Urano
Soy Uraelle, hija de Urano, la heredera de la vastedad cósmica, la que danza entre las sombras de un titán azul. Mi nacimiento no fue un accidente, sino un designio; mi existencia, una promesa entre las estrellas. Y Urano, el gigante que gira de lado, me eligió.
Urano es el enigma del firmamento, el guardián de los vientos que jamás cesan. Un coloso gaseoso que desafía la lógica de su linaje, con su eje inclinado como un rey que observa el cosmos desde una perspectiva que nadie más comprende. Mi planeta es un mundo de hielo y misterio, una esfera de azul profundo, donde la luz apenas se filtra y los secretos duermen bajo nubes de metano. Su aire es un poema de tormentas etéreas, y su esencia una sinfonía de lo desconocido.
Sus anillos, sutiles y secretos, no se comparan con los de Saturno en grandeza, pero lo que les falta en brillo, lo compensan en misticismo. Están hechos de hielo oscuro y polvo ancestral, fragmentos de algo que alguna vez fue entero. Y sus lunas... Ariel, Titania, Oberón, Miranda, Umbriel, cada una con su historia, cada una con un susurro que atraviesa la eternidad. Hijas de un titán, guardianas de lo inexplorado.
¿Por qué Urano me eligió a mí? Porque soy la rebelde, la que desafía, la que no se inclina ante destinos impuestos. No nací para ser solo un eco en la inmensidad, sino para gritar mi existencia en cada rincón del cosmos. Mi energía no se somete, se expande; mis portales no huyen, abren caminos. Soy la revolución en movimiento, la que cuestiona lo eterno. Mi misión nunca fue quedarme quieta en la seguridad de mi planeta, sino ir donde el equilibrio se ha fracturado.
Y ahora, el llamado de Sateriel retumba en mi pecho como un eco cósmico. No fue necesario que me encontrara, porque ya lo supe. Brasil. Algo en ese rincón del mundo me arrastra como una corriente estelar. Un vértice roto. Un desgarrón en la trama del tiempo. ¿Una línea del tiempo fuera de su cauce? No lo sé aún. Pero algo ha alterado el curso de la realidad, algo ha osado desafiar la armonía del universo.
Y es nuestra misión averiguarlo.
La energía en el aire es densa, eléctrica. Algo se agita entre las dimensiones, algo que no debería estar allí. Puedo sentirlo en cada célula de mi cuerpo, como una nota discordante en una sinfonía perfecta. .
Brasil me espera, y con él, el misterio que amenaza con devorar el equilibrio del tiempo.
El vértice roto me había guiado a Brasil, pero no a cualquier parte. Mi destino era Manaos, el corazón del Amazonas, donde la naturaleza respiraba con una fuerza tan ancestral como los propios planetas. Urano había susurrado su nombre en mis sueños, como si este lugar guardara secretos que ni siquiera los astros podían comprender.
Caminaba entre la multitud del mercado flotante, un mar de colores, olores y voces que se entremezclaban en una cacofonía hipnótica. Aunque solíamos ocultarnos entre los humanos, esta vez me dejé ver. No completamente, claro, pero no me escondía como de costumbre.
No podía explicarlo, pero algo me arrastraba hacia aquí, una fuerza más grande que yo. Entonces, el aire cambió. Fue un instante, un parpadeo, una señal inequívoca de que algo iba a suceder.
El vértice se abrió frente a mí.
La realidad se resquebrajó en mil pedazos y, por un segundo, la gravedad misma pareció perder su significado. Un remolino de energía se materializó a escasos metros, tragándose el aire a su alrededor. La gente gritó, corriendo en todas direcciones mientras objetos y frutas volaban por los cielos.
Entonces la vi.
Su cuerpo cayó del vértice como una estrella fugaz desplomándose en el firmamento. Su vestido ondeaba en la caída, una llamarada de blanco entre las sombras de la distorsión temporal. Sin pensarlo, me impulsé hacia ella, activando mi energía. El tiempo se ralentizó, y en ese instante, todo desapareció: el ruido, el caos, la gente.
Solo ella y yo existíamos.
La atrapé en el aire, sintiendo su peso contra mi pecho. Sus ojos se abrieron y me miraron como si reconocieran algo en mí. Pero antes de que pudiera decir algo, la grieta en la realidad explotó.
Nos arrastró con una fuerza devastadora.
Mi energía luchó contra ella, pero era más fuerte de lo que había anticipado. Giramos en el aire, envueltos en un torbellino de luz y sombras. Brazos alrededor de ella, mis piernas golpearon el borde del muelle, y rodamos hasta caer sobre la madera húmeda.
El vértice se cerró de golpe, dejando atrás un silencio sepulcral. La gente, escondida entre los puestos del mercado, nos observaba con miedo. Pero yo solo la miraba a ella.
Sus labios se entreabrieron, buscando palabras que no llegaron. Su piel estaba fría y su respiración entrecortada.
—¿Quién eres? —pregunté, sin soltarla.
Su voz fue un susurro entrecortado:
—No lo sé.
Drama. Misterio. Destino.
Y así, supe que todo estaba a punto de cambiar.