Prefacio
¿Por qué el destino le jugó esa broma tan cruel? ¿Por qué tuvo que caer en esa situación tan absurda? ¿Por qué se tuvo que involucrar en los asuntos del novio de su peor enemiga?
Tocó el timbre sin pensarlo dos veces, no podía creer lo que estaba haciendo. No tardaron ni un minuto en abrirle la puerta.
—Llegas temprano. —El joven frente a ella le mostró una sonrisa ladina—. Me gusta la puntualidad.
—Hay que ir al grano, ¿sí? —Masculló. Lo que menos quería era quedarse más tiempo del necesario.
—Por supuesto. Entra. —Se hizo a un lado para dejarla pasar. Hizo caso a su petición y miró alrededor, se veía tan limpio y elegante, muy contrario a su propia casa—. Toma asiento. —Señaló un bonito sofá blanco.
—No, gracias.
—Está bien, te escucho. —Él se acomodó en el sillón.
—En primera, su secreto está a salvo conmigo, no diré nada, pero debes prometerme algo. —Él entrecerró los ojos, por supuesto que no obtendría nada gratis. Descubrió un secreto que no debía pero podía aprovecharse un poquito de esa situación.
—¿Qué quieres?
—Harás que Gina me deje de fastidiar.
—Trataré, pero sabes que Gina es muy difícil.
—¡Lo sé! —Exclamó—. No la aguanto. Pero tú debes hacer que me deje en paz, si no, le diré lo que vi.
—¿Piensas que te va a creer? —Alzó una ceja.
—Tal vez no, pero la duda quedará. —Se cruzó de brazos—. Y si ella no me cree, alguien más lo hará. —Él palideció y ella le mostró una sonrisa triunfante—. Vamos, no es tan difícil, es tu novia después de todo.
—Agh —se quejó—. Lo dices porque no convives con ella tanto tiempo como yo.
—Sí que convivo con ella —se defendió—. Hemos estado en el mismo salón de clases desde jardín de niños y siempre me ha hecho la vida imposible, si no digo nada es por ti, porque ya quisiera verla como la cornuda —sonrió con malicia—, sería la burla de todos.
—Tal vez —suspiró—. Pero no más que yo.
—Bah, no sé por qué andas con ella, es fastidiosa.
—Lo es, pero nuestros padres nos comprometieron desde hace tiempo —explicó. Ella rodó los ojos—. Si el compromiso se rompe por mi culpa, me iría muy mal.
—Bah, ¿en qué siglo crees que estamos? —Colocó la mano en su barbilla—. Solo dile a tu familia que no la amas.
—¿Crees que me harían caso? A ellos solo les interesa multiplicar nuestras riquezas y formar alianzas, ya sabes.
—Cosas de ricos, supongo. —Bostezó—. Pero sí que estaría jugoso el chisme si todos se enteran que le eres infiel, ¡yo sería la primera en llamarla cornuda! —Rio con fuerza.
Él frunció el entrecejo.
—No da gracia.
—Claro que sí y lo peor, digo, lo mejor es que la engañas con tu mejor amigo.
El chico chasqueó la lengua y ella volvió a reír al imaginarse la cara de Gina, la señorita perfecta, si se enteraba que su preciado novio le era infiel con un hombre.








