Capítulo 1
Isabel Gallardo deslizó sus dedos con suavidad sobre las teclas del piano de cola, dejando que la última nota de un nocturno de Chopin se desvaneciera en el aire silencioso de su salón. La melodía flotó unos instantes antes de morir. Las últimas notas se disiparon, fundiéndose con el tictac distante de un reloj antiguo en la pared. Era de noche en el elegante chalet en El Viso, una de las zonas más reservadas y elegantes de Chamartín donde Isabel vivía. A través de las ventanas entreabiertas se colaba la brisa templada de Madrid junto con el tenue aroma de jazmines de su jardín interior. Aquella era una de las rutinas predilectas de Isabel: tras la cena, dedicar unos minutos a su piano, a solas, mientras intentaba vaciar su mente de las preocupaciones del día.
La casa estaba iluminada con una luz cálida y difusa que se reflejaba en los suelos de madera pulida y en los cuadros al óleo heredados de su familia. Todo en la vida de Isabel parecía cuidadosamente colocado en su sitio: decana de una prestigiosa universidad privada, esposa de Arturo de la Torre, un reconocido empresario, dueña de un hogar señorial decorado con gusto clásico. A sus cuarenta cincuenta años, la imagen que vislumbraba de reojo en el barniz negro del piano mostraba aún a una mujer atractiva y elegante: cabello negro y liso recogido en un moño bajo impecable, pómulos marcados, labios abultados pintados de un tono carmesí discreto. Llevaba un vestido de seda gris perla que realzaba su figura esbelta y recta postura. Desde fuera, cualquiera habría pensado que lo tenía todo resuelto en la vida.
Arturo, su marido, estaba sentado en la butaca de orejas junto a la biblioteca, leyendo el periódico financiero bajo la luz de una lámpara de pie. La escena marital era tranquila, casi perezosa: él despejaba la garganta de vez en cuando o hacía algún comentario lacónico sobre las noticias, e Isabel respondía con monosílabos amables. Hacía tiempo que las conversaciones entre ellos se habían vuelto rutinarias, funcionales. El roce de la pasión se había enfriado sin estridencias, como un brasero que se apaga lentamente.
Con la mirada baja, Isabel terminó su pieza al piano y cerró la tapa con delicadeza. Permaneció sentada unos segundos más, contemplando el reflejo distorsionado de la lámpara en la laca del instrumento. A sus espaldas, escuchó a Arturo pasar la página del periódico. Era una cotidianidad cómoda y vacía al mismo tiempo.
—Precioso —comentó Arturo sin levantar la vista, más por compromiso que por auténtica emoción.
—Gracias —respondió ella en voz queda.
Isabel se levantó del banquillo con gracilidad y, antes de abandonar el salón, posó una mano en el jarrón de porcelana azul celeste que adornaba el piano, acomodando un ramillete de rosas blancas recién cortadas de su jardín. Era otra de sus costumbres: llenar la casa de flores frescas, como un intento de mantener vivo un destello de belleza efímera en medio de una vida congelada en la aparente perfección.
Esa noche habían cenado temprano. La mesa, dispuesta para dos en el comedor con mantel de hilo y cubertería de plata, constituía un ritual íntimo que repetían casi por inercia. Saborearon filetes a la parrilla con ensalada de aguacate, regados por una copa de vino tinto reserva que Isabel apuró lentamente mientras Arturo revisaba correos en el teléfono móvil entre bocado y bocado. Ninguno mencionó el hecho de que apenas se miraron a los ojos en toda la cena. Isabel llenó los silencios preguntándole por su día o comentando alguna anécdota menor de la facultad; él respondió con corrección, pero su mente parecía estar en otra parte. Finalmente Arturo informó, sin levantar mucho la vista, que tendría que viajar el fin de semana a Lisboa para una reunión de negocios. Isabel asintió en silencio, sin indagar más; con los años había aprendido a no hacer preguntas cuyas respuestas pudieran inquietarla. No era la primera vez que su esposo se ausentaba con pretextos difusos, y aunque nunca tuvo pruebas de nada indebido, en su interior algo la empujaba siempre a tragar la curiosidad y fingir que confiaba ciegamente.
Tras la comida, Isabel recorrió descalza el pasillo hasta la terraza interior donde se alineaban sus macetas preferidas. Palpó la tierra húmeda de los geranios y las gardenias, aspirando el perfume nocturno del jazmín que trepaba por la celosía. Cuidar de sus plantas a esas horas era una suerte de meditación: el susurro de las hojas en la brisa y la frescura de la tierra entre sus dedos la anclaban al presente. Mientras podaba con delicadeza una rama seca, su mente vagó hacia la jornada siguiente en la universidad: clases, reuniones con profesores, la misma monotonía con la que había aprendido a convivir. Se preguntó, fugazmente, qué estaría faltando en su vida para que ni la música, ni el jardín, ni el éxito profesional lograran ahuyentar del todo esa leve melancolía que a veces se le instalaba en el pecho.
Al día siguiente, la mañana llegó con un sol tibio que pintaba de dorado las fachadas señoriales de Madrid. Isabel salió de su vivienda a las ocho en punto, vestida con la elegancia sobria que la caracterizaba: traje de chaqueta azul marino perfectamente planchado, tacones bajos, un collar de perlas bordeando su cuello. El portero la saludó con cordialidad y ella correspondió con una sonrisa educada antes de subir al coche con chofer que la llevó a la universidad. Por el camino, revisó mentalmente sus notas para la clase de ese día y respondió a un par de mensajes en su teléfono. Nada parecía salirse del libreto habitual.
La Universidad de Santa Catalina, donde Isabel oficiaba como decana de la Facultad de Humanidades, ocupaba un palacete restaurado no muy lejos del Parque del Retiro. Los muros de piedra clara, las columnas clásicas en la entrada y los ventanales arqueados le conferían un aire noble y algo intemporal. Al entrar, un amplio vestíbulo de mármol recibía a los estudiantes con el eco de sus pasos y los bustos de ilustres escritores alineados a lo largo del pasillo principal. Isabel cruzó el patio central con pasos decididos, saludando aquí y allá a algunos colegas y alumnos que la reconocían. Como decana, muchos la buscaban para consultas rápidas incluso camino a su despacho, pero esa mañana tenía que impartir un seminario de literatura comparada. A pesar de sus responsabilidades administrativas, insistía en dar clase personalmente al menos una vez por semana. Le apasionaba enseñar: mantener el contacto con los jóvenes y sus ideas frescas la rejuvenecía de algún modo.
Cuando Isabel entró al aula, veinte rostros se volvieron hacia ella. La mayoría pertenecían a jóvenes de familias acomodadas, con ese halo de seguridad despreocupada de quien no ha conocido grandes privaciones. En la tercera fila, siempre en el mismo asiento junto a la ventana, estaba Julia Fernández. Julia desentonaba un poco en ese entorno de pulcritud: su ropa era más sencilla —vaqueros oscuros y un jersey negro de cuello alto algo gastado— y llevaba el cabello castaño recogido en una coleta alta un tanto desordenada, de la que se escapaban mechones sueltos sobre su frente. Tenía la piel dorada salpicada por diminutas pecas junto a la nariz, y unos labios carnosos que en ese momento apretaba pensativa contra la punta de su bolígrafo. Sus ojos, de un color verde avellana, estaban fijos en Isabel con una intensidad que siempre tomaba a esta por sorpresa.
Julia era una de las pocas alumnas becadas en la universidad, conocida por su intelecto agudo y su carácter reservado e independiente. Desde el inicio del curso, Isabel había notado en ella algo peculiar: una determinación silenciosa, una madurez inusual para sus veintisiete años y una mirada demasiado penetrante para la relación corriente entre profesora y alumna. Julia sobresalía en sus intervenciones en clase, pero rara vez socializaba con sus compañeros más allá de lo estrictamente necesario. Isabel la saludó con un asentimiento profesional y cordial, y Julia respondió con una leve inclinación de cabeza, sin apartar esos ojos inquisitivos de ella.
La clase transcurrió con normalidad al principio. Isabel habló sobre las influencias de la poesía clásica en la literatura moderna, citando versos de Garcilaso y de T. S. Eliot, mientras los alumnos tomaban notas. De vez en cuando lanzaba alguna pregunta al grupo para fomentar la discusión, y Julia intervenía con comentarios sutiles pero acertados, como de costumbre. La decana le dedicaba una sonrisa aprobatoria cada vez, sin poder evitar cierto orgullo por aquella alumna brillante. Sin embargo, cada vez que sus ojos se encontraban con los de Julia, Isabel sentía un leve sobresalto. Había en la mirada de esa chica algo más que atención académica: era una fijeza abrasadora, una fascinación contenida tras la que parecía latir un secreto.
Mientras Isabel recitaba de memoria unos versos de Catulo en latín —para luego traducirlos al castellano—, Julia entornó los ojos imaginando, por un instante, que aquella voz firme y melodiosa le susurraba al oído en la intimidad. Se sorprendió a sí misma fantaseando cómo sonaría su nombre pronunciado en los labios de la profesora; qué sentiría si esas manos, que elegantemente pasaban las hojas del libro de texto, se deslizaran por su piel desnuda. Un calor repentino le subió al rostro y tuvo que apartar la mirada hacia su cuaderno para ocultar el rubor tras un mechón de cabello. “Contrólate”, se dijo Julia mordiéndose suavemente el labio inferior. Sabía disimular bien; al levantar de nuevo la vista ya había recuperado la compostura aparente, aunque su corazón latía con fuerza bajo el suéter.
Isabel, por su parte, notó el rubor de Julia y se preguntó si quizá la había avergonzado al mirarla demasiado. En realidad, era la propia Isabel quien se sentía inquieta. Hubo un momento —apenas un segundo— en que sus miradas se entrelazaron más de la cuenta, e Isabel percibió en los ojos de Julia algo indescifrable pero perturbador, el destello de una chispa que escapaba al control. Achacó esa sensación a su imaginación, forzándose a continuar con la clase como si nada. Acostumbrada a mantener la compostura, reprimió la extraña sensación de vulnerabilidad que la había sobrecogido de pronto, la sensación de estar siendo observada no sólo con atención académica sino con algo más cercano al deseo.
Al terminar la sesión, Isabel le recordó a sus alumnos un breve ensayo autobiográfico que conectara alguna experiencia personal con la literatura vista en clase. Un ensayo que había anunciado desde su clase pasada y que debía entregarse en la siguiente. Era un ejercicio pensado para estimular la escritura creativa y la reflexión personal. Los estudiantes comenzaron a recoger sus cosas. Julia tardó más que los demás en guardar sus libros, deliberadamente esperando a que la mayoría hubiera salido para poder acercarse con calma al escritorio de la profesora. Cuando finalmente llegó frente a Isabel, casi todos habían abandonado el aula; solo quedaba otra chica al fondo, que salió apresurada mientras hablaba por el móvil.
—Profesora Gallardo —dijo Julia con formalidad, extendiéndole unas hojas impresas y engrapadas—. Aquí tiene mi ensayo. Preferí adelantarlo, porque... bueno, me entusiasmé anoche escribiendo y lo terminé antes de tiempo.
Isabel levantó las cejas, sorprendida de que Julia hubiera completado la tarea en tan poco tiempo, porque si bien lo anunció desde la clase pasada, recién en ese terminó de ahondar más en los detalles que sus alumnos necesitaban tener en cuenta. Recibió el documento y, al hacerlo, rozó sin querer los dedos de la muchacha. Notó que Julia se estremeció mínimamente ante el contacto. Fue un roce fugaz, pero bastó para que Isabel sintiera un cosquilleo inexplicable subiendo por su brazo. Rápidamente apartó la mano con los papeles, intentando que Julia no percibiera su desconcierto.
—Vaya, ¡qué diligencia! —exclamó con una sonrisa profesional para disimular la inquietud—. Me lo leeré esta noche, Julia. Gracias por traerlo tan pronto.
Julia se encogió de hombros, clavando en ella una mirada enigmática. En sus ojos bailaba una pizca de osadía divertida.
—La inspiración vino de golpe y quise aprovecharla, señora decana —respondió, enfatizando el título con un dejo de respeto irónico que no pasó desapercibido.
—Muy bien... Nos vemos en la próxima clase —concluyó Isabel, deseando terminar el encuentro antes de que su fachada imperturbable se resquebrajara. Julia asintió con leve sonrisa y se dio media vuelta.
Isabel observó la figura esbelta de Julia alejándose por el pasillo entre los pupitres. La joven caminaba con paso seguro, la barbilla en alto. La coleta castaña oscilaba sobre su espalda con cada zancada. Durante un instante, Isabel bajó la vista al ensayo que sostenía en las manos, luego la alzó de nuevo hacia la puerta por la que Julia acababa de desaparecer. Una punzada de curiosidad apremiante la incitó a no esperar hasta la noche: ansiaba saber qué había escrito Julia con tanta premura y pasión. Le desconcertaba sentir un apremio casi febril por la tarea de una estudiante; hacía años que ninguna lectura académica le aceleraba el pulso de ese modo.
De vuelta en su despacho, Isabel se acomodó en el sillón de cuero junto a la ventana, dejando que la luz del mediodía cayera sobre las páginas del ensayo de Julia. Afuera, en el jardín de la universidad, se oía el rumor de algunos estudiantes conversando y el trino ocasional de los gorriones urbanos. Isabel respiró hondo para sacudirse el ligero nerviosismo que inexplicablemente le provocaba leer algo tan personal de aquella alumna en particular.
El título del ensayo, escrito con letra elegante en la primera página, rezaba: “Herencias”. Isabel frunció el ceño y empezó a leer. Al principio era una narración en primera persona sobre los recuerdos de infancia de Julia: describía la luz caótica de un barrio humilde en las afueras de la ciudad, los gritos de los vendedores de fruta por las mañanas, el olor a puchero en la cocina de su madre. El estilo era poético, cautivador; Julia tenía sin duda un don para la palabra escrita e Isabel se encontró sonriendo, admirada, ante algunas metáforas logradas.
Sin embargo, conforme avanzaba, la atmósfera del texto cambiaba. Julia hablaba de la ausencia de un padre. Narraba cómo de niña había imaginado mil historias sobre él: un héroe aventurero, un ángel guardián que la observaba desde lejos, un viajero incansable que algún día volvería con regalos exóticos. La realidad, confesaba Julia, fue más sosa: nunca conoció realmente a su padre, a pesar de verlo una vez cada dos meses. Su madre apenas le dio detalles más allá del tímido relato de un amor de verano con un hombre casado. Se conocieron, se enamoraron, la pasión descontrolada le dio paso a su nacimiento y eso fue todo.
Hubo veces en las que se preguntaba por qué ella no podía tener una familia normal, por qué su padre venía tan pocas veces. A pesar de verlo poco, esas visitas no iban dirigidas a ella, sino a su madre. Su padre iba para tener sexo con su madre, las invitaba a comer y le preguntaba un poco de su vida casi por obligación, nada más.
Isabel se sintió intrigada con ese pequeño suceso en la familia. Un hombre casado. Continuó leyendo con el corazón en un puño. Julia describía cómo su madre, una joven camarera en un distinguido restaurante, había tenido una relación nada fugaz con un cliente importante. De aquellos encuentro había nacido ella. En el texto, Julia aseguraba no guardar rencor, pero entre líneas se percibía la herida de la ausencia y el interrogante constante sobre su identidad. Isabel sintió un nudo en la garganta al imaginar a aquella niña creciendo entre silencios.
Hacia el final, Julia soltaba un detalle que hizo que a Isabel se le secara la boca: el hombre siempre llevaba traje gris, incluso en noches de verano. Hablaba poco, olía a colonia cara y tenía una pequeña cicatriz sobre la ceja derecha, apenas un corte, como una grieta que se abría cuando fruncía el ceño. Nunca conducía solo; siempre venía con un chofer silencioso llamado Ramírez.
Los dedos de Isabel temblaron. Su esposo tenía esa cicatriz, recuerdo de una caída juvenil. Arturo también tenía una obsesión con los trajes gris perla que ocupaban la mitad de su armario. Tuvieron un chofer llamado Ramírez había trabajado para ellos durante años, hasta jubilarse. No podía ser una simple coincidencia.
El ensayo terminaba con una frase fría: «Hay herencias que se arrastran sin firma ni apellido. A veces uno hereda la ausencia y ni siquiera lo sabe.»
Isabel se recostó en el sillón, con la mirada fija en el artesonado del techo. Tenía el corazón desbocado. Esas últimas palabras se repetían en su mente una y otra vez. Era difícil creer en semejantes coincidencias. Por un lado, la razón le decía que debía de haber muchos hombres con cicatrices en la ceja y que amaran los trajes grises; por otro, una intuición helada le recorrió la columna al recordar que Arturo, en efecto, había asistido junto a ella a un congreso académico en Barcelona veintiocho años atrás.
Pocos meses después, por cuestiones de negocios, su esposo comenzó a viajar a esa ciudad con mayor frecuencia, justo la época en que Julia debía haber sido concebida. Recordaba con nitidez cómo él le anunciaba esos viajes con poca antelación, alegando siempre alguna urgencia, y cómo a su regreso se mostraba extrañamente distraído durante días. Dos años más tarde dejó de viajar hasta Barcelona, pero casi un mes sí y un mes no, tenía reuniones que lo alejaban durante un día o todo un fin de semana, acompañado por el señor Ramírez.
Se repetía continuamente que no podía ser, pero la idea empezaba a arraigarse con tozudez aunque pareciera una locura.
¿Julia Fernández, su alumna, podía ser hija de su esposo Arturo?
Se incorporó bruscamente, como impulsada por un resorte. Caminó unos pasos por la oficina con la mente en torbellino, deteniéndose junto a su escritorio. Apoyó las manos en la fría superficie de cristal tratando de recobrar la calma. Tenía que serenarse y pensar lógicamente. Tal vez convenía hablar con Julia, pedirle alguna aclaración... O incluso hablar con Arturo. Pero ¿qué iba a decirles? No podía lanzar una acusación basándose solo en un ensayo literario. Y si, contra toda probabilidad, Julia hubiera escrito aquello a sabiendas, ¿sería entonces una suerte de mensaje cifrado dirigido a ella?
Isabel volvió a sentarse y releyó en diagonal algunos fragmentos del ensayo, buscando señales entre líneas. Con cada párrafo, su pecho se oprimía un poco más. Imaginó a la niña Julia creciendo sin un padre y sintió una punzada de compasión mezclada con una extraña culpa ajena. Si Arturo realmente había engendrado a esa chica para luego desentenderse, entonces ese no era el hombre del cual se enamoró y con quien se casó. No podía serlo... El pensamiento llenaba a Isabel de tristeza y rabia sorda. Además, una amarga ironía le revolvió el estómago porque ella y Arturo nunca tuvieron hijos. Por azares del destino o tal vez por decisiones pospuestas hasta que fue tarde, su vida en común había quedado estéril. ¿Cómo encajar ahora la posibilidad de que él sí hubiera dejado descendencia fuera del matrimonio?
Las dudas se abrían paso como una grieta bajo los pies de Isabel, amenazando la estabilidad de su mundo cuidadosamente construido. Ella se dio cuenta de que sus manos, húmedas por el riego, habían empezado a temblar levemente; ni siquiera la tibieza del aire veraniego lograba aplacar el escalofrío que le recorría la espalda.
Esa noche, cuando Arturo regresó, Isabel ya se había acostado. Fingiendo dormir, escuchó los pasos de él por la habitación, el agua de la ducha cayendo unos minutos, luego el crujido leve del colchón al meterse en la cama a su lado. No hubo besos ni palabras. Arturo se dio la vuelta hacia su lado e Isabel continuó inmóvil, con la respiración acompasada y los ojos cerrados. Notó el olor de la crema de afeitar de su marido impregnando la almohada y se preguntó cuándo habría sido la última vez que él la tocó con genuino deseo. Meses, seguramente. Quizá años, si contaba solo los momentos de pasión sincera y no los compromisos esporádicos por cumplir. Aquel matrimonio se había convertido en una cálida monotonía entre dos compañeros que comparten techo pero ya no el alma.
Con la mirada perdida en la oscuridad, Isabel sintió una soledad punzante que le apretó el pecho. En ese vacío de caricias recordó, contra su voluntad, los ojos verdes de Julia mirándola fijamente esa mañana. Se removió bajo las sábanas, alarmada consigo misma por pensar en su alumna mientras yacía junto a su esposo. Pero un cosquilleo involuntario le recorrió el vientre al evocar la escena tras la clase: el roce de sus dedos al entregarle el ensayo, la fugaz expresión en el rostro de Julia al sentir el contacto. Isabel apretó los muslos, intentando ahuyentar aquella sensación impropia. «Basta», se ordenó en silencio, reprendiéndose. Cerró los ojos con fuerza e intentó acompasar su respiración a la de Arturo para conciliar el sueño. Tardó mucho en lograrlo.
Esa misma noche, a kilómetros de allí, en un pequeño estudio de estudiantes del barrio de Lavapiés, Julia también yacía en su cama con los ojos abiertos. La habitación estaba en penumbra, apenas iluminada por la farola de la calle que filtraba destellos anaranjados entre las cortinas. Julia tenía los auriculares puestos y dejaba que una música suave envolviera sus sentidos, pero su mente estaba lejos de ahí. Repasaba cada detalle de lo ocurrido ese día: había observado con atención cada gesto de Isabel en clase, cada inflexión de su voz. Recordó el instante en que sus dedos se rozaron al entregarle el ensayo y sonrió en la oscuridad, saboreando de nuevo esa chispa que sintió, como un corrientazo dulce subiendo por su brazo.
No era la primera vez que fantaseaba con la señora Gallardo, pero sí la primera vez en que creía haber provocado en ella una respuesta tangible. Julia estaba segura de que percibió desconcierto en los ojos de Isabel, incluso un temblor en su mano. Aquello le proporcionaba una sensación de poder embriagadora. Desde que la vio el primer día de clase tan segura, tan serena y distinguida al hablar, Julia quedó fascinada. Al principio pensó que era admiración académica o la idealización natural hacia una mentora; pero pronto comprendió que era algo más oscuro y profundo: la deseaba con cada fibra de su ser. Deseaba romper la compostura perfecta de esa mujer, hacerla temblar, ver qué había bajo su armadura de rectitud.
Con los audífonos reproduciendo una cadencia lenta, Julia deslizó la mano por debajo del elástico de su pijama. Sus dedos encontraron primero la piel caliente de su bajo vientre y, más abajo, la humedad que brotaba solo de pensar en Isabel. La yema de sus dedos rozó la suavidad que la delataba y, justo entonces, sintió la leve presión que surgía un poco más arriba: la dureza tibia que siempre la reclamaba en secreto. Mordió su labio, encendida, al imaginar que era la mano de la decana la que exploraba cada parte de ella sin pudor, reconociendo cada pliegue, cada secreto.
En su mente recreó la escena tantas veces ensayada en sus sueños: Isabel acercándose por detrás mientras ella estudia en la biblioteca, rozando con un dedo la línea de su cuello, apoyando las manos en sus hombros con esa firmeza suave que la desarma. “Mi chica”, le susurra, y la voz aterciopelada se filtra por su espina dorsal hasta anidar entre sus muslos.
Julia bajó un poco más la mano, abarcando con la palma su propia dureza, acariciándola con cuidado mientras la otra mano se aventuraba a frotar la humedad que empapaba la tela. Ahogó un gemido contra la almohada, la respiración volviéndose un hilo entrecortado cuando imaginó los labios de Isabel reemplazando sus dedos, lamiendo despacio la unión exacta donde empezaba a romperse.
Su otra mano subió, buscando la tela de la camiseta, levantándola apenas para cubrir la tensión de su pecho; acarició un pezón endurecido, sintiendo la punzada que le arrancó un jadeo ahogado. Entre sus piernas, la fricción se volvió más intensa, un vaivén que la obligó a abrir un poco más las caderas, desordenando las sábanas.
La música en sus oídos marcaba el compás de sus movimientos: lento, preciso, delicioso. Cerró los ojos con fuerza, como si así pudiera retener la imagen de Isabel arrodillándose a los pies de su cama, sujetándola de las caderas para abrirla de par en par. Imaginó el peso de la mirada de la decana, sus manos frías sobre su muslo, sus labios rozando apenas la piel, la lengua siguiendo el rastro de humedad que se mezclaba con su respiración entrecortada.
Un gemido se escapó, apenas un hilo roto que hundió entre la almohada cuando la tensión le arqueó la espalda. Sus dedos se cerraron alrededor de su erección, bombeando con suavidad, mientras la otra mano seguía el ritmo en su centro, rozando la humedad que parecía multiplicarse a cada pensamiento.
El nombre de Isabel se formó en su garganta, un susurro irrepetible. Sintió cómo la oleada de calor subía desde su vientre hasta el pecho; un temblor delicioso le recorrió la columna cuando la imaginaria Isabel, obediente a su deseo, la obligó a derramarse entre sus manos, mezclando la tibieza con la respiración jadeante que llenaba su habitación oscura.
Se estremeció una última vez, abandonada a la dulzura de saberse rota solo para ella. Mientras la música seguía sonando, Julia abrió los ojos apenas, buscando su propio reflejo en la oscuridad. Se imaginó manchada de deseo, vulnerable y entera, y por un segundo sintió que, en esa rendición, Isabel la poseía incluso sin tocarla.
Cuando por fin su respiración comenzó a calmarse, se quitó los auriculares. El silencio cómplice de la habitación le devolvió de golpe la sensación de realidad. Aún sentía el corazón desbocado, pero en sus labios se dibujaba una sonrisa satisfecha. Aquello que sentía por Isabel era peligroso, complicado y quizá imposible, pero no pensaba renunciar a explorarlo. Se giró sobre la cama, abrazando la almohada contra su cuerpo aún trémulo, y antes de cerrar los ojos susurró en voz muy baja, como si Isabel pudiera escucharla en la distancia.
—Buenas noches, señora Gallardo.








