Capítulo 1: El ultimo verano.
El motor de la casa rodante rugía como un animal cansado bajo el cielo estrellado, un sonido gutural que se mezclaba con el crujir de las hojas secas bajo las ruedas. Alicia apretaba el volante con fuerza, sus nudillos blancos bajo la luz mortecina del tablero, mientras el camino de tierra se perdía en la oscuridad frente a ellos, serpenteando entre árboles que parecían cerrarse a su paso como los dedos de una mano gigante. Alex, reclinado en el asiento del copiloto con una languidez estudiada, miraba por la ventana el paisaje borroso, indiferente a la tensión que crecía en el habitáculo.
—Deberíamos haber llegado hace una hora —murmuró Alicia, sin apartar los ojos del camino. Su voz sonó más aguda de lo que hubiera querido.
—Relájate, mi amor —respondió Alex, pasando una mano por su cabello ondulado, que brillaba bajo la luz tenue como cobre líquido—. Las mejores fiestas siempre quedan en el culo del mundo.
Alicia sintió el viejo truco de Alex: un cumplido envuelto en indiferencia, calculado para que ella siguiera al volante, para que siguiera siendo útil. Por eso había insistido en manejar, aunque sus ojos ardieran de cansancio y el GPS hubiera dejado de funcionar kilómetros atrás, reemplazado por una servilleta arrugada con una dirección ambigua: "Costanera, casa blanca, no tiene pérdida". Como si el mundo no estuviera lleno de lugares que no figuraban en ningún mapa.
El aire olía a polvo y a hierba recién cortada, ese aroma dulce y pesado que solo aparece al final del verano, cuando el calor se vuelve melancólico y las noches se estiran como suspiros. Algo en la oscuridad los observaba. No eran los animales del monte, ni el viento entre los árboles. Era algo más antiguo, más hambriento.
—¿Seguro que es por acá? —preguntó Alicia, reduciendo la velocidad. La casa rodante avanzaba a trompicones, como si el camino se resistiera a dejarlos pasar.
Alex se giró hacia ella con una sonrisa ladeada, la misma que usaba cuando quería que alguien bajara la guardia.
—¿Ahora dudas de mí? —Su tono era ligero, pero había un filo allí, apenas disimulado—. Tranqui, gorda. Si nos perdimos, al menos será una historia que contar.
Alicia no estaba tranquila. Nunca lo estaba cuando Alex usaba ese tono, el de quien ya sabe que las cosas van a salir mal y le divierte ver cómo los demás se dan cuenta demasiado tarde. Las ramas de los árboles se entrelazaban sobre sus cabezas como dedos huesudos, y de pronto, los faros iluminaron una reja de hierro oxidado, medio devorada por la maleza. Más allá, una casa blanca y descomunal se alzaba en la noche, sus ventanas brillando con una luz amarillenta y enfermiza. No era una casa. Era un espejismo. Era una trampa. La música —un bajo profundo de reggaetón distorsionado— llegaba hasta ellos como un latido, vibrando en el pecho, en los dientes, en el estómago.
Alicia frenó en seco.
Frente a la reja, tres figuras se recortaban contra la luz de la casa. Dos muchachos y una muchacha, vestidos con ropa holgada y sucia, como si acabaran de salir de una pelea o de revolcarse en la misma cama. El más alto, de brazos cruzados, los miraba con una sonrisa que no llegaba a los ojos. La chica, apoyada en el hombro de uno de ellos, fumaba un cigarrillo con la parsimonia de quien sabe que el tiempo no corre para ella. Pero fue el tercero quien dio un paso adelante.
Ethan.
Era imposible no fijarse en él.Tenía el cabello castaño claro despeinado, cayendo sobre unos ojos claros que brillaban con una intensidad febril, como si ardiera por dentro. Su rostro —pómulos marcados, labios gruesos, cejas oscuras— parecía esculpido para provocar incomodidad. Vestía una remera oversized negra y pantalones anchos, y en su cuello colgaba un collar de plata que mordisqueaba entre los dedos, como si necesitara saborear el metal para mantenerse en este mundo. Sus manos y antebrazos estaban cubiertos de tatuajes: líneas que se enredaban como raíces, símbolos que no pertenecían a ningún alfabeto conocido, frases en latín que se perdían bajo las mangas arremangadas. Tenía el corte de un villero que no se preocupaba por las reglas: rapado a los costados, largo y desprolijo arriba, como si se hubiera cortado el pelo a ciegas, con un cuchillo.
—No pasan —dijo Ethan, arrastrando las palabras como si el tiempo fuera miel espesa. Su voz era grave, con un dejo de burla, pero también algo más: el cansancio de quien ya ha visto demasiado.
Alex bajó la ventana. Su sonrisa era desarmante, pero Alicia conocía ese gesto: era el que usaba antes de morder.
—Ey, fue un accidente, lo juro —dijo, levantando las manos en señal de paz—. No queríamos meternos donde no nos llaman. Venimos de lejos, buscando una joda en la costanera. ¿Saben dónde queda?
El más alto, Fede, soltó una risa seca. Sus ojos azules, casi grises, evaluaron a Alex con una calma que erizaba la piel. No dijo nada. No hacía falta. Ethan era quien hablaba por los tres.
Ethan dio otro paso adelante, acercándose al capó de la casa rodante. Sus ojos se clavaron en Alex, luego en Alicia, como si estuviera decidiendo si valía la pena jugar con ellos o simplemente aplastarlos bajo su bota.
—¿De lejos? —repitió, inclinando la cabeza—. Qué triste. Venir de tan lejos... para nada.
—No es para nada —replicó Alex, y su tono perdió la dulzura calculada. Ahí estaba el Alex real, el que no sonreía por educación, el que no retrocedía.— La joda existe, ¿no? O me estás diciendo que armamos todo este viaje por una mentira.
Ethan sonrió. No era una sonrisa amable. Era la sonrisa de un lobo que acaba de oler sangre.
—¿Y si te digo que la fiesta es acá?
Alex parpadeó. Por primera vez, Alicia lo vio dudar.Pero su voz siguió firme, aunque ahora había un filo metálico en ella:
—Bueno, entonces tenemos suerte. ¿Nos dejas pasar?
—Depende —intervino la chica, Sara, exhalando el humo hacia el cielo. Su voz era ronca, como si hubiera gritado hasta quedarse afónica la noche anterior.— ¿Qué tan desesperados están?
El aire se espesó. Alicia sintió el peso de esa pregunta en el pecho. Sabía que debería decir algo, intervenir, pero las palabras se le atascaban en la garganta. Alex siempre hablaba por los dos. Alex siempre sabía qué decir. Pero ahora, mirando a Ethan, entendió que esto no era una conversación. Era un desafío. Era un ritual.
—No estamos desesperados —dijo Alex, aunque su postura se había tensado, como un resorte a punto de soltarse—. Solo queremos entrar. ¿Por qué tanto bardo?
Ethan se rio. Una risa baja, casi musical, que hizo que a Alicia se le erizara la nuca.
—¿El bardo? —Se encogió de hombros—. No hay bardo, pibe. Solo que no me gusta que me hablen como si fuera un portero de boliche.
La tensión estalló como un relámpago. Alex abrió la boca, pero esta vez Alicia fue más rápida. Abrió su puerta y bajó del vehículo, interponiéndose entre la casa rodante y Ethan. El aire olía a hierba quemada y a algo más: a peligro.
—Perdón —dijo, levantando las manos. Su voz tembló, pero no retrocedió. —Venimos de un viaje largo. Estamos cansados. No queremos problemas. Solo... si nos dejan entrar, podemos quedarnos un rato. Tomamos algo, bailamos, y después nos vamos. Sin molestar.
Ethan la miró. Por primera vez, su expresión cambió. No era lascivia lo que había en su mirada, sino curiosidad genuina, como si acabara de notar que Alicia existía. Como si acabara de ver algo que no esperaba.
—¿Vos querés quedarte? —preguntó, y había algo en su tono que sonaba casi vulnerable, como si la respuesta realmente importara.
Alicia asintió. No sabía por qué lo había dicho. Quizás porque necesitaba sentir, aunque fuera por una noche, que ella también podía decidir. Quizás porque en esa casa, con esa música y esa gente extraña, había algo que prometía sacarla de su propia piel.
—Sí —mintió—. Quiero quedarme.
Ethan intercambió una mirada con Fede y Sara. Luego, asintió lentamente, como si acabara de sellar un pacto.
—Está bien —dijo, dando un paso atrás—. Adelante. Pero si se quedan, entran a la fiesta. No hay medias tintas.
Alex bajó del vehículo y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria. Caminó hacia Alicia, pasando junto a Ethan sin mirarlo, pero antes de alejarse, Ethan habló de nuevo:—Che, pibe.
Alex se detuvo. No giró la cabeza del todo. Solo lo suficiente para mirarlo de reojo, como un animal que no quiere mostrar el cuello.
—¿Qué?
Ethan sonrió. Esta vez, su sonrisa era salvaje, como la de un dios menor que acaba de encontrar un sacrificio digno.
—Cuidado con lo que deseás. A veces, las jodas no terminan como uno espera.
Alex no respondió. Solo siguió caminando, pero Alicia vio cómo apretaba los puños. Sabía que esto apenas comenzaba. Y que, de alguna forma, ya habían cruzado una línea. Una línea de la que no habría vuelta atrás.
Fede abrió la reja con un chirrido oxidado, y la música los envolvió como una ola. La casa era aún más impresionante de cerca: paredes blancas que brillaban bajo la luna, ventanas que dejaban escapar destellos de colores y risas. Al cruzar el umbral, el bajo vibraba en el pecho, en los huesos, mezclándose con el olor a alcohol, hierba, sudor y algo más: algo dulce y podrido, como fruta madura a punto de pudrirse.
Alicia miró hacia atrás, hacia la reja que se cerraba a sus espaldas con un sonido definitivo. Luego, miró a Alex, que caminaba delante de ella con la mandíbula tensa, como si supiera que acababan de cometer un error. Y finalmente, miró a Ethan, que los observaba desde la entrada con esos ojos claros y febriles, como si acabara de encontrar algo que había estado buscando sin saberlo.
La fiesta apenas comenzaba.
Y ellos acababan de entrar.