Capítulo 1
La llegada del nuevo sirviente
El amanecer en el Reino de Virelth pintaba los muros del palacio con una luz dorada que contrastaba con el frío que se respiraba dentro. A pesar de su belleza arquitectónica y sus jardines interminables, el castillo real se sentía más como una jaula que como un hogar. Los pasillos estaban pulidos hasta el último rincón, pero cargados de silencios incómodos, de susurros que no se atrevían a volverse voz.
Ese mismo día, los establos se agitaban con movimiento inusual. Carretas llegaban con mercancía, y entre ellas, una figura delgada descendía del último vagón. Su cabello castaño claro estaba atado con descuido, y su ropa era modesta pero limpia. Mateo.
Tenía 18 años y los ojos llenos de una mezcla de curiosidad y nerviosismo. Era su primer día en el palacio. Nunca antes había pisado mármol tan blanco, ni visto techos tan altos. Todo parecía más grande, más intimidante de lo que había imaginado mientras viajaba durante días desde su aldea.
Lo recibió una mujer estricta, de expresión severa, conocida como la jefa de servidumbre: Dame Elira.
—Nombre —pidió sin mirarlo.
—Mateo —respondió él, bajando la cabeza con respeto.
—Omega, ¿verdad? —preguntó sin intenciones de disimular el tono cargado.
—Sí, señora.
Unos segundos de silencio. Elira lo escaneó con la mirada como si ya supiera exactamente dónde colocarlo.
—Te asignarán al ala este. Sirves en la limpieza del nivel superior. No hables si no se te habla, y jamás entres en la cámara real sin autorización. ¿Entendido?
—Entendido.
Lo guiaron por los corredores que parecían no terminar nunca. Cada paso de Mateo retumbaba como un eco suave en su pecho. Cuando cruzaron el salón de los vitrales, donde la luz dibujaba figuras de antiguos reyes, Mateo sintió una punzada en el estómago. Algo en ese lugar le erizaba la piel, como si lo observaran.
No lo imaginaba.
Desde el balcón alto de la biblioteca, el rey Alejandro lo había visto. No por casualidad, sino porque sentía que algo inusual se movía en el aire. Era un instinto que nunca fallaba en los alfas de su linaje. Y ese joven… tenía una presencia distinta. No era por su belleza, aunque la tenía. Era algo más sutil, como un aura contenida que pedía ser descubierta.
—¿Quién es? —preguntó Alejandro, sin apartar la mirada del joven.
Un guardia respondió con indiferencia:
—Un nuevo sirviente, majestad. Un omega. Mateo, creo que dijo.
Alejandro no respondió. Solo lo siguió con los ojos mientras desaparecía por un pasillo.
Y en alguna parte del castillo, Miranda, recostada en su lecho con la mirada vacía, sintió un escalofrío. Como si algo en el equilibrio roto de su mundo estuviera a punto de moverse.