Lobos salvajes

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Summary

La manada corre unida, caza unida, vive unida Y no morirá mientras uno de nosotros siga en pie París, ciudad de la luz y el amor. París, ciudad de licántropos. Tres manadas se reparten las calles de la metrópolis en una lucha constante y... No, en realidad no. Tres manadas se reparten las calles de París, si, pero a sus alfas no puede importarles menos todo eso de los territorios y los conflictos. Hay manadas que dirigir, cachorros que educar y muchos cotilleos que merecen ser compartidos. Hay lobos adolescentes un poco capullos, lobas sexys en moto (que te saltaran los dientes si lo mencionas), vampiros que dirigen antros de lujo y humanos que se meten donde no deben. Hay historias de amor, de amistad y de odio. Hay lobos corriendo por las calles a medianoche y cazadores que los persiguen. Hay conspiraciones que podrían acabar con todo lo que aman y aliados inesperados. Los lobos corren por París y estas son sus historias... Estas son historias, a veces cortas y a veces no, de las manadas de licántropos de París. Estas son sus crónicas contadas por una servidora

Status
Ongoing
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
16+

En la tormenta - I

Pronto, París desaparecería entre la nieve. La reportera de las noticias llevaba un gorro, dos abrigos y mantenía los ojos muy abiertos, porque probablemente tenía congelados los párpados. Mientras, decía que sí, los Campos Elíseos ahora eran una sucursal del Polo Norte. Alain quiso pensar que le pagarían un extra por semejante tortura.

El hombre apartó la mirada de la tele para clavarla en la ventana de la cocina. La tormenta hacía temblar los cristales y Nox se estremecía, pero no se movía del banco del desayuno.

—Puedes irte a la cama.

El pequeño negó enérgicamente con la cabeza y siguió mirando hacia fuera con la mejilla rozando el vidrio, abrazándose las rodillas. Su niño odiaba las tormentas de nieve. Alain aún recordaba encontrarlo temblando de miedo bajo la cama durante el primer invierno que había pasado con ellos, pero sabía que no se movería de allí. De vez en cuando, los ojos verdes de Nox se iban hacia el bebé, acurrucado dentro de su moisés. El alivio asomaba en sus ojos al contemplar la tranquilidad absoluta de Theo, dormido como un pequeño oso entre mantas.

—¿Por qué crees que tarda tanto? —Preguntó el chico al fin.

Alain intentó sonreír. Dejó la taza de café sobre la mesa y envolvió a Nox con sus brazos, acurrucándolo contra su pecho. El efecto del contacto físico fue instantáneo: el cachorro relajó los hombros y emitió un largo suspiro de alivio.

—Se habrá caído en un montón de nieve.

El niño de diez años dejó escapar una risa ahogada.

—¡Saoh no se caería en un montón de nieve!

—Claro, claro. Estaría persiguiéndose la cola y se ha caído al Sena.

Un gruñido ofendido salió de entre los labios del pequeño, aunque se había abrazado a Alain con todas sus fuerzas.

—Los lobos no nos perseguimos la cola. Y no nos caemos en ningún sitio.

—Claro, claro. —Alain pellizcó con cariño una de sus orejas, que se agitó un poco en respuesta—. Vivo con tres cachorritos. Sé toda la verdad, listillo.

—¡No soy un cachorro!

—He dicho “cachorrito”.

Nox levantó la cabeza para gruñir de nuevo y sacarle la lengua, aunque le temblaban los hombros por el esfuerzo de contener la risa. Alain, sin embargo, sí dejó escapar una carcajada. Se inclinó y abandonó un beso en la punta de la nariz de su niño.

—Eres mi cachorrito, así que te aguantas. —Gruñón o no, Nox respondió a sus palabras frotando la mejilla contra su pecho y dejándola sobre su corazón. Alain le acarició el pelo en silencio, sabiendo que la preocupación del niño estaba lejos de desaparecer, pero al menos se sentía cómodo y seguro.

Pensó en su compañero, aún en algún lugar de la tormenta, y suspiró. Esperaba que estuviera a salvo. Esperaba que supiera que tenía que mantenerse a salvo.

“Saoh, como te haya pasado algo voy a hacerme una alfombra con tu bonito culo peludo”.

Alain abrazó a su hijo y siguió esperando.


París era un infierno helado, una estampa blanca y gris de bordes afilados. Cuando la tormenta parara quizá llegaría a convertirse en una postal de ensueño, pero no ocurriría aquella noche.

Un coche circulaba lento entre la bruma, tratando de no patinar, y Saoh lo siguió con la mirada hasta que dobló la esquina. Esperaba que no se quedara parado: no tenía ganas de rescatar a un conductor descerebrado y, por algún motivo, tampoco creía que el susodicho apreciara el ser rescatado por un hombre desnudo en plena tormenta.

Las orejas de Saoh se agitaron un segundo antes de que un siseo resonara desde el callejón a su espalda. No era un sonido agresivo: era más el tipo de bufido de irritación que él mismo tenía ganas de soltar desde hace un rato.

—Vega.

El lobo negro agitó la cabeza. Llamarlo grande era un eufemismo: sobre sus cuatro patas, el rastreador media más de un metro cincuenta. Cuando se alzó sobre las patas traseras y volvió a gruñir, esta vez un sonido de saludo, Saoh tuvo que echar la cabeza hacia atrás para ver sus extraños ojos de pupila fragmentada.

—¿Tus idiotas y los míos están juntos? —Preguntó, aunque conocía de sobra la respuesta. Vega mostró los colmillos y agitó las orejas de atrás a delante, la versión lobuna de una sonrisa burlona. Volvió a poner las zarpas delanteras en el suelo y emprendió la marcha.

Saoh le dejó ventaja. Se permitió una mueca de hartazgo. Él tendría que estar en su casa: a Nox no le gustaban las ventiscas y Alain estaría preocupado por él. Tendría que estar cuidando a sus cachorros y a su compañero, no helándose el culo allí fuera.

“Voy a matar a esos idiotas”.

Hizo crujir las mandíbulas. El cambio fue rápido y eléctrico, doloroso y placentero a la vez, lo que sentiría ante la contracción repentina de un músculo. De haber estado alguien mirándolo, solo hubiera visto un borrón gris y marrón antes de que el gran lobo antropomorfo aullara.

Se dejó caer sobre sus cuatro patas. Correr era su segunda naturaleza. Podía ir muy deprisa sobre las patas traseras, pero su torso y brazos no encontraban problema en alinearse con el suelo y permitirle moverse a la manera de un depredador cuadrúpedo.

Y Saoh era rápido, un corredor de grandes distancias. El único motivo por el que no adelantaba a Vega era que el otro lobo tenía que marcar la ruta. El rastreador casi no veía, pero se contaba entre susurros que daría con el rastro de un muerto en su camino al más allá, así que no le costaría dar con una panda de adolescentes borrachos en mitad de un París congelado.

Habían pasado el día reuniendo en los refugios de la manada a vagabundos humanos, a los lobos huérfanos de la calle y a todo aquel que necesitara un techo con urgencia; y se suponía que debería haber terminado con esa tarea hacía horas y él podría estar acurrucado con sus cachorros a aquellas alturas, pero no había tenido en cuenta que los adolescentes eran idiotas. Profundamente idiotas.

Media docena de ellos habían desaparecido de su residencia sin avisar ni dar explicaciones. Los móviles no tenían cobertura, la electricidad iba y venía y Saoh solo quería encontrarlos y hervirlos vivos.

“Paso a paso. Primero, encontrarlos. Luego, hacer sopa con ellos”.

Oyó el aullido de llamada de Vega y aceleró el ritmo.


Saoh ya sabía que Vega era un rastreador excepcional, pero no entendido hasta ese momento lo bueno que era de verdad.

Seguía al otro lobo entre la ventisca, pasando calles y desvíos a toda velocidad. Ni una vez lo vio retroceder o titubear, guiado por una cuerda invisible hacia su destino.

“Han sido menos de veinte minutos”, calculó cuando hicieron el último giro y Vega se detuvo frente a un edificio de apartamentos que necesitaba una mano de pintura, pero no se diferenciaba en nada de los centenares que habían pasado en su carrera.

Saoh cambió de forma con una sacudida. El frío hacía los cambios algo más lentos y sintió el viento morderlo con tanta fuerza que tuvo que contener un grito.

“Voy a matar a esos críos”.

Miró a Vega, que seguía en su forma animal y lo observaba con cierta diversión en sus ojos rotos. Había rumores sobre lo que había causado esa malformación, pero nada que el propio Vega hubiera confirmado y nada que Saoh quisiera preguntar.

—¿Aquí? —Antes de que el otro lobo gruñera su asentimiento, Saoh ya estaba cruzando la puerta.

El lugar no era más que ruinas. Sucio, polvoriento y abandonado. Apestaba tanto a marihuana y cerveza que se tapó la nariz y retrocedió, tomando unas cuantas bocanadas de aire del exterior.

—Los voy a matar.

Vega dejó escapar una risita lobuna, mostrando los dientes, y Saoh suspiró.

—Seguimos en territorio de Carter —le recordó—. Si tus chicos han hecho algo muy estúpido, me reservo el derecho a patearles el culo.

El otro lobo asintió con solemnidad.

Volver a entrar al edificio fue una prueba de resistencia. El olor solo se volvía peor según subían al segundo piso. No tardaron en captar el rumor de voces por encima de sus cabezas: susurros y conversaciones nerviosas en algún punto del tercer piso. Ni música, ni sexo jadeante de adolescentes, ni ninguno de los ruidos que esperaba oír.

Vega y él intercambiaron una mirada de preocupación mientras subían el último tramo de escaleras.

Los adolescentes, los futuros friega suelos durante los próximos seis meses si Saoh tenía algo que decir al respecto, los miraron con expresiones que iban desde el terror hasta el alivio.

—Joder, ¿en qué lío os habéis metido?

La respuesta fue un aullido largo, escalofriante y desquiciado desde el piso superior.

“Los voy a jodido matar”.

Incluso antes de que el primer aullido se apagara, lo siguió otro. Eran agudos y temblorosos, los lloros de un perro herido.

—¿Qué mierda habéis hecho?

Ni siquiera intentó sonar menos que cabreado. El olor de la cerveza y la marihuana era difícil de tolerar, pero el aroma agrio del miedo y la vergüenza eran aún peores. Recorrió con la mirada a los cachorros, que se apelotonaban como si eso pudiera protegerlos de su ira, y se recordó que no era el momento de empezar a gritar.

—Quiero saber qué está pasando —insistió—. Porque sospecho que se trata de algo muy, muy malo. Así que empezad a hablar antes de que se ponga todavía peor.

—No puedes darnos órdenes —dijo una vocecita aguda desde el interior del grupo—. No somos de tu manada.

Saoh se inclinó a un lado para poder ver al chico que se escondía detrás de sus amigos más altos. Le enseñó los colmillos a aquella cosita menuda y de color ceniciento, que se sobresaltó al verse descubierto.

—Tú eres un chico de Karnel, ¿verdad? —El temblor repentino de su cuerpo fue toda la respuesta que necesitaba—. ¿Crees que ella va a ser más indulgente que yo? Está viniendo desde la otra punta de la ciudad para devolver vuestros culos fumados a casa. Ya estaba metida en la cama con su compañero y ha tenido que salir de ella. ¿Tú estarías contento, Vega? ¿Te gusta la idea de dejar a tu compañera esperando sola en la cama porque estos encantadores muchachos querían fumar hierba en mitad de una ventisca?

Su colega arrugó el hocico y los niños dejaron escapar llantos de cachorrito. Todavía iban algo puestos, pero la dimensión de lo que habían hecho o, más bien, a quién habían cabreado comenzaba a calar en sus mentes.

—¿Alain va a saber que estás fuera por nuestra culpa?

La pregunta de Mateo estuvo a punto de conseguir que se carcajeara. El chico, uno al que solía considerar muy listo, se adelantó, con la cabeza gacha y retorciéndose los dedos.

—Si, claro que lo sabrá.

Más lloriqueos. Saoh sacudió la cabeza. Su compañero era el ser humano más dulce y paternal del jodido planeta; también era un dominante de alto rango al que los chicos amaban y temían decepcionar de cualquier forma. Mateo se secó las lágrimas con la manga del jersey.

—Lo siento. De verdad, todos lo sentimos.

—¿Qué habéis hecho, cachorros?

—¡Cállate!

Un chico se adelantó. Salió del grupo a codazos, apartó a Mateo de un empujón y se plantó delante de Saoh con los puños apretados y la barbilla alta. Para un humano, aparentaría unos dieciséis o diecisiete, justo traspasando ese umbral entre los rasgos adolescentes y los adultos, así que tendría unos diecinueve o veinte años reales. Como lobo, seguía a mitad de la pubertad.

—¿Y tú quién eres, chico?

—Yo soy el que hace las preguntas. ¿Quién crees que eres para entrar en nuestra guarida y ponerte a dar órdenes? ¿Eh?

Saoh arqueó las cejas al tiempo que Vega dejaba escapar un sonido de incredulidad. El chico tenía los ojos vidriosos y un tic constante bajo la boca, pero conservaba la sobriedad los bastante para mantenerse firme y mostrarle los dientes. En circunstancias normales, Saoh podría haberlo encontrado divertido.

No eran, sin embargo, circunstancias normales.

—Baja el tono, cachorro. No eres de mi manada, pero estás en nuestro territorio. Compórtate.

—¡Y una polla! Este sitio es mío. ¡Mando yo y ningún cabrón marica va a darme órdenes!

Saoh oyó el jadeo colectivo y el gruñido de advertencia de Vega, pero se limitó a esbozar una sonrisa condescendiente.

—Me alegra saber que el aroma de mi compañero se hace notar incluso en este estercolero. En otro orden de cosas, no eres más que un niño y…

—No quieres que libere a mi lobo, estúpido.

—¿Perdón?

—Mi lobo es la bestia más salvaje que conocerás jamás. Si lo dejo salir, te despedazará y se dará un festín con tus huesos.

El macho adulto arqueó las cejas. Quería preguntarle, seriamente, por qué hablaba de sí mismo en tercera persona. A juzgar por las miradas del resto del grupo, no era el único.

—¿No te transformas a menudo, niño? —Preguntó en cambio, preocupado por las implicaciones.

El chico retorció los labios en una sonrisa despectiva e hizo un gesto con la cabeza hacia Vega, que seguía en su forma animal al otro lado de la habitación.

—No todos somos jodidos chuchos flojos como tu amigo y tú. Mi lobo es tan fuerte que destruye mi cuerpo cada vez que la dejo salir. 

—A mi me suena más a qué te da miedo cambiar y lo haces tan poco que sufres atrofia severa.

El rostro del chico se descompuso de rabia. Por un momento, Saoh creyó que tendría una pataleta; Pero continuaba muy puesto y ganó el impulso más violento y estúpido posible.

—¡Que te follen!

El chico saltó hacia él. En un lobo normal aquel movimiento habría sido rápido y letal, pero el cachorro no estaba bien. El espasmo de su mandíbula se había trasladado a los ojos y las aletas de la nariz, que se habrían y cerraban buscando oxígeno con desesperación.

Su cuerpo se retorció cuando intentó cambiar en el aire. El pelo salió a parches, los huesos de sus piernas crujieron de forma sonora y la caja torácica se hundió y expandió de forma repetida, sin control.

Pero el chico debía estar acostumbrado a aquellos cambios deficientes: logró alargar los brazos a pesar de las convulsiones. Sus manos estaban también a medio cambio cuando intentó agarrar la garganta de Saoh. El adulto se limitó a dar un paso a la izquierda. Con la mano derecha agarró la garganta del chaval, que se detuvo en el aire de golpe, y le clavó el codo izquierdo en la columna.

Fue automático: el cuerpo del chico convulsionó y el dolor provocó que el cambio se descontrolara. Cambiaba a rachas y volvía a su forma humana entre interferencias, gruñendo y llorando.

—Mi hijo de un año tiene mejor control del cambio que tú. —Saoh soltó al chico, que cayó como un saco—. Y el de diez podría patearte el culo de aquí a Normandía. Tu cara no la conozco, cachorro.

El chico tosió varias veces antes de lograr contestar.

—¡Somos una manada independiente! ¡Soy el Alfa Rayo y...!

Saoh le dio un coscorrón que lo envió de nuevo al suelo.

—No te atribuyas títulos de los que no sabes nada, chico. A mi me hueles a cerveza de 0'35 la lata, no a alfa. —El cachorro lo miró con odio y Saoh le devolvió una sonrisa—. ¿Y lo de Rayo es tu nombre o solo querías uno que sonara a malo de dibujos animados?

El chico se sonrojó. Saoh iba a meterse con él un poco más, pero lo interrumpió un nuevo aullido. Y Vega, que había estado dando una vuelta por la habitación mientras él repartía collejas, volvió con un pequeño vial sujeto entre el índice y el pulgar de la garra derecha.

Saoh no tuvo ni que acercarse a él. La ráfaga de sangre y cítricos le golpeó la nariz y miró de uno en uno a los chicos a su cargo, seis en total, y ninguno fue capaz de sostenerle la mirada.

–¿De quién ha sido la maldita idea?

Mateo se retorció.

—Solo iba a ser un... —un gañido de dolor desde el piso superior cortó sus palabras y el chaval se estremeció—. Solo era un juego.

–¡¿Con SangreVampiro?!

Vega rugió para apoyar su indignación. El grupito del rastreador se había ido reuniendo cerca de él, aunque no tanto como para llevarse la bofetada que Saoh sabía que quería darles. Sus propios chicos también se estaban acercando y formaban una fila silenciosa detrás de Mateo. Tres chicos, tres chicas, seis descerebrados.

—¿Cuánto han tomado? ¿Y cuántos son? —Les preguntó. Una de las chicas, Rita, se adelantó un paso y contestó con voz temblorosa.

—No sé cuánto fue. Era un concurso de chupitos. Quién tomara más antes de que se le fuera la olla...

—Ganaba —terminó uno de los chicos de Vega.

—Vale, de acuerdo. —Saoh estaba luchando contra la necesidad de gritar. Miró a su colega de reojo e intercambiaron un asentimiento rápido—. Vamos a salir de aquí, en silencio y de...

No llegó a terminar la frase. Un crujido sonó sobre su cabeza, un rugido de trueno que recorrió toda la habitación e hizo temblar el suelo. El techo se hizo pedazos y tres licántropos furiosos, drogados y adolescentes cayeron sobre ellos.