Pálido Secreto

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Summary

En medio del bosque helado, Dareck, exmilitar, encuentra a un muchacho semidesnudo, inconsciente, cubierto de cicatrices invisibles y sin un solo recuerdo. No habla. No huye. Solo lo mira como si buscara perforar su alma. Ese encuentro no solo trastornará todo lo que creía saber… también le enseñará lo que significa amar de verdad.

Genre
Romance
Author
m_daii17
Status
Complete
Chapters
41
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
18+

Capítulo I

I.

Despertar minutos antes del amanecer era lo único en su vida que aún seguía un patrón.

Dareck exhaló despacio, con los ojos entrecerrados, sintiendo cómo el aliento tibio se desvanecía en el aire helado de la habitación.

Afuera, el mundo aún dormía bajo una capa inmóvil de nieve. Dentro, las paredes de madera crujían con la contracción del frío, y todo lo demás permanecía en un silencio absoluto, casi religioso.

El viejo reloj despertador marcaba las 5:43 a. m., exactamente dos minutos antes de que sonara. Como cada día, Dareck estiró el brazo y lo desactivó sin esperar el chirrido metálico que nunca llegaba. No le gustaban los sobresaltos.

Ya no.

Durante años, había vivido con el sonido de alarmas, explosiones, gritos. Ahora, le bastaba con escuchar cómo el viento rozaba las ventanas como si buscara entrar, pidiendo permiso.

Se quedó así, en silencio, con los ojos clavados en el techo envejecido, esperando que el cuerpo se convenciera de que debía moverse.

Cuando por fin lo hizo, bajó los pies al suelo con un gesto casi mecánico. El frío le golpeó las plantas como una bofetada diaria, y gruñó para sí mismo.

—Maldito hielo —murmuró.

Avanzó hacia el baño con pasos arrastrados, los músculos aún medio dormidos. La rutina le pesaba, pero la necesitaba. Lavarse la cara, afeitarse con una navaja oxidada, preparar café fuerte y amargo en su vieja cafetera italiana. Todo tenía un orden. Un ritmo. Uno que no dependía de nadie más.

Encendió la radio de fondo, pero sólo captó estática. Las montañas bloqueaban casi todas las señales cuando las nubes eran demasiado densas. Hoy era uno de esos días. Volvió a apagarla.

Ese momento del día, justo antes de que el sol saliera del todo, tenía algo que le gustaba. Una especie de vacío. De respiro.

Fuera, el bosque estaba en pausa. Ningún ave. Ningún zorro. Solo los árboles desnudos y eternos.

Al primer sorbo de café, Dareck cerró los ojos.

Había aprendido a valorar ese sabor quemado, áspero. Era su manera de recordarse que aún estaba vivo, aunque algunos días no supiera con certeza para qué.

Se sentó frente a la ventana con su taza entre las manos, los dedos rugosos alrededor de la cerámica caliente.

A lo lejos, el cielo se oscurecía en lugar de aclararse. El aire tenía un color distinto, más pálido. Más inmóvil.

Antes de salir, Dareck se abrigó con una chaqueta gruesa, de esas que habían resistido más inviernos de los que él preferiría contar. Se caló un gorro de lana hasta las cejas, ajustó los cordones de sus botas, y, como si de un ritual se tratara, silbó corto y firme una vez.

—¡Nina! —llamó con voz grave, casi áspera por el frío de la mañana.

De entre un rincón mullido junto a la estufa, una enorme masa peluda se incorporó con un leve gruñido perezoso. Nina, su leal San Bernardo, sacudió la cabeza, hizo sonar el collar con su chapa oxidada y caminó hacia él meneando la cola con la dignidad lenta de quien ya ha vivido demasiado invierno.

Dareck abrió la puerta de la cabaña y un chorro de aire helado se coló como un puñal por el cuello de su abrigo. El bosque se extendía ante él: blanco, callado, eterno. Todo estaba cubierto por una capa espesa de nieve virgen.

A pesar de la belleza del paisaje, Dareck frunció el ceño. No le gustaba tener que dejar la comodidad del bosque.

No cuando las voces del pueblo aún le resultaban un zumbido molesto, un ruido que prefería mantener lejos. Pero esta vez no tenía opción.

Se pronosticaba una ventisca feroz, de esas que cortan caminos durante semanas, y vivir de café y avena no era una perspectiva que le entusiasmara. Así que debía abastecerse, por más que le disgustara tener que cruzarse con la gente, los murmullos, las miradas. Mejor prevenir que morir de hambre por orgullo o pereza.

Primero pasaría por la oficina del jefe de estación, un protocolo inútil que igual debía cumplir para mantener su licencia. Después, al supermercado. Y luego, cuanto antes, de regreso a su cabaña.

Mientras Nina trotaba a su lado, dejando huellas pesadas en la nieve, Dareck abrió la puerta del viejo todoterreno. El motor protestó antes de arrancar, pero finalmente cobró vida. El calor artificial comenzó a brotar de las rejillas mientras el vidrio se empañaba con rapidez. La perra saltó al asiento del acompañante como si conociera el itinerario mejor que su dueño.

El trayecto hasta el pueblo fue silencioso, como casi todo en su vida desde que dejó el ejército. Ni radio, ni música. Solo el crujir de la nieve bajo las ruedas, el murmullo bajo del motor y los pensamientos fugaces que venían y se iban, como copos sin rumbo.

Para cuando se dio cuenta, ya había llegado. Las primeras casas del pueblo asomaban tímidamente entre los árboles. Dareck disminuyó la velocidad y dobló en una calle vacía, donde estacionó junto a una acera desierta y cubierta de escarcha.

Apagó el motor, pero dejó encendida la calefacción.

—Esperame aquí, chica. No vayas a morder mi tapizado —dijo mientras se giraba hacia Nina. La perra ladeó la cabeza como si lo escuchara con atención—. Encendí la calefacción para que no tengas frío. Pórtate y cuida el coche, te lo confío.

Acarició su enorme cabeza con afecto antes de bajar del vehículo y cerrar la puerta tras de sí. Exhaló una nube de vaho densa y se apretó más el abrigo al cuello.

Al ingresar al pequeño edificio de madera donde funcionaba la oficina del cuerpo forestal, Dareck se sacudió la nieve del abrigo antes de cruzar la puerta. El sonido de una vieja campanilla marcó su llegada, un eco familiar que siempre le recordaba que, por más alejado del mundo que viviera, seguía perteneciendo a algún lugar.

—¡Buen día, Dareck! —saludó con una sonrisa cálida la mujer tras el escritorio de recepción, levantando apenas la vista de unos papeles.

—Hola, Annie —respondió él, con la voz rasposa propia de quien aún no ha terminado su primer café—. ¿Tu viejo está por aquí?

—Sí, pero está reunido con dos tipos de traje desde hace rato. Vinieron de la ciudad, no dijeron mucho. Ya sabes cómo es... siempre parece que traen el apocalipsis en la maleta —bromeó mientras se ponía de pie para servirse un poco de café del termo comunitario—. ¿Quieres un poco?

—Por favor —aceptó Dareck, mientras se quitaba los guantes con lentitud—. Hoy me levanté con el mal genio de los lunes, y eso que es miércoles.

Annie rió mientras le pasaba una taza de cerámica algo desportillada, pero limpia y caliente.

—¿Vas a abastecerte? Escuché que se viene una ventisca como las de antes. Mi papá ya está paranoico, sacó su radio vieja y anda midiendo la presión atmosférica cada hora.

—Sí. Si todo va bien, regreso esta tarde con comida como para un ejército —dijo Dareck, tomando un sorbo largo y suspirando con alivio. Después agregó, más para sí—. Aunque no me molestaría quedarme encerrado un par de semanas.

Annie lo miró con una media sonrisa, cruzando los brazos.

—Siempre dices eso, hasta que se te acaba el café o se corta la señal del radio.

Dareck sonrió por primera vez en lo que iba del día.

—Tocaste mis dos talones de Aquiles.

Un suave chirrido de bisagras marcó la apertura de la puerta interior. De ella salieron dos hombres con expresión seria, bufandas caras y maletines delgados. Apenas repararon en Dareck al pasar. Él les sostuvo la mirada por un momento, con la misma evaluación muda que usaba cuando aún vestía uniforme, luego la dejó ir como una corriente de viento.

—Ahora puedes pasar —dijo Annie—. Seguro se alegra de verte.

Dareck asintió, dio un último sorbo al café, lo dejó sobre el escritorio y se encaminó hacia el despacho, sabiendo que en pocos minutos volvería a enfrentar el ruido y la civilización... al menos por hoy.

El despacho olía a madera vieja, café fuerte y un poco a tabaco, aunque nadie fumara allí desde hacía años. El hombre tras el escritorio levantó la vista apenas Dareck cruzó la puerta, y su rostro se iluminó con una sonrisa franca.

—¡Mira nada más a quién trajo el viento del norte! —dijo con voz áspera pero alegre, mientras se incorporaba lentamente para rodear el escritorio y darle un apretón de manos—. ¿Cómo estás, muchacho?

—Sobreviviendo, Frank. Como siempre —respondió Dareck con un gesto que era mitad sonrisa, mitad cansancio.

Frank, que bordeaba los setenta pero aún caminaba como si tuviera cuarenta, le palmeó el hombro con afecto antes de indicarle una de las sillas frente al escritorio.

—¿Viniste por el café o por aburrimiento? —bromeó, dejándose caer en su silla con un gruñido.

Dareck se acomodó en la suya y señaló con la cabeza hacia la puerta por donde habían salido los hombres de traje.

—¿Y ellos? ¿Algún asunto grave?

Frank hizo una mueca, girando lentamente su taza de café entre las manos.

—Asunto federal, según dicen. Vinieron a hacer preguntas, pero no me gustaron las sonrisas que traían. De esas que no llegan a los ojos.

—¿Buscan a alguien?

—No dijeron mucho. Solo que están haciendo una investigación sobre “actividad irregular” en zonas protegidas. Palabras grandes para no decir nada.

Dareck frunció el ceño.

—¿Y creés que tiene que ver con nosotros?

—No lo sé, pero cuando los federales bajan hasta estos bosques congelados, no es por deporte. Algo buscan.

Un silencio breve se instaló entre los dos, apenas roto por el golpeteo suave del reloj de pared.

Frank alzó la vista de su taza.

—Solo te digo que si ves algo raro en tus rondas, me lo digas antes que a ellos. Con la tormenta que viene, ya tenemos suficiente con lo natural como para preocuparnos por lo que no debería estar aquí.

La charla con Frank terminó con un apretón de manos y un par de risas suaves. Dareck salió de la oficina y Annie se levantó de su asiento con una sonrisa algo nerviosa.

—Oye… —comenzó, jugando con sus dedos—. Esta noche haré estofado, de esos que te gustaban. ¿Quieres venir? Es solo… una cena.

Dareck se detuvo un segundo. La sonrisa de Annie era genuina, pero también había algo más, algo que él no quería enfrentar.

—Gracias, Annie —respondió con una leve sonrisa—, pero tengo muchas cosas que hacer hoy. Y no estoy seguro de ser buena compañía últimamente.

Ella bajó un poco la mirada, aún sonriendo con timidez.

—Bueno… si cambias de opinión…

—Lo tendré en cuenta —dijo Dareck, haciendo una leve inclinación con la cabeza mientras se encaminaba hacia la salida.

La conversación quedó flotando en el aire con un dejo incómodo. Annie se quedó mirándolo mientras él se alejaba, y Dareck aceleró el paso, deseando salir lo antes posible.

De vuelta en la camioneta, Nina lo recibió con un leve movimiento de cola, aún enroscada en su lugar. Dareck subió, se acomodó, y antes de encender el motor, suspiró largamente.

—No sé, chica… la gente quiere acercarse, pero yo… —hizo una pausa, apoyando los brazos sobre el volante—. A veces siento que no puedo darles nada. ¿Me entiendes?

Nina solo lo miró con esos ojos grandes y serenos, ladeando un poco la cabeza como si de verdad escuchara. Dareck le acarició suavemente la oreja.

—Tú sí entiendes, ¿eh? Al menos no me haces preguntas.

Encendió el motor, lanzó una última mirada hacia el edificio y luego volvió a la ruta. El día apenas comenzaba, pero ya se sentía agotado.