Orden de visita
El teléfono vibró tres veces antes de que Rebecca respondiera.
La voz al otro lado no era la de un padre; era la de un militar.
—Rebecca —dijo el coronel Ibarrarán—. Necesito que vengas.
No hubo saludo, ni explicación. Sólo esa frase, seca como un disparo.
Ella miró el reloj. Eran las 6:42 a. m. En su departamento, los gemelos aún dormían en el sofá, envueltos en una cobija con estampado de dinosaurios. El televisor seguía encendido, mostrando un noticiero con imágenes confusas: calles cerradas, camiones del ejército, y un reportero hablando de “brotes violentos de histeria colectiva”.
—¿Qué pasa, papá? —preguntó ella, todavía medio dormida.
—No por teléfono. Toma los documentos que te dejé en el escritorio. Ven a la Base 27-A. Es importante.
El tono era tan autoritario que Rebecca no pensó en negarse.
Era hija única —al menos biológicamente— del coronel, y siempre había crecido entre órdenes y silencios. Los gemelos, Rodrigo y Roberto, eran medio hermanos; hijos del segundo matrimonio de su madre. Y aunque los amaba, Rebecca nunca se sintió completamente parte de esa familia recompuesta.
Pero esa mañana algo era distinto. Su padre no solía pedir favores. Menos aún, necesitarlos.
En el escritorio encontró una carpeta sellada con el escudo del ejército mexicano y una etiqueta amarilla que decía “CLASSIFIED // Z-27 // ONLY FOR INTERNAL PROTOCOL”.
Debajo, una nota escrita a mano: “No abras esto. Si te detienen, di que eres mi asistente.”
—Qué demonios... —murmuró.
Fuera del edificio, la ciudad parecía suspendida en una calma sucia. El aire olía a metal caliente y a ozono, como si una tormenta se estuviera gestando.
El trayecto hasta la base militar solía tomarle una hora, pero esa vez tardó casi tres. En las avenidas, había retenes con soldados revisando vehículos y ciudadanos gritando detrás de cintas amarillas. Un helicóptero pasó tan bajo que levantó una nube de polvo y basura, y por un instante vio algo imposible: un hombre desnudo, cubierto de sangre, corriendo por el acotamiento mientras dos policías trataban de detenerlo con macanas.
Rebecca sintió el estómago helarse.
No se detuvo.
La Base 27-A estaba a las afueras, entre cerros áridos y torres de vigilancia. Las puertas de acero se abrían sólo con autorización directa, y cuando ella se acercó, dos soldados la apuntaron sin siquiera preguntar su nombre.
—Identifíquese.
—Rebecca Ibarrarán. El coronel me está esperando.
Uno de los soldados revisó una tablet, asintió, y le indicó avanzar.
Otro olía a sudor rancio y desinfectante, como si llevara días sin salir de turno.
Al pasar el segundo portón, el ambiente cambió. No era el orden pulcro que ella recordaba de sus visitas de niña, cuando su padre le mostraba los tanques y los perros entrenados.
Ahora, la base parecía enferma.
Los vehículos estaban estacionados al azar, las ventanas de la enfermería cubiertas con sábanas manchadas, y el aire impregnado de un olor agrio, mezcla de cloro y carne podrida.
Un soldado vomitaba junto a la entrada del comedor. Nadie lo ayudaba.
El coronel Ibarrarán la esperaba en el hangar principal, rodeado de mapas, pantallas, y hombres armados que iban y venían con prisa contenida.
Rebecca apenas lo reconoció: había envejecido diez años en uno. Su uniforme estaba desabrochado en el cuello, y tenía ojeras profundas bajo los ojos grises.
—Papá... —empezó ella.
Él levantó la mano.
—Deja la carpeta ahí.
Rebecca la colocó sobre una mesa metálica. El coronel abrió el sello con un cortaplumas y extrajo una serie de fotografías borrosas: cuerpos desfigurados, rostros sin mandíbula, ojos vidriosos.
—¿Qué es esto? —preguntó ella, horrorizada.
—Casos registrados anoche en tres colonias de la ciudad. No se parecen a nada que hayamos visto. Fiebre alta, colapso circulatorio, muerte clínica... y luego, movimiento muscular espontáneo.
—¿Movimiento? ¿Después de muertos?
—Exacto.
Rebecca se rió con incredulidad.
—Papá, eso suena a ciencia ficción.
Él la miró como si acabara de insultarlo.
—Tú estudias anatomía forense. Sabes reconocer una putrefacción normal. Esto no lo es.
Rebecca quiso responder, pero algo interrumpió la conversación: un alarido, largo y quebrado, desde el pasillo.
Los soldados se tensaron.
El coronel tomó su pistola.
—Quédate aquí.
Rebecca lo siguió con la mirada hasta la puerta. El sonido se repitió, ahora más cerca: una mezcla de gruñido y jadeo, como si un animal enorme se estuviera ahogando.
El silencio siguiente fue peor.
Cuando el coronel regresó, traía sangre en las botas.
—Falsa alarma —mintió.
La tarde cayó como una losa.
Rebecca se quedó sola en una sala improvisada con camillas.
Por curiosidad —o por instinto— comenzó a revisar uno de los refrigeradores médicos. Dentro, encontró frascos etiquetados como Suero experimental Z-27 y muestras de tejido conservadas en formol. Una de ellas, marcada con un número, se movió. Muy lentamente.
Como si algo dentro aún respirara.
Retrocedió, golpeando una bandeja.
Una enfermera apareció de inmediato. Tenía el rostro pálido y una mirada vacía.
—No debería estar aquí —dijo con voz plana.
—¿Qué están haciendo con estos tejidos?
—No lo sé. Yo sólo sigo órdenes.
Rebecca sintió una punzada de rabia.
Siempre las órdenes. Siempre el silencio.
A las 19:13, se declaró una “prueba de contención interna”.
Las sirenas ulularon. Las puertas se sellaron automáticamente.
Un soldado anunció por megáfono que nadie podría salir hasta nuevo aviso.
Rebecca buscó a su padre, pero le dijeron que estaba en el “Nivel B”, una zona restringida.
Esperó una hora. Luego dos.
Los soldados en el comedor comían raciones frías con manos temblorosas. Uno de ellos, un joven con acento norteño, intentó bromear:
—Dicen que los muertos caminan. Que el infierno se llenó y los mandó de regreso.
Nadie rió.
A las 22:05, el infierno llegó.
Un grito desgarró el aire, seguido de disparos automáticos.
La alarma cambió de tono: Protocolo Rojo.
Rebecca corrió por el pasillo.
Un soldado pasó junto a ella arrastrando a un compañero con el cuello abierto. El olor era insoportable, una mezcla de sangre y excremento.
Al doblar la esquina, vio algo que la mente tardó en aceptar:
Un cuerpo en movimiento espasmódico, con los ojos lechosos y los dientes cubiertos de carne. Se abalanzó sobre otro soldado, mordiéndole el rostro.
Rebecca gritó, retrocedió, tropezó con una camilla.
Disparos.
El infectado cayó, pero seguía moviéndose, intentando levantarse con la columna partida.
Un médico gritó:
—¡A la cabeza! ¡Dispárenle a la cabeza!
El sonido seco del último disparo cortó la escena.
El coronel apareció entre el humo, su uniforme salpicado.
—Rebecca, ven conmigo. Ahora.
Ella temblaba.
—¿Qué está pasando?
—Una infección biológica. Propagación por contacto sanguíneo. Mortal.
—¿Y tú sabías?
—Estábamos intentando contenerla.
Rebecca lo miró con una mezcla de horror y traición.
—¿Por eso me trajiste aquí? ¿Para qué? ¿Para morir contigo?
El coronel no respondió.
Tomó su brazo y la arrastró hacia un ascensor de servicio.
El ascensor descendió lentamente. Las luces parpadeaban.
Rebecca se limpió la sangre del cuello con un pañuelo y notó algo: en la manga de su padre había una mancha oscura.
—Papá… ¿eso es sangre?
Él no respondió.
Sólo apretó el botón de emergencia y dijo:
—Si salgo de control, no dudes.
La puerta se abrió con un sonido metálico.
Frente a ellos, una puerta blindada con la inscripción LABORATORIO Z-27 – PERSONAL AUTORIZADO.
Rebecca dio un paso atrás.
—¿Qué hay ahí dentro?
El coronel respiró hondo.
—El principio. Y, quizá, el final.
Una vibración sacudió el suelo.
En los altavoces, una voz distorsionada anunció:
“Contención fallida en el Nivel B. Repito: contención fallida. Todos los activos infectados.”
Rebecca sintió que el miedo se convertía en algo más: en furia.
Golpeó el pecho de su padre.
—¡Tú sabías! ¡Sabías que esto podía pasar!
—Tenía que protegerte.
—¿De qué? ¿De ti?
El coronel apartó la mirada.
Y en ese silencio, se escuchó un sonido que nunca olvidaría: uñas raspando el metal del otro lado de la puerta, como si decenas de manos quisieran salir.
Rebecca retrocedió.
El coronel levantó su pistola.
—Ya es tarde.
El capítulo termina con un apagón.
Oscuridad total.
Solo el sonido de los golpes metálicos, y la respiración acelerada de Rebecca en la penumbra.
Cuando las luces de emergencia se encienden, su padre ya no está.
Solo la carpeta amarilla sobre el suelo, cubierta de sangre, y una huella de botas que se aleja hacia el pasillo.
Rebecca la toma con las manos temblorosas.
A lo lejos, algo golpea de nuevo la puerta blindada.
El metal empieza a ceder.
Ella corre.