El paraíso.
El paraíso.
Estoy seguro que cuando oyes hablar del paraíso, lo primero que viene a tu mente son querubines, nubes esponjosas y San Pedro, pero yo voy a platicarte de un rancho que fue obsequiado por mi general Porfirio Díaz al señor Leonardo Gasperini, hombre que huyó de Italia y que se refugió en México gracias a la ayuda de Manuel González. Aay, como adoraba platicarles la historia a sus hijos sobre aquella llegada el 19 de octubre del año 1881, junto a él viajaba su esposa Antonella. Leonardo decía que al llegar al estado de Veracruz, simplemente vio riquezas en cada rincón y al ser un hombre de suma inteligencia supo cómo relacionarse con los políticos del momento, haciéndose de una enorme propiedad a la que le puso el nombre ya antes mencionado, porque lo tenía todo.
Con el pasar de los años, el rancho fue pasando entre los hijos de la familia, sin embargo, con la modernidad, ya los jóvenes no querían dedicarse al campo y poco a poco fueron emigrando a otras partes del país, dejando al frente a Lorenzo en el año 1978. Él y su esposa Lourdes sólo habían podido concebir a Carlos, un joven que soñaba con conocer el mundo; así que, atarse a los cuidados de un rancho no era una opción para él, su madre lo apoyaba al 100%, pero su padre buscaba la forma de apagar sus ansias por evadir sus responsabilidades.
Todas las mañanas, los Gasperini desayunaban a eso de las seis de la mañana, para que a su hijo le diera tiempo de llegar a la escuela en la ciudad de Huatusco, que era el lugar más cercano a la civilización. La mesa tenía pan, café cosechado por ellos y unos deliciosos chilaquiles que eran servidos por Guadalupe la hija de la criada.
—¿Desea más café, señora? —preguntó la joven con una angelical sonrisa.
—No Lupita, gracias. Ahora ve a desayunar para que tú y Carlos lleguen a la escuela —advirtió Lourdes.
La joven abandonó el gran comedor de roble, no sin antes ser seguida por la mirada de Carlos y una pícara sonrisa que trató de ocultar de sus padres. Lorenzo lo observó, pero no dijo nada al respecto.
—Me dijeron que la graduación es en unos meses —dijo Carlos.
—¿Y sigues con la idea de irte a la capital? —cuestionó Lorenzo a su hijo con una mirada incisiva.
Lupita entró una vez más al comedor, recogiendo los platos desocupados y cruzando la mirada con el joven de dieciocho años.
—No, he pensado en tomar mi lugar contigo, papá —enunció sin dejar de ver a la muchacha.
Lourdes reaccionó, percatándose de las verdaderas intenciones de su hijo, eso la hizo apretar la servilleta y ponerse de pie de inmediato.
—Tú irás a México, ahora lávate los dientes y váyanse.
Carlos se levantó de la mesa, hizo todo lo que su madre le dijo y ambos chicos subieron al auto que todos los días los transportaba a la preparatoria.
—No debiste mirarme así en el comedor —susurró Lupita.
—No puedo mirarte de otra manera y lo sabes —murmuró Carlos rozando la mano de ella en forma traviesa, la joven se ruborizó—. Por ti estoy dispuesto a aprender todo lo que mi padre quiere del rancho y la siembra, tú y yo seremos dueños de todo.
—Ellos no estarán de acuerdo, Carlos.
—Papá es comprensivo.
—Soy la hija de la criada.
—Eres lo que más amo —musitó Carlos, Lupita abrió grandes los ojos, haciéndole ver que debía bajar la voz, para que el chofer no escuchara la confesión—. Bien, bajaré la voz.
Durante los casi treinta minutos de viaje los jóvenes siguieron bromeando, hasta que llegaron a las afueras de la escuela, ambos descendieron, ahí los esperaba un joven de la misma edad que ellos y mucho más alto, de piel morena, cabello negro abundante y bastante flacucho.
—Llegan tarde —enunció.
—La culpa es de Carlos —dijo Lupita.
—Adelántense Franco, mi papá me hizo traerle al director un kilo de café de regalo —comentó Carlos.
Lupita besó en los labios a su novio y caminó junto a Franco para ir al salón.
—No deberías hacer eso, alguien puede verlos —dijo él con algo de celo.
—Nadie nos ve aquí, ¿o tú le vas a decir a tu padre para que le diga al suyo?
—No soy un chismoso, Carlos es mi mejor amigo, pero al final nosotros sólo somos empleados para ellos. Su mamá quiere que él estudie fuera —señaló Franco.
—Él no se irá, me lo ha dicho.
—¿Entonces lo detendrás? —preguntó Franco poniendo a Lupita contra la espada y la pared—. ¿Cortarás sus sueños de conocer el mundo?
Guadalupe miró con dolor a su amigo y entró al salón sin emitir sonido alguno.
Franco era el hijo del capataz del rancho, a diferencia de ellos, vivía en las cercanías del rancho, por lo que siempre llegaba antes que ellos a la escuela, pero siempre regresaban los tres juntos, hacían tarea, jugueteaban y luego tanto Lupe como Franco regresaban a sus ocupaciones.
Esa tarde, los tres llegaron a la casa como era costumbre, la diferencia es que afuera se encontraba un auto que jamás habían visto.
—¿Quién habrá venido de visita? —cuestionó Carlos.
—Quien sea, eso sólo puede significar trabajo; así que, hoy no habrá bromas —emitió Franco algo irritado.
Carlos entró por la puerta principal y los chicos por la cocina. En cuanto Lourdes vio entrar a su hijo se puso de pie.
—¡Hijo! Que bueno que llegas, ha venido mi amiga Julieta y quiero presentarte a Bianca, su hija.
Carlos carraspeó incómodo, entró con su madre a la sala principal y frente a él se encontraba una bella joven con un porte de pasarela, alta, rubia con unos bellos ojos verde esmeralda. El joven estiró la mano, pero la chica lo jaló para plantarle el beso en la mejilla. Lupita iba entrando al lugar con una charola que portaba una jarra de agua de limón y cuatro vasos, ella contuvo la respiración por un momento, pese a lo ocurrido, sabía que no podía decir o hacer algo al respecto.
—Señora ¿Se les ofrece algo más? —cuestionó Lupita con amabilidad.
—Nada más Lupe, puedes retirarte —ordenó la señora de la casa. La joven se retiraba cuando alcanzó a escuchar—. Carlos, ve a cambiarte de ropa, iremos a Xalapa para que vayan al cine, en lo que nosotras vamos de compras.
—Pero tengo tarea madre —dijo él.
—Luego la haces, es fin de semana, ahora ve a cambiarte —insistió Lourdes.
En cuanto los cuatro dejaron la casa, Lupita corrió a llorar al río que pasaba cerca del rancho, sabía que a esa hora nadie estaría por ahí cerca, Franco llegó a sentarse a su lado.
—Siento lo que pasó, pero quieras o no, él pertenece a otra parte —afirmó Franco, estrujando el corazón de Lupita.
—Lo sé, pero lo que siento por él no es algo que se olvide o desaparezca de la noche a la mañana, son dos años de vivir nuestro amor en secreto —indicó Lupita.
—Así es ¿y cuánto tiempo más vivirás a escondidas? Guadalupe, tú eres una mujer que un hombre debe presumir del brazo, no esconder, eres el sueño de cualquiera y…
Lupita miró a Franco descubriendo en sus palabras su verdadero sentir.
—¿Desde cuándo?
—Más de lo que llevas con él. No te preocupes, sé mi lugar, soy el amigo nada más, jamás intervendría o les haría daño.
—Y, sin embargo, estás aquí diciéndome que lo freno y que jamás seré suficiente para él.
—Porque soy realista.
—No, lo que haces es con sólo una intención y no va a funcionar. Carlos me ama y te aseguro que él cumplirá con su promesa.
La joven regresó a la casona, hizo sus pendientes y se fue a descansar, a eso de las dos de la mañana, escuchó ruido en su ventana, al ponerse de pie vio a Carlos que traía una barra de chocolate.
—No deberías estar aquí —dijo ella, mientras él entraba.
—Todas las noches vengo. ¿Qué pasa?
—¿Cómo te fue con Bianca?
Carlos la miró y sonrió al ver a su novia celosa, él la tomó por la mano y dio un jalón para atraerla a él.
—Sólo vimos una película, pero pensé en ti en todo momento.
—Ella es el tipo de novia que deberías tener —musitó ella.
Carlos clavó sus ojos en ese bello rostro afilado y en esos ojos que sin ser de un color especial lo hacían perder la cabeza.
—Jamás vuelvas a decir eso, la única persona que merezco y me hace sentir como un triunfador eres tú.
Los dos se fundieron en un beso apasionado y se recostaron en la cama que noche tras noche funcionaba para demostrarse, ese amor puro, sincero y natural. Carlos desnudaba a su mujer con tal cadencia que parecía deshojaba a una margarita. Ella pasaba sus manos por la espalda de su amado sintiendo esa electricidad que disfrutaba y la llenaba de vida.
Cuando ambos caían agotados, Carlos siempre se quedaba dormido hasta las cinco de la mañana y con sigilo salía por la ventana para poder hacer creer a sus padres que dormía en su habitación.
Entró con bastante cuidado como cada madrugada, la diferencia es que al dar la vuelta vio a su padre sentado en el sillón que reposaba frente a su cama, el joven palideció tanto que bien parecía un fantasma y comenzó a juguetear con sus dedos.
—Salí a caminar.
Su padre lo miró serio y mostró una sonrisa sarcástica.
—¿A esta hora? Vaya y yo pensé que eras un holgazán —respondió Lorenzo con voz gruesa.
—¿Le dirás a mamá?
Su padre se negó y se puso de pie.
—No soy un soplón hijo, sin embargo, lo que haces no está bien y no lo digo porque piense que no debas estar con Guadalupe…
—¿Cómo…?
—No soy tonto Carlos, es cuestión de observarte, te encanta y quiero pensar que sientes algo más que lujuria por ella.
—Así es, yo la amo, papá.
—Si eso es cierto lo aceptaré, sin embargo, creo que debes analizar bien tu situación, adoraría que te quedes en el rancho y te hagas responsable de tus tierras, eres mi único hijo y el que sigas el legado lo es todo, no obstante hace apenas un par de meses me querías convencer de dejarte ir a estudiar a la capital.
Carlos bajó el rostro.
—Yo… no sé qué debo hacer —respondió Carlos lleno de dudas.
—Tomar una decisión es ella y el rancho o vivir el sueño de conocer el mundo. Ahora descansa, que en una hora tu madre vendrá a levantarte.
Lorenzo salió de la habitación dejando a su hijo bastante pensativo. Carlos se sentó en su mesa y dividió en la libreta una hoja, poniendo a Lupita de un lado y estudiar fuera del otro, comenzando a anotar los pro y los contra. Así fueron pasando los días, por momentos el amor era más fuerte que el sueño y viceversa.
Un día Lourdes tuvo a bien llevar a su hijo y a Bianca a la ciudad de México para que la conocieran y a su vez visitaran las universidades que ésta ofrecía emocionando al muchacho tanto que al regreso de su viaje, visitó a su amada en la madrugada.
—Entonces te irás —soltó Lupita llena de melancolía.
—Estaré viniendo… tú también irás a estudiar a Xalapa.
—Lo sé, pero tú te vas más lejos y…
—Vendré lo prometo, amor, jamás podría olvidarte, en cuanto sea doctor, te juro que vendré por ti y nos casaremos —dijo Carlos arrodillándose frente a ella.
Lupita lo miró llena de una inmensa tristeza, sentía que era algo imposible de cumplir, pero a esa edad lo único que queda es creer en que el amor lo puede todo y esa noche ella se entregó como si fuera la última vez que lo fuera a tener entre sus brazos.
A las pocas semanas, Carlos se fue a México y Guadalupe a Xalapa junto con Franco que estudiaba ingeniería.
Las llamadas al principio eran diarias y después del primer mes Carlos hablaba una vez a la semana, diciendo que tenía mucha tarea, llegó a visitarla una vez, en la que volvió a jurarle amor eterno y entregó una bella pulsera con un corazón y en el centro un infinito, de ahí no supo de él.
Guadalupe fue a visitar a su madre llena de nervios confesando que estaba embarazada del amor de su vida. De inmediato la echó de la casa, sentía vergüenza por su hija. La joven corrió a casa de sus patrones deseando que al decirles que esperaba un hijo de Carlos, ellos la apoyarían.
—¿Guadalupe, qué es lo que te trae aquí? —preguntó el patrón.
—Yo… yo estoy embarazada de su hijo, don Lorenzo.
El rostro de su jefe palideció y cuando estaba por contestar, fue su esposa quien apareció.
—Eso es mentira Lupe y lo sabes —enunció Lourdes.
—No, no es así, señor Carlos me dijo que usted sabía de lo nuestro, por favor… —suplicó la joven temerosa.
Lorenzo se sentía abatido, miró a su mujer cobardemente sin mostrar carácter alguno.
—Guadalupe, si no quieres que despida a tu madre hazme el favor de cerrar la boca —amenazó Lourdes—. Debo confesarte que Carlos se hará novio de Bianca justo esta semana, incluso le sugerí un bonito restaurante en la capital para que se lo pidiera.
Eso destrozó el corazón de Lupita y sus ojos se inundaron.
—Eso no es cierto —enfrentó.
—¿No me crees? Bien, podemos confirmarlo.
La joven no lo soportó más y salió corriendo del lugar, se detuvo al final del camino y se despidió de la vieja casona que le había dado la espalda.