El Beso del Ángel

Summary

En la vibrante Blackmoor Arts de Toronto, Jungkook, el fuckboy de Fotografía, reina: usa y descarta sin repetir. Hasta que Jimin, un bailarín transferido de belleza letal, lo desarma con un "no" después de una noche explosiva. ¡Es el primero que lo rechaza! La negativa enciende una obsesión tóxica en Jungkook. Una marca de nacimiento, celos, heridas y corazones rotos. ¿Logrará el beso del ángel convertirse en un nuevo comienzo?

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
5.0 3 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 04 — Como cachorro

No hubo preludio, ni caricia previa que anunciara la urgencia que le devoraba por dentro; solo un impulso ciego, animal, que le hizo agarrar a Jimin por las caderas y, con movimientos torpes y bruscos, despojarle de pantalones, ropa interior y zapatos con tal fuerza que arrojó las prendas a un rincón oscuro.

Pero Jimin no protestó. Al contrario. Una risa baja, cargada de sensualidad repleta de desafío, brotó de sus labios mientras observaba la desesperación que transformaba los rasgos de Jungkook.

Veía cómo los músculos de su cuello se tensaban, cómo la mandíbula se apretaba, cómo sus ojos oscuros, desbordados de hambre, no podían apartarse de la piel que iba quedando al descubierto.

La satisfacción se expandió cálida y victoriosa en su pecho, un licor denso de poder. Tenía a Jungkook, el cazador habitual, el amante seguro de sí mismo, comiendo literalmente de su mano, reducido a una necesidad elemental, que él mismo había provocado y que ahora manejaba como un maestro de marionetas.

Finalmente desnudo bajo la mirada devoradora de Jungkook, Jimin se ofreció sin pudor, tendido sobre las sábanas revueltas. La luz tenue, filtrándose por la ventana, acariciaba las largas líneas de sus piernas, esculpidas por años de danza, esbeltas, poderosas y a la vez de una elegancia etérea.

La piel, suave como seda, sin un solo vello que rompiera su tersura, brillaba con un tono nacarado que invitaba al tacto, a la posesión.

Jungkook tragó saliva con dificultad, su boca seca de puro deseo mientras recorría con la vista ese paisaje de curvas y músculo definido, desde los tobillos delicados, la hombría de Jimin, erguida, palpitante, tan despierta y demandante como la suya propia, un espejo obsceno de su propia urgencia, hasta la cintura estrecha.

Era una visión de una belleza única, una perfección que le robaba el aliento y le encendía la sangre con una ferocidad nueva. Pero la necesidad de poseerlo, de fundirse en esa carne que le hipnotizaba, era demasiado poderosa para la contemplación. El pensamiento racional era un lujo que ya no podía permitirse.

Con gestos precipitados, torpes en su ansiedad, Jungkook se volcó hacia la mesilla de noche. El cajón chirrió al abrirlo de un tirón. Sus dedos, ansiosos, rebuscaron entre el contenido caótico hasta encontrar el pequeño envoltorio cuadrado del preservativo.

Lo arrancó con los dientes, sin miramientos, y se lo colocó con una brusquedad que delataba su estado límite, bajo la atenta y complacida mirada de Jimin, que seguía sonriendo desde la cama, una sonrisa ancha, satisfecha, de gato que observa al ratón jugar justo antes del zarpazo.

La botellita de lubricante fue lo siguiente, abierta con un chasquido seco. Pero justo cuando Jungkook se disponía a aplicarlo, la figura en la cama se movió. Con una lentitud calculada que era puro teatro, con un descaro que dejaba sin aliento, Jimin le dio la espalda.

Se acomodó sobre manos y rodillas, pero no con sumisión, sino con arrogancia. Arqueó la espalda de manera exagerada, convirtiendo su columna en una curva sinuosa que elevaba las nalgas hacia Jungkook en una ofrenda obscena.

Apoyó la cabeza de lado en la almohada, mostrando el perfil de su rostro, donde la sonrisa se había transformado en una mueca de desafío lujurioso. Era una postura de entrega física absoluta.

Mierda, pensó Jungkook.

—Me encanta esta posición, Jeon —susurró Jimin, su ronca cortó el aire cargado de una sensualidad audaz—. Te da acceso total... y a mí me permite controlar cada centímetro que te concedo.

Giró ligeramente la cabeza, clavando sus ojos oscuros, llenos de fuego y reto, en los de un Jungkook paralizado, con la botella de lubricante aún en la mano y la boca ligeramente abierta por el asombro.

—¿Vas a aprovecharlo o solo vas a quedarte ahí mirando como un pasmarote fascinado?

La palabra “fascinado” le golpeó. Lo estaba. Fascinado, hechizado, completamente dominado por la audacia y la seguridad deslumbrante de ese hombre que, arrodillado, sometido físicamente, irradiaba un poder que le hacía sentirse a la vez insignificante y electrizado.

Una vulnerabilidad desconocida, dulce y punzante, se abrió paso entre su desesperación.

—Joder, Jimin… —logró articular, su voz un hilillo ronco—. Eres… increíble. De verdad —tragó saliva, sus ojos recorriendo la curva perfecta de la espalda arqueada, las nalgas altas, la vulnerabilidad expuesta que era, paradójicamente, la mayor muestra de control que había visto—. ¿Ahora… ahora me dejas tomar el control? ¿Por fin?

La risa de Jimin fue un sonido bajo, vibrante, cargado de malicia y promesa.

—Cariño —susurró, volviendo a apoyar la mejilla en la almohada, su voz un hilo seductor—. Eso… está por verse. Empieza. Y hazlo bien.

La orden, envuelta en un susurro, fue suficiente. Jungkook no necesitó más.

Con dedos que ahora temblaban no solo de deseo, sino de nerviosismo y adoración, aplicó una generosa cantidad de lubricante frío en su propio miembro ya enfundado y, luego, con una delicadeza que contrastaba brutalmente con su anterior brusquedad, llevó los dedos resbaladizos a la entrada de Jimin.

El primer contacto, el roce del dedo índice contra el anillo muscular tenso pero dispuesto, provocó un jadeo agudo, musical, que se escapó de Jimin. Jungkook presionó suavemente, sintiendo ceder bajo su toque, y el dedo se deslizó dentro, encontrando un calor intenso, una presión ajustada que le hizo contener el aliento.

—Dios… —murmuró Jungkook, hipnotizado por la reacción, por la sensación de envoltura, por el cuerpo que se abría para él bajo su mandato.

—Más… —jadeó Jimin, empujando su cuerpo ligeramente hacia atrás contra el dedo, buscando más profundidad, más contacto—. No te quedes ahí, Jungkook. Dame más.

Obediente, fascinado, Jungkook introdujo un segundo dedo, trabajando con cuidado pero sin titubeos, abriendo, acariciando las paredes internas con movimientos circulares y de tijera, escuchando cómo cada nueva exploración, cada roce en un punto sensible, arrancaba de Jimin gemidos más altos, más descontrolados, que se mezclaban con órdenes.

—Ahí... justo ahí... más rápido, joder... sí, así....

Era una sinfonía de rendición que Jimin dirigía desde su posición de aparente sumisión, cada gemido una orden, cada jadeo una guía. Jungkook negaba con la cabeza, sin darse cuenta, una sonrisa de incredulidad y fascinación absoluta dibujándose en sus labios.

Este hombre, este ser deslumbrante y contradictorio, era completamente fuera de serie. Una fuerza de la naturaleza vestida de piel y hueso, que entregaba el placer con la misma autoridad con la que lo exigía.

Cuando los dedos de Jungkook se retiraron, dejando un vacío que Jimin sintió como una pérdida momentánea, el silencio fue eléctrico. Jungkook se alineó entonces, la punta de su miembro presionando firmemente contra la entrada ya preparada y dilatada.

Miró la espalda arqueada de Jimin, las palmas de sus manos aferradas a las sábanas. Fue despacio, sintiendo cómo el anillo muscular cedía milímetro a milímetro, envolviéndolo en un abrazo de fuego, de una estrechez dolorosa en su perfección.

El sonido que escapó de Jimin entonces no fue un gemido, fue un quejido desgarrado, profundo, un lamento de placer puro que surgía de lo más hondo de su ser y que resonó en la habitación.

—Dios, Jimin… —susurró Jungkook, deteniéndose cuando estuvo completamente hundido, sintiendo cada palpitación, cada contracción interna que lo apretaba—. Eres… joder, eres increíble.

Pero incluso así, empalado, entregado físicamente, la dominación de Jimin no cedió. Su voz, entrecortada por los jadeos, surgió de la almohada, firme y exigente.

—No… no pares… —ordenó, su voz ronca por el placer pero cargada de autoridad—. Muévete… Lento… al principio… Pero… firme. Y cuando te lo diga… más fuerte. —Empujó sus caderas ligeramente hacia atrás, un movimiento sutil pero imperativo.

No hubo lugar para la ternura almibarada, ni para besos de película. Lo que llenó el espacio entre ellos, el aire que respiraban entre jadeos, fue deseo en su estado más crudo, puro y desnudo. Hambre convertida en roce, en sudor, en fricción ardiente.

Un baile salvaje de egos entrelazados, de voluntades que se medían en cada empuje, en cada retroceso, sobre las sábanas que se enredaban como testigos en el campo de batalla del dormitorio que había dejado de ser el refugio exclusivo de Jungkook. Ahora pertenecía también a Jimin, con su cuerpo firme, su cintura letal y su voluntad de hierro.

—Ahora, Jungkook. Ahora.

Y Jungkook, completamente fascinado, obedeció.

El resto de la noche se desplegó como una locura, lenta y abrasadora. Una tormenta de movimientos sincronizados y desesperados, de gemidos ahogados contra la almohada o lanzados al aire sin censura, de palabras gruesas y órdenes susurradas que se mezclaban con súplicas.

Jungkook se aferraba a las caderas de Jimin como a un ancla en medio de un mar embravecido de sensaciones, hundiendo sus dedos en la carne suave pero firme, maravillándose de la forma en que ese cuerpo se movía con él, contra él, arqueándose en un vaivén hipnótico que era pura provocación.

Observaba, embelesado y al borde del delirio, la espalda arqueada, los omóplatos que se tensaban y relajaban como alas bajo la piel sudorosa, la estrecha cintura que se balanceaba con una gracia que le quitaba el sentido.

Fue entonces, mientras se perdía en la marea de sensaciones y en la contemplación de la belleza que irradiaba la figura de Jimin, cuando algo llamó su atención. Allí, en la nuca, justo donde nacían aquellos cabellos cortos que dejaban al descubierto la piel, había una pequeña marca roja.

La había visto antes en otras personas, pero en él parecía otra cosa. Más que una simple mancha, se transformaba en un detalle precioso y único. “El beso del ángel”. En Jimin, aquella marca no era un rasgo más: le confería un aire de delicadeza que, unido a la sensualidad que ya emanaba, lo volvía sencillamente irresistible.

Y fue justo entonces, absorto en la contemplación, cuando no advirtió que había aflojado el ritmo. Pero Jimin si lo notó de inmediato y, sin dudarlo, se movió con más intensidad. Elevando a Jungkook al séptimo cielo. El detalle sensual de esa marca en la nuca se perdió, entonces, en el calor del momento.

Cada embestida, cada retirada, estaba marcada por la presión insoportable con la que Jimin lo apretaba desde dentro, una sensación única, posesiva, que lo llevaba una y otra vez al borde del precipicio.

Y los gemidos… los gemidos de Jimin eran un canto de sirena, hipnóticos, variando entre susurros jadeantes y gritos ahogados que le indicaban exactamente qué le hacía perder el control.

Pero incluso en la cúspide del placer, cuando Jungkook creía que no podría soportar ni un segundo más de esa tortura gloriosa, notaba la sonrisa. Esbozada en el perfil de Jimin cuando volvía la cabeza hacia él, una curva de labios satisfecha, triunfante, serena en medio del caos que ambos estaban creando.

Una sonrisa que irradiaba una seguridad inquebrantable, un dominio absoluto del juego y del jugador, que nadie más en el mundo podría haber replicado. Era la sonrisa del que sabe que tiene las riendas, incluso cuando el cuerpo cede al éxtasis.

En un momento dado, en medio de un embate particularmente profundo, una necesidad abrumadora, más fuerte que el propio placer físico, brotó en Jungkook. Necesitaba verlo, necesitaba acercarse, necesitaba borrar la distancia que esa postura imponía.

Con un movimiento fluido e instintivo, soltó una de sus manos de la cadera de Jimin. Su brazo se deslizó hacia arriba, por el costado sudoroso, hasta encontrar el cuello. Sus dedos se cerraron con suavidad, pero con firmeza, en la base de la nuca, no para dominar, sino para guiar, para conectar.

Con la otra mano, agarró el brazo de Jimin que estaba más cerca, ayudándole, invitándole a levantarse ligeramente del tren inferior, a arquearse de otra manera. Jimin, sorprendido pero sin resistencia, se dejó manipular, incorporándose un poco sobre su brazo libre mientras Jungkook, con una presión suave en su garganta, giraba su rostro hacia él.

Sus miradas se encontraron, brevemente, cargadas de un entendimiento súbito, de un deseo que iba más allá de lo físico. Y entonces Jungkook se abalanzó.

El beso que siguió no fue una caricia. Fue una colisión. Un encuentro de labios hambrientos, de lenguas que se buscaron con urgencia, chocando, luchando, fundiéndose. Jungkook saboreó la boca de Jimin como un hombre sediento, con un ansia que trascendía lo meramente carnal.

No era el beso experto y calculador al que estaba acostumbrado en sus encuentros pasados, transacciones de placer sin huella. Este beso era desordenado, profundo, lleno de una necesidad emocional que le asustaba y lo electrizaba por igual.

Olía a piel sudada, a jadeos compartidos, a la sal del esfuerzo, y a algo más, algo indescriptible que solo podía ser Jimin. Mientras sus cuerpos seguían unidos, moviéndose en un ritmo ahora más lento pero no menos intenso, el beso se convirtió en un canal, en un puente tendido sobre el abismo de sensaciones físicas.

Jungkook sintió, con una claridad deslumbrante, que esto no era solo fricción, no era solo descarga. Era una comunión que le sacudía hasta los cimientos de lo que creía saber sobre el placer, sobre la conexión, sobre sí mismo.

Estaba, sin duda alguna, perdido en un cielo que solo Jimin podía crear, y no deseaba que lo rescataran jamás. El mundo se reducía al vaivén de sus caderas, al sabor de ese beso, a la presión interna que lo poseía, y a la sonrisa triunfal que, incluso con los labios ocupados, creía ver brillar en los ojos cerrados de Jimin.

La locura era lenta, era caliente, y era, sobre todo, suya. De ambos. Gobernada por el que, incluso de rodillas, nunca había dejado de ser el dueño del juego.

La respiración de Jimin era un jadeo ronco que se entrecortaba con cada embestida de Jungkook, cada empuje profundo que lo clavaba contra el colchón y le arrancaba gemidos que ya no controlaba, sonidos guturales que salían de un lugar profundo, primitivo, donde solo existía la fricción ardiente y la presión implacable que lo poseía.

Sudor le corría por las sienes, pegándole los mechones a la piel. Pero en el fondo, algo más insistía, una necesidad más aguda, más profunda, que el ritmo impuesto por Jungkook no alcanzaba a colmar. Era un vacío, una urgencia distinta que clamaba por ser llenada a su manera.

Con un gruñido que mezclaba frustración y determinación, Jimin se giró y empujó con fuerza contra el hombro de Jungkook. No fue un gesto suave ni una sugerencia; fue un movimiento brusco, poderoso.

—Espera… —logró jadear, pero la palabra sonó más a orden que a súplica.

Jungkook, sorprendido, con los ojos nublados por el deseo y la concentración en el ritmo que marcaba, se detuvo en seco, suspendido sobre él. La interrupción fue un choque físico, una desconexión abrupta del circuito de placer que los mantenía unidos.

Miró a Jimin con una mezcla de confusión y deseo ardiente, preguntándose sin palabras qué ocurría. Pero Jimin no le dio tiempo a formular la pregunta. Con una agilidad que desmentía el estado de abandono en el que parecía estar segundos antes, rodó sobre sí mismo.

En un instante, las posiciones se invirtieron. Fue un movimiento fluido, calculado, una demostración de fuerza y control que dejó a Jungkook boquiabierto, tumbado ahora de espaldas sobre las sábanas revueltas, mirando hacia arriba mientras Jimin se alzaba sobre él, una vez más.

Jimin no parecía pensar. Sus ojos, oscuros y brillantes como carbones encendidos, reflejaban una concentración feroz. Pero incluso con el cuerpo temblando levemente por el esfuerzo y la excitación acumulada, no había perdido un ápice de su actitud dominante.

Era una presencia imponente sobre Jungkook, su silueta recortada contra la penumbra de la habitación, la espalda recta, los músculos de brazos y abdomen tensos, la mirada baja fija en donde sus cuerpos se unirían de nuevo.

La dominación no residía solo en la posición física; emanaba de cada poro de su piel, de la seguridad con la que se movía, de la certeza absoluta de que él dictaría ahora el ritmo, la profundidad, la intensidad del placer que compartirían.

Sin prisas, Jimin se alineó. Una mano se posó en el pecho de Jungkook, para afirmar su control, para sentir los latidos furiosos bajo su palma. La otra mano bajó, guiándose con exactitud.

Jungkook, hipnotizado, contuvo el aliento. Observó, fascinado, cómo Jimin se elevaba ligeramente sobre sus rodillas, cómo su cuerpo se arqueaba y luego, con un movimiento fluido, comenzó a descender.

Un jadeo profundo, un quejido de alivio y placer combinados, escapó de sus labios cuando estuvo completamente hundido, sentado hasta el fondo, sintiendo cada palpitación, cada pulso de Jungkook dentro de sí.

Y entonces, comenzó.

No fue un vaivén suave, ni exploratorio. Fue salvaje. Necesitado. Jimin se movía sobre Jungkook con gracia, arqueando la espalda hacia atrás para permitir una penetración más profunda, luego inclinándose hacia adelante, apoyando las manos en el pecho de Jungkook para impulsarse con más fuerza.

La respiración entrecortada de ambos llenaba el cuarto como un mantra, un ritmo sincopado de jadeos y susurros. Jungkook, tendido sobre las sábanas revueltas y empapadas de sudor, sentía el mundo reducirse a la presión ardiente que lo envolvía, a la visión hipnótica de Jimin cabalgando sobre él con una ferocidad que era a la vez arte y conquista.

Cada movimiento de sus caderas, cada arqueo de su espalda, cada contracción interna que apretaba alrededor de su miembro, lo sumía más profundamente en un éxtasis sobreestimulado.

Sus manos, por instinto, se aferraron a las caderas de Jimin, no para guiar, no para imponer, sino en un intento desesperado de conexión, de sentir más piel, más calor, más de esa esencia que lo estaba devorando vivo.

Necesitaba anclarse a la realidad de ese cuerpo que lo poseía, temiendo que sin ese contacto, el vértigo lo arrastraría a un abismo sin retorno.

Pero Jimin, siempre un paso adelante, siempre dueño del tablero incluso en la entrega física, no se lo permitió. Con rapidez, sus propias manos bajaron y atraparon las muñecas de Jungkook.

La presión fue firme, clavándolas contra el colchón a cada lado de la cabeza de Jungkook con una fuerza que dejó claro quién dictaba los términos del juego. Un destello de triunfo, mezclado con una crueldad deliciosa, brilló en sus ojos oscuros mientras se inclinaba sobre él, su aliento caliente rozando la piel sudorosa del pecho de Jungkook.

—Hoy no, chico malo —susurró, su voz un ronroneo rasgado—. Ya te lo dije. Hoy te toca ser obediente.

La advertencia fue seguida de la acción. Sus labios descendieron por el torso de Jungkook.

Besos húmedos, posesivos, marcaron un camino errático por el esternón, alternados con mordiscos suaves, apenas un pellizco de dientes que hacía estremecer la piel y arrancaba jadeos entrecortados a Jungkook, que intentaba en vano arquearse contra las manos que lo inmovilizaban.

Pero el verdadero tormento, la exquisitez, llegó cuando la boca de Jimin se cerró alrededor de uno de sus pezones. No fue una succión tímida o exploratoria. Fue una toma de posesión.

La lengua, lo saboreó antes de rodearlo, acariciarlo, morderlo con una presión que transformó el punto sensible en un centro de dolor placentero, en una descarga eléctrica que recorrió todo el cuerpo de Jungkook hasta las puntas de los dedos de los pies.

Un gemido largo, desgarrado, escapó de sus labios, un sonido crudo de pura vulnerabilidad expuesta.

Jimin repitió la tortura con el otro, sin prisa, saboreando cada reacción, cada temblor, cada sonido que arrancaba, mientras sus caderas no cesaban su vaivén, frotando y hundiendo, manteniendo a Jungkook en un estado de sobreexcitación al borde de lo insoportable.

Jungkook estaba perdido. Verdaderamente perdido. La visión de Jimin sobre él, dominante, hermoso y letal; el sonido de sus propios gemidos mezclados con los jadeos roncos de Jimin; el tacto de sus manos inmovilizadoras y la boca que lo torturaba con maestría; el olor a sexo y sudor; el sabor del aire electrizado…

Todo se fundía en una sobrecarga sensorial que lo anulaba. Era un caos donde solo existía Jimin, su voluntad, su placer, su control. Era demasiado. Era glorioso. Era aterrador.

Entonces, Jimin se alzó de nuevo. Su mirada, cargada de un fuego oscuro, se clavó en la de Jungkook. Sin soltar sus muñecas, sin dejar de moverse sobre él con ese ritmo que ahora era un martilleo constante y profundo, se inclinó.

Sus labios rozaron los de Jungkook, no para besarlos al principio, sino para sentir el jadeo desesperado que escapaba de ellos. Cuando habló, su voz era un susurro áspero, lleno de malicia y una verdad demoledora que penetró más hondo que cualquier parte física.

—Voy a hacer que te corras rogándome —dijo, cada palabra un latigazo de lujuria—. Y cuando eso pase… —sus labios rozaron los de Jungkook, capturando un gemido ahogado—… te vas a dar cuenta de que no podrás olvidarme jamás.

El impacto de las palabras, unidas a la embestida final de las caderas de Jimin y a la visión repentina de una de sus manos soltando una muñeca para bajar, deslizándose con descaro por su propio vientre y encerrando su erección, fue la gota que colmó el vaso.

Jungkook ya no pudo contenerlo. Un gruñido ronco, primitivo, surgió de lo más profundo de su garganta. Sudaba como un animal acorralado, todo su cuerpo temblaba como una hoja en una tormenta. Sus dedos, ahora libres pero impotentes, se clavaron en los muslos firmes de Jimin, buscando un ancla que ya no existía.

Solo pudo asentir con la cabeza, un movimiento convulso, rendido, mientras sus ojos, desorbitados, reflejaban la aceptación total de su derrota.

Esa noche, por primera vez en su larga y experimentada vida, Jeon Jungkook no era el cazador seguro, el amante que dirigía el juego. Era la presa. Atrapada, dominada, y lo más revelador: deseando no escapar jamás.

Jimin, leyendo la rendición absoluta en cada fibra del cuerpo que temblaba bajo el suyo, sonrió. Una sonrisa de triunfo puro, feroz, hermosa. Apretó su propia entrepierna con decisión, sus dedos moviéndose con rapidez experta, sincronizando su propio ascenso al clímax con los embates finales de sus caderas.

La imagen fue la sentencia: Jimin montándolo con ferocidad, su cuerpo arqueado en una pose de poder obscena, su mano trabajando su propia erección con concentración, sus ojos brillando con el fuego del dominio y del placer inminente. Jungkook lo miró, embelesado, sobrecogido, y colapsó.

El orgasmo lo golpeó. Todo su cuerpo se estremeció en un espasmo violento, incontrolable. Un grito desgarrado, profundo, ronco, estalló en la habitación, un sonido que no reconocía como propio.

—¡JIMIN!

Gritó su nombre. Exactamente como Jimin había ordenado. Rogando, implorando, entregando su éxtasis en un grito que era una confesión de derrota y entrega absolutas. Fue una explosión prolongada, agotadora, que lo dejó vacío, temblando, la visión nublada, pegado a las sábanas como un náufrago.

Solo un instante después, mientras Jungkook aún jadeaba en los estertores de su propia liberación, sintió el cambio. El interior de Jimin se convulsionó alrededor de su miembro ya sensible, apretando con una fuerza exquisita, una contracción poderosa y rítmica que era el eco físico de su propio clímax.

Un gemido, largo, vibrante, escapó de Jimin, un sonido de pura satisfacción. Jungkook, a través de la niebla de su propio agotamiento, abrió los ojos a tiempo de verlo. Jimin con la cabeza ligeramente echada hacia atrás, los ojos cerrados, la boca entreabierta en una mueca de éxtasis puro, un hilo de sudor recorriéndole la garganta.

Su cuerpo se tensaba y relajaba en ondas, su mano aún moviéndose en su miembro con espasmos finales. Fue una visión de belleza exquisita, de poder entregado al placer, de una sensualidad tan salvaje como controlada.

Jungkook no perdió detalle: el arco de sus cejas, la tensión en su cuello, el temblor de sus labios, la forma en que su pecho subía y bajaba convulsivamente.

Ese chico, deshecho en placer pero aún dueño de sí mismo en el instante más vulnerable, era la perfección hecha carne. Y en el pecho de Jungkook, junto a los últimos latidos furiosos de su corazón, algo nuevo brotó, cálido y desconocido, una semilla plantada en terreno fértil que aún no sabía nombrar.

El silencio que siguió fue denso, pesado, roto solo por el sonido sincronizado de sus respiraciones agitadas, intentando recuperar el aliento robado.