Capítulo I: El Juego de las Miradas
Quién lo hubiera imaginado. Entre tazas de café frío y el rumor de tacones sobre el suelo de la oficina, el destino me regaló un privilegio inesperado: trabajar rodeada de mujeres. De mujeres hermosas, para ser exacta. No era algo de lo que pudiera quejarme, claro está. Después de todo, ¿qué chica que gusta de chicas no soñaría con pasar sus jornadas entre sonrisas de carmín, perfumes dulces y miradas que podrían derretir el hielo? Pero la vida, caprichosa como es, siempre juega sus cartas: ver, admirar, desear… todo eso era inocente. Tocar, sentir, pertenecer… eso ya era terreno prohibido.
La mayoría de ellas llevaban alianzas que brillaban bajo la luz fluorescente, esposos amables, novios devotos o lucían una independencia que las hacía inalcanzables. "No me gustan los dramas", decía una. "Solo me enfoco en mi carrera", afirmaba otra. Y yo, experta en esconder mis latidos bajo la manga, asentía como si no me importara.
Hasta que *ella* apareció.
No hubo manera de ignorarla, sin duda era mi tipo. Caderas que dibujaban curvas perfectas bajo los vestidos ajustados, labios siempre pintados de un rojo audaz, tatuajes que serpenteaban por su piel como historias esperando a ser descifradas. Pero eran sus ojos lo que me condenaban: oscuros, penetrantes, de esos que te desvisten sin pedir permiso. Mirarla era como contemplar un incendio: hermosa, pero letal.
Sabía que no tenía esperanza. Después de años de citas furtivas y amores escondidos, había aprendido a reconocer las señales. Y en ella, no las vi. O eso quise creer. Así que ahogue ese deseo en el fondo de mi garganta, convenciéndome de que mi tiempo en aquel lugar sería tranquilo, discreto,
"seguro".
Hasta que llegó ese día.
El día en que el juego comenzó.
***
El almuerzo solía ser un interludio monótono, una pausa obligada entre informes y reuniones. Pero esa tarde, alguien propuso un juego. Un juego peligroso.
—¿Con quién de la oficina tendrías una aventura de una noche?—
Risas cómplices, miradas fugaces, comentarios cargados de doble sentido. Los hombres del equipo se lanzaban indirectas a las chicas más sonrientes, y algunas, juguetonas, respondían con picardía. El ambiente se llenó de electricidad, de ese tipo de tensión que hace que el aire se sienta más pesado.
Y entonces, llegó tu turno.
No dijiste nada al principio. Solo alzaste la mirada, lenta, deliberadamente, como si el resto del mundo se hubiera desvanecido. Tus ojos se clavaron en los míos. Cinco segundos. Cinco segundos eternos en los que juré que el tiempo se detuvo.
—Sin duda, lo haría contigo— declaraste, sin vacilar.
El silencio fue un mazazo. Alguien soltó una risa nerviosa, otra persona tosió. Yo, en cambio, sentí que el suelo cedía bajo mis pies. Tragué saliva, pero fue inútil; mi garganta ardía, mi pulso acelerado resonaba en mis oídos. Podría haberlo atribuido a una broma, a un desafío intrascendente… si no hubiera sido por
tu mirada.
No había burla en ella. No había juego. Solo verdad.
Y entonces, recordé el detalle que lo complicaba todo.
Estabas casada.
**Continuará…**
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