Capítulo Uno

Sábado, 14 de octubre 02:13 AM
El sonido de unos pies golpeando era más fuerte y sólo significaba una cosa: él estaba cerca. Ella se obligó a moverse más rápido, maldiciendo la apretada falda y los tacones de aguja que ralentizaban sus movimientos. Él pisaba a través de varios charcos en la calle oscura, los que ella había evitado momentos antes. Se dio cuenta que él ya había doblado la esquina y ella quedaba a la vista. Un callejón estrecho se abría por delante, iluminado por una sola bombilla amarilla que colgaba sobre una enorme puerta metálica de reparto.
Ella se giró a su derecha dirigiéndose hacia el callejón cuando su talón se atoró en un bache. Se quedó sin aliento y se tambaleó hacia adelante. La gravedad la obligaba a caer, poniendo fin a la persecución y a su vida, pero ella luchó por mantenerse en pie, sus piernas y espalda se pusieron rígidas para prever una colisión con el concreto. Aumentó la velocidad de nuevo, pero su tobillo gritó de dolor. El paso en falso le quitó segundo valiosos, y ella sabía que él le estaba ganando.
Resistiendo la tentación de mirar hacia atrás, movió sus brazos más rápido y se adentró en la boca negra del callejón. La oscuridad la esperaba por delante y no había manera de salir. En cualquier punto, ella podía deslizarse por una pared de ladrillo o saltar la cerca, pero la alternativa era peor.
Su tobillo latía punzante y sus pasos disminuyeron. Él estaba detrás de ella, su pesada respiración era audible. Si podía llegar al final del callejón, existía una pequeña esperanza. Ella alargó su paso y sintió una mano rozar su hombro. Ella gritó y se lanzó hacia adelante. Él la alcanzó de nuevo, esta vez agarrando algunos mechones de su pelo, pero ella siguió su camino. Y entonces el pavimento debajo de ella desapareció.
Los ojos de Jane se abrieron de golpe y ella jadeó, un espasmo de terror se disparó a través de su cuerpo. Su aventura de una noche estaba durmiendo junto a ella y no se despertó. Miró hacia la ventana y un haz de luz de la luna iluminaba el dormitorio. Se incorporó lentamente, su cabeza rozando entre las rodillas. Supo antes de verlo, que la mesita de noche le mostraría en su reloj digital una hora cercana a las dos. En efecto, eran las 2:13. Cuando su ritmo cardíaco volvió a la normalidad, se levantó de la cama, dándose cuenta de que ésta era la tercera pesadilla en menos de una semana. Ella se acercó a la ventana, consciente de su desnudez pero reconfortada por la brillante luna llena.
Ella lo vio al instante, por el reflejo de la farola cercana. Una orquídea blanca puesta en su camino de entrada.