Lo Que Juramos

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Summary

Doce años atrás, Greg y Sarah hicieron una promesa bajo la lluvia y la luna llena: cuando terminaran la universidad, volverían a encontrarse y nunca más se separarían. Pero el tiempo pasó, y Greg nunca regresó. Ahora, Sarah atraviesa el peor día de su vida. Perdió su trabajo, su novio terminó su relación después de decirle que la engañaba y siente que todo a su alrededor se derrumba. Esa noche, ebria y deshecha, sale al balcón de su departamento bajo la misma luna y la misma lluvia de aquel entonces. Y sin saber por qué, recuerda la promesa. Minutos después, Greg aparece en su sala. Pero ya no es el chico dulce de la preparatoria. Ahora es un millonario mujeriego de Seattle, cínico y sin la menor intención de comprometerse con nadie, mucho menos con Sarah. Él intenta marcharse, pero sin importar lo que haga, siempre termina de regreso en su departamento. Desesperados, consultan a una misteriosa mujer que les revela la verdad: su juramento invocó un antiguo sortilegio y Greg está atrapado hasta que haga algo al respecto. Greg tiene una solución: ayudar a Sarah a encontrar al hombre indicado. Pero mientras las citas y prospectos van y vienen, empieza a notar algo que jamás imaginó... ¿Y si aquella promesa aún sigue teniendo significado para él?

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

El Juramento

Sarah veía su reflejo en el espejo mientras deslizaba el delineador negro sobre sus ojos con precisión. Su vida entera pasaba frente a ella en ese momento.

La preparatoria había terminado. Esta noche era la fiesta de graduación de la Martin Van Buren High School, el evento que todos esperaban, el cierre de una etapa… el inicio de otra.

Pero mientras terminaba de delinear su mirada, ladeó la cabeza con un gesto pensativo. Me veo bien… pero triste.

¿Por qué?

Se suponía que debía estar emocionada. La universidad era el siguiente paso, una nueva aventura. Pero… ahí estaba, esa sensación que no la había dejado en paz los últimos tres meses.

Desde que recibió su carta de aceptación en Queens College y Greg en la Universidad de Seattle, su ánimo no había sido el mismo. Lo habían hablado poco, pero ambos sabían lo que significaba.

Un año, dos años de relación… y ahora, miles de kilómetros entre ellos.

¿Cuándo se verían?

¿Solo en vacaciones? ¿Cómo sobreviviría su relación a tanta distancia?

Suspiró, tomó su labial rosado y lo deslizó suavemente sobre sus labios, intentando convencerse de que todo estaría bien.Greg y ella encontrarían la solución.

Se levantó del tocador y se miró en el espejo de cuerpo entero.

Llevaba un elegante vestido azul marino hasta las rodillas, con tirantes delgados y un escote sutil en forma de corazón. La tela tenía un brillo satinado que reflejaba la luz con delicadeza, y la falda caía con gracia, dándole un aire juvenil pero sofisticado. Sus zapatos de tacón bajo hacían juego, y en su muñeca llevaba una fina pulsera de plata que Greg le había regalado en su aniversario.

Se veía hermosa. Pero no se sentía feliz.

Greg no tardaría en llegar por ella. Respiró hondo y forzó una sonrisa. No quería arruinar la noche con pensamientos tristes. Juntos encontrarían una solución.

Tomó su bolso de mano, salió de su habitación y bajó las escaleras con elegancia, sujetando ligeramente los costados de su vestido para no tropezar. El sonido de la televisión llenaba la sala, y sus padres estaban sentados en el sofá, inmersos en la pantalla.

Su madre fue la primera en mirarla. Sonrió con orgullo, extendiéndole una mano.

—Estás hermosa, Sarah.

Sarah tomó su mano y la apretó con cariño.

Su padre asintió con aprobación.

—Hermosa mi niña. ¿Vendrá Greg por ti? Puedo llevarte si quieres.

Sarah negó rápidamente, ajustando la falda de su vestido.

—Vendrá Greg, papá.

—No llegues tan tarde —intervino su madre con un tono dulce pero firme.

Antes de que pudiera responder, el sonido de unos nudillos golpeando la puerta la hizo girarse de inmediato.

Abrió con prisa y, en el umbral, un chico alto y rubio la esperaba con una sonrisa radiante. Greg.

—Hola, buenas noches —saludó con su tono despreocupado de siempre.

Vestía un traje azul oscuro, perfectamente ajustado a su atlética figura. La camisa blanca debajo resaltaba el brillo de sus ojos azul grisáceo, y en su muñeca derecha llevaba un reloj plateado, discreto pero elegante. El cabello, aunque normalmente despeinado, hoy lo llevaba ligeramente acomodado hacia atrás, dándole un aire más sofisticado sin perder su esencia relajada.

Saludó con cortesía a los padres de Sarah antes de volver a mirarla.

—Estás preciosa… —murmuró, admirándola con un brillo en los ojos. Luego, carraspeó y volteó hacia sus padres, con una sonrisa pícara—. Con todo respeto, claro.

Su madre soltó una pequeña risa.

—No te preocupes, Greg.

Sarah tomó su mano con confianza.

—¿Nos vamos?

—Por supuesto.

—No regresen muy tarde —advirtió su padre—, y maneja con cuidado.

—Claro que sí, señor —respondió Greg con tono respetuoso.

Sarah y Greg salieron, cerrando la puerta detrás de ellos. Caminaron por el pequeño sendero de concreto que cruzaba el jardín, el sonido de sus pasos mezclándose con la brisa nocturna.

Greg abrió la puerta del copiloto con un gesto caballeroso y Sarah sonrió antes de entrar. Luego, él rodeó el auto y se subió al asiento del conductor.

Era un sedán rojo algo viejo, con un par de abolladuras en la puerta y una pegatina descolorida en el tablero. Greg giró la llave en el encendido y el motor rugió con fuerza.

—¿Lista para la diversión? —preguntó, mirándola con una sonrisa confiada mientras acomodaba su cinturón de seguridad.

Sarah sonrió de vuelta, pero su corazón latía con inquietud. No era la fiesta lo que le preocupaba.

—Sí, claro que sí —respondió, intentando sonar entusiasta.

Greg no pareció notarlo.

—Bueno, pues allá vamos.

Pisó el acelerador y el coche salió disparado hacia la carretera.

Las luces de la ciudad destellaban en la distancia mientras avanzaban por la avenida principal. El parabrisas se llenaba de destellos dorados y neón, reflejos de los letreros y farolas que adornaban las calles.

Sarah miró por la ventana, observando cómo los edificios altos y los pequeños negocios pasaban borrosos. En algunas esquinas, grupos de estudiantes con vestidos brillantes y trajes elegantes esperaban sus transportes, emocionados por la gran noche.

La luna se veía hermosa, resplandeciendo en lo alto, aunque el cielo tenía un aire nublado, como si anunciara lluvia.

A pesar de la alegría en el ambiente, Sarah sentía una extraña melancolía.

—Hoy será una noche increíble, lo prometo —dijo Greg, rompiendo el silencio.

Ella desvió la mirada de la ventana y le dedicó una sonrisa suave.

—Lo sé.

Greg giró en la siguiente intersección y, pocos minutos después, las luces del salón de eventos aparecieron a lo lejos.

Greg estacionó el auto en el gran estacionamiento junto al salón. Desde afuera, el lugar resplandecía con una luz cálida y vibrante, las enormes ventanas dejaban entrever la decoración sofisticada y el movimiento de los estudiantes que ya habían llegado.

Antes de bajar, Greg la miró con atención.

—¿Estás bien? Te noto algo dispersa.

Sarah parpadeó y, como si despertara de sus pensamientos, sonrió con picardía.

—Estoy bien… pero ahorita quiero algo fuerte de beber —dijo con un tono travieso— y que no paremos de bailar toda la noche.

Greg soltó una carcajada y chocó su palma con la de ella.

—¡Esa es mi chica!

Antes de que pudiera abrir la puerta, se inclinó hacia ella y la miró fijamente.

—Estás preciosa… —murmuró, y sin darle tiempo de responder, la besó.

Sarah cerró los ojos y se dejó llevar, disfrutando la calidez de sus labios. El beso fue lento, profundo, como si ambos quisieran detener el tiempo solo por unos segundos. Cuando se separaron, Sarah le rodeó el cuello con los brazos y apoyó la frente en la de él. Sonrió, pero sus ojos estaban ligeramente vidriosos.

Greg no dijo nada. No tenía que hacerlo.

—Bueno, vamos allá —dijo finalmente, rompiendo la tensión. Abrió la puerta y salió del auto.

Rodeó el coche rápidamente y, como buen caballero, le abrió la puerta a Sarah, extendiéndole una mano.

—Señorita.

Sarah le dedicó una sonrisa cómplice y tomó su mano.

Juntos, se dirigieron hacia el salón.

El recinto era un espectáculo.

La entrada estaba decorada con luces doradas en forma de cortinas colgantes, dándole un brillo elegante a la alfombra roja improvisada donde los estudiantes se tomaban fotos. Sobre la puerta principal, un enorme letrero decía:

“GRADUACIÓN 2012 – UNA NOCHE PARA RECORDAR”

Adentro, el enorme salón de eventos tenía un techo cubierto con lámparas colgantes y esferas de cristal que reflejaban las luces tenues, generando un ambiente sofisticado pero juvenil.

Las mesas estaban elegantemente decoradas con manteles oscuros y centros de mesa con velas flotantes. Algunas parejas ya estaban sentadas, charlando y riendo, mientras otros se agrupaban en la pista de baile, moviéndose al ritmo del DJ que hacía vibrar el lugar con los éxitos de la época.

De fondo, sonaba una mezcla de pop y dance de inicios de los 2010s. Katy Perry, David Guetta, Calvin Harris.

El bar improvisado en una esquina del salón estaba rodeado de estudiantes esperando sus tragos, y el aroma de la comida recién servida flotaba en el aire. El ambiente era perfecto.

Sarah miró a su alrededor y tomó aire. Esta noche quería olvidarse de todo.

Greg la rodeó con un brazo y le susurró al oído:

—Vamos a hacer que esta noche sea inolvidable.

Sarah sonrió. A pesar de todo, quería creerle.

La noche transcurrió con normalidad. La música vibraba en el aire, las risas y el murmullo de los estudiantes llenaban el salón, y en la pista de baile, Greg y Sarah se movían al ritmo de cada canción.

Entre vuelta y vuelta, él la hacía reír con sus bromas. Se besaban entre pasos de baile, compartían miradas llenas de complicidad, y por momentos, todo parecía perfecto. Sus amigos se acercaban para platicar, brindar con los vasos de ponche y hacerles preguntas sobre sus planes para la universidad. Sarah respondía sin titubear, pero en el fondo, su mente estaba en otra parte.

Sin embargo, por un rato, logró ahogar esos pensamientos. Se dejó llevar.

Pero entonces, el ambiente cambió.

Las luces de colores disminuyeron y la pista se oscureció ligeramente. El DJ puso una balada.

Muchas parejas se quedaron en la pista y empezaron a bailar lentamente. Greg deslizó sus manos suavemente hasta tomar la cintura de Sarah, atrayéndola hacia él. Ella apoyó las manos sobre su pecho y luego las subió hasta rodear su cuello.

Sus cuerpos se balanceaban con suavidad, sincronizados en un movimiento casi automático.

Sarah cerró los ojos, disfrutando del momento. Podía escuchar su respiración, sentir el calor de su piel a través de la tela de su traje.

Greg apoyó su frente contra la de ella y sonrió.

—Te amo, Sarah.

Ella sonrió también, con una calidez inmensa en el pecho.

—Yo también te amo.

Se besaron de nuevo, lentamente, como si no existiera nada más a su alrededor.

Pero entonces, Sarah soltó una respiración temblorosa.

Greg lo notó. Abrió los ojos y la miró con curiosidad.

Fue en ese momento cuando ella no pudo más.

Apretó los labios, bajó ligeramente la mirada y, con voz queda, preguntó lo que le carcomía el pensamiento.

—¿Qué haremos cuando te vayas?

Greg frunció ligeramente el ceño.

—Yo me quedaré aquí, en Queens College —continuó ella—, pero tú estarás a más de 3,000 kilómetros. ¿Sobreviviremos a esta separación?

Greg no dudó ni un segundo.

—Sí.

Su voz sonó firme, sin titubeos.

—Mira… —dijo Greg, parpadeando antes de continuar—. Yo te amo, Sarah. Y te amo de una manera en la que quiero que estés conmigo siempre. Sé que esto que pasaremos será un reto, pero estoy dispuesto a aceptarlo y a soportarlo… porque te amo.

Se inclinó hacia ella y apoyó su frente contra la suya.

—¿Y tú? ¿Lo soportarás?

Sarah cerró los ojos. Sentía que su corazón latía demasiado rápido.

—Sí… —susurró—. Yo también te amo, Greg. Sé que soportaré el tiempo que no podamos vernos y estar juntos… pero, ¿te has dado cuenta de que quizás esto no solo se trata de nosotros?

Greg frunció el ceño, confundido.

—¿Cómo?

—Son cuatro años… —Sarah bajó la mirada—. En cuatro años pueden pasar muchas cosas.

Greg la observó con atención.

—¿Como qué?

Ella tragó saliva.

—No lo sé… —murmuró—. Cambiar de pensamientos… que la distancia disminuya tus sentimientos o…

Se detuvo.

Greg entrecerró los ojos.

—¿O qué?

Sarah cerró los ojos con fuerza y lo abrazó con desesperación, como si temiera perderlo en ese mismo instante.

—O que llegue otra persona… y te enamores de ella.

Greg sintió el temblor en su cuerpo y supo que ella realmente tenía miedo.

Sonrió con ternura y besó su cabello.

—No, Sarah… no seas tonta.

Sarah levantó la cabeza y lo miró con los ojos llorosos.

Greg sostuvo su rostro entre sus manos con seguridad.

—No llegará nadie, porque yo no dejaré que eso pase.

Ella sonrió, sintiendo su corazón derretirse un poco ante su seguridad.

Lo abrazó con fuerza y ambos cerraron los ojos, aferrándose al momento.

La música seguía sonando, pero para ellos, el mundo se había reducido a ese instante.

Greg dejó de moverse.

Sarah abrió los ojos, notando que él había dejado de bailar y la miraba intensamente.

—Ven… vayamos afuera.

Sarah parpadeó, confundida, pero él ya la estaba tomando de la mano, guiándola hacia la salida del salón.

Salieron por la puerta trasera del salón y se encontraron con unas escaleras de metal que llevaban a un balcón solitario. Desde ahí, se podía ver toda la ciudad iluminada y el eco de la música aún llegaba a sus oídos, pero el ambiente era completamente distinto.

Greg la tomó suavemente de la mano y la guió hacia arriba.

La brisa nocturna los envolvió al instante.

El aire tenía un aroma a tierra húmeda, y en el cielo, los relámpagos centelleaban a lo lejos, anunciando la inminente lluvia. Sarah se apoyó en el barandal del balcón y miró la luna, brillante, casi escondida tras las nubes.

Greg la observó y, sin decir nada, la abrazó por la cintura. Se movió con suavidad al ritmo de la música que resonaba desde el interior del salón, haciéndola girar lentamente como si aún estuvieran en la pista de baile.

Sarah suspiró y apoyó la cabeza en su pecho. Las palabras de Greg en la pista habían sido tan genuinas, tan seguras, que por un momento logró apaciguar su tormento.

Greg se detuvo y tomó sus manos, mirándola intensamente.

—Quiero que aquí… —susurró—. Tú y yo solos, con esta luna y esta brisa fresca.

Sarah lo miró con el corazón latiéndole con fuerza. Ambos levantaron la vista hacia la luna, compartiendo ese momento como si el tiempo se hubiera detenido.

Greg tomó suavemente sus manos y las besó.

Justo en ese instante, las primeras gotas de lluvia cayeron sobre ellos.

Sarah sintió el frío de las gotas deslizándose por su frente y su cabello. La lluvia estaba aquí.

Greg sonrió y se llevó la mano al bolsillo, sacando un viejo anillo plateado con la letra ‘G’ grabada en él.

—Y en esta lluvia… —murmuró, levantando la vista al cielo.

El viento se intensificó, revolviendo el cabello de Sarah mientras ella miraba el anillo con los ojos llenos de lágrimas.

Greg tomó su mano con delicadeza y la miró fijamente.

—Quiero que este anillo no te lo quites nunca.

Sarah mordió su labio, las lágrimas comenzaron a mezclarse con la lluvia.

—Será nuestro amuleto… será lo que nos mantenga unidos hasta que termine la universidad.

Ella asintió con un puchero, ya no podía contener el llanto.

Su rostro estaba empapado, su cabello pegado a su piel, pero Greg continuó.

—Cuando regrese, regresaré por ti.

Se hincó lentamente frente a ella, tomando su mano con firmeza y deslizando el anillo en su dedo.

—Y entonces nos casaremos.

En ese momento, un relámpago iluminó el rostro de Sarah. Sus ojos estaban enrojecidos, pero entre su llanto, sonrió.

—Te amo, te amo… —sollozó mientras se inclinaba hacia él, besándolo con desesperación, con amor, con miedo.

Greg la abrazó con fuerza, sintiendo su corazón latir con fuerza bajo su pecho. Él también estaba al borde del llanto.

—Nunca lo dudes… —susurró contra sus labios—. Regresaré por ti y nos casaremos.

Y con esas palabras, la levantó en brazos, girándola en el aire mientras la besaba.

La lluvia los mojaba por completo.

La luna los observaba, sellando la promesa que cambiaría sus vidas para siempre.