Lucem Aeternam

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Summary

En un mundo donde los recuerdos pueden ser alterados, los destinos escritos y la magia fluye en cada rincón, Elizabeth, se enfrenta a una verdad que cambiará el rumbo de su vida… Tras una vida marcada por secretos y decisiones impuestas, un encuentro inesperado con Demian, un joven enigmática con un pasado imposible de descifrar, la lleva a descubrir que su historia está entrelazada con fuerzas antiguas, pactos rotos y una magia olvidada. Ella no es una simple sanadora: es la llave a una historia de amor que ha desafiado al tiempo, al destino… y a la muerte.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Sombras en el Viento

“Para muchos, el destino es un camino trazado, inquebrantable. Pero hay quienes se niegan a seguirlo y eligen forjar su propio sendero, sin importar el precio.”

Los días de primavera traían consigo una armonía inquebrantable en Windhaven. Las flores únicas de esas tierras florecían en su máximo esplendor, un espectáculo efímero que atraía visitantes de todo el Reino.

Elizabeth Valenwood cerró el anuncio matutino con un suspiro y alzó la vista al cielo dorado. Aquella mañana tenía algo distinto. No era temor ni alegría: era una extraña nostalgia, como si esperara a alguien que no sabía nombrar.

—¡Lizzie, espérame!

La voz alegre de Amelia Hawke la sacó de sus pensamientos. Su amiga se apresuraba hacia ella con una sonrisa radiante.

—Déjame acompañarte —dijo, todavía jadeando.

—Será un gusto. —Elizabeth sonrió, aunque su mirada permaneció pensativa.

Caminaron entre los puestos del mercado. Pan recién horneado, llivarias en flor, voces ofreciendo mercancías. Todo parecía familiar, pero algo en el aire mantenía inquieta a Elizabeth.

Al llegar a la plaza principal, encontraron un corrillo de mujeres cuchicheando con ojos brillantes.

—¿Qué pasará? — murmuró Amelia.

—Averigüémoslo.

La señora Hoffman, florista del pueblo, se inclinaba sobre un ramo de lilivarias. Elizabeth se acercó con cortesía.

—Buenos días, señora Hoffman. ¿A qué se debe tanto alboroto?

—¡Ah, señoritas Valenwood y Hawke! —respondió ella, bajando la voz con complicidad—. Dicen que el hijo de los Storm ha regresado del extranjero.

Elizabeth arqueó una ceja, divertida. —¿Y eso es motivo de tanto revuelo? ¿Acaso vino con presentes?

La señora Hoffman rió. —Nada de eso. Hace años que esa familia no pisa Windhaven. Y ahora el más joven vuelve… dicen que tienen lazos con la realeza. Puede que se trate de un asunto importante.

Elizabeth y Amelia agradecieron la información y se alejaron.

—Admite que tienes curiosidad —insistió Amelia con una sonrisa pícara. Elizabeth rio de lado. —Tal vez un poco. Pero ya sabes que esas historias de alta cuna son más tuyas que mías.

Ambas estallaron en carcajadas.

—Amelia, ¿ya tienes todo preparado para el próximo año? —preguntó Elizabeth.

—Sí, ya tengo contactos en Narethya —respondió emocionada.

Elizabeth esbozó una sonrisa melancólica. —¿Qué haré sin ti? ¿Quién me seguirá en mis ideas locas?

—Ay, Lizzie… —Amelia rió—. Pero no estarás sola. Aron estará contigo, ¿no? —Claro —respondió ella con una sonrisa suave—. Igual te visitaré.

El sol comenzaba a descender cuando Elizabeth se separó de su amiga. El aire fresco la acompañaba de regreso a casa… hasta que el estrépito de cascos rompió la calma.

Un carruaje surgió de improviso en el estrecho sendero. Elizabeth apenas tuvo tiempo de apartarse; el vehículo pasó rozándola, levantando polvo. En la ventana lateral, un par de ojos azules se encontraron con los suyos. Fríos. Magnéticos. Un instante bastó para que un estremecimiento la recorriera.

El corazón le latía con violencia. “Debe de ser el joven Storm…”

Al llegar a casa, encontró a su madre y a Susan conversando animadamente en la sala.

—Hija, qué bueno verte. ¿Todo bien con tus compras? —preguntó Evelyn Valenwood, sonriendo mientras tejía un chal.

—Sí, todo en orden —respondió, dejando las bolsas en una silla.

Susan levantó la mirada de su libro, sus ojos brillaban de curiosidad. —¿Encontraste algo interesante en el mercado?

—Nada fuera de lo común… salvo que el pueblo anda alborotado por la llegada del hijo menor de los Storm.

Evelyn y Susan se cruzaron una mirada rápida.

—¿Los Storm? —preguntó Susan. —No… no los conozco —respondió Evelyn, algo vacilante—. Ni siquiera sabía que tenían un hijo.

Dejó el tejido sobre su regazo y suspiró. —Elizabeth, cariño, hay asuntos en los que es mejor no involucrarnos. Los Storm… podrían ser complicados.

Elizabeth frunció el ceño, intrigada, pero decidió no insistir.

Esa noche, el sueño llegó pesado.

Una neblina sofocante la rodeaba. Una voz desconocida se burlaba, repitiendo su nombre. —Te has estado ocultando…

Corrió sin rumbo, el aire le quemaba los pulmones. La bruma se espesaba, asfixiante.

—Esta vez no podrás escapar… —murmuró la voz, más cerca.

La desesperación crecía hasta que una luz apareció en la distancia. Corrió hacia ella. El bosque emergió entre la niebla y, en medio, la silueta de un hombre.

—Elizabeth… —susurró con voz cargada de anhelo y dolor.

Ella quiso acercarse, pero sus pies estaban anclados. Él avanzaba, luchando contra una fuerza invisible que lo retenía.

—Pronto nos volveremos a ver…

Una corriente helada barrió el bosque. La niebla regresó con violencia, separándolos. Una mano se extendió hacia ella, y justo antes de alcanzarla, todo se oscureció.

—Elizabeth…

Despertó con un grito ahogado. El corazón le martillaba, el sudor perlaba su frente. Se acercó a la ventana: la luna bañaba el pueblo, y entre la bruma creyó ver una sombra moverse.

“Solo mi imaginación…” pensó, aunque sabía que no era verdad.

Algo —o alguien— intentaba hacerle recordar. Y, por primera vez, sintió miedo de lo que pudiera descubrir.