Capítulo 1
Dos mundos, un secreto
La Universidad Blackwood no era solo una institución educativa; era un símbolo de prestigio, poder y excelencia. Reconocida en todo el país como una de las mejores universidades, solo los estudiantes más brillantes, o los más adinerados, lograban un puesto en sus aulas. Su edificio principal, una imponente construcción de piedra oscura con ventanales góticos, se alzaba en el centro del campus como un recordatorio de su legado intachable.
Y en lo más alto de su jerarquía, dirigiéndola con una mano de hierro, estaba Óscar Montenegro.
A sus 45 años, Montenegro no era un simple académico. Su figura imponente hablaba por sí sola: alto, de cuerpo musculoso y presencia dominante, su sola mirada podía hacer temblar hasta al profesor más experimentado. Vestía siempre con elegancia, trajes oscuros hechos a la medida, relojes de lujo y una expresión de severidad que rara vez cambiaba. Su reputación como director era impecable: disciplinado, perfeccionista, alguien que no toleraba errores.
Pero esa era solo una parte de su historia.
Porque cuando la universidad cerraba sus puertas y la fachada de hombre respetable se desvanecía, Óscar Montenegro se convertía en algo mucho más peligroso. Era el líder de la mafia más poderosa del país, el hombre que gobernaba el bajo mundo con la misma frialdad con la que dirigía Blackwood. Su nombre inspiraba terror, y sus enemigos desaparecían sin dejar rastro. Nadie, absolutamente nadie, osaba desafiarlo.
Nadie… excepto un estudiante problemático que parecía no conocer el miedo.
Max Carter tenía 18 años, la edad suficiente para saber que el mundo no era amable con los débiles. Delgado pero de complexión firme, con una actitud desafiante y una sonrisa burlona que parecía permanente en su rostro, Max era el dolor de cabeza de los profesores, el alumno que siempre estaba en problemas. No pasaba una semana sin que su nombre apareciera en informes disciplinarios: peleas con otros alumnos, desafíos a los maestros, actos de rebeldía. No había autoridad que lograra controlarlo.
Pero lo que nadie sabía, lo que Max ocultaba con cada fibra de su ser, era su mayor secreto: no era un beta.
Desde que tenía memoria, Max había sabido que era un omega. Y lo odiaba. En un mundo donde los alfas dominaban y los omegas eran vistos como criaturas frágiles y sumisas, él se negaba a ser uno de ellos. Desde pequeño, había aprendido a fingir. A usar inhibidores, a modificar su comportamiento, a actuar como un beta. Ser un omega significaba debilidad, y él no tenía intención de dejar que nadie lo viera como alguien inferior.
Esa rebeldía lo había llevado de nuevo a un lugar que ya conocía demasiado bien: el despacho del director Montenegro.
—Carter.
La voz profunda y autoritaria de Óscar Montenegro llenó la habitación en cuanto Max cruzó la puerta. El despacho era enorme, con estanterías repletas de libros, muebles de madera oscura y un gran ventanal que daba vista al campus. En el centro, detrás de un escritorio de roble imponente, estaba Montenegro, con su traje impecable y su mirada afilada.
Max cerró la puerta con calma, metió las manos en los bolsillos de su chaqueta y alzó una ceja.
—¿Nos saltamos los saludos hoy? Qué grosero, director.
Los ojos de Montenegro se estrecharon. No había paciencia en su expresión, pero tampoco sorpresa. Ya había tratado con Max muchas veces antes.
—Explícame por qué estás aquí otra vez.
Max suspiró, dejándose caer en la silla frente al escritorio con total descaro.
—Depende. ¿Quieres la versión oficial o la versión real?
Montenegro entrecerró los ojos.
—La real.
—Bien. Le rompí la nariz a un imbécil que se lo merecía.
El silencio que siguió fue tenso. Montenegro no se inmutó, ni siquiera pestañeó. Max lo desafió con la mirada, esperando una reprimenda, una amenaza, algo. Pero el hombre solo apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos.
—Y dime, Carter. ¿Por qué ese “imbécil” merecía que le rompieras la nariz?
Max apretó la mandíbula. No tenía intención de explicarse, pero supo por la forma en que Montenegro lo miraba que el hombre no le permitiría quedarse callado.
—Le estaba diciendo cosas a un omega de primer año —murmuró, desviando la mirada—. Cosas bastante asquerosas.
Montenegro lo observó en silencio durante un momento. Max sintió la intensidad de su mirada, como si pudiera verlo más allá de la máscara que llevaba puesta.
—Así que actuaste como un héroe —dijo finalmente, con un tono difícil de interpretar.
—No soy un héroe —replicó Max con frialdad—. Simplemente odio a los idiotas que creen que pueden tratar a los omegas como basura solo porque pueden.
Montenegro lo estudió por un momento más. Luego, lentamente, se inclinó hacia atrás en su silla.
—Eres un problema, Carter. Un problema que, honestamente, me está cansando.
—Oh, el sentimiento es mutuo, director —respondió Max con una sonrisa sarcástica.
Montenegro no sonrió. No parecía el tipo de hombre que lo hiciera a menudo.
—Si sigues metiéndote en problemas, las consecuencias serán más graves.
Max bufó.
—¿Me va a expulsar? Oh, qué horror.
Montenegro lo miró con seriedad.
—No. No voy a expulsarte. Pero voy a asegurarme de que aprendas lo que significa la verdadera disciplina.
La forma en que lo dijo envió un escalofrío por la espalda de Max. Pero no iba a dejar que Montenegro lo viera dudar. Se obligó a mantener la sonrisa, a actuar como si no le importara.
—Suerte con eso, director.
Se puso de pie y se giró para salir del despacho, pero antes de cruzar la puerta, escuchó la voz grave de Montenegro una última vez.
—Nos veremos pronto, Carter. Muy pronto.
Max no respondió. Pero mientras salía del despacho, no pudo evitar preguntarse qué tan cierto era eso.
Y por alguna razón, supo que su vida en Blackwood estaba a punto de volverse mucho más complicada.