Capítulo 1: Prologo
En los últimos momentos de su vida, Gabriel había comprendido que el cuerpo no muere de golpe. Era cierto aquel antiguo poema: esta máquina perfecta que Dios nos dio se rinde por partes.
Primero fueron las rodillas —lo más común, decía el médico—. A los cuarenta años ya sentía que sonaban como bisagras oxidadas cada vez que se agachaba. Luego vinieron los hombros, que crujían ante cualquier movimiento brusco. Más tarde, la espalda: una punzada constante en cualquier posición.
Sin embargo, lo que más lo deprimía no eran los dolores, sino perder los sentidos. El oído parecía estar atrapado en la interferencia de una radio vieja. El equilibrio desaparecía sin previo aviso. Sus dedos… esos fieles compañeros de toda una vida, ya no cumplían con su deber.
Y lo peor, lo verdaderamente cruel, era que su mente seguía ahí, lúcida, encerrada, presionando contra las paredes de esa carne débil, esperando —con fe tranquila— que su alma fuese liberada en la gloria de los cielos.
Los días eran largos en el hogar geriátrico. Una rutina estéril de horarios fijos, medicinas amargas, papillas tibias y conversaciones que no llevaban a ningún lado. Había muchos rostros, sí, pero pocas personas que pudieran responder. A veces, Gabriel sentía que el mundo ya lo había olvidado. No pertenecía a nada. No entendía cómo era ahora el mundo ni qué se esperaba de él. No tenía prospectos, ni deseos… solo la esperanza silenciosa de que la muerte lo recogiera en paz, cuando Dios así lo dispusiera.
Desde que lo operaron de cataratas, podía ver mejor. Sí. Pero también percibía con dolorosa nitidez las arrugas de su reflejo, los rostros vencidos a su alrededor y las miradas de los otros residentes, clavadas en las ventanas, como si esperaran algo que nunca llegaría.
Hacía meses que no caminaba solo. La fractura de cadera no había sanado como debía, y aunque los médicos eran amables y las enfermeras dulces en lo que podían, la verdad era simple: ya no volvería a ser el mismo. Había muchas cosas que Gabriel ya no podía hacer, pero lo que más dolía eran las oportunidades que no aprovechó cuando pudo.
Pasaba horas —cuando no estaba dormido o esperando medicación— repasando su vida como quien hojea un álbum viejo con páginas arrancadas. Recordaba a sus hijas, pequeñas, correteando por la sala con dibujos en la mano, pidiéndole que las mirara. Y él… siempre tenía una reunión, una llamada, un pendiente en la empresa. Siempre creyó que estaba construyendo algo por ellas. Un futuro. Un legado.
Pero al final, el negocio quebró, como tantas cosas lo hacen, silenciosamente. Y no fue por un mal cálculo financiero, sino porque su esposa —la única mujer con la que sintió que realmente compartía un alma— le pidió el divorcio. Y él… se derrumbó.
No comía. No hablaba. No pensaba en balances, ni en clientes, ni en nada. Solo en el eco de lo que había perdido. La empresa cayó con él. Y cuando quiso volver a mirar a sus hijas, ya eran otras personas: reservadas. Distantes. No era odio. Era… ausencia de algo. Como si ese cariño natural que solían tener se hubiera ido junto a su madre, que ya no estaba en este mundo desde hacía años. Gabriel no las culpaba. ¿Cómo hacerlo? Su madre estuvo ahí. Él, en cambio, solo estaba ocupado.
Después de la ruptura, tuvo otras parejas. Algunas más largas, otras fugaces. Buscó compañía, calor, alguna forma de volver a sentirse amado. Pero nunca volvió a sentir lo mismo que en sus veintes. Nunca volvió a amar del mismo modo. Era como si el amor también tuviera edad, como si después de cierto punto, ya no floreciera con la misma fuerza.
Ahora, en la quietud de su cuarto, con los huesos cansados y el alma aún despierta, Gabriel entendía que el tiempo que no se da, se pierde para siempre. No había empresa ni éxito que devolviera los abrazos que no dio, ni palabras de cariño que llenaran ese vacío cuando ya nadie preguntaba cómo estaba. Solo quedaba la larga espera para dar el último adiós.
El único momento del día en que su alma dejaba de pesar era cuando Amanda llegaba. Su nieta menor, apenas de quince años, irrumpía como un rayo de sol con forma humana, trayendo consigo el ruido del presente y una frescura imposible de ignorar. Llevaba siempre puestos unos audífonos inalámbricos —uno solo en la oreja, el otro en algún lugar, descargándose despreocupadamente—, ropa de algún estilo que Gabriel no sabría cómo nombrar, y el cabello teñido con torpeza: un rubio mal decolorado que terminaba en puntas de un rosa quemado, desteñido por el sol y el tiempo.
Era como si hubiese salido de un universo completamente distinto al suyo… y aun así, cuando ella hablaba, su voz barría el polvo de su memoria y encendía algo —pequeño, valioso— que aún quedaba vivo en él. Ese día llegó corriendo, como siempre, arrastrando su mochila a medio cerrar y con la emoción pintada en el rostro.
—¡Hola, abu! —dijo con una sonrisa amplia, antes de inclinarse a darle un beso cálido en la frente—. Perdón por no venir antes. Hoy vine sola… Sofi quería acompañarme, pero está castigada por suspender historia. Tiene que estudiar todo el finde si quiere salvar el curso.
Gabriel le sonrió con los labios, aunque las cejas se le fruncieron apenas.
—¿Sofi? —preguntó, haciendo un esfuerzo por recordar.
Amanda soltó una risa bajita mientras se dejaba caer en la silla junto a él.
—Mi novia, abu. ¿Te acuerdas? Te la presenté en diciembre, la de las uñas negras y los aretes en forma de fantasmitas.
Gabriel asintió lentamente. No lo recordaba del todo, pero le gustaba oírla hablar.
Esa forma tan natural en la que decía “mi novia”, con la misma soltura con la que él alguna vez dijo “mi esposa”, lo hacía sonreír por dentro. El mundo, pensaba, al menos había cambiado en algunas cosas para bien.
Amanda se sacó uno de los audífonos y lo tiro dentro del bolso, como siempre, mientras rebuscaba en su celular con los pulgares llenos de esmalte descascarado.
—Hoy te traigo oro puro, abu. Vas a flipar —dijo con esa solemnidad adolescente tan graciosa—. Es de esos libros locos que leo… se llama Comprometido con la Gran Serpiente. Suena raro, pero te juro que es buenísimo.
La chica acomodó el celular en la mano, sin dejar de sonreír.
—Te va a encantar, abu. Es una joyita que encontré en un foro. El protagonista tiene un nombre chino complicado… no me lo aprendí bien, pero trasmigra a un libro de fantasía súper loco, y ahí su nombre cambia a Jade.
Gabriel frunció un poco el ceño, ladeando la cabeza.
—¿Tras… qué?
—Tras-migra. Muere en su mundo y despierta en el cuerpo de otro personaje, en otro mundo. Como reencarnar, pero mejor —explicó con entusiasmo—. El punto es que Jade es un Omega de casta alta, una especie de serpiente mágica, toda elegante y venenosa. Lo consideran una serpiente honorable, de esas de la realeza. Y él está enamorado del Alfa más poderoso del reino: la Gran Serpiente de Oro, Baatar.
Amanda hizo una pausa teatral, como si esperara que su abuelo reaccionara al nombre.
—Pero —continuó con una sonrisita torcida— Baatar está enamorado de Alehir, un Omega de baja casta, todo tierno y puro. Un loto blanco desafortunado. Y Jade… bueno, Jade se pone celoso. Muy celoso. Así que un día droga a Baatar para provocarle una Rutina.
Gabriel alzó una ceja.
—¿Una qué?
—Una especie de celo, pero para Alfas. Es como… un periodo salvaje en el que necesitan reclamar pareja. Y Jade aprovecha eso para que Baatar lo impregne con sus huevos. ¡Se los roba! Literalmente.
El viejo se quedó en silencio por unos segundos, mientras la información trataba de asentarse.
Recordaba lo que Amanda le había contado antes, en otras visitas: que en estas historias los Omegas eran tratados como humanos de segunda categoría. Su único propósito era ser incubadoras para los Alfas. Que los Betas eran poco más que decorado, figurantes, solo notados cuando algún Alfa u Omega les dirigía la palabra. Y los Alfas... esos eran la cúspide: más altos, más fuertes, irresistiblemente bellos, con músculos de fantasía, una especie de superhumanos diseñados para dominar y proteger... o poseer.
Gabriel se acomodó contra la almohada, con una mueca difícil de leer.
—Parece que ustedes los jóvenes ya no saben que inventar —dijo, con media sonrisa cansada.
Amanda soltó una risa, tirándose un poco hacia adelante para acercarse a él.
—¡Pero si es super normal, abu! Escucha, lo que hace especial esta historia es que el protagonista, el que trasmigra, no quiere seguir los pasos de Jade. No quiere manipular, ni drogar a nadie. Solo quiere vivir en paz... y criar a sus huevos él solo.
Gabriel lo pensó un momento. No entendía mucho sobre serpientes ni lotos blancos, pero sí entendía lo que era desear empezar de nuevo, y hacerlo bien. Incluso en la soledad… deseaba tener juventud para volver a tener una familia y esta vez criar a sus hijos.
La luz suave de la tarde se filtraba por la ventana, tiñendo el borde de la sábana de un dorado cálido. Con voz pausada, el anciano preguntó:
—¿Y… Jade logra su cometido? ¿Esa vida en paz que quiere?
Amanda levantó la vista del celular, sorprendida por la pregunta. Sonrió, pero esta vez con un matiz más suave.
—En parte, sí. Logra convencer a Baatar de que él se quedará a cuidar a los bebés, que Jade no lo quiere ni lo necesita. Que puede estar con quien quiera. Lo único que desea es quedarse junto a sus pequeños. Su castigo, según él, puede ser no salir nunca del palacio, si eso significa estar con ellos. Esto obviamente llama la atención del Alfa.
Amanda se reclinó en la silla, cruzando las piernas con soltura. Sus ojos brillaban, animados.
—Pero eso es solo para que Baatar baje la guardia. Jade es súper inteligente, abu. Mientras tanto, estudia el sistema de magia del reino. Descubre que su serpiente domina el elemento tierra, y empieza a entrenar en secreto.
Gabriel la miraba con atención. La sonrisa que se dibujó en su rostro era tenue, pero honesta. Le gustaba verla así, tan alegre, tan metida en algo.
—Y además —continuó Amanda con emoción—, se hace amigo de Hana, una Alfa zorra, ¡literal! Zorra cambiaforma, de verdad. Y al principio me caía tan bien, abu. Su diseño era hermoso, todo con tonos grises y ojos color ámbar. Sabía que no terminarían juntos, porque Jade es un Omega y ya tenía a sus bebés y todo el lío con Baatar, pero igual… ¡ella era tan cool!
Amanda giró el celular para mostrarle una ilustración. Gabriel solo distinguía formas y colores, pero asintió como si pudiera ver lo mismo que ella.
—Hana le enseña un montón sobre ilusiones. Y le da el mejor consejo de todos: que la mejor forma de escapar es hacerle creer a Baatar que esos no son sus huevos. Que Jade finja ser un Omega sin moral, que estuvo con otro Alfa, y que esos bebés no le pertenecen.
Así, Baatar lo desterraría con sus hijos. Lejos del palacio. Lejos de todo. Libre.
Gabriel dejó escapar una risa suave, ronca, mientras abría lentamente los ojos.
—Entonces… ¿por qué dijiste que Hana te caía bien solo al principio?
Amanda bajó un poco la mirada, encogiéndose de hombros con un suspiro resignado.
—Pues… lo mismo que pasa siempre en estos libros. Las mujeres casi siempre son las villanas, o terminan haciendo cosas malas. Si no son caprichosas, son manipuladoras.
Y Hana, que era tan cool, termina siendo súper malvada. Al final, se roba los huevos de Jade para… —hizo una pausa, mirando a su abuelo con duda— bueno, para comérselos.
—¿Comérselos? —el pobre anciano no entendía como eso era una posibilidad.
—Sí, abu. Literal. Porque en ese mundo los huevos de los Omegas de casta alta tienen magia. Así que si te comes uno… te vuelves más poderosa.
Gabriel asintió despacio, como si asimilara el sinsentido con dignidad.
—Pero Baatar ya se lo sospechaba. Los Alfas tienen el olfato súper agudo —añadió Amanda, como si fuera algo obvio—. Y ya había sentido la magia de Hana en el aire, así que los siguió. Cuando se dio cuenta de todo… él y Jade fueron juntos a buscarla.
Amanda hizo una pausa, bajando el tono de voz.
—La enfrentaron y la mataron para recuperar los huevos.
Gabriel no dijo nada por un momento. Miraba el techo con esa expresión que mezcla sorpresa, cansancio y cierta extraña aceptación.
—Y… ¿qué pasó después?
Amanda se enderezó un poco en la silla, como si estuviera por contar el final de una leyenda antigua.
—Baatar vio cuánto le importaban a Jade los huevos. Se dio cuenta de todo lo que había hecho para protegerlos. Y ahí entendió que Jade ya no era el mismo que antes. Así que declaró que se casarían… para que Jade recuperara su honor como Omega de casta alta.
Gabriel soltó un leve resoplido por la nariz, más un suspiro que una risa.
—Vaya historia —murmuró.
—Pero espera, abu. Eso no es todo.
Gabriel ladeó la cabeza apenas, entrecerrando los ojos. Ya sentía el cansancio mordiéndole los párpados, pero no quería interrumpirla.
—Cuando se anuncia el compromiso entre Jade y Baatar… Alehir se quita la máscara.
—¿Qué máscara? —preguntó Gabriel, casi en automático.
—La de loto blanco —dijo Amanda como si contara un secreto grave—. Nunca fue inocente. Siempre fue un Omega manipulador, orgulloso, ambicioso. Y no iba a aceptar que el mejor Alfa del reino se le escapara.
Gabriel arqueó una ceja con interés renovado.
—¿Y qué hizo?
—De todo. Como tenía el favor de Baatar desde antes, se había quedado en el palacio casi como su hermano menor. Pero no estaba solo. Tenía dos secuaces. Dos Alfas.
Amanda alzó dos dedos, enumerando:
—Primero, Vael, el consejero de Baatar. Un gran estratega, inteligente, frío. Siempre le dijo a Baatar que Jade era una amenaza, que solo fingía haber cambiado.
El anciano asintió despacio, sintiendo que la historia se volvía más oscura.
—Y el otro… Silven, el hermano menor de Baatar. Siempre lo envidió. Quería ser él quien heredara el título de Serpiente de Oro. Silven no solo odiaba a Jade, odiaba a su propio hermano. Quería destruirlo.
La adolescente se cruzó de brazos, el ceño fruncido con fuerza.
—Los tres juntos… Alehir, Vael y Silven, montaron un complot para hacerle la vida imposible a Jade. Lo espiaban, saboteaban sus entrenamientos, manipulaban los rumores en la corte, e intentaban provocar rupturas entre él y Baatar.
—¿Y Baatar no se daba cuenta? —preguntó Gabriel, ya casi más intrigado que cansado.
Amanda hizo una mueca.
—Al principio no. Es un Alfa poderoso, pero también terco. Confiaba tanto en estas personas que no veía lo que tenía delante. Aunque poco a poco… empezó a notar cosas. Y a cambiar.
Gabriel respiró hondo. El cuarto se sentía más tibio de lo usual. La voz de Amanda lo sostenía, lo mantenía despierto, pero apenas.
—Y Jade… ¿aguantaba todo eso solo?
Amanda asintió con solemnidad.
—Al principio sí. Pero luego… bueno. Todavía falta que publique más capítulos.
Gabriel sonrió, y cerró los ojos un instante.
—Me gusta ese Jade. Tiene agallas.
—Sí, abu… Jade tiene agallas. Y yo lo admiro un montón por eso.
Pero enseguida, su expresión se apagó un poco. Se dejó caer contra el respaldo de la silla, cruzando los brazos con frustración adolescente.
—Pero la verdad… ya estoy cansada de que lo humillen tanto.
Gabriel abrió un ojo, curioso.
—¿Lo humillan mucho?
—Todo el tiempo. —Bufó—. ¡Y con las típicas escenas clichés que ya una se sabe de memoria!
Amanda empezó a enumerar con los dedos, indignada.
—Primero, cuando Jade lleva a sus bebés a la ceremonia del equinoccio y Alehir finge tropezar para derramarle encima una copa de vino tinto. Encima, lo acusa de querer llamar la atención y dice delante de todos que “ni con tres crías ilegítimas puede ganarse el corazón de un Alfa”.
El abuelo frunció el ceño, tratando de no reírse de lo tonto que se oía la escena.
—Qué bárbaro…
—Segundo —siguió Amanda sin dejarlo hablar—, cuando Vael manda a esconder todos los regalos que Baatar le dejó a Jade, y luego organiza una cena con todos los nobles, donde Jade llega con las manos vacías. Y le dicen: “¿No sabías que los Omegas deben traer una ofrenda al Consejo? Tu Alfa te tiene en muy baja estima.”
Gabriel hizo una mueca.
—Eso sonó cruel.
—Y el peor, abu… el peor —dijo Amanda con la voz cargada de indignación— es cuando Silven hace que cambien la cuna de los bebés por una encantada, para que lloren toda la noche y todos piensen que Jade no puede cuidarlos. Y cuando Baatar entra a verlo, lo encuentra llorando, exhausto, y Alehir aparece justo ahí, abrazándolo falsamente para “consolarlo” delante de todos.
—Y claro —dijo Gabriel, adivinando—, todos piensan que el Omega débil es Jade.
Amanda asintió, mordiéndose el labio.
—Sí…Y no sé… ya es mucho. Una parte de mí sigue leyendo porque quiero que gane. Pero otra parte ya no soporta verlo siempre solo, siempre cargando todo.
Gabriel respiró hondo. Sus pulmones se llenaron con esfuerzo, y al exhalar, una tos leve le raspó la garganta. La voz le salió áspera, pero clara.
—Eso pasa muchas veces a lo largo de nuestra vida —dijo, con la mirada fija en el techo—.
Nos encontramos solos y desprotegidos, aguantando con valentía. Y nadie lo ve… pero lo seguimos haciendo igual.
Se tomó un momento para que su nieta le diera algo de agua.
—Jade seguro lo hace por sus bebés —continuó—. Cuando tienes personas a tu cargo… hijos, nietos, una familia…Te olvidas de tus emociones muchas veces, tratando de ser fuerte para ellos. No porque no duela. Sino porque crees que, si tú te derrumbas, todo se viene abajo.
Amanda no dijo nada, pero lo miró con los ojos muy abiertos, el brillo de la juventud tocado por una comprensión que no venía de los libros.
—Sí… yo creo que lo entiendo. Y eso me hizo pensar el otro día…
—¿En qué?
—En qué haría yo si trasmigrara —respondió, alzando las cejas con una sonrisa algo traviesa—. Hasta vi una pregunta en TikTok: “¿A dónde trasmigrarías si fueras al último libro que leíste?”
Gabriel arqueó una ceja, divertido.
—¿Y tú qué respondiste?
—Obvio Comprometido con la Gran Serpiente —dijo riéndose—. Y luego me puse a pensar…¿Qué libro elegirías tú, abu? De todos los que te he contado.
Gabriel abrió la boca, pero no dijo nada de inmediato. Se pasó una mano por la barba canosa, pensativo, como si tratara de no ofender a ningún personaje inexistente.
—Pues mira, hija… con sinceridad… todos suenan bastante parecidos. Entre serpientes de todos los colores, lotos blancos, zorros traicioneros y guerras de herencias mágicas… yo ya estoy confundiéndolos. El que tenía los huevos… era Jade, ¿no? ¿O ese era el de los fantasmas?
Amanda lo miró con una mezcla de indignación y ternura.
—¡¡Abuuuuu!! —protestó arrastrando la “u”, cruzándose de brazos—. ¡Ese era El príncipe de la Llama Azul! ¿Cómo confundes eso?
Gabriel soltó una risita ronca.
—Es que ya me he leído como diez libros tuyos sin abrir ni uno.
Amanda se quedó callada un momento… y luego sonrió.
—Entonces, si algún día trasmigras a uno de los libros que te he contado… te va a ir muy mal, abu. Porque no vas a recordar cómo evitar un mal final.
Gabriel se rió con un leve carraspeo.
—Bueno, sí tengo que morir aplastado por un dragón de oro o comido por una zorra mágica, que sea rápido.
Amanda lo miró con los ojos entrecerrados, apoyando el codo en la silla y el rostro en la mano.
—¿Eso quieres, abu? ¿Ser el señor desubicado que no sabe ni en qué libro está?
—Mejor eso que ser el consejero traidor —respondió con una sonrisa torcida—. Aunque creo que si me tocara… preferiría ser uno de esos betas que nadie ve. Los que pasan desapercibidos, pero que escuchan todo.
—No lo creo. Si trasmigraras, abu… te tocaría ser alguien importante. De esos que no parecen grandes al principio, pero que terminan cambiándolo todo.
Gabriel no respondió. Solo asintió levemente, como si una parte de él quisiera creerlo.
La puerta se abrió con un chirrido suave. Una enfermera asomó la cabeza, con una carpeta en la mano y una sonrisa cargada de cansancio.
—Ah, qué bueno que te encuentro, Amanda. Tu abuelo ha estado escupiendo la medicina otra vez.
La adolescente lo miró de golpe, con los ojos bien abiertos y una ceja alzada.
—¿¡Abu!? —exclamó, indignada—. ¡Ya lo hablamos! Tienes que vivir más tiempo, no puedes irte todavía. ¡Tienes que esperar a que Sofi y yo nos graduemos! Y empezar nuestro proyecto para copiar tu conciencia en una realidad virtual, ¿te acuerdas? No puedes morirte antes de eso, ¿oíste?
Gabriel se llevó una mano al rostro, avergonzado, aunque la sonrisa le temblaba en los labios.
La enfermera asintió, divertida.
—Escúchela, don Gabriel. Tiene que ser fuerte. No se puede perder verla graduarse.
Ni ese proyecto, sea lo que sea.
El anciano suspiró, rendido, y asintió.
—Tienen razón. Lo siento —murmuró, tomando el vasito de plástico con resignación y tragando la medicina con una mueca de derrota dramática.
Amanda se rio, bajando los hombros con alivio exagerado.
—Tendremos que estudiar la misma carrera, entonces —bromeó—. Porque con lo desobediente que es mi abuelo, vamos a tener que trabajar en el proyecto desde el primer semestre.
Gabriel soltó una carcajada leve, y Amanda volvió a apoyarse en la silla con una sonrisita cómplice.
—¿Y tú qué clase de realidad virtual querrías, abu? Algo tipo medieval fantástico, ¿no? Donde fueras joven y apuesto otra vez, con armadura brillante, derritiendo los corazones de todas las princesas.
—Ay, no… a mí no me gustan las princesas.
Amanda se enderezó, fingiendo sorpresa.
—¿No?
—Desde que estoy aquí… —dijo con una media sonrisa traviesa— me empezaron a gustar las mujeres trabajadoras, de carácter fuerte y voz mandona. Como usted, señorita Ruiz.
La enfermera se echó a reír, llevándose una mano a la frente.
—¡Ay, don Gabriel! Con razón me escupe las pastillas… ¡para que venga yo misma a regañarlo!
Amanda soltó una carcajada más fuerte que todas las anteriores.
—¡Abu!
La enfermera echó un último vistazo a la habitación antes de cerrar la carpeta con suavidad.
—Bueno, don Gabriel… ya lo regañé y tomó su medicina, así que me doy por vencida por hoy —dijo con una sonrisa—. Amanda, cariño, ya casi termina la hora de visita. Unos minuticos más, ¿sí?
—¡Sí, claro! —respondió la chica, sin moverse de su silla.
La puerta se cerró con un clic sutil, dejando tras de sí el eco de los pasos alejándose por el pasillo. Amanda miró por la ventana, y sus ojos se agrandaron con sorpresa.
—¿Cuándo se hizo tan tarde? Parece que la sagrada Luna ya nos está arrullando…
Gabriel le apretó la mano, su piel seca pero aún cálida, y su voz sonó más suave, más reflexiva.
—Si pudiera copiar mi conciencia y vivir en un mundo virtual…
—¿Sí, abu? —preguntó Amanda, girándose hacia él con atención renovada, sus ojos con un brillo plateado que no pertenecía a un humano.
—Me gustaría volver a ver a mi mejor amigo. Alejandro.
—¿Tu mejor amigo… el que estaba enamorado de ti?
El anciano asintió, aquellos sentimientos ya no le causaban conflicto como antes.
—Sí. Y me gustaría poder… darle la seguridad y el apoyo que necesitaba en esos momentos. Me dolió tanto ver sus anotaciones, sus dibujos, las fotos que guardaba… después de que falleció. Fue en un viaje a la playa. Un accidente. Y yo… Yo no sabía cuánto tiempo había estado infeliz. Ocultando quién era en realidad. Aguantando solo.
Gabriel no notó cómo la calidez de la mano se desvanecía, volviéndose tan fría como la porcelana.
—Me habría gustado que viviera en esta época —continuó Gabriel—. Donde pudiera amar libremente. Donde pudiera ser él mismo. Verlo feliz… verdaderamente feliz.
Se quedó en silencio un momento, la mirada perdida en un rincón cualquiera del techo.
—A veces me gustaría volver a esa época. A cuando soñábamos con todo. Crear una empresa juntos. Que nuestros hijos nacieran al mismo tiempo para que crecieran como hermanos. Tantas metas que planeamos cuando éramos niños…
—¿Lo extrañas mucho? —La voz ya no era juvenil, era reverente, como si saliera de todas partes.
Gabriel asintió, sin dudar, con la mirada fija en el cielo lleno de constelaciones.
—Cada día. En cada momento importante de mi vida… me habría gustado tener su apoyo.
Alejandro era tranquilo, con una mente que siempre buscaba soluciones. No se quedaba estancado. Lo admiraba y buscaba constantemente su consejo, era... prácticamente mi hermano. A veces siento que mi vida habría sido distinta si él hubiera estado más tiempo conmigo. O si yo hubiera hecho más por él.
La deidad del destino se inclinó hacia él, apoyando su frente contra su brazo.
—Estoy segura de que donde sea que esté… él también te extraña.
El mortal cerró los ojos. Y esta vez, no fue por agotamiento. Fue porque un hilo, invisible y suave, empezaba a tirar de él hacia otro lugar.
Muy lejos de la habitación silenciosa donde Gabriel cerró los ojos por última vez, la nieve caía en un silencioso baile eterno, cubriendo las cumbres de Achlys con el mismo manto blanco que alguna vez recibió a Alejandro.
El viento gélido aullaba entre los picos nevados, deslizándose a través de los valles como un lamento antiguo.
Y el cuerpo que alguna vez fue Tadew, un Omega que traicionó a su clan, despertaba tras meses de silencio, ahora con un nuevo huésped habitando en su interior.