo líquido que a algo humano.
Movido por la curiosidad, reduje la distancia para observarlo más de cerca, pero una mano se cerró en torno a mi muñeca.
Tan fuerte e imponente como lo había imaginado, me jaló y se puso de pie frente a mí.
—¿Quién... eres? ¿Qué es... este luga... ar? —Su voz era profunda, como un eco resonando en una habitación vacía. Cada palabra salía con esfuerzo, como si apenas estuviera aprendiendo a hablar.
—Marcus... ¿Reconoces ese nombre? —pregunté con cautela, temiendo lo que pudiera hacer, pues todo sobre él era un misterio.
—Yo... ese es mi... nombre... Marcus —respondió. Su tono era inquietante.
Mis piernas temblaban; quería correr, pero no podía abandonarlo.
—Yo soy... Dimitry, alguien que quiso salvarte... y tuvo éxito —dije con una sonrisa nerviosa.
Se acercó más a mí, su sola presencia me hacía contener la respiración.
—¿Salvar- me?... ¿Cuántas veces he muerto? ¿Cuántas... veces me... desgarraron?
Era como una pesadilla. Rodeó mi cuello con una de sus manos. Sus garras rasgaban mi piel. Golpeé con fuerza su brazo, pero no logró soltarme ni reaccionó.
Perdido. Esa era la palabra perfecta para describir cómo me sentía. Ese hombre de bata blanca parecía asustado y herido. Decía que solo quería salvarme, pero el dolor desgarrador todavía dejaba secuelas en mi cuerpo.
Había experimentado, en carne propia, cómo me rompía en mil pedazos, cómo moría una y otra vez.
¿Pero qué culpa tenía él? No lo sabía. Solo quería ayudarme. Sin embargo, también me había hecho daño: todas esas agujas perforando mi piel, los innumerables cables adheridos a mi cuerpo, y la insoportable música que resonaba en mis oídos.
Aunque sus intenciones eran buenas, ya era demasiado tarde. Su cuello estaba entre mis manos, y su vida parecía desvanecerse con cada segundo que pasaba.
Mi mente vacilaba; una parte de mí veía al científico como un benefactor, mientras que la otra lo consideraba un verdugo. Tan rápido como pude, lo solté. Estaba cubierto de sangre, su piel pálida... todo por mi culpa.
Corrí por la habitación buscando algo, cualquier cosa que pudiera servir para detener el sangrado. Encontré algunas vendas y cubrí sus heridas lo mejor que pude.
Hice un torniquete en su brazo para frenar un poco la hemorragia. Mientras envolvía sus heridas con sorprendente precisión, miré mis manos. ¿Cómo era posible? No sabía ni siquiera el nombre de aquellas telas blancas, pero las usé con una destreza que no comprendía. Era como si sombras de memorias olvidadas rondaran aún en mi mente.
Estaba atónito por lo que veía. Su comportamiento cambiaba con una rapidez desconcertante. Había creído que acabaría conmigo, pero ahora estaba deteniendo el sangrado que ni yo mismo había notado.
Quería moverme, pero no tenía fuerzas. Sentía que caería inconsciente por la pérdida de sangre y los golpes que había recibido. Mis ojos no pudieron resistir más. Los cerré y me dejé llevar.
Vi cómo sus párpados se cerraban lentamente. Algo extraño se apretó contra mi pecho, una sensación desconocida.
Mis manos temblaban mientras una espesa neblina nos rodeaba a ambos. Mi respiración se volvió pesada y, poco a poco, todo se oscureció. El suelo se desvaneció, reemplazado por el humo negro. Antes de sucumbir por completo al pánico, un sonido distante rompió el silencio: el crujir de cristales rotos.
Me dirigí hacia el origen del ruido. Encontré unos casilleros y me detuve en seco al ver algo dentro.
Allí, como una presa frente a su depredador, una pequeña mujer temblaba de puro terror. Me acerqué y, con cautela, hablé, tratando de que no huyera.
—Ayuda... Por-por favor... —dije señalando al hombre en el suelo con una de mis manos.
Ella dio un brinco al ver mi gesto, pero, al comprender mis palabras, salió lentamente de su escondite y se aproximó al científico caído.
Me mantuve a cierta distancia, observándola mientras revisaba su respiración y, con esfuerzo, lo levantaba en sus brazos. Lo llevó a una habitación cercana. La seguí, sin comprender del todo lo que ocurría, pero reconociendo algunos objetos a mi alrededor.
Dentro de la sala, el ambiente estaba impregnado del aroma de productos de limpieza. El hombre yacía en una camilla, y yo permanecí en un rincón, observando cómo la oscuridad nublaba mi visión.
Mi percepción era borrosa. Mis brazos ardían, y el lugar donde me encontraba tenía un aroma familiar. De reojo, distinguí una silueta oscura mirándome desde una esquina. Murmuré algo, apenas audible, pero suficiente para llamar su atención.
Una sonrisa se dibujó en mis labios.
—Marcus... —murmuré. Extendí mi mano y toqué su rostro. Susurré con una voz débil, apenas perceptible:— Cuánto deseaba esto.
Su voz resonaba con familiaridad, al igual que su toque. Sus manos, aunque frías, me hacían sentir una calidez que no comprendía. Su cuerpo parecía muerto, pero su tacto me devolvía algo que creía perdido.
¿Por qué no sentía odio o resentimiento hacia él, después de todo lo que me había hecho? ¿Qué era este sentimiento?
Solo sabía que quería estar junto a él.
Su contacto me hacía sentir completo. Vivo.
Con el paso de unas semanas desde el accidente, mi recuperación fue completa.
Sin embargo, mis subordinados no estaban contentos cuando les comuniqué que MARC/0 podría moverse libremente por las instalaciones. A pesar de sus objeciones, tenía fe en él. Desde su despertar, solo esa vez había mostrado hostilidad. Hasta ahora, parecía tranquilo y cooperaba con cualquier prueba que debíamos realizar en su cuerpo.
Rara vez hablaba, y cuando lo hacía, sus palabras siempre estaban dirigidas a mí. No mostraba interés en interactuar con nadie más.
Hoy, tenía en mente una prueba particularmente delicada, incluso para mí. Sabía que Marcus podría experimentar una distorsión en la realidad; su dolor no sería solo físico, sino también mental.
¿Cómo lo sabía? Porque ya había ocurrido antes con uno de mis experimentos posteriores. Aquel fue un pobre animal, un error que me obligó a suspender las pruebas durante semanas. Sus gritos de agonía aún resonaban en mi mente.
Pero Marcus aprobó el experimento sin dudarlo.
Yo no era quien sufriría, así que... ¿qué razón tenía para detenerlo?
Dimitry me explicó que sentiría un gran dolor. Pude notar la preocupación en su rostro mientras hablaba. Era extraño: no era más que su conejillo de indias, y aun así, se preocupaba por mí.
Había algo en él, algo que emanaba de su ser cada vez que estaba conmigo. No era miedo, como el que veía en los demás. En su presencia, no me sentía un monstruo.
Eso era... raro. Pero hermoso.
Con todo listo, la sesión comenzó. Ataron mis muñecas y tobillos a una plataforma suspendida en el aire, encapsulada en paredes de vidrio. Dimitry dio una señal, y unas luces comenzaron a escanear mi cuerpo.
De repente, una punzada atravesó mi cabeza, seguida por un dolor intenso en mis extremidades. Emití un jadeo bajo.
Era un dolor indescriptible, como si mi cuerpo se desgarrara, no figurativamente, sino literalmente. No encontraba palabras para describirlo.
Sentía que mi existencia se dividía, coexistía en múltiples lugares al mismo tiempo. Mi mente se fracturó, inundada por voces idénticas a la mía que susurraban en un coro incesante.
¿Era esto la muerte? ¿Era un regreso al abismo?
Podía sentirlos: versiones de mí mismo, de otras líneas temporales. También estaban ellos, los muertos, almas errantes atrapadas en una realidad que no podíamos percibir con los ojos humanos. Ahora podía verlos, sentir su pesar. Estaban a mi alrededor, más de diez, tal vez cientos.
Recordé lo que era estar entre ellos. Había muerto una vez. Vagué sin rumbo, vacío. Un accidente me lo había arrebatado todo... incluso a él.
Escuché su voz en mi memoria, recordándome cuánto me amaba. Pude sentir la suavidad de su piel, la calidez de sus caricias, y oírlo hablar emocionado sobre su trabajo. Sus sueños, su dedicación... todo volvía a mí con una claridad desgarradora.
Ahora lo recordaba.
Desde fuera de la cápsula, el pánico me consumía. Los monitores mostraban que sus signos vitales desaparecían y regresaban erráticamente. Lo vi gritar y debatirse con desesperación en la camilla, sin control.
No pude contener las lágrimas. Grité para que lo sacaran, pero mis órdenes fueron ignoradas.
Sin pensarlo, irrumpí en la sala de control. Les arranqué las credenciales a quienes se negaban a obedecer y detuve el experimento con mis propias manos. Me dirigí a la cápsula, pasé mi tarjeta y la abrí.
Me lancé hacia él, rodeándolo con mis brazos. Hundí el rostro en su pecho, dejando que las lágrimas fluyeran. Mi voz era apenas un murmullo ahogado por el nudo en mi garganta.
—Dimitry... mi dulce Mitry...
Al escuchar esas palabras, mi corazón se detuvo por un instante. ¿Lo recordó?
Levanté la cabeza y ahí estaba él, mirándome. Su rostro era borroso, casi imperceptible, pero extendí la mano y acaricié cada centímetro de sus rasgos.
Con un gesto lento, tomó mi mano y la besó. Su piel estaba fría, como la de un cadáver, pero su alma... su alma seguía cálida, viva, intacta.
—Ni la muerte será capaz de separarnos, Marcus... mi hermoso gorrión —susurré, abrazándolo con fuerza mientras una sonrisa temblorosa se dibujaba en su rostro.