OBLIVION

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Summary

En la remota isla de Willowridge, Matthew, un joven con una enfermedad terminal, lleva una vida serena definida por la rutina y su vínculo con los habitantes locales a través de su estación de radio. Sin embargo, la llegada de unos misteriosos forasteros a la antigua mansión junto al acantilado comienza a cambiarlo todo. Mientras el pueblo cae bajo una calma desconcertante, Matthew siente una atracción por uno de ellos, sin imaginar que su vida está por dar un vuelco inesperado. Entretanto, Nicholas, el leñador del pueblo, un hombre reservado pero perspicaz, observa con desconfianza. Está convencido de que tras sus perfectas apariencias se oculta algo oscuro.

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

La brisa salada del océano golpeaba suavemente contra las ventanas de la casa, llevando consigo el eco distante de las olas que chocaban contra los acantilados de Willowridge. Matthew, se despertó como cada día al sonido del viejo reloj que marcaba las siete de la mañana. Su cabello castaño rojizo, con suaves ondas, caía desordenado en su frente mientras sus manos, delgadas y ligeramente temblorosas, apagaban la alarma antes de que pudiera sonar una vez más. Para Matthew, aquel pueblo era su refugio y su prisión donde enfrentaba otro día la rutina inquebrantable de su vida.

Willowridge era una pequeña isla apartada, un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido. Con recursos limitados y un clima que variaba entre la calma y la tormenta, el pueblo había aprendido a moverse al ritmo de la naturaleza. Los habitantes eran pocos, unidos por la costumbre y la necesidad.

Matthew, de veintiún años, había nacido en este lugar. A pesar de la tranquilidad del entorno, su vida estaba marcada por una enfermedad debilitante que los doctores no habían logrado diagnosticar por completo. Esto lo había obligado a adaptarse a una existencia moderada, siempre consciente de sus límites. Pero había encontrado una forma de sentirse conectado con los demás: su pequeña estación de radio comunitaria. A través de ella, Matthew era la voz que acompañaba a los isleños durante las tardes lluviosas y las noches estrelladas.


Después de bañarse y vestirse, bajó las escaleras de madera de su casa con cuidado, asegurándose de no despertar a sus padres. El olor a café recién hecho llenaba el aire. Su madre ya estaba despierta, preparando el desayuno.

—Hoy vas al médico, ¿verdad hijo? —preguntó, colocando un plato con tostadas frente a él.

—Sí, es día de chequeo. Volveré antes del almuerzo.

—No te apresures. Hace frío ahí fuera —añadió su padre desde la mesa, con el periódico en las manos.

Matthew sonrió, aunque la preocupación de sus padres por su salud estaba siempre presente, no lo asfixiaban. Después de desayunar, cogió su abrigo y salió hacia el centro de la ciudad. Las revisiones médicas eran un recordatorio constante de la fragilidad de su cuerpo y formaban parte de su rutina.

Mientras bajaba por el camino que unía su casa con el pueblo, Matthew notó algo diferente en el aire. La atmósfera, normalmente cargada con el aroma del mar y la humedad de los árboles, poseía una tonalidad diferente, casi eléctrica. Al cruzar por las calles adoquinadas, escuchó murmullos entre los vecinos.

—Han llegado unos extraños.

—Dicen que se instalaron en la vieja mansión junto al acantilado.

—Nunca había visto a nadie tan… radiante.

Matthew sintió curiosidad, pero siguió su camino. Se dirigió a la clínica, donde tenía una cita de seguimiento. El doctor Bennett, un hombre de aspecto amable pero serio, le sonrió al verlo.

—Matthew, adelante —dijo el doctor con su tono habitual.

El chequeo fue breve, como siempre. El doctor revisó su presión, escuchó su respiración y le preguntó por los efectos de los medicamentos.

—No hay grandes avances, Matthew. Pero lo importante es que no hay retrocesos, la medicación está haciendo su trabajo. Sigue descansando y tomando todo como te indicamos.

Matthew asintió, aunque sabía que las palabras del doctor no cambiaban nada. Su enfermedad seguía su curso, sin piedad. Después de la consulta decidió pasar por la tiendita de la señora Clarisse para comprar unas galletas y algo de té para sus padres. En el mostrador, Clarisse y un par de clientes hablaban en voz baja, pero lo suficientemente alto como para que Matthew alcanzara a escuchar.

—Dicen que llegaron ayer, a la mansión en el acantilado.

—¿Quiénes? —preguntó otra voz.

—Un grupo grande. Parece una familia... muy peculiar. Nadie sabe quiénes son, pero dicen que se ven como... de otro mundo.

Matthew frunció el ceño, curioso. Sabía que la mansión había estado vacía por años. Al salir de la tienda, sus ojos se dirigieron hacia el acantilado, donde la silueta de la vieja casa se recortaba contra el cielo gris. Había algo inquietante y fascinante en ese lugar, como si el aire alrededor de él vibrara con una energía distinta. Matthew sacudió la cabeza, intentando apartar los pensamientos extraños, y regresó a casa.

Durante el almuerzo, sus padres hablaron de cosas cotidianas, evitando mencionar el tema que parecía estar en boca de todos en el pueblo. Matthew decidió no preguntar. Después de comer, se encerró en su estudio de radio para preparar el programa de esa tarde. Afuera, el cielo comenzó a oscurecerse; las primeras gotas de lluvia golpeaban el techo.

A las seis en punto, Matthew encendió el micrófono.

—Buenas tardes, Willowridge. Hoy el aire se siente diferente, ¿no les parece? Tal vez sea la lluvia que viene en camino... o quizá esos nuevos vecinos que, según dicen, han llegado a la mansión en la colina. ¿Quién sabe?

Su voz, cálida y tranquila, llenó la pequeña estación de radio. La transmisión transcurrió sin problemas, aunque Matthew notaba un zumbido tenue que parecía venir de la antena. Al terminar el programa, apagó el equipo y miró por la ventana. Afuera, el viento había comenzado a soplar con más fuerza, moviendo sin piedad las ramas de los árboles.

La lluvia apareció de repente, con gotas densas que golpeaban el techo. Al notar que el zumbido no paraba, Matthew tomó una linterna y salió al jardín, donde la antena se inclinaba peligrosamente bajo el peso del viento.

—Maldición — Matthew caminó cuidadosamente por el suelo el cual se empezaba a convertir en barro.

Sus padres lo observaban desde la ventana, ofreciéndose a ir con él, pero Matthew negó con la cabeza.

—¡Voy a arreglarlo! —les gritó al ver que se asomaban con preocupación..

—Ten cuidado, hijo.

—No se preocupen, vuelvan a la casa. Yo me encargo.

El suelo resbaloso dificultaba la tarea. Mientras ajustaba la antena, Matthew tropezó con una piedra mojada y perdió el equilibrio. Justo cuando pensó que caería, una mano firme lo sujetó de la cintura.

—Oops, con cuidado, parece que necesitas ayuda —dijo una voz profunda y cálida.

Matthew levantó la vista, encontrándose con un joven alto, de cabello rubio que caía en mechones suaves y húmedos sobre su frente. Sus ojos, de un azul intenso, brillaban incluso bajo la lluvia. A pesar de la humedad, había algo en él que parecía… fuera de lugar. No era solo su belleza, sino la calma que emanaba.

—Gracias… —dijo Matthew, aún atónito. La voz del hombre poseía una dulzura que le provocó un escalofrío, como si hubiera encontrado algo considerablemente más poderoso que él.

—No hay de qué —respondió sonriendo cálidamente.

—¿Quién eres? —preguntó Matthew, todavía aturdido.

—Solo alguien que pasaba por aquí. —Dijo encogiéndose de hombros.

El joven retiró su mano de la cintura de Matthew, y al hacerlo Matthew experimentó una calidez indescriptible, como si su piel absorbiera la calma que emanaba de aquel extraño. Sin embargo, había algo más. Una inquietud, una sensación de mareo que no pudo explicar.

—Es peligroso estar aquí afuera con este clima. Cuídate, lindo. —Sin decir más, el hombre se giró y desapareció en la lluvia, dejando a Matthew con más preguntas que respuestas.

Matthew lo siguió con la mirada hasta que desapareció. Su corazón latía con fuerza, y una extraña mezcla de intriga y temor se apoderó de él. Algo había cambiado esa noche en Willowridge, y Matthew no podía evitar sentir que estaba en el centro de ello.