Capítulo 1
CRAC!
El sonido fue nítido, brutal, como el crujido de un hueso seco partiéndose bajo una bota. Pero fue seguido instantáneamente por un grito ahogado, un sonido animal de sorpresa y agonía que brotó de los labios de Park Minjun. Se desplomó en el pasillo estrecho tras los vestuarios, lejos de las miradas del público que llenaba el estadio olímpico, su cuerpo elegante reducido a un ovillo de dolor contra el frío suelo de cemento. La afilada hoja de un patín de velocidad, recién afilada hasta brillar con malicia, se había hundido profundamente en la piel desnuda de su tobillo derecho, justo por encima del hueso del talón, mientras el dueño de ese patín, un patinador de velocidad chino con una sonrisa demasiado tensa minutos antes durante los calentamientos “tropezaba” de forma extrañamente precisa al cruzarse con él.
“¡Minjun-ah!” El grito desgarrado de su entrenador coreano, el señor Choi, resonó en el pasillo. El hombre cayó de rodillas a su lado, sus manos temblorosas revoloteando sobre la carnada horrorosa. La sangre, roja brillante y alarmante, ya manchaba el suelo gris y se extendía como una oscura serpiente desde el tobillo de Minjun. Su pie izquierdo, dentro del patín, estaba torcido en un ángulo antinatural: la fractura por estrés que habían estado vigilando había cedido bajo el impacto traicionero.
“¡Estás loco?! ¡Rápido, llamen a los paramédicos! ¡Alguien ayude!” El grito del señor Choi era un aullido de pánico y rabia impotente. Su mirada, cuando encontró la del entrenador del equipo chino que observaba desde unos metros de distancia, estaba cargada de acusación silenciosa. El entrenador chino apartó la vista rápidamente, fingiendo ocuparse de su propio atleta, pero sus manos en la cara no podían ocultar una expresión que mezclaba lastima genuina con una satisfacción turbia.
Minjun apenas podía respirar. El dolor era una bestia viva que le roía el tobillo, ascendiendo por su pierna en oleadas de fuego blanco. Cada latido de su corazón bombeaba más sangre caliente sobre su piel fría. Afuera, el rugido del estadio era un muro de sonido: aplausos atronadores para el último patinador que acababa de terminar su programa libre, la música triunfal del sistema de sonido... y luego, el anuncio del locutor que lo nombraba a él como el siguiente. Su música. Su momento. Su oro. El que llevaba soñando desde niño, el que lo había convertido en el “Príncipe del Hielo” de Corea.
“No...” La voz de Minjun fue un hilillo de aire, ronca por el dolor y la desesperación. Forzó los ojos abiertos, ignorando las lágrimas que nublaban su visión. “Yo... yo aún puedo salir.” Intentó incorporarse, pero una nueva oleada de agonía lo derribó, un gemido escapando de sus labios blancos. “Solo... ocupo vendaje y mucho spray frío.” Su mente era un torbellino de pánico y determinación férrea. No puedo fallar.
“¡No voy a permitir que salgas así, muchacho!” El señor Choi le agarró el hombro, sus dedos hundiéndose en la carne. Su mirada se clavó en el tobillo hinchado, grotesco, y en la larga cortada que se abría como una boca cruel, mostrando destellos blancos de tendón y algo más profundo. “¡Mira esto! ¡Si sales ahí, aunque ganes, puede que no vuelvas a patinar nunca! ¡Destruirás tu carrera!” Su voz temblaba, no solo por la preocupación, sino por el miedo a perder su estrella, su billete de lotería.
Minjun siguió su mirada. La herida era obscena. El hueso del tobillo parecía fuera de lugar. Pero el rugido del estadio era más fuerte. El fantasma de la medalla de plata que le habían dado cuatro años antes, cuando aún era un adolescente prometedor, lo acosaba. No voy a fracasar otra vez. El recuerdo del acoso sutil del señor Choi durante años, los toques “accidentales” que duraban demasiado, los comentarios sobre su cuerpo “demasiado delicado”, las amenazas veladas de retirar su apoyo si no rendía al 200% , todo se mezcló con la obsesión por ganar. Ganar lo limpiaría todo.
“¡Fuera!” La orden de Minjun fue sorprendentemente firme, un destello del príncipe que había cautivado a millones. Hizo un ademán brusco con la mano, apartando al señor Choi y a los demás miembros del equipo coreano que se apiñaban. “¡Solo los paramédicos! ¡Ahora!” Su mirada, llena de un dolor insoportable pero también de una locura obstinada, no dejaba lugar a discusión.
Los paramédicos llegaron corriendo. La escena que siguió fue una pesadilla. Sin tiempo para anestesia local en medio del caos, con el reloj avanzando implacable hacia su turno, le dieron puntos rápidos y rudimentarios sobre la herida abierta. Cada pinchazo de la aguja, cada tirón del hilo a través de su piel desgarrada, le arrancaba un jadeo seco, un sollozo ahogado. Las lágrimas corrían libremente por sus mejillas, mezclándose con el sudor frío. Le vendaron el tobillo con una presión brutal, una faja de compresión que prometía contener el desastre. Luego, el aerosol frío, un alivio breve y engañoso que adormecía solo la superficie, mientras el fuego seguía ardiendo en lo profundo.
“Minjun-ssi, esto es una locura...” murmuró uno de los paramédicos, su cara pálida de preocupación mientras le ayudaba a ponerse el patín derecho. Abrocharlo fue una tortura; cada presión sobre el vendaje grueso y la hinchazón monstruosa le hacía ver estrellas. El patín izquierdo, sobre el pie fracturado, fue una prueba de fuego. Se mordió el labio inferior hasta hacerlo sangrar para no gritar.
Finalmente, se puso de pie. El mundo se balanceó. Se apoyó con fuerza en la barrera, la cabeza baja, respirando en ráfagas cortas y dolorosas. El spray frío era una mentira; el dolor era una montaña aplastándolo. Pero en su mente solo había una imagen: el oro. El resplandor frío y perfecto del oro. Tomó una última bocanada profunda, el aire helado del pasillo quemándole los pulmones, y empujó la puerta que lo separaba del rugido ensordecedor del estadio.
La luz cegadora, el calor de miles de cuerpos, el olor a hielo recién cortado y expectación. Minjun sonrió con una sonrisa amplia, deslumbrante, la sonrisa del Príncipe del Hielo que el mundo amaba.
“¡Ese chico está completamente loco!” El entrenador tailandés, que había observado la escena del pasillo con horror, se llevó la mano a la boca mientras veía a Minjun deslizarse hacia el centro de la pista con una aparente fluidez. “Mira su pie... ¡Dios mío!”
“¿Y su entrenador?” El patinador tailandés, su rival más cercano en las puntuaciones del programa corto, frunció el ceño con desaprobación. “Parece que solo le importa la medalla. No el chico.” Su mirada siguió la figura esbelta que iniciaba su programa con una elegancia desgarradora. “Está jugando con su carrera.”
Minjun no oía nada más que la música que empezaba a brotar de los altavoces. Una pieza clásica, dramática, que había elegido para contar una historia de ascenso y triunfo. Cada movimiento era una batalla. Cada giro enviaba dagas de fuego por su pierna derecha. Cada salto, un pacto con el diablo. Pero su cuerpo, entrenado hasta la obsesión, recordaba. Sus músculos respondían. Su expresión era de pura dicha, de conexión absoluta con el hielo y la música, un espejismo perfecto que hipnotizó al público. Las lágrimas que había derramado en el pasillo ahora podían confundirse con lágrimas de emoción artística.
Clavó un triple axel que hizo enmudecer al estadio antes de estallar en aplausos. Su step sequence fue un torbellino de precisión, cada corte en el hielo un acto de voluntad sobrehumana. Los giros, altos y centrados, parecían desafiar la gravedad y el dolor. El público estaba en éxtasis. Los jueces tomaban notas frenéticas. Minjun estaba en otro planeta, un planeta hecho de agonía pura y la brillante promesa del oro.
Al terminar la rutina, con el acorde final, no pudo sostener la pose final. Simplemente se desplomó sobre el hielo, jadeando, su cuerpo entero temblando como una hoja. El rugido del estadio fue ensordecedor, una ola de admiración y preocupación. Él no lo oyó. Solo sentía el hielo frío contra su mejilla y el fuego devorando su tobillo.
“No... no quiero saber...” susurró cuando los paramédicos se acercaron corriendo con una camilla. Intentó apartarlos. No quería escuchar la puntuación. Sabía que había dado todo.Todo. Pero una parte de él, la parte que sentía la sangre empapando la venda y el patín, ya sabía.
“Escúchame, Minjun-ssi,” dijo el paramédico principal con voz grave mientras intentaban retirarle con cuidado el patín derecho. Era una operación macabra. La sangre había empapado la bota blanca, oscureciéndola. La venda estaba pegada a la carne. “Las puntadas... se han soltado por el movimiento. La herida está peor. Y el hueso... necesitamos rayos X, pero esto es grave. Muy grave. No te muevas.” Su cara era un mapa de preocupación. El patín cedió con un sonido húmedo y repulsivo, revelando un vendaje completamente rojo y la piel hinchada, amoratada, con hilos de sutura rotos colgando. Minjun no gritó. Solo apretó los ojos con fuerza, un rictus de dolor absoluto cruzando su hermoso rostro.
“Uf, eso tiene que doler horrores,” soltó en un tono burlesco y deliberadamente audible el patinador chino, el de las cuchillas afiladas, mientras pasaba cerca camino a la zona de calentamiento para su propio equipo. Una sonrisa fría jugueteaba en sus labios. “Qué descuido, ¿no? Deberían ser más cuidadosos con sus estrellas.”
Minjun lo ignoró. No tenía fuerzas para la rabia. Solo un vacío inmenso se abría dentro de él, más profundo que el dolor físico. Lo llevaron a rastras a la ceremonia de premiación. Las muletas eran una humillación. El ramo de flores que le pusieron en brazos pesaba como plomo. Y cuando le colgaron al cuello la medalla de plata, el frío metal le quemó la piel. Plata. Otra vez plata. No levantó la cabeza. No sonrió. La decepción era un océano negro que lo ahogaba, arrastrando consigo diez años de sudor, lágrimas, abuso y sueños rotos. Todo había sido en vano. Absolutamente todo.
“Esto es una mierda” - murmuró Park Minjun mientras lloraba camino al hospital, todo su esfuerzo, sufrimiento y humillación había sido en vano. Cada sacudida de la ambulancia le martillaba el tobillo destrozado, un recordatorio cruel de su fracaso. El brillo artificial de las luces de la ciudad se deslizaba por la ventana, reflejándose en la fría plata de la medalla que colgaba de su cuello como un collar de vergüenza. No era el oro. No era la redención que había buscado al ignorar el dolor, al ignorar las advertencias, al ignorar la traición de aquella cuchilla china afilada con malicia. El acoso sutil de su entrenador, las sesiones brutales, las críticas constantes que minaban su autoestima... todo lo había soportado con la promesa interna de que el oro lo limpiaría, lo validaría. Ahora, solo tenía una pierna rota, una herida que necesitaría meses para sanar (si es que sanaba por completo), y el vacío resonante de un sueño aplastado.
En el hospital, las noticias fueron peores de lo esperado. La fractura por estrés en el tobillo era compleja. La herida profunda, aunque cerrada quirúrgicamente, había dañado tendones. “Un año, mínimo, sin patinar”, dijo el cirujano con una frialdad profesional que hizo que Minjun se encogiera. “Y después... la rehabilitación será larga y dura. No hay garantías de que vuelvas a tu nivel anterior. El riesgo de recaída es alto”. Las palabras fueron puñaladas más afiladas que la cuchilla china. Su mundo, construido minuciosamente desde los diez años sobre la frágil belleza del hielo, se desmoronó. La prensa coreana, que lo había elevado al estatus de “Príncipe del Hielo”, ahora especulaba con saña sobre su retiro forzoso. Los flashes y los micrófonos se volvieron enemigos. Se escondió.
Un año y cuatro meses después…
El campus de la Universidad Nacional de Seúl (SNU) bullía con la energía de un nuevo semestre. Entre la multitud de estudiantes, Park Minjun pasaba casi desapercibido. Su rubio distintivo estaba teñido de un castaño oscuro poco favorecedor, oculto bajo una gorra negra. Sus ojos avellana, antes llenos de fuego escénico, miraban al suelo o a los libros de texto de su nueva carrera, Administración de Empresas. Una elección segura, aburrida, ordinaria. A sus veinte años, sentía que la vida se le escapaba, que la ventana de su gloria se había cerrado para siempre. La beca deportiva del 100% que mantenía era un recordatorio irónico de lo que había perdido. Había tratado de evitar cualquier rastro de hielo, pero un correo electrónico persistente del Jefe del Club Deportivo, Seo Jangmi, finalmente lo había arrastrado de vuelta a ese mundo.
“Park Minjun-ssi,por favor“, había suplicado Jangmi en su oficina días antes, una mujer en sus cuarenta con energía contagiosa y una sonrisa cálida pero insistente. “El equipo femenino de patinaje es estelar, pero en masculino... estamos desiertos. El último becado se fue el semestre pasado. La universidad necesita representación en todas las disciplinas. Tú puedes devolverle el prestigio al programa”
Minjun había negado con la cabeza, la memoria del dolor y la decepción aún fresca. “Seo Jangmi-nim, no patino más. Mi tobillo...”“¡Los informes médicos dicen que está estable! ¡Rehabilitado! Claro, con cuidado, sin forzar... pero puedes. Mira, solo ven una vez. Mira la pista. Siente el hielo otra vez. Si después de eso aún dices que no... lo respetaré.” Sus ojos brillaban con una mezcla de desesperación y convicción. “Te prometo, Minjun-ssi, yo te ayudaré a ganar, será diferente y será tuyo.”
Algo en la promesa de “será diferente”, en la ausencia de la sombra de su antiguo entrenador, hizo titubear a Minjun. Un rescoldo de aquella obsesión, aquel anhelo por el hielo y la victoria, se encendió débilmente en su pecho. Asintió, apenas un movimiento de cabeza.
Y así llegó Minjun a la imponente pista de hielo cubierta del complejo deportivo de la SNU, puntual después de sus clases. El aire frío y familiar lo envolvió al entrar, despertando recuerdos y una punzada de ansiedad en su tobillo curado. Pero la pista estaba lejos de estar vacía. Un grupo de jóvenes enormes, envueltos en sudaderas negras y moradas con un logo de un lobo aullando y las letras “SEOUL WHITE WOLVES”, estaban terminando de cambiarse o calentando con rudeza. El sonido de los palos golpeando discos y las cuchillas raspando el hielo con fuerza llenaba el espacio.
Minjun se detuvo en seco, sintiéndose repentinamente fuera de lugar, diminuto entre aquellos titanes del hockey. Uno de ellos, un defensa ancho como una nevera, lo vio primero.
“¡Oye! ¿Perdido, pequeñín? ¿El vestuario de patinaje artístico está al lado, donde las princesitas!” dijo con una carcajada grupal que resonó.
Otro jugador, más cercano, entrecerró los ojos. “Espera... ¿No eres tú...? ¡No jodas! ¡Es Park Minjun! ¡El ‘Príncipe del Hielo’!” La exclamación hizo que varios cabezas giraran.
“¿En serio? ¿Ese Minjun? ¡El que desapareció después de los Juegos!” comentó un tercero, mirando a Minjun de arriba abajo con curiosidad mezclada con incredulidad. “Pensé que sería más... alto. O más... duro.”
“¡Claro que no se unirá a los Lobos!” bromeó el primer jugador, dándole una palmada en el hombro a Minjun que casi lo derriba. “Míralo, es un pétalo de flor. ¡Una tacleada mía lo convertiría en puré de patinador!”
“Deja de ser imbécil, Daeho”, interrumpió otro con un tono más amable, aunque aún condescendiente. “Minjun-ssi tiene clase, elegancia. Es arte sobre hielo, no guerra como la nuestra. No se pueden comparar. Es como comparar un cisne con un... bueno, con nosotros.” Se rió de sí mismo.
Minjun apretó la correa de su bolsa de patines, sintiendo que las mejillas le ardían. La timidez lo paralizaba, pero una chispa de orgullo herido brilló en sus ojos avellana. Antes de que pudiera responder, una voz alegre cortó el aire.
“¡Ah, ya estás aquí, Minjun-ssi! ¡Perfecto!” Seo Jangmi entró en la zona con paso ligero, sonriendo ampliamente. “Chicos, dejen de holgazanear y de molestar al nuevo recluta. Este es Park Minjun, nuestro esperado patinador artístico masculino. ¡Trátenlo bien!” Se volvió hacia Minjun. “Minjun-ssi, estos son los temibles Seoul White Wolves. Los mejores de la liga universitaria, aunque un poco... entusiastas.”
Jangmi hizo un gesto hacia el grupo, pero antes de que pudiera presentar formalmente a su capitán, que acababa de salir del vestuario ajustándose los guantes con gesto concentrado, Minjun habló. Su voz, suave pero clara, cortó el murmullo restante. Sus ojos estaban clavados en el recién llegado.
“Kang Taehyun.”
El nombre resonó en el frío aire de la pista. Todo movimiento cesó. Los jugadores de hockey intercambiaron miradas de sorpresa. El capitán, Kang Taehyun, se detuvo en seco. Sus oscuros ojos, antes enfocados en sus guantes, se alzaron lentamente, escaneando a la figura más pequeña que lo había nombrado. Su expresión era de pura incredulidad, seguida de un rápido destello de... ¿reconocimiento? Pero fue rápidamente ahogado por el escepticismo y una irritación palpable.
“¿Qué?” La voz de Taehyun era grave, áspera, como el roce de las cuchillas de hockey sobre el hielo. Se acercó, su imponente estatura haciendo que Minjun instintivamente diera un pequeño paso atrás, aunque mantuvo la mirada. “¿Ahora los fans acosadores también son chicos? Pensé que solo las chicas del equipo de patinaje perdían el tiempo persiguiendo jugadores.” Su mirada recorrió a Minjun con desdén, desde la gorra hasta los zapatos ordinarios. “¿Quieres un autógrafo, Príncipe? ¿O solo viniste a mirar cómo se hace deporte de verdad?”
La sangre subió violentamente al rostro de Minjun, sus pecas casi desapareciendo bajo el rubor. La timidez se transformó en indignación hirviente. ¿Cómo se atrevía? ¿Después de todo...?
“Taehyun-ah, ¡qué modales!” Jangmi saltó, poniéndose entre ellos con las manos en alto. Su sonrisa había desaparecido, reemplazada por una severidad inusual. “Park Minjun-ssi es un atleta becado de élite, igual que tú. Y será parte de este complejo deportivo. ¡Trátalo con respeto!”
Taehyun soltó un bufido, pero desvió la mirada de Minjun hacia Jangmi. “Lo siento, sunbae-nim. Pero no tengo tiempo para juegos. Tenemos un partido clave la semana que viene.” Lanzó una última mirada gélida a Minjun. “Solo asegúrate de que tu...arte... no estorbe en nuestra pista.” Giró sobre sus talones. “¡Lobos! ¡En el hielo! ¡Ahora! ¡A calentar en serio!”
El equipo obedeció al instante, formando un torrente de músculos y equipo negro y morado que se lanzó a la pista con un estruendo de cuchillas y gritos. Minjun se quedó temblando de rabia y algo más... una confusión profunda. ¿Por qué había dicho su nombre? ¿Y por qué la reacción de Taehyun lo había herido tanto?
“Lo siento, Minjun-ssi”, suspiró Jangmi, poniendo una mano reconfortante en su hombro. “Taehyun es un gran capitán, leal hasta la médula con su equipo, pero puede ser... un muro de hormigón con los de fuera. Especialmente con los patinadores artísticos. No le hagas caso. Vamos, te mostraré tu rincón de la pista.”
Minjun asintió mecánicamente, apartando la mirada de la figura poderosa de Taehyun que ya dirigía un ejercicio de tiro. Se enfocó en respirar, en calmar el torbellino interior. Siguió a Jangmi a un banco cerca de la barrera, lejos del bullicio de los Lobos.
“Como te dije”, continuó Jangmi, su tono reconfortante, “el anterior patinador masculino... bueno, tuvo que irse por problemas personales inesperados. Llevamos meses intentando reclutar a alguien sin éxito. Tu llegada es un milagro.” Sonrió con genuina esperanza. “Así que... ¿estás listo para recordarle a tus músculos lo que se siente?”
Minjun asintió de nuevo, más firme esta vez. La rabia se estaba transformando en un desafío silencioso. Se quitó la gorra, revelando su cabello castaño oscuro desordenado, y luego sus zapatos. El simple acto de sacar sus viejos patines artísticos blancos de la bolsa le provocó un nudo en la garganta. Eran reliquias de otra vida. Se ató las cuchillas con manos que apenas temblaban, el ritual familiar proporcionando un ancla. El sonido de las cuchillas tocando el suelo de cemento...clic, clic.
Se levantó, sintiendo el peso familiar, el equilibrio precario fuera del hielo. Tomó una respiración profunda y empujó la puerta de acceso a la pista. El frío lo abrazó, más intenso aquí. Las risotadas y los gritos de los Lobos llenaban el aire. Jangmi se quedó en la barrera, observando con expectación.
Minjun se deslizó suavemente hacia el centro de un área relativamente despejada, ignorando deliberadamente el bullicio a su alrededor. Bajó la cabeza, cerró los ojos por un segundo. Sintió el hielo bajo sus cuchillas, la vibración única que recorría sus piernas. Respiró hondo, bloqueando el dolor fantasma del tobillo, bloqueando la mirada burlona que sentía, aunque no veía, de Kang Taehyun.
Empezó despacio. Unos sencillos círculos, sintiendo la resistencia del hielo, la flexión de sus rodillas, la extensión de sus brazos. Luego, un giro de dos pies, básico pero ejecutado con una fluidez innata que hacía que pareciera fácil. Algunos Lobos que pasaban cerca redujeron un poco la velocidad, lanzando miradas curiosas.
Minjun se sumergió más. Un crossover fluido, ganando un poco de velocidad, su cuerpo inclinándose en un ángulo elegante. Luego, un giro de tres vueltas un simple sit spin bajando en una posición sentada, una pierna extendida, girando con un centro perfecto, su brazo extendido como el ala de un pájaro. La gracia era inherente, como si el hielo fuera una extensión de su cuerpo.
Un silencio inusual comenzó a caer sobre la sección de la pista donde se movía Minjun. Los ejercicios de los Lobos seguían, pero las voces se apagaron. Varios jugadores, incluido el bromista Daeho, se habían detenido cerca de la barrera, apoyados en sus palos, observando. Había murmullos bajos.
“Wow... es como... hipnótico.”“Mira esos brazos, parece que está volando...”“Nunca había visto patinaje artístico tan cerca... es diferente.”
Minjun no los oía. Estaba en su mundo. La música existía solo en su cabeza ahora, una melodía clásica y emotiva. Se impulsó para un salto sencillo, un toe loop. La elevación fue buena, la rotación limpia, el aterrizaje suave como un suspiro sobre su cuchilla exterior, los brazos extendidos en una posición final armoniosa. Una sonrisa pequeña, genuina, casi inconsciente, tocó sus labios. Todavía está ahí. El hielo todavía me reconoce.
En la línea de banda, Jangmi observaba con los ojos brillantes y una mano en el corazón. “Sí...“, murmuró para sí misma.
Kang Taehyun, que había estado discutiendo una jugada con su portero, notó la distracción de sus hombres. Siguió sus miradas y vio a Minjun deslizarse en un espiral perfecto, el cuerpo casi paralelo al hielo, una pierna estirada hacia atrás en una línea impecable, los brazos fluyendo como seda. La expresión de concentración serena en el rostro delicado de Minjun, iluminado por las luces de la pista, era... cautivadora. Un destello de algo parecido al asombro cruzó los oscuros ojos de Taehyun antes de que su habitual muro de desdén volviera a levantarse, más grueso. Frunció el ceño.
“¡Oye! ¡¿Qué es esto, un espectáculo de ballet?!” La voz áspera de Taehyun cortó el hechizo como un hacha. Todos los Lobos se pusieron rígidos. Minjun perdió el equilibrio en su espiral por un instante, recuperándose con torpeza. “¡Esta es una pista de entrenamiento para atletas serios, no un escenario para que alguien haga piruetas bonitas! ¡Si no tienes coordinación real para ocupar espacio, lárgate y déjanos trabajar!”
La sonrisa de Minjun murió. La rabia y la humillación regresaron con fuerza, mezcladas con una punzada de la vieja inseguridad. Pero esta vez, en lugar de encogerse, giró lentamente para enfrentarse a Taehyun. Sus ojos avellana, ahora fríos como el hielo que pisaba, encontraron los marrones del capitán.
“Ocupo este espacio tanto como tú, Kang Taehyun”, dijo Minjun, su voz más firme de lo que nunca hubiera imaginado. “Y mi ‘pirueta bonita’ requiere más coordinación y control de lo que tú podrías soñar en una semana de entrenamientos brutos.” Dio media vuelta con una elegancia desafiante y se deslizó hacia la otra punta, comenzando una serie de step sequences intrincadas, sus cuchillas tallando arcos precisos y rápidos en el hielo, un despliegue silencioso pero elocuente de habilidad pura.
Taehyun se quedó clavado, sorprendido por la respuesta directa y la habilidad evidente. Un músculo se tensó en su mandíbula. “Fanfarrón...” murmuró para sí mismo, pero no pudo apartar la vista de la figura esbelta que se movía con tanta precisión y gracia, un contraste marcado con la fuerza bruta de su propio mundo. El desdén luchaba contra una curiosidad irreprimible. ¿Quién era realmente este frágil “Príncipe” que lo conocía a él y patinaba con tanta belleza herida?
Mientras Minjun se lanzaba a un camel spin más complejo, girando como un torbellino con una pierna extendida horizontalmente, Taehyun notó inconscientemente la tensión en los hombros del patinador, la ligera rigidez en su tobillo derecho al tomar ciertas curvas. ¿Lesión? El pensamiento fue intrusivo. Sacudió la cabeza, enfurecido consigo mismo por notar siquiera al “fan”. Gritó órdenes a sus hombres, redoblando la intensidad del entrenamiento, tratando de ahogar la imagen de aquel giro perfecto y aquellos ojos avellana llenos de desafío y una tristeza profunda que, por alguna razón, no podía ignorar del todo. La batalla en el hielo había comenzado, y no era solo sobre pistas compartidas.