Capítulo 1: Chas y aparezco a tu lado!
En el puerto de Busan, el bullicio habitual de los mercaderes, pescadores y campesinos se apagó ante la llegada de una figura de gran renombre. Las campanas de la ciudad resonaban en la lejanía, anunciando el regreso del príncipe Kim Seokjin, quien, tras haber conquistado las aguas y obtenido una gloriosa victoria naval, se aproximaba con su séquito a la costa. En cada rincón de la ciudad, los habitantes alzaban los ojos al cielo, algunos en silencio, otros en vítores, todos buscando con ansias la visión del príncipe que había traído con su victoria no solo el honor, sino la esperanza de un futuro más próspero.
El sol se encontraba en su punto más alto, bañando el puerto con su resplandor dorado, como si el mismo cielo saludara al regreso de la gloria. Los barcos, de madera oscura y con velas ondeando al viento, avanzaban hacia el muelle con una cadencia solemne, deslizándose con una elegancia que solo los barcos reales podían ostentar. En la proa del barco más grande, Kim Seokjin, con su porte regio, saludaba a la multitud. Su rostro, aunque marcado por la fatiga de la batalla, se mantenía sereno, casi impasible, como si el peso de la victoria fuera solo un eco lejano. Su figura, alta y sólida, estaba rodeada de su fiel séquito, cada uno de ellos con una postura digna, como si también ellos compartieran el peso de la corona que Seokjin portaba con tal maestría.
A su lado, Kim Taehyung, su soldado menor, se apoyaba despreocupadamente en la barandilla del barco. Con su cabello oscuro ondeando al viento y una mirada relajada, no parecía importarle la grandiosidad de su entorno ni la agitación de la multitud. Su rostro reflejaba la indiferencia de quien ha visto la guerra de cerca y conoce el sabor agridulce de la victoria. Sin embargo, sus ojos brillaban con una curiosidad desapegada, recorriendo las caras de la multitud, como si buscara algo más que el aplauso fácil de los plebeyos.
" ¿Siempre os tomáis la gloria con tal desdén, Taehyung? " preguntó Seokjin, mirando a su soldado con una sonrisa ligera, aunque sus palabras llevaban un dejo de reproche.
" Mi príncipe, la gloria es tan efímera como el viento que nos impulsa " respondió Taehyung, su tono relajado y sin esfuerzo. La risa jugó en sus labios, como si no comprendiera la importancia de la celebración que lo rodeaba. " Prefiero un buen vino y una conversación sin pretensiones a un aplauso ruidoso que se disuelve en el aire. "
" Vuestro vino lo tendréis, pero dejad que los aplausos os alcancen por esta vez " intervino Min Yoongi, quien se encontraba un paso detrás, serio y comedido, con la mirada fija en el horizonte, como si aún estuviera en medio de una batalla interna. Su armadura, aunque algo desgastada por el paso del tiempo, brillaba con el orgullo de quien la porta por honor. Las cicatrices en su rostro eran testigos de sus muchas victorias, y su postura estaba marcada por la disciplina de quien sabe cuándo hablar y cuándo callar.
—Ah, nuestro joven héroe —dijo Seokjin con tono jocoso, palmeando la espalda de Yoongi con una suavidad que contrastaba con la dureza de su rostro—. Hoy, las calles de Busan se llenarán de cantos sobre vuestras hazañas, Yoongi. Vuestra gloria será celebrada en cada rincón de la ciudad.
—Preferiría que se llenara de tranquilidad —respondió Yoongi, su voz grave, marcada por un cansancio que solo el haber vivido demasiado podría producir. Sus ojos, sin embargo, permanecían fijos, ausentes, como si buscara algo más allá del bullicio.
Unos pasos más atrás, Lee Dong Wook, el hermano bastardo de Seokjin, observaba la escena con una expresión inescrutable. Su figura, de porte recto y mirada fría, destacaba por la sobriedad de su atuendo, que contrastaba fuertemente con la ostentosa armadura y los vestidos de lujo que adornaban al resto de la comitiva. No había signos de cansancio ni de alegría en su rostro; solo una calma peligrosa, como la quietud que precede a una tormenta.
—¿Os incomoda el ruido, mi señor? —preguntó Eunwoo, su servidor más cercano, inclinándose ligeramente hacia Dong Wook, cuyos ojos oscuros no se apartaban de la multitud.
—El ruido de las celebraciones siempre es falso, Eunwoo —respondió Dong Wook, con desdén, sus palabras cargadas de un veneno sutil—. Este alboroto no es más que una máscara que oculta el hastío de la gente, su farsa. Nada de esto tiene sentido.
El barco, finalmente, atracó con gracia, y los soldados formaron filas para escoltar al príncipe y a su séquito hasta tierra firme. La multitud estalló en vítores, lanzando flores y gritos jubilosos al viento, mientras el séquito avanzaba.
Cuando la comitiva de héroes llegó a la villa de Kim Namjoon, la primera impresión fue la de un lugar lleno de serenidad y elegancia. La mansión, erguida sobre una colina con vistas al puerto de Busan, parecía surgir de la misma tierra que la rodeaba. Su arquitectura, sólida y refinada, estaba construida en piedras de tonos cálidos que se mezclaban armoniosamente con el paisaje circundante. Los muros de piedra, gastados por el tiempo pero firmemente asentados, reflejaban la luz del sol que se filtraba a través del cielo despejado. Los rayos dorados iluminaban la fachada de la casa, otorgándole una calidez que se sentía tanto en el aire como en el alma de quien la observaba.
A medida que la comitiva se acercaba, el sonido de las olas del mar golpeando suavemente las rocas cercanas se sumaba al murmullo distante de las aves, creando una melodía tranquila que invitaba al descanso. El jardín de la villa, cuidadosamente mantenido, estaba en plena floración. Desde lejos, se podía ver el movimiento de las flores que se mecían suavemente con la brisa del mar. Los colores vivos de las rosas, los jazmines y las lavandas se entrelazaban con las hojas de los árboles que, aunque no tan frondosos, daban sombra y frescura a las áreas de descanso.
La fragancia que llegaba desde el jardín, una mezcla de flores silvestres y hierbas aromáticas, envolvía a los recién llegados en una sensación de paz y armonía. El aire estaba impregnado de ese dulce olor que evocaba tanto el trabajo de manos cuidadosas como el ritmo relajado del paso del tiempo. La brisa suave traía consigo la frescura del océano cercano, moderada por la calma del campo que rodeaba la villa, ofreciendo un respiro tras el largo viaje.
El ambiente era perfecto, como si la villa misma hubiera sido diseñada para transmitir un sentido de equilibrio y calma. En el interior, la casa se componía de amplios pasillos adornados con tapices que relataban historias de tiempos pasados y victorias de antaño. Las columnas de madera fina que marcaban el camino hacia las diferentes estancias ofrecían una sensación de profundidad, como si cada habitación estuviera protegida por un ecosistema de silenciosas memorias. El mobiliario, aunque modesto, era de excelente calidad, con mesas y sillas de madera tallada, que mostraban el arte y la destreza de los artesanos locales.
La villa de Kim Namjoon no solo era una muestra de sus riquezas, sino también una manifestación de su carácter: elegante, sobria y profundamente conectada con la naturaleza que la rodeaba. Desde su jardín, se podía ver el puerto de Busan, con sus barcos y mercaderes, pero también se podía percibir la quietud que solo un lugar como ese podía ofrecer. El bullicio de la ciudad parecía estar a una distancia segura, como si la villa fuera un santuario apartado de las preocupaciones mundanas.
Al llegar, la comitiva de héroes, aún a pie de la entrada, no podía evitar admirar la belleza serena del lugar. No solo la magnífica casa les cautivaba, sino también el ambiente que la envolvía. A cada paso, los rayos del sol se reflejaban en las superficies de la villa, haciendo que las sombras y las luces danzaran en un juego visual que complementaba la tranquilidad del espacio. Todo parecía estar en perfecto orden, como si, en efecto, la mano de su dueño hubiera cuidado de cada rincón, tanto dentro como fuera de las murallas de su hogar.
Esta fue la bienvenida que Kim Namjoon, noble respetado por su honor y sus riquezas, ofreció a sus visitantes. Sin embargo, aunque la apariencia era la de un hogar apacible y acogedor, cualquiera que conociera al hombre sabía que cada rincón de su villa no solo representaba su estatus, sino también el peso de las decisiones y responsabilidades que recaían sobre sus hombros.
Kim Namjoon era un hombre cuya presencia, aunque serena, nunca pasaba desapercibida. Nacido en una familia de nobles comerciantes, había ascendido a una posición respetada dentro de la sociedad de Busan gracias a su astucia, su buen juicio y su capacidad para entender tanto los negocios como los corazones humanos. A pesar de la fortuna que había acumulado, su postura siempre se mantenía humilde, como si el peso de la riqueza no lo definiera, sino la naturaleza de sus acciones.
Su rostro, de facciones firmes pero suaves, reflejaba la calma de un hombre acostumbrado a liderar con sabiduría más que con autoridad. Sus ojos oscuros, profundos como un pozo antiguo, eran los de alguien que había visto tanto la luz del éxito como las sombras de las tragedias que la vida le había deparado. Sin embargo, lo que más destacaba en su mirada era una serenidad que parecía indestructible, como si nada pudiera perturbar su equilibrio interior. Su boca, que raramente se curvaba en una sonrisa amplia, a menudo mantenía una expresión ligera, reflexiva, de quien sabe lo que dice y lo que omite.
Su vestimenta era de una elegancia sutil. Llevaba una túnica de lino oscuro, cuyos pliegues eran simples pero de un corte refinado. La tela, suave y fresca, contrastaba con la luminosidad que emanaba de su villa, pero también con la simplicidad con la que él mismo se presentaba. A lo largo de los años, Namjoon había aprendido a no llamar la atención con extravagancias. Sabía que su estatus no se encontraba en el brillo de su ropaje, sino en el respeto que inspiraba en los demás.
Cuando caminaba por su villa, sus pasos eran medidos y tranquilos, lo que reflejaba su naturaleza pacífica. Aunque su hogar estaba lleno de riquezas, no había ostentación en ningún rincón. La villa de Namjoon, de paredes de piedra y techo de tejas, era un refugio que había creado no solo para él, sino también para aquellos que más apreciaba, aquellos que recibían su amistad y apoyo incondicional. La casa estaba adornada con tapices antiguos que relataban historias de tiempos pasados, de victorias y derrotas, pero siempre con una mirada hacia el futuro.
De aquellos que lo conocían, Namjoon era considerado el alma de la comunidad. Su sabiduría era tal que incluso aquellos con mayor poder o riqueza acudían a él en busca de consejo. No era un hombre que se dejara llevar por los sentimientos, pero su prudencia y su trato hacia los demás lo convertían en una figura respetada por todos. En sus momentos de reflexión, cuando la villa se sumía en el silencio, Namjoon solía recorrer su jardín, entrelazando su mente con los recuerdos y las promesas de tiempos venideros. A menudo se encontraba observando el puerto de Busan, un lugar lleno de movimiento, pero él veía más allá de la actividad del día a día, hacia el horizonte distante donde las olas del mar tocaban la línea que separaba su mundo del vasto e incierto.
Aunque su naturaleza serena y su porte elegante transmitían una sensación de control y seguridad, en su interior Namjoon siempre sentía la presión de las decisiones que tomaba. Sabía que su fortuna, su villa, su familia, todo dependía de los caminos que elegía, y esos caminos no siempre eran fáciles. Pero su temple nunca flaqueaba, y su calma era la brújula que guiaba a su familia y a sus amigos a través de la tormenta.
A ese hombre tan sabio, tan calculador, se le conocía como una roca en medio de un mar agitado. Nadie dudaba de su integridad, y sin embargo, aquellos que lograban ver más allá de su fachada de dignidad también conocían la profunda carga que llevaba consigo, una carga que compartía solo con los más cercanos. Y por eso, cuando la noticia de la llegada de los héroes les llegó, Namjoon no solo pensó en la celebración que merecían, sino también en los momentos que seguirían, en las alianzas y los cambios que traerían consigo.
Era un hombre que entendía el peso de las responsabilidades, y estaba dispuesto a recibir a los guerreros con la misma serenidad con la que enfrentaba los desafíos de su vida.
"¡Ah, al fin llegáis, mis valientes amigos!" exclamó Namjoon, alzando la voz para que todos los presentes pudieran oírle. "No puedo expresar la alegría que siento al veros regresar con vida y victoriosos. Esta villa es vuestra, como lo es mi corazón."
La comitiva desmontó de los caballos y se acercó a él. Kim Seokjin, cuya presencia parecía dominar cualquier lugar, fue el primero en acercarse, con su mirada calmada y su postura majestuosa.
"Nos complace que nos recibas, buen Namjoon. La batalla fue ardua, pero la victoria es dulce," respondió el príncipe, estrechando la mano de su anfitrión. "Vuestras tierras son tan apacibles como siempre, y el mar que hemos dominado ahora parece cantar en nuestro favor."
Taehyung, siempre el alma de la conversación, se adelantó y agregó con una sonrisa burlona: "Por fin llegamos, y las estrellas del mar vuelven a su puerto. No temáis, Kim Namjoon, que el príncipe no ha venido a desatar otro conflicto. Esta vez es solo para reponer fuerzas."
Namjoon sonrió ante la broma, pero sus ojos brillaron de una manera peculiar, como si supiera que, en verdad, el retorno de estos guerreros traía consigo más que solo descanso.
"Vuestra llegada no es solo motivo de regocijo por la victoria, sino también de celebración por la paz que ahora gozamos. Pero he de deciros que mi villa no es solo un refugio. Mi hijastro Park Jimin y mi sobrino Jeon Jungkook se hallan en su interior. Ambos os esperan, y con ellos, espero que la casa se llene de las risas y alegrías que solo un banquete digno de semejante regreso puede traer."
Min Yoongi, quien hasta el momento había permanecido callado, asintió ligeramente con la cabeza, sus ojos profundos observando al anfitrión. "Vuestra hospitalidad será agradecida, Namjoon," murmuró, con una sonrisa casi imperceptible, "y espero que el vino que preparáis sea tan bueno como las victorias de esta jornada."
Namjoon, con su siempre calma serena, hizo un gesto para que pasaran al interior. La villa, de amplios muros de piedra, estaba adornada con columnas talladas a mano y tapices que contaban historias de antaño, de batallas olvidadas y héroes caídos. En el salón principal, un fuego ardía en la chimenea, calentando el aire fresco que entraba por las ventanas abiertas.
"No tardarán en llegar Jimin y Jungkook," comentó Namjoon mientras guiaba a los guerreros hacia la mesa donde ya se habían dispuesto manjares. "Mi hijastro Jimin es un ser tan gentil y dulce como un lirio en primavera. Y Jungkook..." Aquí Namjoon vaciló un instante, como si sus palabras pesaran un poco más. "Mi sobrino es, sin duda, un joven de notable ingenio y gran valentía. Aunque, como sabéis, su lengua no siempre refleja la cortesía que uno esperaría."
"¿Así que el sobrino de Namjoon es tan afilado como su lengua?" preguntó Seokjin, con una sonrisa ligeramente burlona. "Interesante... tal vez debamos tener cuidado, entonces."
Taehyung soltó una risa baja. "Ya veremos si las palabras de Jungkook son más peligrosas que nuestras espadas."
( separador)
La luz del sol se filtraba suavemente a través de las cortinas de la villa, bañando el interior con su resplandor dorado. En una de las estancias, dos jóvenes se preparaban para descender al salón donde pronto serían recibidos los nobles héroes que acababan de llegar.
Park Jimin, el joven omega, se ajustaba con delicadeza la túnica de lino que su señor padre adoptivo, el noble Kim Namjoon, le había ordenado vestir para la ocasión. Aunque su porte era impecable, su postura delataba cierta rigidez, como quien, a pesar de haberse criado en la villa, aún no se siente del todo cómodo entre las expectativas de la alta nobleza. Su cabello, oscuro como la noche sin luna, caía en suaves ondas sobre sus hombros, enmarcando un rostro juvenil y unos ojos que resplandecían con una mezcla de curiosidad y aprensión. En su mirada habitaba también una chispa de picardía, como si ya adivinara la escena que se avecinaba.
Si bien había sido acogido en la casa de su padre adoptivo, Kim Namjoon, el más respetado comerciante de la ciudad, Jimin no se sentía como un miembro legítimo de la familia. Criado bajo las costumbres que dictaban el linaje y el honor, el joven omega comprendía las expectativas que sobre él recaían. A pesar de su noble educación y su refinada instrucción en las artes y las costumbres cortesanas, siempre se había sentido, por decirlo de algún modo, ajeno a la realidad de su familia. Era un hijo cuyo destino había sido sellado no por la sangre, sino por la benevolencia de un hombre que, por pura bondad, lo había adoptado.
La educación que su padre adoptivo le brindó le permitió alcanzar una gran sabiduría en las artes, las letras y el protocolo, mas al ser omega, su vida estaba condenada a ser observada y decidida por otros. Las alianzas que Namjoon intentaba forjar a través de matrimonios convenientes y en aras de asegurar la grandeza de su linaje, pesaban sobre él como una sombra constante. Pero Jimin no era hombre de seguir el camino trazado sin cuestionarlo. Su carácter, astuto y afilado como una daga, se nutría tanto de una indómita naturaleza como de una profunda comprensión de la corte y sus entresijos. Era un joven de espíritu libre, cuya tendencia a reírse de las convenciones, del protocolo rígido y de los juegos de poder, lo hacía destacar entre todos los demás. Si bien sus modales eran los apropiados para un miembro de tan respetable familia, en su alma siempre había algo de rebelión, algo de desafío al destino que le habían impuesto.
A sabiendas de que no tenía la sangre de los Kim, Jimin había aprendido a jugar con las expectativas ajenas. Su lugar en la villa no era el de un verdadero heredero, sino el de un joven que, a pesar de ser querido y respetado por su padre, no dejaba de ser una figura secundaria, un invitado permanente en una historia que no era del todo suya. El hecho de no compartir la misma sangre con Namjoon, aunque nunca se dijera en voz alta, era una verdad que Jimin nunca pudo evitar sentir. A pesar de la calidez que su padre adoptivo le brindaba, el joven omega siempre se veía como una pieza desplazada en un tablero de juego de linajes y alianzas.
Jimin, dejó que su atención se desviara momentáneamente hacia su primo, Jeon Jungkook, quien permanecía a su lado. Jungkook, al igual que él, era un omega, hijo de la difunta hermana mayor de Namjoon. A pesar de compartir esta condición, los dos no podían ser más distintos en carácter y temperamento. Jungkook poseía un porte delicado, casi etéreo, que escondía su innato ingenio y una actitud que desafiaba todas las normas de conducta esperadas de alguien en su posición.
El joven omega parecía absorto en el paisaje que se extendía más allá de las ventanas abiertas, donde el puerto de Busan bullía de actividad. Sus ojos oscuros, llenos de curiosidad y una chispa de irreverencia, recorrían el horizonte como si buscaran algo más allá de lo visible, una libertad que las paredes de la villa no podían ofrecer. Su cabello, liso y oscuro, caía en suaves mechones sobre su frente, dándole un aire despreocupado que contrastaba con la rigurosa formalidad de la ocasión.
Aunque Jungkook era oficialmente el sobrino de Namjoon, su relación con el noble era compleja. Había sido acogido en la villa tras la muerte de su madre, y aunque Namjoon lo trataba con el mismo respeto que a Jimin, la independencia y la lengua afilada de Jungkook solían provocar más de una discusión. Donde Jimin era obediente y mesurado, consciente de su papel como omega de una familia respetada, Jungkook disfrutaba desafiando las expectativas, mostrando un espíritu indomable que, si bien irritaba a algunos, fascinaba a otros.
Cerca de ellos, Lisa y Momo, las damas de compañía designadas por Namjoon para asistir a Jimin, trabajaban diligentemente. Lisa, con su porte majestuoso y sereno, supervisaba que cada pliegue de la túnica estuviera en su lugar, mientras Momo, más vivaz y bromista, se inclinaba hacia Jimin con un gesto cómplice.
"Señorito," dijo Momo en un tono ligero mientras ajustaba un detalle en la túnica, "parecéis más un general preparándose para la batalla que un omega recibiendo al príncipe y su sequito."
Jimin dejó escapar una risa suave, aunque sus manos jugueteaban nerviosamente con el borde de la tela. "Y no es acaso esto una batalla, Momo? Enfrentarme a su majestad junto a su séquito y sus miradas inquisitivas requiere más valor que cualquier contienda en el campo."
Lisa, que mantenía una actitud más contenida, permitió que una leve sonrisa curvara sus labios. "Mi señor, si la corte busca algo en vos, será solo para admirar vuestra gracia. No hay duda de que os destacaréis, como siempre."
Jungkook, que había estado en silencio hasta entonces, giró la cabeza con una sonrisa astuta. "Siempre es vuestra gracia, vuestra virtud… ¿Y qué hay de vos, Jimin? ¿Acaso la perfección os basta, o hay algo más que pretendéis alcanzar con tanta solemnidad?"
La risa de Momo resonó por la estancia, aliviando la tensión que se acumulaba. Jimin lanzó una mirada mitad divertida, mitad exasperada a su primo, aunque en sus labios se dibujaba una ligera sonrisa. "Algunos de nosotros, querido Jungkook, no gozamos del lujo de ignorar las expectativas. Pero decidme, ¿soportáis vos ese peso con dignidad, o simplemente lo esquiváis con vuestra habitual desenvoltura?"
Momo se inclinó ligeramente hacia Jungkook, con una chispa de diversión en sus ojos. "Mi joven señor, parece que vuestra lengua no descansa ni siquiera en las horas previas a recibir al príncipe. Decidme, ¿qué os trae más placer, incomodar a vuestro primo o evadir vuestras propias obligaciones?"
Jungkook dejó escapar una risa suave, cruzándose de brazos mientras mantenía la vista fija en el paisaje que se extendía más allá de la ventana. "Ah, Momo, ¿qué sería de mí si no me entretuviera con Jimin? Aunque, os confieso, hallar defectos en su perfecta compostura es una tarea más ardua de lo que aparenta."
Lisa, con su porte siempre sereno, interrumpió suavemente mientras ajustaba un pliegue en la túnica de Jimin. "Sería más prudente, joven maestro, guardar vuestras bromas para después de la recepción. El señor Kim podría no encontrar tan encantador vuestro humor si llegáis tarde."
Jungkook arqueó una ceja con elegancia estudiada, ladeando ligeramente la cabeza mientras en sus labios se dibujaba una sonrisa burlona, esa que parecía un desafío disfrazado de cortesía. Sus ojos oscuros destellaban con una chispa de travesura que contradecía la calma aparente de su postura, como si ya estuviera urdiendo una réplica ingeniosa antes de que nadie tuviera tiempo de hablar. En él se mezclaban la insolencia propia de la juventud y un encanto innato que, aunque a menudo desconcertante, era difícil de ignorar.
"Lisa, querida, ¿acaso no os cansa sermonearme siempre? Jimin ya cumple ese rol con perfección, aunque lo hace con menos gracia."
Jimin, que hasta entonces había intentado mantener su compostura, dejó escapar un suspiro teatral. "Quizá si prestarais menos atención a mis fallos imaginarios y más a vuestra presentación, Jungkook, tendríais una oportunidad de causar buena impresión ante el príncipe. Aunque, claro, el mérito de sorprenderlos sin esfuerzo es todo vuestro."
La respuesta provocó una carcajada en Momo, quien dejó de ajustarle el cinturón a Jimin por un momento para mirar a Jungkook. "¿Sorprender? Eso seguro. Pero no estoy tan segura de que siempre sea para bien."
Jungkook se encogió de hombros con aparente despreocupación. "Mis intenciones no son impresionar, sino mantenerme fiel a mí mismo. Si eso sorprende o no, no es asunto mío."
Lisa negó con la cabeza, aunque en su rostro asomaba una leve sonrisa. "Y aun así, joven señor, sois parte de esta familia. Por respeto al señor y a vuestra madre, os sugiero que intentéis, al menos por una vez, cumplir con las expectativas sin resistencia."
La mención de su madre, una figura que parecía habitar más en los recuerdos que en la realidad, suavizó de inmediato la actitud de Jungkook. El brillo travieso que siempre iluminaba sus ojos se apagó como una vela al viento, y sus facciones, tan acostumbradas a la burla y al ingenio, se tornaron en una máscara de seriedad contenida. Lentamente, apartó la mirada del grupo y la fijó en el puerto que se extendía más allá de las ventanas de la villa. Allí, las aguas reflejaban el brillo del sol, danzando en un movimiento constante, casi hipnótico. Quizá era un intento por distraerse, o quizá buscaba encontrar en las olas el consuelo que siempre parecía eludirlo.
Su madre, había sido una mujer de carácter fuerte y bondadoso, una presencia que irradiaba calidez y seguridad. Sin embargo, los años no habían sido amables con ella. Hacía poco más de tres años, una fiebre cruel y despiadada la había arrancado de este mundo con una rapidez que dejó a Jungkook aturdido y sin respuestas. Había sido ella quien, con paciencia infinita, había enseñado a su hijo a defenderse con palabras afiladas y a encontrar humor incluso en los momentos más oscuros. Su ausencia dejó un vacío que ni el ingenio ni las bromas de Jungkook podían llenar, aunque él se esforzara por aparentar lo contrario.
Jimin, que conocía mejor que nadie el peso de esa pérdida en el corazón de su primo, dejó de lado las bromas habituales que compartían. En su lugar, dio un paso hacia Jungkook, adoptando un tono y una actitud que parecían poco comunes en él: la de un hermano mayor preocupado. "Jungkook," dijo con voz baja pero firme, "no os estoy pidiendo que renunciéis a vuestra esencia. Solo recordad que, en ocasiones, nuestra presencia no es solo para nosotros mismos. Esta noche es importante para su tío, y si lo es para él, también debería serlo para nosotros."
El silencio que siguió fue breve, pero cargado de entendimiento. Jungkook, finalmente, giró hacia Jimin con una pequeña sonrisa, menos burlona y más sincera. "Está bien, Jimin. Haré mi mejor esfuerzo, aunque no prometo dejar de ser quien soy."
( separador)
La villa de los Kim resplandecía bajo la luz dorada del atardecer. Las columnas blancas del vestíbulo principal parecían arder en oro, y el suave murmullo de conversaciones provenientes de la sala principal añadía vida al escenario. Jungkook y Jimin descendían con cuidado la amplia escalera de mármol, flanqueados por Lisa y Momo, quienes, como damas de compañía, parecían decididas a no dejar que ninguno de los jóvenes olvidara la importancia de la ocasión.
"¿Acaso podrías caminar con más elegancia, primo?" comentó Jungkook, lanzando una mirada crítica a Jimin, cuya túnica de seda parecía complicarle cada paso.
"Habla el maestro de la gracia," replicó Jimin con una sonrisa, sujetándose las mangas para evitar tropezar. "No olvides que tu última hazaña en esta escalera terminó con Lisa tirando de tu oreja como un niño regañado."
Lisa, que escuchaba desde detrás de ellos, alzó las cejas y cruzó los brazos. "Quizás deba recordarte, Jungkook, que aún puedo repetirlo si la ocasión lo amerita."
Jungkook se encogió de hombros, sonriendo con picardía, mientras Momo, siempre más tranquila, contenía una risa discreta.
Al llegar al salón principal, un murmullo de aprobación recorrió la estancia. La entrada de los dos jóvenes, tan distintos entre sí, resultaba una visión cautivadora: Jungkook, con el descaro propio de un omega seguro de sí mismo, avanzaba con una sonrisa ligera y un porte que parecía desafiar las rígidas normas de la sociedad. A su lado, Jimin, envuelto en la delicadeza de su porte y la suavidad de sus movimientos, irradiaba una gracia natural que hacía imposible no fijarse en él. Su túnica de seda, cuidadosamente ajustada, resaltaba la línea elegante de su cuello y la luz de las velas parecía jugar con su piel como si esta fuera de alabastro.
Min Yoongi, que hasta entonces había permanecido en silencio junto a Taehyung y Seokjin, sintió cómo algo en su interior se tensaba. Sus ojos, oscuros como la noche, se fijaron en Jimin con una intensidad que no pasó desapercibida para su lobo interior. Este, siempre vigilante, rugió suavemente dentro de su mente, un sonido que no era agresivo, sino curioso, cautivado por aquel omega que parecía no tener conocimiento del efecto que tenía en quienes lo rodeaban.
Yoongi no pudo apartar la vista. Había un aura en Jimin que iba más allá de su evidente belleza; era la mezcla de fragilidad y fortaleza que emanaba de él. Cada movimiento parecía cuidadosamente calculado, pero sus ojos, llenos de una mezcla de timidez y dulzura, revelaban un alma genuina, vulnerable y profundamente intrigante. Era como si Jimin portara una luz propia, una que llamaba no solo a la razón de Yoongi, sino a sus instintos más primitivos.
Mientras Jimin avanzaba, la fragancia suave y dulce que lo acompañaba llegó hasta Yoongi, haciendo que el lobo en su interior se removiera con más fuerza. "Es él," susurró una voz baja en lo profundo de su mente, un reconocimiento instintivo que lo dejó inmóvil por un instante.
"¿Estás bien?" le susurró Taehyung al notar su repentino cambio de expresión.
"Sí," murmuró Yoongi, sin apartar los ojos de Jimin. "Es... solo que parece que el aire aquí se ha vuelto más pesado."
Taehyung, siempre observador, captó el rumbo de los ojos de Yoongi y dejó escapar una leve sonrisa, cargada de entendimiento y una pizca de diversión. No necesitaba palabras para interpretar aquel momento; conocía demasiado bien a su amigo y el significado detrás de esa mirada fija e intensa. En su sonrisa había un aire de complicidad, casi como si se estuviera burlando en silencio de Yoongi por su repentino cambio de comportamiento. No era habitual ver al siempre reservado guerrero perder su compostura, y mucho menos por la presencia de un omega, pero Taehyung supo al instante que algo singular había ocurrido.
Sin decir nada, inclinó apenas la cabeza hacia el alfa.
"Ten cuidado, Yoongi. Los corazones suaves como ese pueden ser más peligrosos que cualquier espada."
Yoongi, que hasta ese momento había mantenido una postura discreta, sintió cómo un calor inesperado se colaba bajo su piel. Jimin, con sus rasgos delicados y su sonrisa tímida, parecía irradiar una luz propia, y el joven guerrero no pudo evitar fijar su atención en él.
El omega, consciente del peso de la mirada del alfa que parecía seguir cada uno de sus movimientos, sintió cómo un leve rubor ascendía por sus mejillas, tiñéndolas de un delicado tono rosado. Aunque su corazón latía con fuerza en su pecho, mantuvo la compostura con una gracia innata que parecía parte de su misma naturaleza. Lisa y Momo, siempre atentas y diligentes, se adelantaron con pasos seguros, inclinándose con reverencia para anunciar formalmente la llegada de los jóvenes. Su voces melodiosas resonaron en el salón, proclamando sus nombres con un aire ceremonial que llenó el espacio de expectativa.
Jimin aprovechó aquel breve momento para recuperar el aliento, ajustándose la túnica con dedos algo temblorosos mientras su mente luchaba por descifrar la intensidad de la mirada del alfa. El ambiente se llenó de murmullos respetuosos cuando Kim Namjoon, erguido junto a los invitados, elevó su voz grave y solemne para presentar a los recién llegados con un orgullo evidente. Sus palabras, cuidadosamente escogidas, no solo resaltaban las virtudes de los jóvenes, sino que también ofrecían un marco de bienvenida que engrandecía aún más el encuentro.
Cuando Jimin escuchó su nombre, se obligó a dar un paso hacia adelante, manteniendo la barbilla ligeramente alzada en un gesto que mezclaba cortesía y timidez. Fue entonces, mientras Namjoon finalizaba la presentación, cuando sus ojos se encontraron con los de Yoongi. El alfa, que hasta entonces había permanecido inmóvil, parecía atrapado en una especie de trance, como si el simple acto de mirar a Jimin hubiera detenido el tiempo. Aprovechando la pausa, Jimin dejó que sus pasos lo acercaran un poco más al grupo, sintiendo cómo la intensidad de aquella mirada provocaba un inexplicable calor en su interior. No era una simple cortesía lo que lo empujaba a acercarse, sino una fuerza más profunda, casi instintiva, que lo hacía buscar el contacto con aquel hombre cuya presencia parecía envolverlo en un halo de calma y misterio.
"Es un honor conoceros, señor Min," dijo Jimin, inclinándose ligeramente en un gesto de respeto.
El alfa, conocido en el campo de batalla por su valentía imperturbable y su destreza con la espada, se encontró ahora enfrentando un desafío que ningún entrenamiento militar había preparado: el brillo de los ojos del omega frente a él.
Sorprendido por la dulzura de su voz y la gracia natural que emanaba de cada uno de sus movimientos, Min Yoongi, quien rara vez perdía la compostura, se apresuró a inclinarse en un gesto torpe, como si su cuerpo no estuviera acostumbrado a la delicadeza de tales ceremonias.
"El honor es mío, joven Park," murmuró, con una voz que, aunque profunda, titubeó ligeramente al pronunciar las palabras. "Había oído hablar de vuestra bondad y virtudes, pero debo confesar que las palabras no le hacen justicia a vuestra presencia."
Mientras hablaba, el alfa sentía cómo una gota de sudor le recorría la nuca, un contraste absurdo con su habitual calma bajo presión. Era el mismo hombre que había liderado ejércitos sin vacilar, enfrentado enemigos con el doble de su tamaño y soportado heridas con estoicismo, pero ahora, bajo la atenta mirada de aquel omega, cada palabra que pronunciaba parecía una batalla en sí misma.
Jimin, por su parte, ladeó ligeramente la cabeza, su semblante mostrando una mezcla de cortesía y diversión. Había algo en la forma en que el alfa se esforzaba por mantener la compostura que resultaba entrañable, y aunque su instinto le decía que debía mostrarse igualmente reservado, no pudo evitar un ligero toque de picardía en su respuesta.
"Os agradezco vuestra amabilidad, mi señor," respondió, su voz tan suave como el viento que acariciaba las cortinas de la sala. "Aunque me temo que soy más sencillo de lo que vuestra cortesía os obliga a decir. Pero vos, por lo que oigo, sois un hombre de gran valentía y nobleza. Decidme, ¿es verdad que sois capaz de mirar a la muerte sin pestañear?"
Yoongi abrió ligeramente los ojos ante la pregunta, la sonrisa tranquila de Jimin haciéndolo sentir como si estuviera siendo evaluado de una forma que ningún comandante o adversario había logrado antes. "M-mirarla, sí," respondió, tropezando con sus palabras por primera vez en años. "Aunque debo admitir que preferiría mil veces enfrentarme a la muerte que encontrarme con la vergüenza de faltar a la cortesía ante vos."
El comentario, aunque improvisado y nacido de los nervios, arrancó una risa melodiosa de Jimin, quien cubrió ligeramente su boca con una mano, como si temiera que su alegría pudiera ser inapropiada. Yoongi, sintiendo cómo el calor subía por sus orejas, intentó mantener una expresión seria, pero la ternura de aquel sonido lo desarmó por completo.
En ese momento, Min Yoongi, el alfa imbatible, aceptó que en presencia de Park Jimin, incluso el guerrero más valiente podía convertirse en un novato inseguro.
Jimin recuperó la compostura lentamente, aunque la calidez de su risa aún iluminaba su rostro. Observó a Yoongi con una mirada entre curiosa y juguetona, y decidió que aquel alfa, a pesar de su fama de implacable, parecía más humano de lo que habría imaginado.
"Entonces, mi señor, ¿he de entender que un simple encuentro como este os pone más nervioso que el fragor de la batalla?" preguntó Jimin, inclinando ligeramente la cabeza mientras una sonrisa traviesa adornaba sus labios.
Yoongi, incapaz de resistir el efecto de aquel gesto, se aclaró la garganta, luchando por mantener un aire de dignidad. "No me burléis, joven Park. Es cierto que el campo de batalla tiene sus desafíos, pero..." titubeó un momento, como si buscara las palabras adecuadas, "...vuestra presencia tiene un... encanto singular, capaz de hacer tambalear incluso al más fuerte de los hombres."
La sinceridad en su tono sorprendió a Jimin, quien por un momento sintió cómo el rubor regresaba a sus mejillas. A pesar de su naturaleza juguetona, no estaba acostumbrado a recibir cumplidos tan directos, y mucho menos de un alfa como Yoongi. Sin saber si debía agradecer o esquivar aquella confesión, el omega optó por desviar ligeramente la atención.
"Ah, entonces será mejor que no os intimide demasiado, o acabaréis huyendo de mí como si fuera yo una amenaza," respondió, su voz cargada de un humor ligero que intentaba ocultar su propio nerviosismo.
Yoongi, al escuchar esto, dejó escapar una risa breve pero genuina, como si aquellas palabras hubieran aliviado un peso que llevaba sobre los hombros. "Huir de vos, joven Park, sería un acto de cobardía que jamás podría perdonarme. Aunque, si me permitís ser franco, creo que preferiría enfrentar cualquier peligro antes que perder la oportunidad de hablar con vos nuevamente."
La intensidad de la mirada del alfa y el tono bajo de su voz hicieron que Jimin desviara la vista por un momento, su corazón latiendo con más fuerza de lo que estaba dispuesto a admitir. No sabía cómo responder a algo tan honesto, pero antes de que pudiera decir mucho más, la voz de Lisa, rompió el hechizo del momento.
"Mi señor, os buscan en el otro lado de la sala," anunció Lisa con delicadeza, aunque no sin lanzar una mirada curiosa entre Yoongi y Jimin.
El omega inclinó la cabeza con una elegancia natural, como si cada uno de sus movimientos estuviera cuidadosamente calculado para transmitir gracia sin esfuerzo alguno. Sus ojos, brillantes con una mezcla de curiosidad y una ligera timidez, buscaron los del alfa por un instante más, asegurándose de que sus palabras dejaran una huella. "Espero que podamos continuar esta conversación más tarde, mi señor. Vuestra compañía es... inesperadamente agradable."
Su voz, suave y melódica, flotó en el aire como una caricia, dejando a Yoongi con una sensación de vacío cuando Jimin se giró para marcharse.
¿ Qué había ocurrido?
( separador)
El ambiente en la sala principal seguía bullicioso, pero a Jungkook le pareció que el ruido se apagaba momentáneamente cuando sus ojos captaron la figura solitaria de Taehyung, de pie cerca de una ventana abierta. La brisa nocturna entraba suavemente, moviendo los mechones oscuros del alfa mientras este observaba en silencio el cielo despejado, aparentemente ajeno a la algarabía que se desarrollaba a su alrededor.
Por un instante, Jungkook dudó, su mente jugaba con la idea de dejarlo tranquilo, pero una chispa de curiosidad —y quizá algo más profundo que prefería no nombrar— lo llevó a dar el primer paso hacia él. Con movimientos calculados, avanzó entre los invitados, esquivando las miradas inquisitivas y los saludos breves que le lanzaban algunos conocidos, hasta que se encontró a pocos pasos del alfa.
"Os halláis solo, mi señor," dijo Jungkook con una inclinación apenas perceptible, su voz portando un tinte de ligera provocación. "¿Acaso los banquetes no son de vuestro agrado? O tal vez os resulta más placentero la compañía de las estrellas que la de vuestros semejantes."
Taehyung giró lentamente la cabeza, sorprendido al escuchar aquella voz que ya le resultaba inconfundible. Sus ojos se encontraron, y aunque el alfa intentó mantener su expresión impasible, Jungkook no se perdió el leve destello de sorpresa que cruzó su mirada.
"No todo banquete requiere de mi atención constante," replicó Taehyung, su tono tranquilo, pero con una sutileza que sugería que no era indiferente a la presencia del omega. "A veces, es necesario un respiro del bullicio... aunque parece que hasta eso me será negado esta noche."
Jungkook esbozó una sonrisa, sus labios curvándose con una confianza casi descarada. "Si me disculpáis, no era mi intención interrumpir vuestra meditación. Pero pensé que una figura tan imponente como la vuestra no debería estar sola, incluso bajo las estrellas."
Taehyung entrecerró los ojos, intentando descifrar si las palabras de Jungkook eran una burla o un cumplido. Había algo en la manera de hablar del omega que siempre parecía estar al borde de la insolencia, y sin embargo, nunca cruzaba la línea lo suficiente como para ofender.
"Quizá la soledad sea mi elección," respondió Taehyung al cabo de un momento, volviendo su mirada hacia la ventana, aunque sus sentidos seguían enfocados en el joven que se había atrevido a acercarse a él. "No todos encuentran consuelo en la multitud. Y vos, joven Jeon, ¿qué os ha traído hasta aquí? Seguro tenéis mejores asuntos que atender que seguir a un alfa que disfruta de su soledad."
Jungkook inclinó ligeramente la cabeza, fingiendo considerar las palabras de Taehyung con una expresión pensativa, aunque sus ojos brillaban con un toque pícaro. "Decidme, mi señor," comenzó, su tono juguetón resonando en la quietud de la noche. "¿Los alfas de vuestro calibre siempre encuentran tan fascinante el cortejo? O acaso solo vos tenéis la paciencia para tales banalidades."
Con esta pregunta, el omega dejó escapar una leve sonrisa, sus labios curvándose con la misma insolencia que había marcado su presencia desde el principio. No era solo un desafío, sino un juego al que Taehyung había sido invitado sin poder rechazarlo. Jungkook podía ver cómo la incomodidad del alfa comenzaba a mezclar la curiosidad, creando una tensión palpable que lo divertía más de lo que quisiera admitir.
Desde el primer momento en que Taehyung había posado su mirada sobre Jungkook, algo en su interior había cambiado. El joven omega, con su porte relajado y su forma de moverse, había capturado la atención de Taehyung de una manera inesperada. Observó sus ojos, brillantes y desafiantes, que reflejaban la astucia y la picardía de un joven que no temía enfrentar a quien se le pusiera delante, ni siquiera a un alfa de su estatura. Su cabello, oscuro y desordenado, caía con suavidad sobre su frente, como si su apariencia de desdén hacia la formalidad fuera una declaración de intenciones.
Pero lo que realmente llamó la atención de Taehyung fueron sus labios, que, en su ligera sonrisa burlona, parecían querer retar a todo el mundo, especialmente a él. El movimiento de su cuerpo era fluido, con una gracia natural que Taehyung no podía evitar admirar. Cada paso que daba Jungkook tenía una seguridad y desinterés que lo hacía aún más intrigante.
Taehyung había intentado no darle demasiada importancia a los pequeños detalles de su figura, pero era inevitable. El suave contorno de su cuello, que se alzaba con la postura de un omega entrenado para la disciplina, lo hacía preguntarse qué había detrás de su actitud tan ligera y juguetona. Los gestos de Jungkook, cada uno tan medido, tan exquisitos en su imperfección, encajaban en el patrón de alguien que parecía ocultar mucho más bajo su exterior relajado.
Con su ceja arqueada, Taehyung se permitió una sonrisa cargada de sarcasmo mientras observaba cómo Jungkook seguía desafiándole sin una pizca de temor. "Las banalidades no son de mi agrado, joven Jeon," replicó finalmente, con un tono que escondía su creciente interés. "Pero entiendo que los omegas disfrutan de tales diversiones. Tal vez por su falta de obligaciones verdaderas."
La sala pareció volverse más silenciosa mientras Jungkook dejaba escapar una risa baja y melodiosa, como si el comentario del alfa no fuera más que una invitación para continuar su juego. "Oh, mi señor, sería una lástima si vuestras obligaciones os impidieran comprender el placer de una conversación interesante. Aunque, claro, no todos poseen el ingenio necesario para ello."
Taehyung se tensó ligeramente, no por enojo, sino por la forma en que las palabras de Jungkook lograban provocarlo de una manera que no podía ignorar. Había esperado que el omega se encogiera ante su comentario, como muchos otros lo habrían hecho, pero en lugar de eso, Jungkook lo desafiaba con una mirada firme y una sonrisa que no lograba descifrar.
"Es curioso," replicó Taehyung, permitiéndose un atisbo de una sonrisa mientras cruzaba los brazos, "que un omega tan joven crea saber tanto del mundo y sus complejidades. Quizá deberíais contarme más, para que mi falta de ingenio no sea un impedimento en futuras conversaciones."
Jungkook inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera aceptando el desafío. "Oh, no temáis, mi señor. Estoy seguro de que con algo de tiempo podríais aprender. Aunque, claro, algunos alfas son más tercos que otros."
El silencio que se había instalado entre ellos fue roto por el suave tintineo de las copas a lo lejos, pero el desafío entre Taehyung y Jungkook persistió, palpable en el aire. Ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder, aunque ambos sabían, en el fondo, que una chispa había comenzado a encenderse.
"Veamos si realmente eres capaz de enseñarme valiosas lecciones, joven Jeon," dijo Taehyung, su voz baja, pero cargada con una especie de desafío más sutil. "Porque, a decir verdad, los omegas no suelen ser los mejores para mantener una conversación interesante."
Jungkook se acercó un poco más, manteniendo la distancia justa para que no pareciera un acercamiento directo, pero lo suficiente para hacer que su presencia fuera aún más imponente. "¿Ah, no?" replicó con una sonrisa descarada. "Eso es una lástima, mi señor. Podríais haberme enseñado más sobre lo que significa ser un alfa si os hubierais atrevido a escuchar un poco más de lo que tengo que decir."
Taehyung se sintió tentado a sonreír, pero controló la expresión, consciente de que cualquier cambio en su rostro podría ser tomado como una señal de debilidad. En su lugar, se mantuvo firme, su postura erguida. "¿Y qué sería eso, joven omega? ¿Qué podríais decirme que ya no sepa?"
Jungkook dio un paso atrás y se cruzó de brazos, contemplando el rostro de Taehyung con una mezcla de curiosidad y diversión. "Tal vez," dijo, "podría enseñaros que las palabras son tan poderosas como las espadas, pero no todos saben cómo manejarlas."
La mirada de Taehyung se suavizó, aunque solo por un momento. A pesar de su afán por mantener las apariencias, no pudo evitar sentir que aquellas palabras habían dado en el clavo. Parte del joven omega lo descolocaba, y por alguna razón que no comprendía completamente, eso lo intrigaba.
"Vuestro ingenio no es poco, Jungkook," dijo Taehyung, casi como un susurro, pero lo suficientemente claro como para que el omega lo oyera. "Pero no olvidéis que los alfas también tenemos nuestra propia forma de manejar las palabras."
Jungkook se detuvo un instante, sus ojos entrecerrados mientras evaluaba las palabras del alfa. "Veremos quién sabe manejar mejor las palabras cuando las circunstancias lo requieran," respondió, sin dar su brazo a torcer.
Un silencio se instaló nuevamente entre los dos, aunque esta vez fue diferente. No era tenso, ni incómodo; más bien, era un espacio lleno de una energía distinta, como una corriente invisible que se tejía entre ellos con cada palabra, cada mirada.
Y ninguno de los dos sabía exactamente lo que significaba, pero ambos sabían que, de alguna manera, las reglas de este pequeño juego de ingenio habían cambiado.
Taehyung y Jungkook compartieron una mirada fugaz, tan intensa que nadie más pareció notarlo, pero ambos sabían que un cambio había comenzado entre ellos. Un cambio que ni los trucos de palabras ni las bromas sarcásticas podrían disimular por mucho más tiempo.
"Tal vez tengamos que ver si, en un duelo de ingenio, tus palabras son más agudas que tus espadas, Jeon," dijo Taehyung con una ligera sonrisa en los labios.
"Acepto el desafío, mi señor,"
¡ Puedes encontrarme en wattpad e inkspired, y sobretodo, no te olvides de escuchar la playlist oficial de la novela! Link in bio