Los Hijos del Exilio

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Summary

Cuando un antiguo pacto entre el cielo y el infierno se forja, un pequeño pueblo se convierte en el campo de batalla de fuerzas que jamás debieron cruzarse. Siete personas, unidas por accidente y marcadas por su propio pasado, se ven arrastradas a una guerra invisible. Ninguno de ellos es inocente: hay secretos que podrían destruirlos, y errores que no pueden deshacerse. Mientras los ángeles violan las reglas y los demonios juegan con ventaja, ellos deberán enfrentarse a criaturas imposibles, verdades incómodas… y a la certeza de que el fin depende de ellos. En Los Hijos del Exilio, la supervivencia no es cuestión de fe. Es cuestión de quién esté dispuesto a pagar el precio más alto.

Genre
Scifi/Action
Author
NINA
Status
Ongoing
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO I | Los Siete

En la noche de luna llena, cuando el frío cala más hondo que los huesos,

y el reloj marca el umbral exacto entre el día y la noche,

el velo se debilita.

En lo profundo del bosque —donde la oscuridad respira y la tierra aún sangra—

es posible hallarlos.

Siete almas.

Siete sellos rotos.

Siete condenados por voluntad propia.

Se manifiestan ante aquellos cuyo corazón arde con sed de venganza,

pues el dolor atrae al dolor,

y los que han sido quebrados saben reconocer la fractura en otros.

El pacto es simple.

La sangre será la pluma.

El deseo, la tinta.

Tu alma, la firma.

Y así será concedido lo que ansíes en lo más oscuro de ti.

Pero recuerda:

Aquello que una vez se entrega… ya no puede recuperarse.



Pueblo de Elzfor | 11:50 PM

—¿Estás segura?

—Lo estoy —confirmó. La joven se mostraba desinhibida, sin una pizca de duda en sus ojos y voz—. Ya no lo soporto, si vuelve a tocarme una vez más, juro por Dios que voy a matarme.

Los constantes abusos por parte de su padrastro la habían orillado a optar por este camino, ya que ni la policía, ni su propia madre fueron de tal ayuda.

Para una joven como ella, con problemas de adicción, que tomaba distintos medicamentos para la abstinencia y sufría leves episodios psicóticos, decir que su padrastro cristiano y con una reputación impecable se metía a su cuarto todas las noches, era una acusación completamente falsa y fuera de lugar que debía ser castigada con golpes.

Ella nunca negó ser adicta, siempre admitió tener ese problema, y estaba dispuesta a salir del pozo, pero las personas a su alrededor solían prestarle más atención a su enfermedad que a sus ganas de curarse, por eso, su palabra —la palabra de una drogadicta psicótica— no valía nada.

—¿Y por qué no te vas del pueblo? —propuso su amiga, mientras acurrucaba sus temblorosas manos en las bolsas de su hoddie.

—¿Por qué me tengo que ir yo? Este es mi hogar, no he hecho nada malo… ¿Por qué huir como si yo fuera la mala? ¡Que se joda él, no yo!

Ella estaba furiosa, se sentía impotente, no quería darle el gusto. Y si nadie la apoyaba, acudiría a personas que sí lo harían.

—Pero… —su acompañante dudó, mientras desviaba la mirada hacía el oscuro y peligroso bosque con el miedo desbordando de sus ojos.

—Sí tanto miedo tienes, entonces espérame aquí, yo iré sola.

No esperó respuesta y se dio media vuelta, dispuesta a adentrarse en la profundidad del lugar, pero fue detenida por su amiga, quién la tomó de la mano con firmeza.

La joven se volteó para encontrarse con el ceño fruncido de su amiga. Sus ojos verdes hicieron contacto directo con los suyos. Esta era la primera vez que percibía esta cantidad de seguridad emanar de ella, quién normalmente agachaba la cabeza y temblaba frenéticamente ante cualquier amenaza. Esta vez era diferente, en sus ojos podía percibir seguridad, provocando cierta emoción, la cual incrementó cuando la chica habló.

—Liz, estoy que me cago encima del miedo.., pero eres mi mejor amiga, y entiendo tus motivos para hacer algo tan descabellado como esto, por lo mismo, voy a acompañarte a dónde tú decidas ir, porque confío en ti—habló con voz firme, algo que rara vez pasaba.

—No me vuelvas a pedir que te deje sola, porque aunque me muera de miedo… soy capaz de seguirte hasta el infierno.

Esas palabras hicieron que el corazón de la joven se acelerara, se sintió bien oír eso de la persona que menos imaginó. Por primera vez en mucho tiempo se sintió acompañada de verdad. Tomó aún más fuerte la mano de su amiga, y le sonrió dulcemente, para posteriormente caminar hacía la oscuridad y perderse entre los altos árboles qué parecían pincelar el cielo con sus copas.

El viento rugía con ferocidad, llevando ráfagas de nieve consigo junto con ese olor a hielo agradable pero doloroso para la nariz y garganta. La luna estaba en su punto más alto.

No había estrellas, sólo nubes densas esparcidas por el cielo oscuro mezclado con tonos grisáceos. El ambiente era extraño, como si la belleza y lo tétrico hubieran tenido un hijo.

Una vez estuvieron casi a las orillas del lago, Liz miró la hora en su reloj de muñeca, marcaba las 11:59 PM. Faltaba menos de un minuto.

En ningún momento se soltaron la mano, continuaron así durante todo el trayecto, sin suavizar el firme agarre, buscando inconscientemente protección una en la otra.

Entonces, el viento comenzó a incrementar su fuerza, soplando cada vez más fuerte, moviendo con mayor brusquedad los altos árboles, dando la impresión que les caerían encima en cualquier momento.

Las ventiscas se volvieron más agresivas, levantando aún más nieve, causando que sus cuerpos se tambalearan y su vista se tornara borrosa.

De pronto, el cielo se tiñó de un rojo carmesí, absorbiendo también el blanco de la luna, convirtiéndola en una perfecta esfera rojo sangre que daba la impresión de destilar dicho líquido.

Las chicas aún no se habían percatado de dicho suceso debido a la nieve. El viento cesó, y lo primero que las alarmó no fue el cambio repentino del paisaje, sino que a su alrededor habían seis personas vestidas con extrañas y largas gabardinas negras de cuero brillante, todas traían botas de cuero hasta la rodilla, guantes del mismo material y color…

Pero lo que más llamaba la atención eran sus extrañas máscaras de porcelana con labios neutrales pintados de un negro azabache, una nariz perfilada muy definida y detalles negros con dorado que no dejaba asomar un solo centímetro de piel, ni siquiera los ojos, éstos eran dos cuencos vacíos que producían la inquietante sensación de que al otro la de esa oscuridad, había un par de ojos clavados en tu cuerpo, penetrando como dos puñales de doble filo hasta tocar su alma.

Todos permanecieron firmes como rocas, y en un total silencio, viendo a las chicas directamente, siendo unos cinco metros la única distancia entre ellos.

Ambas chicas estaban asustadas, pero trataron de mantener la calma, se miraron para dárselo a entender a la otra y tragaron grueso, mientras sus manos seguían fuertemente entrelazadas, a tal grado, que debido al frío y la fuerza ejercida, sus manos sufrieron una congelación superficial, volviéndolas incapaces de separarlas con mínimo esfuerzo.

Sus ojos desorbitados escanearon a su alrededor, alertas. Cuando Inesperadamente, sintieron el suelo bajo sus pies temblar ligeramente, por instinto, se abrazaron, buscando estabilidad una en la otra.

A lo lejos, notaron que el lago, antes congelado, comenzaba a volverse líquido desde dentro, pero no de agua normal, sino de un espeso y rojizo líquido. El material rojo más puro que hay; sangre, eso fue alarmante para ellas, pero no tanto como ver la figura de una mujer emerger a paso lento pero firme mientras la sangre escurría de su cuerpo, dejando ver parte de su desnudez, sin embargo, debido al espeso líquido carmesí y la oscuridad del ambiente, partes como sus pezones, rostro y vagina, eran prácticamente imperceptibles, únicamente su femenina silueta.

Sus pies descalzos se hundían en la nieve con cada paso, dejando un rastro de sangre que era absorbido por el blanco puro. Una vez estuvo cara a cara con ellas, su voz se hizo presente.

—¿Son conscientes de lo que están por hacer? —preguntó la mujer, con una voz tan suave como penetrante. No necesitaba alzarla para que todos sintieran el peso de sus palabras.

—Lo somos… Bueno, lo soy —afirmó Liz, luchando contra el temblor en su voz—. Quiero que…

—Shhh —la interrumpió la mujer, alzando un dedo ensangrentado—. Primero lo primero.

Uno de los hombres enmascarados se aproximó, portando un cofre de madera negra con grabados arcanos casi imperceptibles. Lo abrió con cuidado, revelando un interior forrado en terciopelo carmesí. En su interior: un pergamino antiguo, amarillento por los años… y una daga corta de empuñadura dorada, decorada con filigranas negras que parecían moverse con la luz.

La mujer tomó el pergamino y cerró el cofre, usándolo de base para extender el contrato. El enmascarado, sin decir palabra, extrajo una pluma negra de cuervo ya impregnada en tinta oscura, y la ofreció a Liz.

Ella dudó un instante.

Pero la tomó.

—Puedes leerlo, si deseas —dijo la mujer, con esa calma macabra—. No es extenso. Somos claros al explicar: ofreces tu alma a cambio de la ejecución de tu deseo. Un alma por una muerte. Las cláusulas son sólo… tradición.

—Estoy dispuesta a pagar el precio que sea. Solo háganlo. Por favor. —Liz no esperó respuesta. No leyó. Solo firmó:

"Elizabeth Gray"

Apenas trazó la última letra, un escalofrío helado le trepó por la columna vertebral. Luego, sintió el frío no por fuera, sino desde adentro. Como si algo se hubiera soltado dentro de su pecho.

La mujer no pareció sorprendida. Levantó el contrato con ambas manos y lo sostuvo sobre el cofre cerrado. Luego tomó la daga, su hoja brillando bajo la luna. Liz dio un paso atrás, alarmada.

Pero no hubo violencia inmediata.

La mujer sólo extendió su mano hacia ella.

Liz, aún temblando, comprendió la señal. Apretó los dientes y colocó su mano con la palma hacia arriba.

Entonces, sin aviso, la hoja se deslizó en su piel con precisión quirúrgica. Un corte limpio. Doloroso. Pero soportable.

Luego, la mujer hizo lo mismo en su propia palma. Y sin pronunciar palabra, entrelazó su mano con la de Liz. El apretón fue fuerte. Sólido. Sagrado.

El contacto con la sangre ajena en la mano de la mujer fue húmedo, viscoso, frío.

Sangre con sangre.

Un estremecimiento atravesó a Liz, pero no supo por qué. La mujer había cerrado los ojos… y en ese instante, a través del contacto, comenzó a hurgar en su interior. En su historia. En su dolor.

Lo vio todo.

Los golpes. Las palabras. El abuso. Las noches de miedo. El llanto ahogado. La humillación.

Y lo sintió.

La rabia. El dolor. La necesidad de justicia a cualquier costo.

Entonces abrió los ojos. Y habló:

—Quema como el hielo. Derrite como el fuego. Corrompe como alma vengativa y haz que rueguen de rodillas. Ojo por ojo. Diente por diente. Alma por alma. Ayúdame que yo te ayudaré. Y por medio de este contrato de sangre… tu dolor acarrearé.

El apretón se disolvió. La mujer tomó la muñeca de Liz, aún sangrante, y la sostuvo sobre el contrato. Una gota densa cayó justo sobre la rúbrica. El pergamino absorbió la sangre como si la deseara con ansias.

Liz sintió una punzada aguda en el pecho. Se llevó la mano al corazón, encogiéndose apenas, como si le hubieran clavado algo invisible. Fue breve, intenso… y después, nada.

Solo… alivio.

Como si hubiera soltado años de peso en una sola lágrima de sangre.

—Dinos el nombre —pidió la mujer. Su voz ahora era apenas un susurro, acompañada por una sonrisa sutil, casi imperceptible.

—Liam Overlin.

Pronunciarlo le revolvía el estómago. Le supo a ceniza y a vómito.

—¿Fecha? ¿Método?

—Mañana. Se va de pesca con sus amigos por la tarde. El método no me importa. Solo… háganlo sufrir. Quiero que grite hasta que se quede sin garganta. Quiero que implore. Que sufra. Que muerda su maldito pene antes de morir… Eso me basta.

La mujer soltó una leve risa nasal.

—Vive el tiempo que te queda sin arrepentimientos. Disfruta las pequeñas cosas… y sé feliz.

Una ráfaga de viento sopló de pronto, levantando la nieve como una danza blanca entre los cuerpos. Liz cerró los ojos por un segundo, y al abrirlos…

Ya no había nadie.

El cielo se había aclarado. La luna volvió a brillar, ajena al contrato sellado bajo su luz.

Liz se regocijó internamente al saber que ya había sentenciado a ese maldito, que ya podría dormir tranquila, que podría seguir con su tratamiento en paz. Ahora sí podría compartir más tiempo con su mejor amiga, hacer cosas normales, salir de compras, comer helado, hablar de diversos temas y reír por tonterías, cosas que ya había olvidado cómo se sentían pero que ella le recordaba de vez en cuando.

Se giró para verla…, pero no estaba preparada para lo que pasó en aquella fracción de segundo. En un pestañear, el cuerpo de su amiga explotó, salpicando todo el alrededor, bañando en sangre a Liz, quién se quedó estática, sin mover un músculo mientras el ojo de su amiga, con todo y nervio óptico, resbalaba por su hombro, junto con trozos de sesos y carne. Sus ojos bajaron hasta su mano, dónde aún se hallaba colgada la de ella.

Lastimosamente, en medio de la desesperación por reunirse con los siete, se les olvidó una de las reglas:

Cerrar los contratos en privacidad. Cualquier persona ajena a los siete que no sea el cliente, morirá al terminar el ritual.



—¡Piedra, papel o tijera para ver quién va a matar al maldito! —Exclamó Angel, uno de los siete, mientras volteaba hacia sus compañeros, quienes caminaban por el bosque nevado, despojándose de las máscaras.

—Yo no puedo mañana, tengun compromiso —contestó una voz cansada. Esta vez fue el mayor del grupo. Maverick, de casi cincuenta años—. Es un hombre, propongo que vaya Lynette.

—¡Ayyy siiii! —Exclamó la rubia, incapaz de contener la emoción—. Pero sólo si me acompaña alguien, ir sola es aburrido.

Lynett era la menor, de diecinueve años. Lo impresionante es que en ese lapso de tiempo, fue la responsable de matar a veinte hombres en los años 50s, cuando aún era mortal. Ella era una joven con una belleza muy de la época. Rubia rizada, baja estatura, caderas anchas, cintura pequeña y apariencia delicada. Siempre mantenía una actitud risueña y femenina, llena de risas y positivismo contagioso.

—¿Te gustaría acompañarme, Everett? —preguntó la rubia, mientras se aproximaba al hombre que caminaba junto a la mujer ensangrentada.

—No puedo, tengo unos asuntos que atender con Rize.

—¿Al fin van a coger? —preguntó juguetón Angel. El rubio que propuso lo de piedra papel, o tijeras.

Angel tenía veintisiete, era alto, delgado, pálido y elegante cuando le daba la gana, ya que la mayoría de las veces se comportaba como lo que era. Un gay adicto al sexo y a ciertas sustancias, con actitudes cuestionables.

—No estés jodiendo —respondió Everett, el anteriormente mencionado.

—Su padre quiere vernos. —Contó mientras se quitaba la gabardina, la cual usó para cubrir los hombros de la chica desnuda, cuyo nombre era Rize. Líder de los siete.

—Al parecer tiene algo importante que decirnos, dijo que hoy vendrá a la casa.., o bueno, no sé si ya estará ahí —explicó Rize, mientras exprimía su largo cabello rojo, en un intento de que ya no destilara más sangre—. Ya lo conocen, programa reuniones cuando le da la gana sin importarle nada.

El padre de Rize, era un hombre de acciones, casi nunca de palabras. A parte de ser su progenitor, también era un jefe muy exigente, rozando lo cruel de vez en cuando. Constantes escalofríos recorrían el cuerpo de la chica, a pesar de haber recibido la prenda de su amigo/colega.

Se estaba muriendo de frío, quería llegar rápido a su casa, bañarse, ponerse ropa cómoda y tumbarse sobre su cómoda cama a dormir plácidamente sin que nadie la molestara. Esa era una realidad no muy lejana que le estaba respirando en la nuca, pero hoy no sería el caso, ya que al poner un pie dentro, vería al hombre sentado en el sofá de cuero café que él mismo le facilitó.

Los siete caminaron en silencio unos cuántos metros más hasta que llegaron a las afueras del bosque. Dónde se podía ver a lo lejos los edificios y casas del pueblo dónde Rize creció junto a su difunta madre. Si bien no era un lugar muy grande, si era un centro turístico muy recurrido debido a los preciosos paisajes que había durante el cambio de estaciones.

Elzfor era nombre de aquel pueblo, cuyo mayor atractivo siempre fueron sus montañas nevadas donde las personas iban a practicar esquí o snowboard, los más comunes.

De repente, el pacífico silencio del grupo fue interrumpido por el comentario de uno de los hombres, uno que no había entonado frase alguna en las últimas dos horas.

—¿Por qué nadie le dijo que no podían haber testigos en el ritual? —La voz varonil de Percy hizo que varios ojos se posaran en él—. Se veían muy cercanas, y ahora una de ellas está muerta, cosa que se pudo haber evitado si alguno de ustedes hubiera abierto la bo…

—Ese no es nuestro problema —el elegante hombre fue interrumpido por una afilada voz femenina a sus espaldas. Se trataba de Jane—. El error fue de ellas, al no informarse bien.

—Sabes perfectamente que nadie se ha informado bien sobre nosotros, apenas llevamos poco menos de un año haciendo esto, las personas aún no saben las reglas. Por eso insisto en que antes de llevar a cabo los rituales, les digamos las reglas para evitar muertes innecesarias.

Percy era un hombre franco, que gritaba a los cuatro vientos cuando algo no le parecía correcto. Esta vez era eso, le molestó que prácticamente dejaran morir a una joven que no tenía nada que ver en el asunto. Ella no buscaba venganza, sólo fue a acompañar a su amiga, quién realmente tenía el alma corrompida, y aún así murió antes que ella.

Las palabras del castaño, hicieron enfadar un poco a Jane, quién odiaba esas actitudes hipócritas que a veces podía llegar a notar el las personas. Esta vez las notó en Percy, con quién nunca logró llevarse del todo bien en los últimos diez meses. La pelinegra caminó con las manos en los bolsillos de la gabardina hacia el hombre y lo detuvo, obstruyendo su camino, y provocando que los demás también lo hicieran mientras miraban la escena con atención.

Unos con gracia —Angel—, y otros con preocupación —los demás—.

—No me vengas con esa estupidez de que sientes lástima por los inocentes cuando tú le arrebataste la vida a varias jóvenes cuando estabas vivo.., ¿O me equivoco? —Jane soltó cada palabra con extrema claridad mientras su ceño se fruncía más y más. Estaba molesta, tanta hipocresía le daba ganas de vomitar—. Era sólo una niñita estúpida, igual a las tantas que conocías, así que cierra esa maldita boca y haz tu trabajo.., que para eso te sacaron del infierno.

Percy se exaltó ante aquellas palabras, lo confundieron, ya que él nunca le mencionó nada sobre su pasado a nadie del grupo.., nadie excepto…

—¿Cómo mierda sabes eso? —preguntó, apretando su marcada mandíbula con fuerza, en un intento desesperado de reprimir la ira.

—Te escuché hablando con Rize ayer en la noche, te pusiste a llorar como un niño, arrepentido de todo el daño que hiciste… Pues déjame decirte que por mucho que llores, por mucho que te arrepientas, tus lágrimas y arrepentimiento ya no valen nada. Sé un hombre y afronta las consecuencias de tus actos.

No esperó la respuesta de Percy y empezó a caminar a zancadas fuertes, pasando en medio de todos hasta llegar al puente y perderse de vista.

Aquella pequeña disputa dejó a varios en shock, ya que Jane no era de alzar la voz. Sí, solía ser cruel con sus palabras, pero nunca le prestaba atención o respondía las quejas de los demás.

Percy, molesto por lo sucedido, pero tratando disimular, soltó un largo suspiro mientras sacaba una de sus manos del bolsillo de la gabardina y se sobaba la nuca, para luego mirar a Angel, quién ya lo estaba viendo con una ligera sonrisa burlona tallada en su delicado rostro.

—Angel, ¿Vas a la ciudad?

—Ajá, tengo un compromiso que atender allá. ¿Por? ¿Quieres que te lleve? —preguntó, sonriendo de forma juguetona—. Porque si es así, tienes que esperar a que me cambie, no pienso aparecer en un lugar público todo de negro.

El castaño asintió.

—Tómate el tiempo que necesites, te espero. —dicho eso, comenzó a caminar por dónde se había ido Jane. Cruzó el puente que conectaba el bosque con el pueblo, bajo el cual corría el mortal río Vyrnoth, una de las maravillas del pueblo, sus aguas cristalinas eran un gran atractivo, pero lo cerraron al público cuando empezaron a ocurrir varios accidentes debido a las fuertes corrientes y rocas afiladas que quitaron varias vidas en su momento.

Luego de eso, nadie dijo más nada. Cada quién tomó su camino. Los únicos que continuaron haciéndose compañía fueron Everett y Rize.

El camino fue agradable. Everett gastaba una que otra broma para hacer reir a Rize y que esta se olvidara del frío mientras llegaban a la casa, la cual, compartían por tiempo indefinido mientras él podía encontrar una en el pueblo.

Pero aquí entre nos, hace ya un tiempo que dejó de buscar.

Llegaron al porche de la casa de la chica, la cual no era nada fuera del otro mundo. Sus adornos eran más que todo plantas de distintos tipos, ya que, a la pelirroja le encantaban. No había un lugar en la casa que no tuviera una.

Abrieron la puerta y entraron, siendo recibidos por el aura aplastante que desprendía aquel hombre sentado con los brazos extendidos sobre el respaldo del sofá. Ambos se dieron una mirada cómplice, hasta que Everett fue el primero en decir algo.

—Buenas noches, señor —saludó cordialmente—. ¿Lleva rato esperando?

—Rize, ¿se puede saber por qué llegas dos minutos tarde? —El hombre ignoró las palabras del joven junto a su hija y centró toda su atención en ella. Causando un leve sonrojo de vergüenza en la cara del chico. Quién volteó hacia Rize y le arrugó la cara con cierto fastidio, dándole a entender que mejor se iba a ir para no estorbar en sus asuntos. La joven asintió con pena y Everett pasó derecho a la cocina para ver que encontraba en el refrigerador.

Rize, antes de responder, soltó un suspiro de cansancio.

—Es que, dos tuvieron una pequeña disputa y eso nos atrasó un poco. Pero ya no importa, estoy aquí ¿De qué querías hablar?

—¿Puedes ahora?

—Pues si te soy honesta, no. Primero me gustaría quitarme la sangre y ponerme algo de ropa, porque aunque seas mi padre, sigues siendo un hombre, y no quiero estar desnuda frente a ti por más de un minuto. Más bien lo aguanto mucho durante el ritual.

La chica habló con honestidad, quería ponerse cómoda primero. Y no sólo eso, quería acabar lo más pronto posible dicha charla, ese mes hubo más lunas llenas que de costumbre, tuvo que cerrar varios contratos, incluso, tuvo que ir a hacer el trabajo ella en tres ocaciones porque perdió el estúpido juego de piedra papel o tijeras, lo cual en realidad no era tan malo ya que trataba de adaptarse a esa nueva forma de vida.

El mayor enderezó la cabeza y sus ojos rojos hicieron contactos con los azules de la chica, quién no pudo evitar estremecerse ante aquella mirada amenazante. Otra de las cosas a las que aún no se acostumbraba.

—Entiendo, pero no te voy a quitar mucho tiempo, en serio.

La pelirroja soltó un suspiro de resignación.

—Bien, pero que sea rápido, estoy cansada, quiero dormir.

—Lo será.., sólo vine a confesarte algo y a decirles que estén alerta.

Esa advertencia alarmó a Rize un poco. Sembrando duda y preocupación en ella, quién no dudó en indagar más.

—¿Alerta por qué? ¿Qué pasa?

El hombre cruzó sus marcados brazos sobre su pecho, causando que la camisa de vestir de satín negro que traía puesta se ajustara aún más. Miró a su hija y soltó un suspiro.

—No te lo había dicho antes porque, si hubieras sabido mis segundas intenciones, jamás habrías aceptado el trato. —dijo, con voz calmada, casi paternal.

—¡Sé claro! —exclamó Rize, alzando la voz con fastidio—. ¡¿De qué segundas intenciones estás hablando, Lucifer?!

—Tú sabes que, tras tu suicidio, te ofrecí una segunda oportunidad. Una vida nueva a cambio de recolectar almas para abastecer el infierno, trabajando junto a otros seis pecadores…

—Ajá, esa historia ya me la sé.

—Sí, eso está claro. Pero hay algo más… una razón más profunda por la que necesitaba que formaras ese grupo.

Hubo un silencio espeso. Rize lo miró con el enojo desbordando en sus ojos, pero no dijo nada. Esperaba. Exigía la verdad.

Lucifer, al entender el lenguaje corporal de su hija, se aclaró la garganta.

—Hice una apuesta con Dios. —dijo sin más.

—...¿Qué mierda apostaron?

—...La humanidad.

Rize parpadeó, incrédula.

—¿Qué…?

—Él dijo que podía llenar el cielo con las almas puras de sus hijos. Que serían obedientes. Que jamás podrían ser corrompidos por mí —hizo una pausa, tragando saliva—. Le respondí que sí estaba tan seguro… les diera libre albedrío. Así el juego sería justo. Que la decisión de a quién seguir dependiera solo de ellos. Quien logre recolectar más almas para su reino… gana.

Era cierto. Esa apuesta fue sellada hace siglos, poco después de que Lucifer fuera exiliado del Cielo.

Para ganar ventaja, Dios envió a su hijo, Jesús, como prueba viviente de su divinidad. Fundó una religión. Realizó milagros. Se hizo amar. Se aseguró millones de seguidores.

Lucifer, al darse cuenta, jugó su carta: el libre albedrío. Sedujo, engañó, tentó. Fundó su propia devoción desde las sombras. Y con los siglos, vio algo que Dios no quiso aceptar:

Los humanos no eran ni tan leales… ni tan buenos.

Si estaban hechos a imagen y semejanza de su Creador, entonces eso significaba que el Creador tampoco era perfecto. Nadie lo era.

Los humanos querían más. Siempre más.

Dios les dio el cielo a las aves. Entonces el hombre construyó aviones.

Dios les dio el mar a los peces. Entonces el hombre creó barcos y submarinos. No solo para explorar… sino para cazar.

Dios les dio la tierra para compartirla con otros seres vivos. Entonces el hombre la llenó de sangre, fuego, mataron placer, para vestirse con sus pieles y comerlos con gula.

Lucifer vio en todo esto una oportunidad.

No escogió criminales.

Escogió víctimas.

Escogió a los rotos.

Siete almas de distintas épocas, traídas de vuelta a cambio de una simple condición: ayudarlo a recolectar más almas heridas, más almas corrompidas por el don que él mismo les dio: el libre albedrío.

Y con ellos, el infierno prosperó. Avanzó. Creció. Demasiado para el gusto del “viejito de arriba”.

—Aparte de tu grupo —continuó Lucifer—, hay otros. Están repartidos por todo el mundo. Sabía que con un solo equipo no bastaría. Y lo sé, él no me lo dejará fácil. No ahora que las cosas se están inclinando a mi favor. Puede que intente… sabotearnos. Ya sea a mí… o a ti. Eres su blanco más fácil: mi hija, y la líder del grupo más cercano a mí.

Rize apretó los dientes. No sabía si enfadarse por la mentira… o agradecer que al fin le estuviera diciendo la verdad. Respiró hondo, se pasó la mano por el rostro, y cuando habló de nuevo, lo hizo con calma.

—¿Y qué tipo de medidas podría usar contra nosotros?

—Pfff, no sé… —respondió, y luego se detuvo, como si una idea le hubiese golpeado la mente—. Tal vez… solo tal vez… envíe ángeles para matarlos.

—¡¿Qué mierda estás diciendo?! ¡Pero si ya estamos muertos!

—¡Él lo sabe! —exclamó Lucifer, alzando la voz para que su hija la bajara—. No pueden morir por mano humana, sí. Pero ellos son seres divinos. Ellos pueden hacer algo peor: pueden hacerlos desaparecer. Borrarlos de todo plano. Del terrenal, del infernal… y del celestial.

Un escalofrío recorrió la espalda de Rize.

Sentía miedo.

Después de tanto tiempo… miedo real. Miedo a perderlo todo otra vez.

Miedo a verlos desaparecer, uno por uno. A perder esa retorcida familia que había formado con los únicos que la entendían. Con los únicos que la miraban sin juicio.

No iba a permitirlo. No ahora. No así.

Ella era la maldita hija de Satanás.

Si los atacaban… se defenderían. Con uñas y con dientes.

—¿Hay alguna forma de matar a los ángeles? —preguntó, con voz firme y feroz.

Lucifer sonrió. Amplio. Orgulloso. Casi nostálgico. Dos colmillos brillaron con una blancura antinatural.

—La hay. Pero necesito prepararlo. Mientras tanto… mantengan los ojos en la nuca. Porque cuanto más se incline la balanza a nuestro favor… más rápido él va a actuar.

—Quiero ver que lo intente —espetó Rize, sin pestañear.

Y así pasaron los días. El mal humano se esparcía como plaga.

Las solicitudes de venganza aumentaban cada vez.

Las almas llegaban. Y no solo al infierno de Rize.

También a los de otros grupos, repartidos por el mundo.

Nadie tenía contacto directo entre ellos.

Pero todos sabían que estaban conectados.

Todos sabían por qué luchaban.

Y entonces… Atacó el primer ángel.

“Y dijo Lucifer: No fui yo quien los destruyó. Fueron ellos mismos, al elegir. Yo sólo ofrecí lo que deseaban.”

Continuará…