BOURNE; Un lado oscuro

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Summary

Cuando el poder de la iglesia se ve amenazado, la gente muere. Los Bourne regresarán y con ellos el caos resurgirá

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Fe y Sangre

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Con una voz unánime y potente, los fieles dijeron “Amén”, como si quisieran sobreponerse al estruendo de la tormenta que sacudía la iglesia en aquella mañana dominical.

—La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes.

Un estruendo se produjo al abrirse las puertas laterales de la iglesia, acompañado de algunos gritos. Los chaparrones en el pueblo San José siempre fueron intensos, pero aquella mañana la naturaleza mostraba una furia tan descomunal que parecía estar controlada por una fuerza superior.

El padre elevó la voz más de lo normal para invitar a los hermanos a confesar sus pecados y celebrar así los sagrados misterios, mientras el agua seguía entrando por las puertas que los monaguillos intentaban cerrar infructuosamente.

Un poco más tarde, las puertas se abrieron de nuevo con violencia, arrancando las bisagras que las sostenían. La gente gritó de nuevo y el sacerdote trató de tranquilizarlos diciendo que esa tormenta era solo una prueba enviada por el Señor.

La lluvia se colaba por las grietas, mojando los zapatos de los creyentes que permanecían inquietos en las sillas de la capilla. Los estruendos y destellos se hicieron más fuertes y con uno de sus poderosos estrépitos la entrada principal se abrió de golpe.

No era posible atribuir aquello al señor.

Las columnas de la iglesia se resquebrajaban, las pinturas del vía crucis se desprendieron y cayeron al suelo húmedo y para colmo de la situación angustiosa, la cruz, que se erguía imponente en el altar, se desplomó y se partió en pedazos.

La situación en el templo era de caos y pánico. Algunos fieles se entregaban al llanto y al miedo, otros imploraban con fervor la misericordia divina y unos pocos mantenían la calma y buscaban una salida segura.

Una breve pausa en la tormenta hizo que el silencio se apoderara del lugar y que todos observaran con horror cómo un fluido rojo intenso se deslizaba por las paredes blancas. El olor nauseabundo que emanaba de aquel líquido les hizo comprender que no se trataba de agua con algún tinte; era sangre.

La anciana de la primera fila lanzó un grito al ver el horror en el altar, la sangre subía lentamente hasta manchar el lienzo blanco que envolvía la mesa de mármol donde el sacerdote ponía la biblia y otros objetos de la ceremonia. El lienzo se empapó de sangre hasta cambiar de color, luego le tocó a la biblia y finalmente se detuvo.

Un momento de terror y silencio se apoderó de la iglesia, solo interrumpido por los jadeos de los presentes y la violenta tempestad que azotaba el exterior. La sangre derramada parecía tener vida propia y de ella emergió una criatura monstruosa.

Las líneas de sangre que se deslizaban por las paredes se transformaron en una niebla densa, tan roja y espesa que provocaba un pánico helado en quienes la observaban.

—Padre —la voz salió de la criatura transformada en un susurro chirriante como el metal que roza la roca—, usted ha cometido una falta grave.

Con un temblor que le recorría el cuerpo, el sacerdote se alejó unos metros y agarró con fuerza un crucifijo que alzó frente a su rostro.

—Vete, maligno. Este es el templo de Dios y aquí no tienes ninguna autoridad.

Con una sonrisa torcida, la figura que poco a poco iba tomando forma humana entre la bruma roja descendió del pedestal y se dirigió hacia el clérigo que no paraba de temblar como un pobre animalillo que se congelaba hasta la muerte.

—Ha cometido un pecado, padre —dijo la criatura, cuyo rostro ya era completamente humano, tan joven, apuesto y malvado. Luego extendió una mano y tocó el crucifijo, pero este se convirtió en una fuente de sangre que recorrió los brazos del sacerdote dibujando líneas de muerte.

La criatura sonrió de nuevo y giró para mirar el rostro aterrorizado de los demás.

—Hermanos... —dijo y levantó ambas manos hacia el cielo-. Ustedes han pecado.

Con un solo gesto de sus manos esbeltas, envió la bruma que lo rodeaba a cubrir toda la iglesia, transformándola en un infierno carmesí donde sus ángeles aullaban y huían desesperados por el terror que los devoraba. Luego se oyeron los golpes de los cuerpos al caer y cuando el silencio reinó, la bruma se esfumó y con ella la violenta tempestad que sacudía el exterior.

Un joven emergió de la bestia que acababa de matar a todos los fieles. Estaba desnudo y cubierto de sangre en medio del templo sagrado, y su sonrisa perversa le provocaba escalofríos al sacerdote que lo miraba sin poder creerlo.

—Padre, he regresado.

Así habló el muchacho antes de que su forma se desintegrara en un torrente de sangre que se esfumó al correr por las paredes de la misma manera que había surgido al inicio.

El sacerdote se desplomó en el piso mientras observaba aterrado a todos los cadáveres que yacían en el suelo de la iglesia, la morada del señor.