Miel y eucalipto | Girls Love

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Summary

La maternidad no es fácil para Erika, después del divorcio busca un nuevo hogar, quería darle una mejor vida a su hija. Lo que nunca esperó, fue encontrarse con la naturaleza encarnada en una loba salvaje.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Capítulo 1

—¿Me da permiso, por favor?

Erika dio un respingo y se apartó de la puerta del refrigerador industrial para darle paso al hombre, él se llevó un six pack de cerveza y se retiró. Su cerebro tardó unos instantes para caer en cuenta de que estaba surtiendo la despensa del mes y lo que debía llevarse era yogur en lugar de alcohol, se sintió estúpida al reparar en la diferencia de ambos productos.

Sus pies se movieron a lo largo del pasillo y buscó el bendito yogur para poder tacharlo de la lista de compras, tomó el que tenía trocitos de fresa para lanzarlo en el carrito. La memoria de Erika no era confiable últimamente, así que revisó una vez más su nota mientras se dirigía a la caja de cobro, no parecía faltar nada a excepción de unos dulces para Nati. Sus piernas se congelaron al pensar en Natalia, era domingo y esos días se quedaba en casa con su padre, pero el recuerdo no la tranquilizó. Los nervios afloraron y cientos de fotografías caóticas pasaron por su mente, recorrió el supermercado entre el pánico, en algún punto dejó el carrito de compras para correr a lo largo de los pasillos, empujó a quien se encontró en su camino y llamó en voz alta a su hija, pero no hubo respuesta.

—¿Dónde? ¿Dónde estás, Natalia? Por la puta que me parió…

Los dientes le dolieron por tensar su mandíbula, quiso arrancarse los brazos a mordiscos, pero solo atinó a morderse el pulgar antes de volver hasta la entrada, donde estaba el gerente. El tiempo no perdonaba y era crucial que Erika actuara rápido, no sabía desde cuando se separaron, todo porque se quedó como idiota en medio de la tentación por comprarse una cerveza. La mujer corrió tanto como le permitieron sus piernas, cortó camino por el pasillo de los dulces y sintió el hígado subirse a su garganta cuando vio a la distancia a una niña de vestido celeste, con dos coletas altas y sus zapatos negros de piel con algunas grietas por lo viejos que estaban. La nena estaba de puntas, intentó alcanzar un frasco de la repisa.

—¡Natalia!

El grito desgarrador de Erika estalló cuando una lluvia de pequeños cristales se esparcieron alrededor de la niña, los chocolates regados por doquier y la pequeña soltó un suave llanto por el susto que se llevó. La madre le gritó que no se moviera, pero no hacía falta porque Nati no tenía fuerzas para eso y menos con tantas personas reunidas a los extremos del pasillo, esos extraños vieron la escena con cierto pavor y lástima, ellos solo observaron a una mujer irresponsable que dejó sola a su hija, pero eso no le importaba un carajo a Erika. Los besos, la saliva y las lágrimas se mezclaron en la cara de Natalia, su mami otra vez confundió el verbo apapachar con devorar y aunque a la hija le parecía asqueroso, en esos momentos lo sintió como lo más lindo que le pudo pasar en la vida, en su corta existencia. Ambas respiraron de forma entrecortada, Erika le quitó todos los vidrios al vestido esponjoso de su nena y la cargó entre sus brazos para ponerla a salvo, quería protegerla de las miradas, de los hombres criticones, de las viejas chismosas, de todo lo que pudiera hacerle algún mal… incluyendo a ella misma.

—¿Por qué te fuiste? —Enojo y tristeza se alojaron en su voz—. Nunca debes separarte de mí, por nada del mundo.

—Solo quería ayudarte con la compra, mamá —sorbió sus mocos entre el balbuceo—. Papá y yo íbamos a buscar la mitad de tu lista para más rápido, ¿lo recuerdas?

—Tu padre ya no está. No puedes irte tú sola.

—¡Puedo! ¡Puedo porque ya estoy grande! ¡Papá dijo…!

—¡A tu padre no le importa que te roben, Natalia! ¡A mí sí! ¡¿Por qué crees que él no está aquí?!

—¡Tú huiste! ¡Lo dejaste atrás!

—Si tanto nos quería —se interrumpió a sí misma y corrigió sus palabras—. Si él te ama, ¿por qué no ha venido a verte? ¿Por qué no te contesta las llamadas? ¿Por qué te golpeó?

No era justo hacerle esas preguntas a una niña de 8 años, pero Erika no sabía cuál era la manera correcta de hacerle entender a su hija que aquel hombre ya no volvería a sus vidas. Ella pensaba que la abuela seguramente tendría las palabras correctas para calmar la furia de Natalia, darle compañía en medio del abandono, pero la anciana no quería ni verlas, lo dejó en claro cuando le dijo “puta” aquella vez que le informó sobre su embarazo. Erika nunca fue la más asertiva con sus decisiones, el amor la hizo pendeja o quizá ya lo era como para no darse cuenta de que estar cerca de Sergio simplemente iba a hundirla. Nati no tenía la culpa de las decisiones de su mami, pero tampoco se podía esperar mucho de una mujer que no sabía qué hacer con su propia vida.

Los ojos de Nati estaban hinchados de tanto llorar, Erika le acarició la espalda para calmarla o quizá quería manifestar un interruptor de apagado que la silenciara, nunca le gustó que los niños fueran tan sensibles y llorones, pero eso solo se lo aguantaba a Nati, porque era suya, su hija.

—¿Qué pasó aquí? —preguntó uno de los empleados del supermercado.

—Lo siento, mi hija rompió un tarro. Estoy muy apenada, pero lo pagaré sin problemas.

—Claro —dio una mirada más a toda la escena—. También hágame el favor de retirarse si ya terminaron sus compras.

—Lo haremos de inmediato, señor. Mil disculpas, otra vez.

El hombre se retiró con su walkie-talkie en mano, pero su ausencia no desvaneció la culpa de Erika, la tenía atorada, como si un bicho le hubiera desencajado las costillas y luego le aplastó todos los órganos de su tórax para estar cerca del corazón. Su cabeza no tenía tiempo para ponerse sentimental y reflexiva, se apresuró para irse a pagar las compras y regresar a casa, no aguantaría estar ahí un minuto más.

El viaje de regreso fue tranquilo, Nati se calló durante todo ese tiempo y Erika había pensado que su hija se quedó dormida en algún punto del recorrido, pero no fue así, ella tenía entre sus pequeñas manos un casete de Sting, lo recorrió con sus deditos, seguramente Nati pensaba en su papi y cuanto lo extrañaba aunque fuera un desgraciado. Los miedos de Erika cobraban vida cada vez que su pequeña decía amar mucho a ese hombre, no importaba que él no las quisiera o las despreciara, Nati lo adoraba demasiado y ella como madre no le gustaba ver a su hija tan decaída por su divorcio.

—Yo meto las compras. Ve la tele un rato.

—¿Puedo poner una peli?

—No pongas el volumen tan alto.

Nati asintió y se fugó al interior de la casa con el casete entre sus manos, su madre bufó mientras se recostaba en el asiento y miró el volante como si tuviera las respuestas del universo grabadas en él. Erika estaba cansada, su cerebro se hinchó como un globo dentro de su cabeza y le causó un dolor insoportable en sus sienes, era tan molesto que podría salirse sus sesos por la nariz. Su lengua se secó y nunca se arrepintió tanto de no haber comprado una cerveza, pero no podía caer en el alcohol y más le valía ser más santa y no tan perra para que no le quitaran a la niña. Erika miró una vez más las bolsas de compras, ató su cabello en una coleta alta y salió del carro para ponerse a trabajar.

Pasadas las 5, la mujer ya estaba en la cocina preparando la cena mientras su hija veía caricaturas. La luz naranja del atardecer pintó el bosque verde hasta volverlo marrón, los pocos rayos de sol llegaban a todas partes e incluso pudo verlo en el jardín, eso puso contenta a Erika que tarareaba una canción desconocida mientras lavaba los vegetales. Nunca se le dio bien la cocina y dudaba que Nati pudiera presumir con sus amigos el lunch que le enviaba, pero tenía mucha fe en esa crema de verduras y estaba poniendo toda su concentración en eso, hasta que un ruido espantoso vino del gallinero. La madre se acercó a la ventana, supo que no era su imaginación cuando escuchó el gruñido de un ser hambriento y los cacareos desafinados de las pobres aves que intentaban huir inútilmente, miró como algunas de esas gallinas pintas se amontonaron contra la malla metálica para salir, pero no podían. Un animal se coló y ahora estaba matando a sus pequeñas.

—¿Mami?

—No te muevas, Natalia. Ahora regreso.

—Mamá, no vayas.

Erika ignoró la petición de su hija, tomó la escopeta que tenía en la entrada de su casa y salió con paso firme en dirección al jardín. La escena se veía como de película, dentro de la casa daba miedo escuchar los alaridos de los animales, pero ver la masacre era completamente diferente. Líquido escarlata se derramó de entre la madera y algunas plumas estaban pegadas a la sangre o se las llevó la brisa en dirección al bosque, lo peor eran los sonidos desesperados que emitía la bestia, los jadeos metían parásitos a la imaginación de Erika, como si necesitara más estimulantes para crear escenarios horribles, eran demasiado humanos como para tratarse de un simple perro faldero y tan graves como los de un hombre, él estaba hambriento y tan desesperado como un depredador engullendo a su presa. Ella decidió enfrentarse a ese ser porque no tenía la certeza de que fuera un animal, el terror de que pudiera ser un hombre demente se instaló en su cerebro y sostuvo con firmeza el arma, iba a disparar para matarlo si era necesario. Erika estaba empapada en sudor, tembló por el frío que le caló los huesos, pero nunca apartó la mirada del gallinero y esperó porque el monstruo saliera a la luz, su bebé comenzó a lloriquear a lo lejos, pero le daba pavor de que se le escapara su presa, así que no se movió a pesar de que ya tenía a Nati aferrada a sus piernas.

Un lobo salió a la luz del atardecer con dos gallinas atoradas entre sus colmillos, la sangre de los animales se le escurrió por el hocico por presionar demasiado los pescuezos, manchó su pelaje color nieve de tinta roja, la bestia parecía parte de una pintura, una que podría causarle pesadillas a Nati por las noches. Las piernas de Erika flaquearon, apretó sus muslos para evitar que la orina se saliera de su vejiga y mordió el interior de su mejilla tan fuerte como para comérsela, se quería mear del miedo, pero consiguió reaccionar para apuntar la escopeta a la cabeza del lobo. Sus ojos conectaron apenas unos segundos, miradas frías y duras como un glacial abandonado en medio del mar, el invierno de sus expresiones solamente eran una máscara para cubrir el miedo, pero ese mismo sentimiento les nublaba la consciencia y solo podían pensar en matar.

—¡No lo mates!

Fueron apenas unos segundos para jalar el gatillo, pero los brazos de Erika se doblaron hacia el cielo para evitar darle a Nati quien se paró justo en la mira, el lobo huyó y Erika dejó salir un grito desgarrador desde lo más profundo del estómago, fue tan potente como para doblegarla hasta el punto de hacerla caer sobre el pasto. Un líquido caliente viajó entre sus piernas, quemó su piel y dejó un olor ácido que apenas si era soportable, Erika no podía respirar de forma decente por el susto que se llevó, tardó unos segundos en reaccionar.

—¡¿Querías morirte, pendeja?!

—¡Le ibas a hacer daño y no es justo!

—¡Pudo lastimarnos, es una amenaza!

—¡Solo tenía hambre! Ellos se defienden si los atacas, la única mala eras tú por querer matarlo. Hubieras dejado que se llevara las gallinas y ya.

—Nati…

—Estás loca. Mi mami no hubiera hecho eso, yo solo quiero que seas como antes, te estás transformando en papá.

Natalia corrió de nuevo a la casa, pero su madre no tenía fuerzas para levantarse. Erika estrujó el césped entre sus dedos, susurró varias veces la palabra “no” y se tragó el llanto mientras arrancaba el pasto, la tierra y piedras que había enterradas por ahí. Su cabeza dio vueltas, se sintió completamente sola a pesar de tener una hija y nadie podía asegurarle que todo estaría bien.

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