¿Quién es el enemigo?
El primer encuentro entre Jungkook y Taehyung no fue casual. Fue planeado.
Ella lo observó desde lejos, con el corazón acelerado, mientras él salía de su lujoso apartamento en el distrito financiero de Seúl. “Jeon Jungkook, heredero de Golden Enterprise”, pensó, apretando el maletín que llevaba consigo. Dentro, no solo había documentos, sino también una misión: acercarse a él, ganarse su confianza y entregarlo a Orión, su jefe y el mayor rival de los Jeon.
Taehyung no era solo una secretaria. Era un arma.
Esa tarde, bajo la lluvia ligera que comenzaba a caer, fingió tropezar frente a él justo cuando salía de su edificio corporativo. Los papeles que llevaba —algunos con información sensible de Blackstone Group— cayeron al suelo, mojándose ligeramente.
—¡Ay! — exclamó, fingiendo frustración.
Jungkook, como caballero, se agachó de inmediato para ayudarla.
—Debería tener más cuidado— dijo él, recogiendo los documentos y alzando la mirada hacia ella.
Sus ojos se encontraron, y Taehyung sintió algo que no esperaba: un pinchazo de culpa. Él tenía una sonrisa cálida, nada que ver con la imagen del heredero arrogante que Orión le había pintado.
—Gracias— murmuró, tomando los papeles.
—¿Trabajas cerca de aquí? — preguntó él, notando el logo de Blackstone en una de las hojas.
Taehyung contuvo la respiración. “Aquí va nada”.
—Sí. Soy la secretaria de Orión. Pero hoy es mi último día— mintió con naturalidad.
Jungkook arqueó una ceja, intrigado.
—¿Último día?
—Sí. No estoy de acuerdo con algunos de sus métodos— dijo, bajando la voz como si compartiera un secreto.
Él la miró con curiosidad, pero también con desconfianza. Algo en ella no encajaba, pero no podía negar el interés que despertaba.
—¿Y qué harás después? —
—No lo sé— respondió ella, sosteniendo su mirada. “Veneno”, pensó. “Soy veneno para ti, y ni siquiera lo sabes”.
—Tal vez podamos tomar un café y hablar de eso— sugirió Jungkook, sin saber que, con esa invitación, estaba sellando su propio destino.
Taehyung sonrió, dulce y peligrosa al mismo tiempo.
—Me encantaría.
Y así, entre mentiras y medias verdades, comenzó todo. Un juego donde el amor y la traición se mezclaban, y donde el veneno más letal no estaba en los documentos, sino en el corazón de quien menos lo esperaba.








