Parte 1
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Gracias, Chikparole querida, por tu preferencia y por darme la oportunidad de escribir nuevamente de nuestros jotos preferidos en este bello contexto tan exótico. Sin embargo, la dedicatoria en sí, va para nuestra querida Victoria Valove, Vic, esta historia fue escrita con mucho cariño para tu disfrute, es un regalo de nuestra Chikparole para ti, así que espero disfrutes de nuestros delirios de madrugada, esta historia es para ti.
La portada la hizo mi hermosa Chikparole.
Tomás Torres estaba en clase de Educación física, sentado en las gradas porque se había lesionado al querer saltar los obstáculos como había pedido el profesor Sánchez, que según “saltar la barda” sería algo de mucha utilidad para todos cuando crecieran, pero el muchacho se había desgarrado el músculo al hacerlo, así que se quedó sentado ahí mirando al resto ejercitarse, aunque… Sinceramente el joven de catorce años no estaba viendo a sus compañeros jugar básquetbol, sino que el adolescente veía al profesor Sánchez, el cual estaba bebiendo su coca cola, con el portapapeles en mano, alentando a los alumnos a hacer ejercicios, aunque el mayor nunca hiciera alguno, al menos no frente a ellos.
Pero Tom, como le decían sus amigos, suspiraba al ver al mayor, porque había algo en ese hombre que lo cautivaba, no sabía bien qué, si tal vez era su cuerpo bien formado, su barba que lucía muy rasposa, o su sonrisa de lado, sin embargo, por ese profesor era que el adolescente se empezaba a cuestionar si quizá no sólo le gustaban las niñas…
Soltó un suspiro soñador, deseando ser esa gotita que se le escapaba de los labios y le recorría la mandíbula al mayor, cuando tuvo un golpe a la realidad… Literalmente el golpe de la pelota de básquet en su cara.
—¡Perdón, Tomás! —se disculpó uno de sus compañeros, mientras el joven sentía su cara adormecida, y cómo la sangre brotaba por su nariz.
“Soy un imán para las pelotas”, pensó con dramatismo el joven, mientras sentía cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. “Tal vez es por esa vez que pasé por debajo de la escalera”, agregó mentalmente, siete años de mala suerte decían… Suspiró, frotando su rostro.
…
Simone Carlota Kruz estaba barriendo hacia afuera, para alejar las malas vibras, hasta que se abrió la puerta fuertemente, empujando a la mujer al suelo, sentándose sobre su trasero. Iba a replicar hasta que vio a su pollito, su hijo del medio, su tesoro, su querido Guillermo Kruz, su bebé hermosote de dieciséis años.
—Ay, ama, perdón —habló Guillermo.
—No te preocupes, mi pollito. Yo me paro sola —respondió Simone con una sonrisa—. ¡RIA MARÍA! Ayúdame a pararme —ordenó la matriarca.
Ria María Kruz, su hija mayor de veinte años, que estaba pintándose las uñas, bufó, poniendo los ojos en blanco.
—¿Yo por qué, Simone? Si el pendejo que te botó fue el Guillermo —reclamó Ria, frunciendo el ceño, mirando a su hermano de cabello largo arqueando una ceja, soltando su mochila sobre el sillón.
—¡Bill! No Guillermo —corrigió su hermano, mientras Ria ponía los ojos en blanco nuevamente.
—Ay sí, tú. El único de nosotros que tiene derecho a tener nombre extranjero es el güero, porque su padre era alemán —refutó Ria.
Simone seguía en el suelo, mirando cómo se peleaban sus hijos… Los amaba, pero también le sacaban de quicio. Tal vez no debió tener un hijo de cada uno de sus amores. Aunque luego tuvo otros amores… Pero que no le dejaron bendiciones.
El menor de sus hijos, con nueve años, entró a la sala, fijándose en su madre en el suelo mientras sus hermanos mayores se estaban por jalar de las greñas. Andreas José Kruz, al que le decían “Güero”, el último de los hijos de Doña Simone, el único de ellos que tenía ojos azules y cabello rubio, a diferencia de Ria, que era la mayor con un cuerpo escultural pero sacando lo prieto de su padre y con cabello negro, y Guillermo, que si bien no tenía la piel tostada, tenía los ojos marrones y cabello negro, el cual siempre presumía por su sedosidad.
Pero el güero fue quien terminó ayudando a su madre a pararse, la cual se sacó la chancla de forma amenazadora.
—Ya se calman o los calmo —amenazó Simone, haciendo que sus hijos mayores se detuvieran en el acto—. Ria ven aquí a ayudarme con la comida. Y tú, mi pollito ve por las tortillas —ordenó su madre, poniéndole dinero en la mano a su hijo, el cual suspiró pero asintió, a sabiendas de que tenía que obedecer.
Bill sujetó la servilleta, y se fue a formarse a la cola de Don Panchito, el cual vendía las tortillas. Estaba escuchando el mitote en la cola de cómo el marido de doña Heidi se metió con una más joven que vendía sus chicharrones… Cuando de pronto se quedó boquiabierto…
Cruzando la calle venía un muchacho tan lindo que sintió cómo su corazón latía fuertemente en su pecho, tenía un rostro todo hermoso, un cabello castaño claro, unos labios gruesos, nariz respingona y con un lunar en la mejilla. Bill jamás había visto un chico tan lindo, que de algún modo se le asemejaba a un gatito naranjoso. Y lo vio acercarse a él, que le sonrió pero… Luego se dio cuenta que simplemente iba a formarse detrás suyo, con su servilleta. Bill casi se torció el cuello al voltearse a mirarlo.
—Hola, soy Bill Kruz —saludó Bill al joven que era un poco más bajo, con una sonrisa, el muchacho lo observó.
—Hola, soy Tom Torres —respondió Tom, notando que el muchacho de uniforme y cabello largo era guapo. Y tragó saliva, pensando que también creyó que su profesor era atractivo, aunque la belleza de ambos era distinta.
—Si quieres te dejo pasar para que te atiendan primero —ofreció Bill, queriendo ser caballeroso.
Tom asintió y se ubicó delante del más alto, el cual suspiró mirándolo desde atrás. Hasta su uniforme se le veía bonito, incluso por más que usaba unas tallas más grandes. Bill se fijó que tenía unas bonitas pe… Pestañas que no le veía desde atrás pero sí se acordaba de su carita antes de que se ubicara allí.
Bill se quedó en silencio hasta que notó que le tocaba a Tom. El cual le pagó a Don Panchito, y le puso las tortillas en su servilleta. El más alto observó cuando salía de la tienda, para luego atenderlo, sin dejar de ver al más joven, el cual se giró a sonreírle, y por estar mirando a Bill se le cayeron las tortillas.
—¡No! —gritó Tom, sintiendo la desolación al ver las tortillas en el suelo de asfalto.
Bill se acercó, agachándose para sujetar la servilleta de Tom, extendiéndosela arrodillado, mientras el más bajo se mordía el labio inferior por la frustración, su abuelita sólo le había mandado justo para comprar las tortillas, y ahora se enojaría porque iría de nuevo a pedirle dinero.
Bill no podía soportar seguir viendo a su morrito guapo casi llorando por sus tortillas, así que se levantó, limpiándole los ojos aguados con la servilleta de las tortillas.
—No te agüites, moreno —pidió Bill, y el más bajo, lo miró inquisitivo cuando el más alto le extendió sus tortillas—. Toma, llévate las mías, gatito.
Tom se quedó mirando al moreno sin poder creérselo. “¿Acaso será este mi ser amado?”, pensó con ojos brillantes, sonrojándose y recibiendo las tortillas.
—¡Gracias! —dijo Tom efusivo, poniéndose de puntillas para dejarle un beso en la mejilla, y luego correr emocionado.
Bill se tocó la mejilla, sonriendo como bobo, sintiendo el cosquilleo en la zona que sintió los labios del joven. Soltó un suspiro y miró su mano, con la servilleta de Tom, y consideró que debía volver a ver a ese muchachito tan lindo. Y que la chancla de su madre valdría la pena de soportar por regalar sus tortillas.
…
Tom estaba metiendo los sartenes al horno de la estufa en lo que su abuelita, doña Camucha, iba viendo la telenovela. El adolescente mismo iba prestando atención a la trama, dónde Marichuy se iba enamorando del doctor Juan Miguel luego de una vida de sufrimiento.
Tom pensaba que él mismo tenía una vida triste, dónde también era un huérfano, y siempre cargaba con mala suerte por pasar debajo de una escalera, romper un espejo y esa vez que se robó una moneda del diezmo cuando pasaron por su lado, así que… Suspiró pensando que quizá Bill Kruz sería el doctor Juan Miguel que lo salve de su vida gris, tal vez cuando el más alto creciera fuera un médico famoso y sonrió complacido.
Aunque luego se dio cuenta que en realidad no lo conocía y no sabría dónde podría volver a encontrarlo.
La puerta se abrió y entró su primo Georg, en realidad su nombre era Jorge, pero según él era más exótico llamarse “Georg”.
—Abuela —saludó el castaño, dejándole un beso en la cabeza, y el menor se giró viendo a su primo, que le extendía una bolsa de tamales.
—Ay, mi Jorgito. ¿Con qué dinero compraste los tamales, mi amor? —preguntó doña Camucha, mirando a su nieto mayor, porque sabía que el muchacho tenía tendencias muy cuestionables.
—Tú no te preocupes, abuelita. Lo importante es que aquí tienes para desayunar con Tomás. ¿Cómo estás, canijo? —cuestionó Georg, mirando a su primo, el cual cerró el horno y se acercó.
—Bien, Georg. Gracias por los tamales —masculló el más joven, sonriéndole.
—Mantente así, Tom. Tan decente y limpio siempre —le pidió Georg, despeinándole los cabellos, si bien no se llevaban muchos años, el mayor era protector con Tom, porque no quería que pase lo que él, que se había metido en malos pasos precisamente por necesidad
—Sí, Geo —dijo Tom, sentándose en la silla, mientras el mayor hacía lo mismo.
—¿Cómo te fue hoy? —inquirió Georg.
—Ah pues normal. La escuela estuvo bien. De ahí pues compré tortillas y… —suspiró, sonrojándose al recordar—. Ah hice tarea.
Georg arqueó una ceja.
—¿Y qué pasó en la cola de las tortillas que te desinflaste como globo pensando en ello? —preguntó Georg.—Incluso estás todo rojo como jitomate —rió el mayor.
Tom frunció el ceño.
—Nada, sólo conocí a alguien —musitó Tom con nerviosismo, no sabía cómo contarle a su primo que le había gustado un chico.
—Ah caray, ¿cómo así? Tomás pero tú estás todo chiquito. ¿Ya quieres mear los horcones? —cuestionó Georg.
El muchacho boqueó sonrojándose más.
—Sólo me gustó alguien, un chico que me dio sus tortillas —respondió Tom.
—Ah, pero dime quién es. Tú sabes que yo conozco a todos —farfulló Georg.
—Ehm se llama Bill Kruz —respondió Tom, recordando al muchacho de cabello negro largo y sedoso, con uniforme de escuela pública, con un rostro tan… Hermoso. Que le hacía asemejarse a un gallito… O bueno, pollito más bien.
—Ah, sí. El hermano de Ria, sí —mencionó Georg, riéndose con lascivia, recordando a la hermana mayor de Bill que estaba buenota y daba muestras de jamón en el supermercado, y luego volvió a ver a su primo—. Pero, pues Guillermo Kruz creo que tiene novia, ¿no?
La expresión emocionada de Tom decayó. Aquel chico sólo estaba jugando con él. Aunque en ningún momento le había dicho que le gustaba o algo, simplemente le limpió las lágrimas y fue amable. Tal vez simplemente el adolescente se había hecho ideas él solo por tantas telenovelas que veía con su abuelita.
Lo que no sabía Georg, era que Bill no tenía novia, sino que con quien lo había visto no era una mujer… Sino era Mico, amigo de Bill, el cual estaba usando una peluca y un vestido por haber perdido una apuesta.
Sin embargo, aquello marcaría a Tom para siempre, que cuando por a o b motivo se cruzaba con Kruz, lo ignoraba.
Bill, el que aún conservaba la servilleta de las tortillas de Tom como un recuerdo nostálgico, siempre vio al más joven de lejos sufriendo la indiferencia del menor. Por lo que… Siguiendo las palabras de su madre, la cual le decía que nunca nadie sería suficiente para su retoño, es que Bill guardó ese amor platónico y decidió ser del pueblo y para el pueblo.
…
Conforme pasaron los años. Es que Simone le dijo a su hijo del medio que lo mejor era que se fuera de mojado, para ver si hallaba ahí una gringa que fuera al menos “más decente” para su pollito.
Con esa premisa, es que Bill fue a la frontera de México con Estados Unidos, sin contar con que su torpeza que haría que se perdiera en el camino. Y que cuando finalmente pudo llegar a USA lo detuvieron por… Orinarse en la pared de una escuela, lo que consideraron que fue exhibicionismo cerca de menores, y terminaron por deportarlo.
…
Tom ya había terminado la escuela, a duras penas en el sentido no de las calificaciones, por suerte era uno de los mejores en su clase. Sino que… Odiaba que en vez de que le hubieran permitido llevar como taller optativo taquimecanografía, que creía sería algo más útil, lo pusieron en carpintería, lo cual no le llamaba la atención y… Lastimó sus manos muchas veces, y motivo por el cual siempre le pedían que cuelgue el cuadro de la virgen cada doce de diciembre.
Ya eran tres años con la misma uña lastimada, le crecía y luego se la volvía a chingar martillándose el dedo.
Él mismo se había dedicado a sus estudios, y quería prepararse para ingresar a la universidad pero… Su abuelita pues no podía manejar siempre la tienda. Así que Tom decidió tomarse un año para hacerse cargo del negocio de su mamita.
Se aclaró la garganta, y sujetó el micrófono.
—Damita, caballero, llévele como una oferta, una promoción. Calzones cacheteros, para amarrar a su marido con el hilo… O si quiere sorprender a su esposa tenemos tanga narizona de elefante… Contamos con pantaletas de diferentes tipos del mejor algodón, un bonito regalo para el niño, para la niña —habló Tom, sintiendo vergüenza pero aguantándosela, mientras veía la gente pasar y él seguía detallando lo que vendían—. Encuentra esto y más en Chones Camuchita.
—¿Y tú los modelas, guapo? —preguntó doña Gertrudis, una de las vecinas mayores de la cuadra, riéndose del joven de rastas que sólo atinó a sonrojarse.
—Doñita si gusta le ofrecemos descuento —comentó Tom.
—Sólo me interesa el vendedor, mijo —masculló la viuda. Y Tom rió de nervios, porque doña Gertrudis básicamente podría ser su abuela por la edad que tenía.
Sin embargo, la gente no venía a comprar. Tal vez no sintiéndose en confianza con un vendedor hombre, más cuando este vestía como malandro y tenía rastas largas. Suspiró, él no era nada más alejado a su estilo.
Aún recordaba cuando quiso hacerse rastas para que no le hicieran más burlas por su cabello largo y cómo con eso parecía mujer, entonces fue a la estética de doña María, dónde lo atendió Natalia, la nueva estilista, que le quemó el cabello, haciendo que sus rastas terminaran siendo rubias en vez de su castaño con un “ligero y natural” tono más claro.
Suspiró recordando cómo para animarse, había comprado un elote el cual salivaba al ver cómo lo preparaban para finalmente caérsele al piso antes de comérselo. Y se veía tan tierno… No cómo los duros que normalmente le tocaban, pero no, ahí estaba en el suelo, que todavía al caerse le había salpicado la mayonesa en sus pantalones.
Tom siempre había tenido mala suerte. En la escuela mismo sufría de bullying, que porque era huérfano, que porque se dedicaba a los estudios en vez del desmadre como sus compañeros, pero eso no lo limitaba. Aunque recordaba con enojo cómo se había comprado su chicharrón preparado, y estaba comiéndoselo cuando lo empujaron haciendo corajes porque había pedido 2 pesos más de cueritos y al caerse se le enredaran con el cabello.
—Te lo mereces por joto —le dijo El Brayan.
Y Tom iba a refutarle cuando vio cómo venía su primo “el greñas” a golpearlo en su defensa. Al menos agradecía que Georg estuviera siempre cerca a la salida del colegio.
Ni siquiera era gay. Más bien pateaba para ambos lados. Pero… Suspiró, como no lo veían en fiestas agarrando culos o tetas le molestaban por ello. Cuando Tom era más de estar en casa.
Volvió a su presente, mientras seguía hablando por micrófono, llamando al público aunque no funcionase.
…
Simone estaba lavando los platos, cuando escuchó que tocaban el timbre.
—Güero, mijo, anda abre la puerta —ordenó la doña.
El adolescente de catorce años abrió la puerta y vio al adulto de cabello largo negro, sedoso, con ropa de cantante grupero, la camisa semi abierta, y botas vaqueras, que le sonrió y lo cargó.
Andreas se sintió casi asfixiado por su hermano.
—¡Carnalito! —dijo con cariño Bill, para luego ver a su mamá, soltando inmediatamente a Andreas que cayó aparatosamente mientras Simone botaba un plato al suelo.
—¡Mi pollito! —gritó Simone y su hijo corrió hacia ella abrazándola.
—Jefecita, no sabe lo mucho que la extrañé —habló Bill, sin dejar de apretar a la mayor contra sí.
—Ay, mijito tan lindo —comentó Simone emocionada sin poder creerse tener a su hijo con ella, hasta que cayó en cuenta y miró al más alto—. Pero, pollito. ¿Qué haces aquí?
—Sí pues. ¿No estabas en los yunaites? —cuestionó Andreas, levantándose del piso, adolorido.
—Eh, sí… Es que uno siempre extraña el calor de hogar —respondió Bill, riéndose.
—Ay, mi pollito. Claro que sí, te entiendo. Esta siempre será tu casa, mi amor —le aseguró Simone—. Y por trabajo, no te preocupes. Creo que don Carlos anda necesitando un mecánico. Así que sólo le hablaré para que te dé ahí un lugarcito, mi pollito. Tú que siempre has sido curioso con esas cosas.
—Ah, sí, claro —respondió Bill, recordando que en sí había aprendido gracias a su tío de mecánica porque no tenían dinero para pagar una carrera en el politécnico, y si bien su sueño era ser un cantante, y el de su mamá que él triunfara en el extranjero, en realidad sí sabía de mecánica automotriz.
Por lo que suspiró. Tal vez no era su idea volver a casa luego de unos meses pero… Tenía que apechugar.
…
Bill estaba en el taller automotriz de don Carlos, pegando sus pósters de mujeres casi desnudas, mientras sonaba “Muchacha triste” de los Fantasmas del Caribe, cuando escuchó cómo alguien entraba.
—¿Bill? —escuchó que lo llamaban, el moreno se giró y sonrió.
—¡Greñas! Vaya, no pensé volver a verte —mencionó Bill, sorprendiéndose de que Georg lucía más limpio de lo normal y con ropas más… Decentes.
—Lo mismo digo. Pensé que estabas del otro lado —comentó Georg.
—¿Y qué tal?
—Pues aquí. Ya abrí mi puestito de micheladas —soltó Georg con orgullo.
—Valedor, me alegro —respondió Bill sonriente.
—Sí, bueno. En estos días hay que tomarnos unas cheves pues por el reencuentro —farfulló Georg.
—Cámara —soltó Bill asintiendo.
—Chin chin el que se raje, eh —advirtió Georg para luego irse.
Bill pensó que era bueno encontrarse al mayor luego de tiempo. Se rió al verlo marcharse, negando con la cabeza. Había cosas que nunca cambiaban, como la actitud del greñas, aunque de todas formas se alegraba porque hubiera hecho buen uso del dinero mal habido para tener un puestito de micheladas, pequeño pero honrado. Mientras que él suspiraba, pensando en cómo debió conseguir dinero para volver a su casa después de que lo deportasen, que terminó siendo teibolero en la frontera con su tanga de leopardo.