Un dibujo arbolesco
Liverpool, Inglaterra.
Nina apagó la alarma con los ojos aún cerrados. Pasó varios minutos estirándose, sus articulaciones crujiendo a su vez, mientras trataba de despertarse bien. No estaba particularmente emocionada por levantarse, ya que venía un poco frustrada con su trabajo. Gruñó y protestó como solía hacerlo cuando era pequeña, y le dio la espalda al despertador con las sábanas sobre su cabeza como si el reloj fuera el padre del que estaba tratando de esconderse. No había ningún padre presente, pero Nina se imaginó al reloj partiéndose a la mitad justo debajo de los números digitales y abriéndose como una boca para hablarle.
—No creas que no te veo ahí debajo de las sábanas, niña —dijo el reloj, su tono una cómica distorsión de la voz de su madre. —Estás muy grande para estas cosas.
Niña se dio vuelta para sonreírle al reloj parlante. Una fila de botones sobre los números se movió para formar un ceño fruncido, y Nina lo encontró tan gracioso que hasta soltó una risita en voz alta.
—Cinco minutitos más, Tiempito —le dijo Nina a su viejo compañero.
—Ay, no empieces con eso de nuevo, eres una mujer adulta. Ya levántate —respondió Tiempito y cerró su boca para volver a su estado sólido original. Tal parece que esta vez no habría conversación. Como siempre, el reloj tenía la última palabra, igual que su madre, así que Nina no tuvo más opción que salir de la cama. Igualmente disfrutaba bromear con él; siempre la ponía de buen humor.
Pensó sobre su trabajo mientras se cepillaba los dientes. Aunque gratificante, ilustrar era un trabajo difícil que requería mucha paciencia. El proceso todavía era bastante nuevo para ella y le costaba acomodarse porque estaba acostumbrada a dibujar para ella misma, pero al menos era más interesante que las tarjetas de felicitación. Si bien ella respetaba las tarjetas, simplemente carecían de personalidad, que es lo que hacía que dibujar sea tan divertido. Ilustrar le permitía tener un poco más de libertad creativa, aunque significara seguir las ideas de tema y estilo de otra persona. Era un desafío emocionante.
Ojeó los bocetos esparcidos en la mesa sosteniendo su taza de café con una mano y una tostada con la otra. Los árboles todavía no parecían correctos y, según el editor, el pelo de la princesa no era lo suficientemente encantador. Ese había sido uno de los comentarios más vagos que había recibido, pero mirando los dibujos, de alguna forma tenía completo sentido.
Frunciendo sus labios, se tomó el último trago de café, abandonó la taza sobre la mesa y levantó su lápiz. Terminó de comerse la tostada sin darse cuenta mientras bosquejaba tres cabelleras distintas con la esperanza de que alguna complaciera al editor. Cuando levantó la mirada, vio que habían pasado dos horas desde que se había sentado. El tiempo realmente vuela cuando estás estresándote sobre tu arte. Se tomó una pausa para estirar su muñeca y crujir sus nudillos, mirando los nuevos bocetos con detenimiento. No había mucho más que pudiera hacer hasta escuchar la opinión del editor, así que los limpió un poco, los escaneó y los envió por email.
Se reclinó en la silla con los brazos estirados sobre su cabeza. Odiaba la parte de esperar. Para distraerse, salió a hacer unas compras, contando sus monedas con atención. Suspiró de alivio cuando llegó de vuelta a su departamento y vio que le habían respondido su correo. Era la segunda cabellera entonces. Bueno, al menos una parte de su frustración estaba resuelta. Sin embargo, los árboles todavía suponían un problema y eran una parte importante del libro, así que debían ser perfectos. Por eso, después de almorzar, salió de nuevo para ir al parque Greenbank en busca de inspiración. Era primavera, así que los árboles y las flores estaban en su estado más brillante y colorido. Dio un breve paseo, deteniéndose para mirar el lago unos minutos, pero finalmente se dirigió a su área favorita: el jardín inglés. Se sentó en un banco debajo de un árbol bien verde y frondoso, desde donde tenía una vista perfecta del arco de madera con techo de plantas con ramas entrelazadas entre sí. Siempre le había parecido un rincón de ensueño. Estaba rodeada de césped perfectamente cortado y hermosas flores, además de otros árboles de distintos colores. Si no le llegaba inspiración para dibujar árboles aquí, no le llegaría en ningún lado.
Abrió su morral y sacó su cuaderno de bocetos y estuche de lápices, y miró a su alrededor para tratar de notar los detalles que hacen a un árbol, o cualquier planta, algo maravilloso de ver. Miró hacia arriba al árbol que le proveía la sombra perfecta y observó sus hojas bailar al son de la brisa y con su movimiento cambiar la forma de los rayos del sol que llegaban al suelo. Y empezó a dibujar con un pulso firme y determinado. No se detuvo ni levantó la mirada del papel hasta que el boceto estuvo completo. En algún momento, cuando el sol ya no atravesaba las hojas de su árbol, Nina guardó sus lápices. Estiró su muñeca e hizo crujir sus nudillos mientras se giraba para mirar el tronco del árbol que le había proporcionado no solo sombra, sino inspiración. Apenas arriba de su cabeza, se imaginó que había un rostro con rasgos estirados a lo largo de las líneas de la madera como una especie de anciano. Los sabios y cansados ojos la observaron con la calidez de un viejo amigo a pesar de que este era su primer encuentro.
—¿Le parece que este dibujo lo representa bien? —Nina le preguntó levantando el papel en su dirección.
El árbol movió dos de sus ramas más bajas para tomar la hoja y mirar el dibujo más de cerca, pero encontró que sus manos atravesaron el papel como si fuera un fantasma. Tanto Nina como el árbol suspiraron, decepcionados y casi melancólicos, porque sus ramas no formaban parte del mundo. Nina se levantó para acercarse a él y sostuvo el boceto frente al árbol para que pudiera verlo bien y darle su opinión. Pasó un largo minuto hasta que habló. Mientras tanto, una pareja pasó caminando por ahí, vieron la inusual posición en la que Nina se encontraba, y susurraron cosas entre ellos. Pero eso fue lo único extraño que notaron; nada de un árbol parlante.
—Creo que el movimiento fluido de las hojas es extraordinario —dijo el árbol con una voz profunda y rasposa—. Casi puedo oír el viento que soplaba más temprano.
El rostro de Nina se iluminó con una sonrisa.
—¿Está muy, muy seguro de esto?
—Sí, es el dibujo más arbolesco que he visto en mucho tiempo. Y créeme, he visto muchos otros como tú sentándose bajo mi sombra y tratando de atrapar aunque sea una pequeñísima parte de este parque. Muy pocos han sido exitosos.
Nina guardó su cuaderno manteniendo la amplia sonrisa, le agradeció profundamente al árbol por su ayuda, y empezó su camino de vuelta a casa. Unas horas después, el editor le respondió su correo diciendo que eran los árboles perfectos para el libro. Sintiéndose no solo aliviada pero también alegre, se recostó en su sofá para retomar el libro que venía leyendo durante la semana anterior.
Justo cuando estaba sintiendo que la realidad desaparecía a su alrededor, el fuerte aleteo de unas alas la trajo de vuelta tan violentamente como si la hubieran golpeado detrás de la cabeza. Niña suspiró con los ojos cerrados, puso el marcador en el libro, lo apoyó en su regazo, y finalmente levantó la mirada hacia el respaldo del sofá, donde un pájaro blanco y rojo estaba posado, aún agitando las alas para obtener la atención de Nina.
—Podrías haberme hablado, no había necesidad de ponerte pasivo-agresiva conmigo —le dijo Nina al pájaro.
—No me hubieras oído, ya estabas desapareciendo en el libro —respondió el pájaro con una voz dulce y femenina.
—Bueno, ¿qué es tan importante que tenías que interrumpir mi lectura, Pajarita? —preguntó Nina. No tenía sentido discutir con Pajarita porque era muy cabezadura y casi siempre tenía razón.
—Tal vez querrías darte vuelta y verlo por ti misma —dijo Pajarita con el tono que usaba cuando estaba a punto de darle alguna charla. La aparición de algún sabio comentario sobre la vida era inminente.
Pero lo que encontró Nina cuando se dio vuelta fue una luz blanca brillante con forma de un fino y estirado diamante. Simplemente flotaba ahí, silencioso pero susurrante a la vez. Nina tuvo la extraña sensación de que la estaba provocando. No había dudas en su mente: esto era un portal como los que había leído en tantos libros y visto en estas series. Esto la llevaría a otro mundo, donde hay aventuras. Y no lo estaba imaginando esta vez: era real, lo sentía en sus huesos. La luz seguía vibrando en el aire y tirando de ella desde su interior, como si le estuviera rogando que lo cruzara.
—¿Qué estás esperando? Ve a buscar tus cosas —dijo Pajarita, aleteando ansiosamente.
Nina corrió a través de la sala y le hizo caso a Pajarita. Tomó su morral, guardó su libro y todos sus utensilios dentro, se puso un abrigo y sus zapatillas, y volvió a pararse delante de la luz, aliviada de que siguiera ahí. Pajarita voló hacia ella y flotó cerca de la cara de Nina un momento.
—Te veo después entonces —le dijo Nina. Pajarita asintió y desapareció.
Nina exhaló sintiendo el entusiasmo burbujeando en su pecho y no pudo evitar sonreír. Esto realmente estaba pasando.
Sin desperdiciar un segundo, Nina dio el último paso hacia la puerta con forma de diamante y desapareció de su sala de estar junto con la luz flotante sin que nadie más en la Tierra se diera cuenta.