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STRAY

Summary

En las calles oscuras de Gotham, la suerte es una moneda de doble filo. Nadie lo sabe mejor que Stray, un 'callejero' que vive de robar y cuyo único superpoder es la inquebrantable, y a menudo caótica, fortuna que lo protege. Una bala rebotando, una alarma que se apaga sola… son pequeños milagros que lo mantienen con vida. Sin embargo, su "don" lo pone en el radar de Batgirl, quien ve en él un enigma, y de Rose Wilson, que no duda en usarlo. Ahora, Stray se encuentra en un juego de ajedrez donde él es la pieza más insignificante. ¿Podrá su suerte salvarlo de quienes lo quieren usar, o se convertirá en lo que Gotham siempre ha querido que sea: otra víctima más?

Genre
Action
Author
Zelrech69
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

STRAY BEGGINS

Lo que se rompe y lo que se salva




La primera regla de un buen robo es: no seas estúpido. Yo la rompo seguido.

Por ejemplo, esa noche. Una joyería de barrio, con vidrieras viejas y una cerradura que ya había abierto en sueños. Parecía fácil. Parecía.

Estaba adentro menos de tres minutos cuando escuché el sonido. Ese “clac” metálico que no era de un reloj, ni de una puerta: un seguro de pistola.

Me giré y ahí estaba el guardia, un tipo enorme, con una gorra que decía “Seguridad” y una cara que gritaba que no le pagaban lo suficiente para esto.

—Baja la bolsa, niño.

No lo hice. En cambio, salté por encima del mostrador, mis botas golpeando las vitrinas. Sonó la alarma.

El tipo disparó. La bala pasó tan cerca que sentí el aire caliente en la mejilla. Pero rebotó en un adorno de bronce y fue a dar directo a la sirena principal, apagándola. Sí. Buena suerte. Solo que, en el salto siguiente, mi pie se enganchó con un cable y tiré medio exhibidor al suelo. Mala suerte.

Salí corriendo hacia la puerta trasera. Bloqueada. Volví sobre mis pasos. El guardia venía por mí, pero resbaló con el mismo cable que me había hecho caer. Lo pasé por al lado antes de que pudiera levantarse.

---

La calle estaba vacía, y eso era raro para ese barrio a esa hora. Raro y útil. Me lancé a correr, pero a la media cuadra escuché los pasos detrás. Más rápidos de lo que quería. Tomé un callejón, salté un contenedor… y el tobillo izquierdo me gritó que lo odiaba.

Seguí igual, porque no tenía otra opción. Y mientras corría, como siempre que las cosas se ponían feas, empezaron a colarse recuerdos.

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Yo siempre tuve algo… raro. Desde que puedo recordar, la suerte me seguía. No siempre buena. A veces conseguía la última rebanada de pizza gratis de un puesto callejero porque al cliente antes que yo se le había caído la billetera en la alcantarilla. A veces esa pizza me caía tan mal que pasaba la noche abrazando un balde.

Clara lo notó desde chico. Me contaba que cuando tenía cinco años, un taxi casi me atropella, pero justo explotó una llanta y el coche se detuvo a centímetros de mi cara. La misma semana, un poste de luz se desplomó y aplastó la bicicleta que me acababa de regalar.

Ella lo veía como una señal. Yo solo lo veía como mi vida.

---

Clara… Nunca supe si me adoptó por instinto, por pena o porque simplemente estaba ahí cuando me encontraron. Nací muerto, eso dicen. Pero respiré igual, y a veces pienso que ese fue mi primer golpe de suerte… o el peor.

Me cuidó. Me dio un techo, comida, esas cosas. Pero entre nosotros había como un vidrio invisible. Yo la quería, claro, pero no como en las películas. Ella me miraba como si siempre estuviera esperando a que metiera la pata.

Y la metía. Robaba cosas pequeñas: monedas, encendedores, chocolates. Al principio era un juego, un reto conmigo mismo. Luego se volvió costumbre. Y siempre, siempre, pasaba algo que arruinaba o salvaba el momento.

Una vez robé una cartera y, al cruzar la calle, un coche se subió a la acera y casi me mata. El coche era del exmarido de la dueña de la cartera. Ella me vio con el bolso en la mano y pensó que le había salvado la vida. Me dio veinte dólares y un abrazo.

Así era. Siempre un equilibrio raro entre desastre y golpe de suerte.

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La última vez que vi a Clara viva fue en una tarde cualquiera. Ella afuera de la farmacia, yo dentro, robando una caja de curitas porque me había cortado. Cuando salí, el Joker pasó en una camioneta, tirando algo por la ventana. Risas, gas, explosión. Clara no se levantó.

La ciudad me dio un cheque de consolación y un “lo sentimos”. Eso no paga el alquiler, ni cura un corazón. Así que empecé a robar de verdad.

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Volví al presente. El guardia todavía me seguía. Giré en otra esquina, pasé frente a una tienda cerrada, y justo entonces una viga oxidada cayó de una obra en construcción. No me tocó. Pero bloqueó el paso del tipo.

Corrí hasta que el aire me ardió en la garganta. Me metí en una lavandería abandonada, cerrando la puerta con un pestillo roto. Me dejé caer sobre una lavadora oxidada, el corazón golpeándome el pecho.

Media bolsa de relojes baratos, tobillo torcido, sudor frío en la espalda. No era mi mejor noche.

Me reí solo. No por alegría. Por esa certeza absurda de que, con mi vida, nada nunca iba a salir del todo bien… ni del todo mal.

Lo que yo no sabía era que, a un par de techos de distancia, alguien me estaba observando.



Pan, circo y galletas



El supermercado tenía cámaras. Mal puestas, viejas, con polvo en el lente. El guardia estaba en la caja charlando con la cajera. Y yo tenía hambre.

Deslicé un paquete de galletas dentro de la chaqueta y seguí caminando como si tuviera todo el derecho del mundo a estar ahí. Ese es el truco: que parezca que no te importa. Que parezca que eres invisible.

Mientras me acercaba a la puerta, recordé mi primer robo. No el primero de verdad —ese fue un encendedor de una ferretería cuando tenía ocho años— sino el primero en el que sentí que había hecho algo “profesional”.

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Era una tienda de cómics. Tenía el último número de una serie que quería y no podía pagar. Pasé días estudiando cómo se movía el dueño, cuándo bajaba a la trastienda, qué estantería quedaba fuera del ángulo de la cámara. Cuando lo hice, fue tan fácil que hasta me dio rabia. Lo tomé, lo guardé, salí… y afuera llovía.

La bolsa en la que lo había metido se rompió y el cómic cayó en un charco. Estaba arruinado, pero yo igual lo guardé. Lo tengo todavía, doblado y manchado. Un recuerdo de que, incluso cuando ganas, la suerte puede morderte.

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Con el tiempo dejé de improvisar. Empecé a planear. A fijarme en el ritmo de la gente, en las rutinas, en lo que no encajaba. Cada robo era como un rompecabezas, y me gustaba armarlo. No siempre salía bien, pero aprendí que, si jugaba mis cartas, podía inclinar la balanza… un poco.

No tenía máscara en esos años. A veces me cubría con una bufanda o una capucha. Pero hoy, saliendo del supermercado, me la quité.

Me miré en el reflejo de la puerta. Cabello negro, algo largo y despeinado. Ojos verdes, de esos que parecen mirar más de lo que deberían. Rasgos finos, mandíbula marcada, piel pálida por pasar más tiempo en callejones que al sol. Si alguien conociera a Selina Kyle, podría ver un eco extraño en mi cara. No un espejo, pero sí un borrador hecho con las mismas líneas.

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Comí las galletas sentado en un tejado. Desde ahí veía la ciudad moverse como un tablero de piezas cansadas. Y pensé en cómo, poco a poco, me había ganado un nombre entre los ladrones de poca monta.

Nada grande, claro. No era un “pro” ni un fantasma del calibre de los que se enfrentan a Batman. Pero sabía abrir cerraduras rápidas, moverme sin ruido, entrar y salir de sitios sin dejar más rastro que un chicle pegado bajo una mesa.

A veces me llamaban para trabajos pequeños: abrir un almacén, distraer a un guardia, conseguir llaves. Pagaban en efectivo o en comida. Y muchas veces, esas alianzas terminaban con alguien corriendo, gritando o sangrando. No siempre era mi culpa… pero tampoco podía decir que la suerte no tuviera algo que ver.

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La noche se cerró sobre Gotham. Metí las manos en los bolsillos y me levanté. Sabía que tarde o temprano, esa racha de encargos y robos chicos me iba a llevar a algo más grande. O me iba a enterrar. Pero en esta ciudad, las dos cosas no son tan distintas.



Lo que otros llaman futuro



Las mañanas en Gotham son raras. No porque la ciudad despierte… sino porque parece que nunca durmió.

Hoy, mientras calentaba una lata de sopa sobre una vela (sí, así de profesional es mi cocina), vi pasar a Signal en su moto amarilla por la avenida principal. No iba a toda velocidad, pero lo suficiente como para que cualquier pandillero que pensara en sacar un arma se lo replanteara.

Diez minutos después, un zumbido metálico en el cielo. Batwing cruzando como una sombra azulada entre edificios, con ese traje que parece sacado de un catálogo de ciencia ficción. No miró hacia abajo. Los tipos como él nunca miran hacia donde realmente vivimos.

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Encendí la radio portátil que había “tomado prestada” de un coche hace semanas. Las noticias hablaban de un enfrentamiento en Metrópolis: Superman y Wonder Woman habían detenido a un monstruo que escupía fuego. En Keystone, The Flash había cerrado un caso en 3 minutos. En Gotham… lluvia para toda la semana y un repunte de robos menores. No mencionaron mi nombre, pero seguro uno o dos eran míos.

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Por las noches, es distinto. En los tejados siempre hay murciélagos. A veces es el grande, el original. Otras, Batgirl, Robin, Nightwing… y cada tanto, los tres a la vez, como una patrulla de sombras que no aceptan aspirantes.

Yo los observo desde abajo, comiendo cualquier cosa que haya encontrado ese día. Hay algo en ellos… no sé. Supongo que es fácil sentirse poderoso cuando tu peor problema es si el gancho se engancha a la primera.

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Mientras los chicos de mi edad se quejan de exámenes y de lo difícil que es decidir en qué universidad entrar, yo estoy haciendo cuentas para ver si puedo pagar el alquiler del cuartucho donde vivo. No me preocupa el futuro; me preocupa si me alcanza para desayunar mañana.

Ellos sueñan con carreras y títulos. Yo sueño con encontrar un cajero automático sin cámara.

No es que no me importe nada… es que en Gotham, hacer planes a largo plazo es un lujo que yo no puedo pagar.

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Al anochecer, salgo. Siempre con la capucha baja, manos en los bolsillos, ojos atentos. Mi “trabajo” es sencillo: robar lo suficiente para comer, guardar algo para el alquiler y, si sobra, comprar pilas para mi linterna o cinta para reparar mi chaqueta.

Esa es mi rutina. No es bonita. No es heroica. Pero es la que tengo.

Y, como siempre, la ciudad me observa… esperando que la suerte, o la mala suerte, decida mi siguiente paso.

El nombre que me encontré

Nunca fui de los que creen en señales. Pero esa noche, Gotham me enseñó que a veces un nombre te encuentra antes de que lo elijas.

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El objetivo era simple: Vega Electronics, un almacén que todos sabíamos que compraba y revendía material robado. Televisores, consolas, drones… y, según rumores, piezas de tecnología más raras que las que encontrarías en un mercadillo normal. Un lugar así no es un crimen para mí. Es una donación voluntaria.

Tres noches observando desde una azotea me dijeron lo que necesitaba:

Guardia único, más adicto al tabaco que al trabajo.

Cámaras viejas, con lag de tres segundos.

Un sistema de alarma tan viejo que probablemente aún usaba Windows 95.

Esta noche era el momento. Me vestí con mi uniforme improvisado: sudadera gris, pantalón negro, guantes con los dedos cortados y una máscara de pintor. No era intimidante, pero tampoco pretendía serlo.

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Entré por la claraboya, bajando con la cuerda que robé de un andamio semanas atrás. El aire dentro olía a metal caliente y polvo viejo. Las luces de emergencia le daban todo un tono rojo, como si ya supieran que estaba a punto de pasar algo malo.

En silencio, fui llenando mi mochila: Dos teléfonos, una consola portátil, un dron con hélices rotas y un par de discos duros externos. No era botín de película, pero en el mercado negro significaba comida, vendas y un par de días sin preocuparme del alquiler.

Me agachaba a revisar un estante cuando escuché el sonido. Un golpe sordo, calculado, de botas sobre metal.

Levanté la cabeza. Y ahí estaba ella.

Capucha negra, logo amarillo en el pecho, capa que parecía flotar sin tocar el aire. Batgirl. Nunca había estado tan cerca de un murciélago.

—¿En serio? —dijo con una mezcla de fastidio y sarcasmo, como si hubiera encontrado a un niño robando galletas.

—¿En serio tú? —repliqué, tratando de no sonar tan nervioso como estaba.

—Podemos hacerlo fácil o difícil. Tú eliges.

No tuve tiempo de elegir. Un ruido metálico cortó la tensión: el guardia, que volvió antes de lo previsto, golpeando la puerta y gritando: —¡Eh! ¿Quién anda ahí?

Ella giró apenas la cabeza hacia la voz. Yo aproveché.

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Corrí. Salté sobre una mesa llena de monitores, esquivé una torre de cajas, pateé una puerta trasera y me metí en el callejón. El frío me cortó la cara, pero no frené. La escuchaba detrás, cada paso exacto, sin perder ni un segundo.

Doblé hacia un pasaje oscuro y entonces pasó:

Un gato negro apareció de la nada, cruzándose justo entre nosotros. Yo casi tropiezo con él; ella tuvo que frenar un segundo para no pisarlo. Ese instante me dio la ventaja.

Salté una valla oxidada, crucé una avenida con coches frenando a centímetros y me metí en una construcción abandonada. Me quedé quieto, escuchando. Nada. Se había quedado atrás.

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En mi escondite, dejé la mochila sobre la mesa. Botín modesto, pero suficiente para seguir una semana más. Me desplomé en la silla y dejé que el corazón se calmara.

Pensé en ella. En Batgirl. En esa mirada que no me trató como enemigo ni como aliado, sino como… un problema que podía resolver en cinco minutos. Eso ardía más que si me hubiera atrapado.

Entonces lo vi. El gato negro, sentado en la entrada, mirándome como si hubiera estado esperándome. No era la primera vez que me pasaba. Distintos gatos, distintas calles… siempre aparecían. A veces me seguían, otras se cruzaban justo cuando más lo necesitaba.

Le lancé un trozo de pan viejo. Lo olió, me miró otra vez y se fue, sin apuro.

Me quedé viendo por donde desapareció. Un callejero. Libre. Siempre sobreviviendo, incluso cuando el mundo parece empeñado en aplastarte.

—Stray… —murmuré. Sí. No era solo un nombre. Era una declaración.

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La mañana siguiente, la ciudad ya estaba hablando. No de mí, claro. Las noticias se llenaban de titulares sobre Superman deteniendo un derrumbe en Metrópolis, The Flash corriendo contra una ola de calor en Central City y… un reportaje extraño sobre una tal Rose Wilson.

“Excombatiente del equipo de jóvenes héroes conocido como los Titanes, ahora mercenaria independiente. Altamente entrenada. Altamente peligrosa. Hija de Slade Wilson, alias Deathstroke.”

Yo no sabía ni quién era Slade. Para mí, Rose sonaba como otra de las locas de Gotham. Una loca bastante sexy de mi edad, para ser justos. Ignoraba el pequeño detalle de que probablemente podía matarme en menos de un minuto.

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Esa noche, al volver a mi escondite, la encontré. No Batgirl. Ella.

Sentada en una caja, jugando con un cuchillo como si fuera un bolígrafo. Cabello blanco con un mechón rebelde sobre el ojo. Chaqueta táctica negra con detalles rojos. Sonrisa de alguien que sabe algo que tú no.

—Stray… —dijo, probando el nombre como si ya fuera suyo—. Me gusta.

Yo fruncí el ceño. —¿Quién eres?

—Alguien que ve potencial… o un chiste. Aún no decido.

Se levantó, pasó junto a mí y me dejó algo en la mesa: Una tarjeta negra con una espada dibujada en plata.

—Cuando quieras dejar de robar para sobrevivir y empieces a robar para ganar, llámame.

Y se fue, como si hubiera estado aquí solo para dejarme inquieto.

Me quedé mirando la tarjeta. No sabía si estaba metiéndome en algo grande… o si algo grande acababa de fijarse en mí.



El ruido empieza a conocerte



En Gotham no tienes que ser el mejor ladrón para hacerte un nombre. Solo necesitas tres cosas:

1. Que alguien te vea robar.

2. Que vivas para contarlo.

3. Que sobrevivas a que otros lo intenten contigo.

Yo tenía las tres.

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Las primeras semanas después de aquella noche con Batgirl y el encuentro con la chica de pelo blanco (sí, Rose), fueron raras. Por un lado, mi vida seguía igual: pequeños robos, trapicheos, alquiler pagado en efectivo y comida comprada al día. Por otro lado… cada vez que entraba a un bar de mala muerte o a una tienda clandestina, alguien me miraba dos segundos más de lo normal.

—Ese es el chico que salió corriendo de Batgirl —susurraban algunos. —Dicen que tiene una maldita suerte rara. No lo atrapan, no lo matan.

En mi mundo, eso es publicidad gratis.

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Mi “agenda laboral” empezó a llenarse. Nada grande al principio:

Transportar paquetes que no quería abrir.

Vigilar una puerta mientras otro hacía el trabajo sucio.

Robar cosas tan ridículas como una caja de puros para un coleccionista maniático.

La paga era basura, pero me mantenía en movimiento. Y en la calle, el movimiento es lo único que evita que te vuelvas un blanco fácil.

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Trabajo #1: Un tipo me pagó para entrar a una bodega abandonada y recuperar “algo”. Ese “algo” resultó ser un bolso lleno de joyas… que claramente no eran suyas. La mala suerte: un grupo de borrachos decidió usar esa misma bodega como baño público. La buena suerte: uno de ellos tropezó conmigo y, sin querer, me empujó justo a un rincón oscuro donde los otros no me vieron.

Trabajo #2: Un favor para un ladrón viejo: entrar por una ventana y abrir desde dentro una tienda de empeños. La mala suerte: la ventana estaba sellada por dentro con clavos. La buena suerte: la madera estaba tan podrida que la rompí con la rodilla.

Ese tipo de cosas me pasaban seguido. Y cada vez que lo contaba, más gente quería probar si era cierto eso de mi “imán para la suerte”.

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Una noche, mientras contaba unas monedas en mi mesa, escuché un maullido. El gato negro de aquella noche en el robo de Batgirl estaba en la ventana. Entró como si fuera suyo el lugar, se subió a la mesa y se quedó ahí, mirándome mientras yo separaba las monedas por valor.

—¿Sabes qué, colega? —le dije—. Creo que tú eres mi amuleto.

Me quedé pensando. En la calle, nadie quiere estar solo, pero todos lo estamos. Y en ese momento, me di cuenta de que Stray no era solo yo… éramos todos los que sobrevivimos sin dueño.

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Fue justo cuando el gato se fue que escuché el golpe. Un “toc-toc” suave en la puerta, nada amenazante. Abrí.

Ella estaba ahí. Rose Wilson. Chaqueta negra, botas gastadas, cabello blanco con un mechón cayendo sobre un ojo. Ese tipo de presencia que hace que el aire parezca más denso.

—Vas a pensar que te estoy siguiendo —dijo con media sonrisa.

—¿Y no es así?

—Tal vez.

Entró sin pedir permiso, echó un vistazo al lugar y tomó asiento en mi silla como si fuera suya. Sacó de su bolsillo una foto doblada y la puso en la mesa.

En la imagen: un contenedor de carga con un símbolo pintado en blanco. No reconocí el símbolo, pero no me gustó. Tenía ese aire de “cosas que meten a la gente en bolsas negras”.

—Dentro de ese contenedor hay algo que necesito —dijo—. Y no puedo ir sola.

—¿Por qué yo?

—Porque eres rápido. Porque tienes suerte. Y porque nadie en Gotham te tomaría en serio todavía. Eso es oro para alguien como yo.

Me quedé en silencio. Rose no se movía, solo me miraba con una calma que me incomodaba. Yo sabía que aceptar significaba meterme en algo que no entendía. Pero en la calle, las oportunidades no vienen envueltas en papel bonito.

—¿Qué hay para mí? —pregunté.

—Dinero. Contactos. Y una historia para contar… si sobrevives.

No sonaba a trato justo. Pero sonaba a algo que podía cambiar mi rutina de robar galletas y teléfonos viejos.

Tomé la foto. —¿Cuándo?

—Mañana. Medianoche. Te mando las coordenadas.

Se levantó, fue hacia la puerta y antes de salir me dijo: —Ah, y no uses esa máscara ridícula. Si vas conmigo, quiero que parezcas un profesional.

Cuando la puerta se cerró, me quedé mirando la foto. Algo en mi instinto me decía que este no sería un simple trabajo. Que Rose no era solo una “loca sexy de Gotham”, sino el tipo de persona que arrastra tormentas detrás de ella.

Pero, por alguna razón, yo ya estaba decidido a seguirla.

El juego de otra persona

Hay un dicho que escuché en la calle: “Si alguien como Rose Wilson te busca, o te quiere muerto… o te quiere usar.”

Todavía no decidía cuál de las dos me tocaba.

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[Cambio de perspectiva]

Rose Wilson había aprendido dos cosas de su padre, Slade, antes incluso de cumplir los doce: Uno, todo el mundo es una herramienta. Dos, las mejores herramientas no saben que lo son.

El problema con Slade es que no se le podía sorprender. Si algo se movía en su mundo, él ya lo había calculado diez pasos antes. Rose llevaba meses intentando que la viera… no como hija, no como aprendiz, sino como algo impredecible. Algo que le obligara a prestarle atención.

Y ahí entraba yo. Un ladrón callejero con un poder que ni siquiera sabía usar, con un historial de “coincidencias” imposibles y una cara que no figuraba en ninguna lista de criminales serios. Para alguien como Rose, yo era dinamita en una caja de cartón: nadie te lo registraba en la aduana, pero podía volarte la mano si lo sacabas en el momento justo.

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[De vuelta conmigo]

Al día siguiente de nuestro “acuerdo”, pasé todo el día caminando por Gotham. En parte, para despejarme. En parte, para ver si alguien me seguía. Y sí… alguien lo hacía.

No era ella. No físicamente. Pero sus ojos estaban en cada esquina. Ese tipo de vigilancia indirecta que solo alguien entrenado podía montar.

No me gustaba. Me hacía sentir como si la ciudad misma quisiera llevarme de la mano al lugar de la cita.

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[Medianoche]

El punto de encuentro no era un callejón ni un bar. Era un almacén abandonado en el muelle 47, la zona donde el aire olía a óxido y sal, y el sonido del agua se mezclaba con el de los trenes lejanos.

Ella ya estaba ahí, sentada sobre una caja, revisando un cuchillo de combate como quien lima las uñas. Vestía distinto: armadura ligera, guantes tácticos y un arnés con más compartimentos de los que pude contar.

—Llegas tarde —dijo sin mirarme. —Llegas demasiado temprano —respondí. Ella sonrió como si le hubiera dado un cumplido.

Se levantó, me pasó un auricular de comunicación y una linterna pequeña. —Esto no es un robo complicado. No es una infiltración perfecta. Es ruido. Mucho ruido. Quiero que todo el mundo sepa que Stray estuvo ahí.

—¿Y qué se supone que haces tú mientras yo me meto en la boca del lobo? —Yo manejo el lobo.

No me explicó más.

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[Mientras nos movíamos]

En el camino, soltó pequeñas perlas de su vida, como si no importaran. Que había crecido entre operaciones militares. Que su primer cuchillo se lo había regalado un hombre al que su padre había dejado vivo “solo porque ese día estaba de buen humor”. Que su apellido era más conocido en círculos donde un contrato significaba matar a alguien, no firmar papeles.

Y lo dijo todo con ese tono de “ni te emociones, no somos amigos”.

Pero lo que no dijo, y que yo entendí solo por cómo hablaba de Slade, era que ella no estaba en Gotham por trabajo… sino para provocar una reacción. Y yo… yo era su piedra en la ventana.

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[El trabajo]

El contenedor estaba en una terminal privada, con un logo que reconocí después: Kord Industries. Sí, ese Kord. El tipo que viste de azul y juega a ser Iron Man barato. Lo que fuera que había dentro, no era mercancía común.

Rose me indicó la ruta. —Cámara en la esquina, pero el sensor está muerto. Guardias, tres. Dos fumando, uno aburrido. Entras, rompes el candado, tiras lo que haya dentro al suelo, y te largas. No toques nada más.

—¿Y si hay alarmas? —Si hay alarmas, correrás más rápido.

No me dijo que ella ya había manipulado las rutas de los guardias para dejarme una entrada limpia. Tampoco me dijo que tenía un dron grabando cada segundo. Todo era parte de su plan: grabar al chico que “sin querer” armaba un desastre, y que el eco llegara hasta Slade.

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No te voy a mentir: lo hice. Entré. Rompí el candado. Y ahí estaba: una caja reforzada, con sellos de advertencia y un brillo extraño filtrándose por una grieta. Lo tiré al suelo. El metal se rajó. Algo azul y líquido empezó a derramarse como un veneno brillante.

Y entonces sonó la alarma. No una, sino todas.

Rose me gritó por el auricular: —¡Corre, gatito, corre!

Corrí. Y mientras lo hacía, vi en la distancia el destello de un lente naranja. No era de la policía. No era de los guardias. Era alguien observando.

Slade Wilson.

Y entonces entendí: este no era mi juego. Era el de ellos. Yo solo estaba robando para alguien más… y no tenía idea de si eso me iba a mantener vivo, o me iba a enterrar.



Garras y Sombras



El aire olía a humedad, gasolina barata y miedo. Era una mezcla que Gotham llevaba en las venas, y yo, Stray, estaba demasiado acostumbrado.

Rose y yo no éramos un dúo de esos que se abrazan y juran lealtad hasta la muerte. Más bien éramos dos piezas que encajaban porque el tablero lo exigía, no porque nos gustara. Y, sinceramente, me gustaba menos que un gato mojado.

La primera misión juntos fue simple: “Haz ruido, que todos se enteren que Stray estuvo ahí”, como ella decía con esa sonrisa que no alcanzaba a ser sonrisa.

No voy a mentir, la idea de hacer ruido cuando lo que quieres es pasar desapercibido parecía absurda, pero con Rose era distinto. Había algo en ella que hacía que hasta el caos se sintiera organizado.

Entramos a un almacén donde se guardaban “cosas” que a Rose le interesaban y a mí solo me importaba el pago. Lo divertido no fue lo que robamos, sino la forma en que el imbécil de un guardia se quedó mirando el techo justo en el segundo en que yo me deslizaba por una ductería.

—¿Vas a quedarte ahí embobado o me ayudas? —le susurré antes de que cayera de cabeza contra la caja.

Rose se rió, algo raro, casi como si disfrutara del caos tanto como yo.

Entre misión y misión, yo seguía con mis robos solitarios. Porque no se puede confiar al cien en nadie, y menos en alguien que lleva a Slade Wilson como padre. Mientras Rose movía piezas grandes, yo me encargaba de las migajas.

Una noche, mientras recogía unos gadgets de una tienda de tecnología barata, sentí una sombra moverse detrás de mí.

—Stray.

Era Batgirl.

—¿Otra vez tú? —dije, sin darme la vuelta, fingiendo sorpresa.

—¿Crees que no te noto? Siempre estás metido en problemas que ni siquiera entiendes.

—Pues alguien tiene que hacer el trabajo sucio —respondí, con media sonrisa.

Nos quedamos ahí un rato, en ese juego de gato y ratón sin final, donde cada frase era un dardo y cada mirada una tregua rota.

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Rose me llamó para otro encargo, esta vez un poco más delicado. El Pingüino necesitaba unos documentos que estaban “perdidos” en un club nocturno lleno de gente que disparaba primero y preguntaba después.

Entramos como un par de fantasmas. Rose se encargó de distraer a los idiotas con su carisma cortante, mientras yo hacía lo que mejor sabía: escabullirme y robar.

La ironía era que, mientras ella manejaba las cosas con una precisión militar, yo seguía siendo el desastre ambulante. Pero un desastre que, por alguna razón, sobrevivía.

Durante el trabajo, solté una de mis frases favoritas:

—Si me hubiera dicho que iba a terminar con Pingüinos y ladrones borrachos, habría pedido un aumento.

Rose solo rodó los ojos.

---

Pero no todo eran misiones con Rose. A veces la ciudad me llamaba por mi cuenta.

Robos pequeños, pero necesarios. Como la noche que me colé en una joyería de mala muerte para recuperar algo que ni siquiera sabía qué era, pero que olía a problemas.

Mientras escapaba, me topé con Batgirl otra vez.

—¿No te cansas de esto? —me preguntó.

—Cansarme sería aceptar perder —le respondí.

Y ahí, entre sombras y sirenas lejanas, entendí que Gotham no me iba a dejar ir tan fácil. Ni Rose, ni Batgirl, ni nadie.

---

La ciudad era un tablero y yo, un peón que se negaba a ser sacrificado sin pelea. Con Rose a un lado, Batgirl al otro.

Y yo, Stray, solo quería seguir jugando, aunque eso significara perderme entre sombras.

La lluvia tamborileaba fuerte contra los cristales sucios del pequeño cuarto donde Rose había extendido un mapa de Gotham. Líneas, marcas y notas en rojo cubrían el papel. El olor a humedad y café barato flotaba en el aire.

—No podemos seguir improvisando —dijo sin mirarme, con la voz dura y segura—. Este golpe puede cambiar las reglas del juego.

Me encogí de hombros, acomodando la capucha de mi chaqueta.

—Genial, justo lo que necesitaba: un golpe que cambie las reglas para mí. ¿Y qué? ¿Voy a salir vivo o me van a enterrar con la ciudad?

Rose me lanzó una mirada que no necesitaba palabras para decirme que no estaba para bromas.

—No estás aquí para salir vivo. Estás para salir intacto. Y para eso, tienes que dejar de hacer piruetas y empezar a moverte con cabeza.

—¿Quieres que me ponga un casco y empiece a hacer flexiones?

Ella dejó el mapa a un lado y sacó unos guantes negros con refuerzos en las articulaciones y un chaleco ligero.

—Vas a entrenar. Punto.

Lo que para cualquiera sonaría a entrenamiento aburrido, para mí fue un aviso de que Rose se toma esto demasiado en serio.

Durante las semanas siguientes, mis días se convirtieron en una coreografía de golpes, caídas, y más golpes.

—Si vas a caer, haz que sea en el momento menos predecible —me dijo una tarde mientras me limpiaba un corte en la ceja—. Y si vas a reírte, que sea cuando estés a salvo.

Intenté quejarme, pero con una venda en la mano derecha y la otra en el tobillo, aprendí que la queja no paga las cuentas ni detiene las balas.

Rose no era una maestra maternal. No tenía tiempo para eso. Cada lección estaba cargada de exigencia y cero paciencia.

Pero también me enseñó a leer la ciudad con otros ojos.

No solo era saltar de tejado en tejado, era anticipar movimientos, saber dónde están las cámaras sin tener que verlas, y entender que la suerte no era magia, sino números que podían jugar a tu favor si aprendías a calcularlos.

Una noche, mientras trataba de mantenerme en pie tras una sesión brutal de entrenamiento, le solté:

—Si me muero, prometeme que no vas a desperdiciar mi ropa.

Rose soltó una risa seca.

—Si te mueres, no voy a tener que preocuparme por eso.

Y ahí estaba la esencia de todo: ella no esperaba que yo fuera perfecto. Solo que dejara de ser un desastre anunciado.

En el fondo, empecé a disfrutarlo. No por los golpes, ni por la sangre, sino porque por primera vez sentí que no estaba solo en este caos llamado Gotham.

Y aunque no lo dije, ni siquiera pensé en decirlo, estaba empezando a creer que ese golpe podía ser mi última jugada.



Un pájaro molesto



Gotham no cambiaba, pero yo sí.

Trabajar con Rose tenía sus ventajas: pagaba bien, las misiones tenían cierto respaldo, y por primera vez sentía que no era solo un error ambulante en la ciudad. Pero también estaba esa voz en mi cabeza, el impulso de hacer las cosas a mi manera. De robar sin cadenas, sin planes ni agendas.

Así que mientras Rose se encargaba de preparar su gran golpe -una movida tan ambiciosa que ni siquiera me había contado de qué iba- yo seguía con mis pequeños trabajos solitarios, porque a veces necesitaba recordar quién era sin trajes ni contratos.

Esa noche, como tantas otras, me colé en un supermercado barato, buscando algo fácil y rápido: unas galletas para no morir de hambre. Había aprendido a ser sigiloso, a moverme entre sombras y luces sin llamar la atención. Pero justo cuando estaba a punto de meter las galletas en la mochila, una voz resonó desde la oscuridad.

-¿Crees que no te veo?

Me giré rápido, solo para encontrar a un tipo en un traje rojo y negro que parecía más salido de un cómic que de la realidad.

-¿Quién eres? -pregunté, intentando sonar más confiado de lo que me sentía.

-Robin -dijo él, con una sonrisa divertida-. Y tú debes ser Stray.

Fruncí el ceño. Cómo diablos sabía ese tipo mi apodo era otro misterio.

-¿Desde cuándo tienes un radar para ladrones callejeros?

No había nada de diversión en su mirada, solo desaprobación.

-Te sugiero que dejes lo que estás haciendo y te largues antes de que esto se ponga feo.

-¿De verdad crees que me vas a asustar con ese disfraz barato? -le respondí, cruzando los brazos-. He esquivado cosas peores que tú en esta ciudad.

Robin dio un paso adelante, la postura firme.

-No es un juego. Cada robo, cada movimiento así solo te hunde más en este agujero negro llamado Gotham. No tienes que acabar como los demás.

Sonreí, un poco cansado, medio divertido.

-¿Y tú qué sabes? ¿Que soy un tipo sin futuro y con suerte para sobrevivir? Créeme, ya me lo dijeron antes.

-Yo solo quiero que dejes de hacer daño -contestó sin perder la calma.

-¿Daño? Lo que hago es sobrevivir. Y créeme, la línea entre el héroe y el villano aquí es tan delgada que ni Batman se atreve a cruzarla sin dudar.

Robin apretó los puños.

-Sigue así y no habrá más suerte para ti.

Di media vuelta, tiré las galletas en la mochila y me perdí entre las sombras.

---

Pensé que eso sería todo. Que como con Batgirl, los encuentros terminarían en advertencias a la distancia, en miradas tensas y después cada quien a su mundo. Pero no.

Un silbido cortó el aire justo detrás de mí.

-¿De verdad creíste que me iba a quedar quieto? -la voz de Robin era firme, cargada de determinación.

Antes de que pudiera reaccionar, un bastón metálico se abalanzó hacia mi cabeza.

Me agaché justo a tiempo, el golpe resonó con un estruendo mientras el metal rozaba el suelo.

-¿Quieres jugar? -respondí, sin dejar de moverme-. Porque me encanta ese juego.

Robin no esperó. Avanzó rápido, una danza de ataques calculados, movimientos precisos. No era un niño asustado, sino un profesional con entrenamiento. Eso lo hacía peligroso.

Yo confiaba en la calle, en mi instinto y en mi suerte para salir de líos.

El ruido de la pelea atrajo miradas de la callejón oscuro, pero ninguno de los dos se detuvo.

Con cada choque, con cada esquiva, sentía la mezcla de adrenalina y esa absurda sonrisa que solo sobreviene cuando sabes que estás vivo... y jodido.

Intenté usar las sombras, desaparecer en el caos urbano, pero Robin anticipaba cada paso, bloqueando, atacando, presionando.

-¿Por qué te importa? -jadeé entre movimientos-. ¿No eres solo otro héroe que cree que puede salvar Gotham sin ensuciarse las manos?

-Porque alguien tiene que hacerlo -respondió-. Y porque tú no eres parte de esta ciudad, Stray. Eres un problema.

La pelea seguía, un tira y afloja que nadie ganaría realmente esa noche. Pero sabía que no era la última vez que nos veríamos. Ni la última vez que tendríamos que bailar en esta cuerda floja entre la justicia y la supervivencia.

---

El bastón metálico de Robin se abalanzó otra vez, esta vez con más fuerza. Logré esquivarlo, sintiendo el viento cortar justo al lado de mi cara.

-No entiendo qué ves Batgirl en ti -gruñó Robin mientras avanzaba-. Eres un ladrón patético, un maldito imán para problemas.

Le lancé una sonrisa torcida.

-Esa es la única forma en la que sé sobrevivir.

La calle no era un ring, y eso lo sabía mejor que él. Entonces vino la suerte absurda.

Corríamos entre cajas de cartón, basura y escombros, y justo cuando Robin estaba a punto de cerrarme el paso, pisó una cáscara de plátano que no vi tirada en la acera.

Su pierna se deslizó, perdió el equilibrio y cayó al suelo con un ruido sordo.

-¿En serio? -murmuró mientras se levantaba rápido.

Me aproveché y disparé hacia adelante, saltando por encima de un contenedor.

Pero no todo era perfecto: tropecé con un cable de luz que colgaba bajo y me azoté la cabeza contra un cartel oxidado.

-Joder -jadeé, tambaleándome-. Esa casi me mata.

Robin se recuperó y ya estaba de pie, mirándome con una mezcla de molestia y respeto incómodo.

-¿Quieres dejar de correr y pelear como un niño? -me desafió-. No tienes idea de a qué te estás enfrentando.

Le di un codazo a un bote de basura, que volcó y hizo un ruido infernal.

-Créeme, tengo un doctorado en sobrevivir a cosas que ni siquiera sabes que existen, capullo.

Nos movimos rápido entre callejones y autos aparcados, esquivando transeúntes y perros callejeros.

Robin trataba de anticipar cada movimiento, pero mi suerte era un caos que no podía controlar ni predecir.

A mitad de la persecución, tropecé con una lata de cerveza vacía. La lancé a un lado, y justo cuando pensaba que lo tenía, un gato negro apareció de la nada y se cruzó frente a Robin, haciéndolo frenar en seco.

-¡Maldito gato! -exclamó mientras le daba una patada al aire.

La risa se me escapó en medio del caos.

-¿Ves? Te dije que soy un imán para la suerte... o para el desastre. Depende del día.

Robin resopló, recuperando la compostura.

-No tienes ni idea de lo peligroso que es esto para ti.

Pero ya estaba lejos, desapareciendo entre las sombras que me habían criado.

La noche era mía... al menos por ahora.



Juegos en las Sombras

La noche estaba húmeda, Gotham escurría como una vieja tubería oxidada. En la azotea del viejo edificio WayneTech abandonado, Stray aguardaba, jugueteando con una moneda de plata entre los dedos. El viento traía olor a lluvia y… perfume.

—Tardaste, Rose —dijo sin mirar.

La mujer emergió de las sombras, la gabardina oscura ondeando como una hoja afilada. Sus ojos grises eran igual de fríos que la voz con la que habló.

—Un trabajo. El más grande hasta ahora. —¿Qué tan grande? —preguntó Stray, lanzando la moneda al aire. —El tipo de grande que nos puede retirar… o matar.

Rose desplegó sobre el suelo un plano proyectado desde un pequeño dispositivo. Edificios, rutas de seguridad, guardias, drones. El objetivo: un convoy de la Fundación Kane transportando algo que ni el gobierno sabe que existe.

—Tienes dos meses para estar listo. —Sus palabras no eran una sugerencia. —¿Y en ese tiempo…? —Entrenamiento. Y cero errores.

Stray sonrió de medio lado. —Sabes que mi marca registrada son los errores… que salen bien.

Rose lo miró como quien observa a un cachorro rebelde, y luego comenzó a detallar el plan. Dos meses de trabajo sucio, infiltraciones, rutas de escape y, sobre todo, pulir las habilidades de Stray hasta que fuera más que un ladrón con buena suerte.

---

Dos Meses Antes del Golpe

Los días se llenaron de entrenamientos: Saltos imposibles entre azoteas, peleas cuerpo a cuerpo con Rose (que lo derribaba en menos de tres movimientos), prácticas de apertura de cerraduras mientras colgaba de cabeza, e incluso simulacros de persecución donde Rose jugaba a ser la policía.

Pero no todos los entrenamientos eran voluntarios. Al menos una vez por semana, Robin aparecía de la nada para intentar capturarlo.

---

Stray corría por una pasarela metálica, el eco de sus botas resonando junto al inconfundible sonido de un gancho de agarre.

—Te tengo, Stray —gritó Robin, aterrizando frente a él.

El ladrón frenó, sonrió y sacó un plátano medio aplastado de su chaqueta.

—¿Sabes qué es lo que no entiendo de ti, Robin? —dijo mientras retrocedía—. Que con lo serio que eres, Batgirl todavía te aguante.

—No cambies de tema. Ríndete.

Stray fingió lanzar el plátano… y en el forcejeo, Robin pisó la cáscara que cayó sin que lo notara. Un resbalón, un maldito giro de la suerte, y el joven vigilante acabó agarrado de una barandilla para no caer al vacío.

—Ups. —Stray le guiñó un ojo y saltó a otra azotea—. ¡Nos vemos, rival!

Robin gruñó. No le gustaba ese título, pero ya empezaba a entender que Stray lo consideraba algo más que un obstáculo.

---

En otra noche lluviosa, Stray salía por una ventana cargando un bolso lleno de joyas cuando una cuerda lo enganchó por la cintura.

—¿Otra vez robando, encanto? —la voz de Batgirl sonó divertida. —No es robo… es redistribución de riqueza. —Sonrió mientras la veía descender desde la cornisa. —Claro. Y yo soy la Reina de Inglaterra.

Ella se lanzó para atraparlo, pero él giró y se escabulló por un callejón estrecho. Durante la persecución, se dedicó a hablar:

—Dime, Batgirl… ¿tú y Robin? ¿Amigos, pareja, compañeros de trabajo…? —Deja de hablar y ríndete. —No puedo, estoy ocupado impresionándote.

Batgirl rodó los ojos pero sonrió sin querer. Al final, él escapó saltando a un camión de basura en movimiento, dejándola con una mezcla de frustración y diversión.

---

Una semana después, mientras Stray observaba el puerto desde lo alto de una grúa, Batgirl apareció.

—Tienes un problema —dijo ella—. Robin cree que eres su rival. —¿Ah, sí? —Stray rió—. Pues que sepas que yo lo considero mi rival… aunque nunca me haya vencido. —Eso lo va a motivar. —Perfecto. La competencia es sana… para mí.

Ella negó con la cabeza, pero no pudo evitar la carcajada.

---

Entre entrenamientos con Rose, huidas de Robin y juegos de gato y ratón con Batgirl, las semanas se fueron como humo.

Stray no lo admitía en voz alta, pero estaba más rápido, más fuerte y más astuto que nunca. Su suerte seguía salvándolo, pero ahora tenía la habilidad para usarla como arma.

En la última noche del segundo mes, Rose lo miró tras un combate de práctica. —Estás listo. —Para el golpe… o para Robin —bromeó él, limpiándose la sangre de un labio. —Para ambos. —Ella sonrió apenas—. En tres días, todo empieza.

Y así, con el eco de la ciudad nocturna a su alrededor, Stray supo que los próximos días serían los más peligrosos… y divertidos de su vida.

Mala suerte, buena puntería

Gotham nunca dormía. Y si lo hacía, roncaba como un borracho en un callejón.

Esa noche no era diferente. O sí. Porque había trabajo… del grande. De esos que te dejan rico, muerto, o las dos cosas al mismo tiempo.

---

[Antes del golpe]

Trabajar con Rose tenía sus ventajas: dinero rápido, información precisa y un mínimo de estilo. Pero había un detalle: cuando decía “mínimo de estilo” me refería a que ella se movía como un fantasma entrenado por un psicópata… y yo improvisaba como un ladrón que había aprendido a correr antes que a pelear.

Aun así, el dúo funcionaba. O eso decía ella.

—No hay margen para errores —me recordó mientras revisaba un mapa de la zona industrial—. Tú entras, haces el ruido que yo necesito, y sigues las instrucciones al pie de la letra.

—Claro, “al pie de la letra”. Siempre y cuando la letra esté escrita con spray en la pared y tenga faltas ortográficas —respondí, metiéndome un chicle a la boca.

Rose ni siquiera levantó la vista, pero juraría que apretó la mandíbula.

Ese era nuestro idioma: yo tiraba comentarios, ella los esquivaba. Hasta que no podía.

---

Los días previos al golpe fueron una mezcla rara: Mañanas de entrenamiento con Rose, tardes de pequeños robos míos, noches esquivando a Robin y a Batgirl.

Rose no entrenaba como una maestra; entrenaba como alguien que espera que sobrevivas porque le resultas útil. Me enseñó a moverme más rápido, a usar el entorno como arma, a no desperdiciar energía… y, claro, a pelear sucio.

—Un golpe limpio es para las competencias —me decía, mientras me barría las piernas—. Aquí abajo, un golpe limpio es un golpe perdido.

Entre sesiones, yo seguía robando por mi cuenta. No por necesidad, sino por costumbre… y porque los trabajos con Rose eran estratégicos, calculados. Los míos eran puro instinto, puro caos.

Robin me encontró tres veces en ese lapso. Una, me persiguió por seis calles hasta que pisó un charco de aceite y terminó de espaldas. Otra, casi me alcanza hasta que una viga vieja cedió justo encima de él. La tercera… bueno, me gustaría pensar que me dejé atrapar solo para soltarle: —Eres rápido, pero no eres mi tipo.

Con Batgirl era diferente. Ella me alcanzaba más veces que Robin, y sus persecuciones tenían un aire a… ¿coqueteo? O tal vez yo solo quería verlo así. No es que me ayudara cuando, en vez de arrestarme, me decía: —Te dejas atrapar demasiado fácil. Y yo le respondía: —O tal vez quiero que me atrapes.

---

[La noche del robo]

El plan era sencillo… en papel. Robar una cápsula experimental de un laboratorio bajo vigilancia privada. Rose se infiltraría por el ala oeste, yo entraría por el este y haría el escándalo suficiente para que toda la seguridad me siguiera… dejando su camino limpio.

Lo que no estaba en el plan: Robin y Batgirl apareciendo justo cuando ponía un pie en la cerca.

—¿Otra vez tú? —me gritó Robin, cayendo desde una azotea como si no tuviera vértigo. —¿Otra vez ustedes? —respondí, encendiendo la linterna que Rose me había dado—. Empiezo a pensar que me extrañan.

Batgirl aterrizó a su lado, cruzada de brazos. —¿Qué estás robando ahora? —Cariño, si te lo digo, le quitas la sorpresa al final.

Rose en mi auricular: —Muévete. Ya.

No hizo falta que me lo repitiera. Salté la valla, eché a correr y, como siempre, la ciudad se puso de mi lado y en mi contra al mismo tiempo: Un guardia me bloqueó el paso, pero un perro salió de la nada y lo derribó. Tropecé con una manguera, pero la caída me empujó justo detrás de una pila de cajas que me ocultó de las cámaras.

Los héroes no la tuvieron tan fácil: Robin resbaló con un charco de pintura industrial; Batgirl tuvo que esquivar un carrito de herramientas que se deslizó directo hacia ella sin que nadie lo empujara. Yo solo sonreía. La mala suerte de ellos siempre era mi buena suerte.

---

[Dentro del laboratorio]

El ruido estaba hecho: alarmas, luces rojas, guardias corriendo. Vi a Rose apenas unos segundos, desplazándose como una sombra hacia el pasillo principal. Le lancé una sonrisa rápida; ella solo me hizo un gesto con la mano para que siguiera distrayendo.

Robin apareció detrás de mí, bastón en mano. —Hoy no te me escapas. —Y yo que pensaba que ya era tradición —dije, arrojándole un extintor vacío para ganar distancia.

La persecución se volvió un ballet de caos: Él saltaba obstáculos, yo derribaba estanterías; él acortaba distancias, yo encontraba una puerta que se cerraba justo a tiempo. Batgirl, desde el otro lado, trataba de interceptarme, pero una lámpara de techo decidió desprenderse en el momento exacto para bloquearle el paso.

---

Llegamos al punto acordado para la retirada. Rose salía por una ventana alta, cargando algo envuelto en una manta negra. Yo corrí hacia ella, y detrás venían los dos vigilantes, cada uno maldiciendo su propio día.

Saltamos al muelle. El bote de escape estaba ahí, motor encendido. Rose se subió primero, yo detrás. Robin casi me agarra del tobillo, pero el muelle cedió bajo su peso y cayó al agua con un chapuzón glorioso. Batgirl lo ayudó a salir, empapados y furiosos, mientras el bote se alejaba.

---

Llegamos a un almacén apartado. Rose colocó el objeto robado sobre una mesa y lo abrió apenas unos centímetros; un resplandor verde-azulado iluminó su rostro. —Trabajo limpio —dijo, y por primera vez sonó casi… satisfecha.

Me lanzó un sobre pesado. —Tu parte.

—¿Tan fríos somos ahora? —pregunté, alzando una ceja.

Rose abrió la boca para responder… y no llegó a hacerlo. Porque en ese instante, la puerta trasera se abrió y Slade Wilson entró como si fuera su casa.

Llevaba su armadura habitual, el único ojo visible como un punto fijo en mí. No dijo nada. No miró a Rose más de un segundo. Solo levantó su arma y, sin previo aviso, disparó.

El impacto me quemó el pecho. No fue un disparo de advertencia. Fue un disparo de ejecución.

Caí contra el suelo, el sobre de pago desparramando billetes alrededor. El sonido se apagó; el dolor, no.

Rose se movió, rápida, y por un segundo pensé que iba a atacarlo. Pero no lo hizo. Se quedó entre él y yo, tensando la mandíbula, los ojos más duros que nunca… y con algo que no le había visto antes: miedo.

Slade guardó el arma como si nada. —Demasiado riesgo para dejarlo vivo.

Salió por donde había entrado. Rose se quedó quieta unos segundos, luego se agachó a mi lado. —Kian… —susurró, y ahí estaba, en esa voz, todo lo que trataba de ocultar.

La sangre me llenaba la boca. —Te… dije… que… —tosí— …mi suerte… es una mierda.

---

[Oscuridad]

No sé cuánto tiempo pasó. Solo recuerdo el frío del suelo y el sonido lejano de pasos que no eran de Rose ni de Slade.

Una figura se inclinó sobre mí, su silueta recortada contra la luz tenue. Oí un suspiro, y luego una voz femenina, suave pero cargada de ironía:

—Vaya, vaya… el gatito callejero que no sabe cuándo parar.

Unas manos con guantes negros me levantaron con sorprendente cuidado. La última imagen antes de que todo se apagara fue un brillo felino en su máscara.

Catwoman.

---

Ese fue el final… o el principio de algo peor.

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