Único
La luz de la mañana se filtraba por las cortinas de la cocina, con un resplandor cálido. Jungkook, con su cabello oscuro desordenado y una camiseta holgada que dejaba entrever la suave curva de su clavícula, jugaban con una galleta de chispas de chocolate, deshaciéndose en migajas cada que probaba un bocado. Como omega, siempre había sentido cada cambio en su cuerpo y esta vez, el cambio era un latido nuevo, uno que aún no había compartido con su alfa.
Su alfa, Kim Taehyung, el piloto de Fórmula 1, revisaba su maleta en el comedor, asegurándose de que todo estuviera listo para el viaje a Bahréin. El Gran Premio era en dos días y aunque su mente estaba parcialmente en las estrategias de carrera, no podía evitar lanzar miradas hacia Jungkook, capturado por la forma en que el omega mordisqueaba la galleta con una sonrisa.
Jungkook sabía que Taehyung estaba bajo presión, con el campeonato en juego, pero decidió que era el momento para compartir la noticia. Quería que su alfa tuviera una razón para ganar el podio.
Una motivación más.
—¿Estás listo? —preguntó el omega, su voz suave pero con un matiz juguetón, como si estuviera probando el terreno.
Taehyung levantó la vista y sonrió, acercándose para plantarle un beso en la frente. Con un movimiento rápido, le quitó la galleta de la mano y, a cambio, deslizó un tazón de frutas frente a él, con una risita, mientras Jungkook ponía los ojos en blanco, aunque no pudo evitar sonreír.
—Tengo que estar con el equipo y ver si todo está bien para la competición —respondió, sirviéndose un vaso de jugo de naranja y otro para Jungkook, entregándoselo inmediatamente—. Estoy pensando en darme un descanso después de esta carrera, ¿qué te parece?
Jungkook dejó el tazón de frutas en la encimera, sus manos temblando ligeramente mientras procesaba las palabras. No respondió de inmediato, relamiéndose los labios, nervioso. No podía creer que, después de tantos años viendo a Taehyung lanzarse a toda velocidad, arriesgando todo en cada curva, él estuviera considerando tomarse un descanso. Aun así, la idea lo llenaba de alivio, pero también de una extraña inquietud. ¿Era esto lo que el alfa realmente quería, o solo lo decía por él?
—¿Es lo que realmente quieres? —preguntó, su voz baja, casi un murmullo, mientras observaba a alfa guardar el cartón de jugo en la nevera. Sus ojos seguían cada movimiento del alfa, buscando alguna pista en su expresión.
Taehyung se giró, apoyándose contra la encimera, su mirada encontrándose con la de Jungkook, sonrojándose un poco por la respuesta que diría.
—¿Sabes? Siento que he descuidado nuestro matrimonio. Que he puesto más empeño en mi carrera que construir una vida contigo —admitió, no ignorando la forma en que los hombros de su omega se tensaron ligeramente—. Además, ¿qué te parece tú y yo viajando juntos, comiendo deliciosas comidas, sin cronogramas, lejos de las pistas? Solo nosotros.
Jungkook sintió que su pecho se calentaba con la idea del mayor. Viajar, compartir momentos… sonaba casi perfecto. Sin embargo, aquella misma pregunta seguía rondando su cabeza: ¿Era lo que Taehyung realmente deseaba?
Conocía al alfa desde que eran unos cachorros; había estado a su lado durante todo su entrenamiento, en cada carrera, en cada derrota y cada triunfo. Sabía cuánto significaba ese mundo para él, por eso la propuesta lo tomó por sorpresa.
—Suena bien —respondió al fin, con una sonrisa tímida, aunque sus ojos mostraban duda—. Pero solo si es lo que tú quieres, Tae. No quiero que dejes algo que amas solo por mí.
Taehyung sonrió, una de esas sonrisas que hacían que todo en Jungkook se pusiera nervioso.
Jungkook siempre amaría la sonrisa de Taehyung.
—No lo dejo por ti, Jungkookie —dijo Taehyung, acercándose hasta rozar su mejilla con los dedos—. Lo hago por nosotros. Por lo que podemos construir juntos —hizo una pausa, acercándose más, jugando con la mejilla del omega.
—Tu papá estaría muy orgulloso, lo sabes, ¿verdad?
Taehyung soltó una risita, pero sus ojos se humedecieron al pensar en su padre omega, quien en su momento fue uno de los mejores conductores de la Fórmula 1 hasta que quedó embarazado, y siempre lo había apoyado; incluso cuando significaba verlo arriesgar su vida en cada carrera.
Escondió su rostro en la curvatura del cuello de su omega, abrazándolo por la cintura.
—Lo extraño demasiado —murmuró contra su piel, su voz amortiguada. Jungkook lo abrazó con fuerza y cuando intentó apartarse, sintió un golpe juguetón en su trasero.
—¡Hey! —se quejó, golpeándole el brazo, provocando que el alfa se separara lo justo para mirar al omega a los ojos.
El omega estaba sonriendo, pero había algo más en su expresión, una chispa de nervios que Taehyung no pasó por alto, aunque suponía que era porque él se iba a ir del país dentro de nada. Le dio un beso en la mejilla, luego en la nariz y finalmente mordisqueó suavemente la marca en el cuello de Jungkook, haciendo que el omega se estremeciera y riera al mismo tiempo.
—Bien, es hora de irme —comunicó, aunque no precisamente se movió. Sus manos seguían en la cintura del omega y sus labios dejaron un último beso en la marca.
Y cuando Taehyung hizo el amago de separarse completamente, Jungkook lo detuvo, sintiendo su corazón latir más de lo normal por lo que diría.
¿Y si se arruinaba todo?
—Antes de que te vayas —habló, ruborizándose bajo la mirada atenta del alfa. Taehyung ladeó la cabeza, curioso, y sin poder resistirse, comenzó a jugar con un mechón del cabello de Jungkook, enroscándolo suavemente entre sus dedos mientras olfateaba el aire, captando las feromonas dulces que el omega desprendía.
El aroma era más intenso de lo habitual, con un toque dulce que hacía a su alfa relajarse.
—¿Qué pasa? —preguntó en un susurro, su voz baja y llena de cariño mientras seguía jugando con el cabello, como si quisiera memorizar cada detalle del momento—. ¿Te animaste a ir a la competición? Podría-
—Seremos padres —interrumpió, y su voz tembló entre la emoción y el miedo. Sus manos encontraron las del alfa, guiándolo lentamente hasta su abdomen aún plano—. Estoy embarazado, Taehyungie.
Taehyung parpadeó, su mente procesando las palabras mientras una sonrisa se extendía por su rostro. Soltó una risa suave, casi nerviosa, y volvió a abrazar a Jungkook, esta vez con más fuerza, levantándolo unos centímetros del suelo.
No podía creer que después de tantos años desde que se unió con el omega por fin serían padres.
—¿De verdad? —preguntó, su voz temblando en el proceso—. Vamos a ser padres… ¡Vamos a ser padres!
Jungkook rió, aliviado por la reacción de su alfa y se dejó envolver por el abrazo, sintiendo sus ojos picar de la emoción.
—Por la Luna —murmuró contra su cuello, sintiendo sus manos temblar de la emoción—. ¿Cómo los voy a dejar después de haberme enterado de esta gran noticia? No, con mayor razón voy a terminar esto. Ganaré este primer puesto por ti y por nuestro cachorro. Me haces el alfa más feliz del mundo. Lo sabes, ¿verdad?
Jungkook solo pudo asentir con la cabeza, quejándose por los besos que el mayor empezó a darle por todo el rostro.
Sin embargo, y con el dolor de su corazón y de su lobo, Taehyung se despidió de su omega, diciéndole que lo primero que haría al aterrizar sería comunicarse con él hasta el día de la competición.
En el vuelo hacia Bahréin, Taehyung no podía dejar de pensar en la noticia. Su mente, usualmente enfocada en estrategias de carrera y curvas del circuito, ahora divagaba hacia imágenes de una familia. Se imaginaba como padre, dejando atrás las luces y las velocidades vertiginosas por una vida más tranquila. No lo había planeado de esa manera, pero ahora sentía que su vida tenía sentido. Ganaría esa carrera, acumularía los puntos necesarios hasta el final y luego anunciaría su retiro.
Taehyung quería estar para Jungkook desde el comienzo hasta el final de su embarazo, sin el riesgo constante que venía con ser un piloto de Fórmula 1.
Después de unos días de práctica y de la clasificación, llegó la carrera oficial. En el paddock del Circuito Internacional de Bahréin, el aire estaba cargado de tensión por parte de los competidores. El calor de los coches ondulaba en el aire, haciendo vibrar las líneas del horizonte. Taehyung caminaba hacia su monoplaza con el casco bajo el brazo, el uniforme rojo ceñido a su cuerpo, resaltando la fuerza contenida de su figura de alfa. Cada paso resonaba en su pecho como un eco, una mezcla de adrenalina. A su alrededor, las cámaras destellaban, los mecánicos gritaban instrucciones y las voces de los comentaristas se mezclaban en un zumbido distante.
Esta carrera no era solo por los puntos o el podio; era por el futuro que lo esperaba en casa, por el cachorro que crecería bajo su cuidado.
—¡Kim! —gritó una voz familiar desde la distancia, cortando el ruido del paddock. Era Min Yoongi, un omega y piloto rival, acercándose con pasos rápidos y una sonrisa confiada antes de que ambos tomaran sus posiciones en la parrilla de salida—. Hombre, pensé que no iba a saludarte hasta que terminara la competición.
Taehyung levantó la vista y sonrió, extendiendo los brazos para darle un abrazo breve al omega pelinegro, separándose segundos después.
—Yoongi-yah, disculpa, mi mente está en otro lado —respondió, rascándose la nuca con un toque de vergüenza.
—¿Y eso? ¿Estás nervioso? —preguntó el contrario, ladeando la cabeza, sus ojos felinos brillando con curiosidad. Taehyung asintió, una sonrisa tímida asomándose en su rostro—. ¿De verdad? ¿El gran Kim Taehyung, nervioso?
—Es que mi omega me dio una gran noticia —empezó, su voz bajando como si quisiera guardar el secreto un poco más.
Taehyung no sabía si sería correcto decirle aquello antes de una carrera o esperar a que finalizara todo, pero debía de admitir que la ganas de decirlo no faltaba.
—¡Kim, Min! —gritó el director de carrera, interrumpiendo desde el borde del paddock, su voz autoritaria resonando entre el bullicio—. ¡Empezaremos en nada, es mejor que se alisten!
Ambos pilotos asintieron, intercambiando una mirada cómplice.
—Bien, cuando termine esto me cuentas, ¿sí? —dijo el omega, ajustándose el casco.
—Claro —respondió, su sonrisa ensanchándose—. Demos lo mejor de nosotros, nos vemos al terminar la carrera.
—Nos vemos en el podio —replicó Yoongi, guiñándole un ojo y dándole una palmada amistosa en el hombro—. Espero esta vez llevarme el primer puesto. Tenemos que sumar los puntos.
El alfa soltó una risa profunda, devolviéndole una palmada juguetona en el casco de Yoongi antes de despedirse. Mientras caminaba hacia su monoplaza, su mirada se perdió por un momento en la multitud que llenaba las gradas. Los fanáticos ondeaban banderas, sus gritos resonaban como un eco lejano y él sintió el peso de sus expectativas. Pero más que eso, sintió el peso de su nueva responsabilidad, de su propia decisión. Cuando llegó al coche, pasó la mano por la pintura brillante, un gesto casi ritual, como si agradeciera al monoplaza por acompañarlo una vez más. El ingeniero jefe, un hombre de rostro curtido y pocas palabras, se acercó con un gesto breve.
—Tanque al máximo. Neumáticos blandos. Todo listo, Kim —informó, ajustándose los auriculares.
El nombrado asintió, su mente ya enfocada en la pista. Se puso el caso, el visor reflejando las luces del circuito; inhalando profundamente antes de subirse al monoplaza. La cabina era un espacio cerrado, íntimo, donde solo existían él, las palancas y el rugido latente del motor. Cerró los ojos por un segundo, escuchando su propia respiración filtrarse por el casco.
Por otro lado, en Seúl, Jungkook se acomodó en el sofá, una manta suave cubriendo su regazo y el control remoto olvidado a su lado. La transmisión en vivo del Gran Premio llenaba la pantalla, los colores vibrantes del circuito contrastando con el silencio tenso de su casa. Su corazón latía al ritmo de los motores rugientes que resonaban a través de los altavoces. Vio a Taehyung en la parrilla, su monoplaza rojo destacando entre la fila de coches. Tocó su vientre ligeramente plano, como un gesto instintivo. El orgullo y la preocupación se entrelazaban en su pecho, pero confiaba en su alfa. Siempre lo hacía.
En la pista, las luces del semáforo se encendieron una a una. Rojo. Otro rojo. El silencio antes del estallido… Verde. El rugido fue inmediato, brutal, como un trueno liberado sobre el asfalto. Los monoplazas salieron disparados y Taehyung sintió la fuerza del arranque empujar su cuerpo contra el asiento, los músculos tensándose mientras sus manos aferraban el volante. El mundo exterior desapareció, reducido a la vibración del motor, el zumbido de los neumáticos contra el asfalto y el latido constante de su propio corazón. La recta inicial era un borrón de velocidad, los coches peleando por espacio en una danza frenética.
—Buena salida, Taehyung. Mantén el ritmo —crujió la voz de su ingeniero por la radio, nítida a pesar del caos—. Auto detrás a medio segundo.
Él no respondió. Estaba en su propia concentración en la pista, cada músculo en tensión, sus reflejos actuando antes que el pensamiento. Tomó la primera curva con precisión, el coche respondiendo como una extensión de su cuerpo. La segunda curva llegó rápido y luego la tercera, una de las más traicioneras del circuito de Bahréin. Taehyung la conocía demasiado bien. Era una curva cerrada, engañosa, donde un solo error podía costar todo. Pero también sabía que debía arriesgar, ya que estaba en el pelotón medio, rodeado de competidores hambrientos por adelantarlo y necesitaba ganar posiciones para acercarse al podio.
La adrenalina corría por sus venas como un río desbocado, pero bajo ese pulso frenético había algo más tranquilo, una calma. En su mente, Jungkook lo miraba desde la televisión, con esa expresión entre nerviosa y orgullosa, la mano sobre su vientre, esperando. Taehyung sonrió dentro del casco, un gesto pequeño. Podía hacerlo. Solo unas cuantas vueltas más. Solo un poco más y todo terminaría.
Aceleró en la recta hacia la curva 3, el velocímetro marcando más de 200 km/h. Los neumáticos cantaban contra el asfalto, el aire caliente del desierto vibraba alrededor del coche. Entonces, un destello a su derecha: otro monoplaza, demasiado cerca, cambiando de línea sin aviso. Era un AlphaTauri, maniobrando agresivamente para cerrar el espacio. Taehyung intentó ajustar su trayectoria, pero fue demasiado tarde. El contacto fue mínimo, un roce de neumático contra neumático, pero a esa velocidad, un roce era suficiente. El impacto lateral sacudió el coche, arrancando el control de sus manos por una fracción de segundo.
El monoplaza se desvió hacia la derecha, fuera de la trazada, directo hacia las barreras metálicas. El impacto fue ensordecedor, un crujido de metal y fibra de carbono que resonó. El coche golpeó el guardarraíl, partiéndose en dos como si fuera papel. La parte delantera, donde Taehyung estaba atrapado, atravesó la barrera, incrustándose en el metal retorcido. En un instante, una explosión de llamas anaranjadas envolvió el monoplaza; el combustible derramándose y prendiendo como una antorcha.
Dentro del cockpit, Taehyung sintió el mundo reducirse a un infierno de fuego y humo. El impacto lo dejó aturdido, un zumbido agudo resonando en sus oídos. De inmediato, el calor se volvió abrasador, filtrándose a través del traje ignífugo y quemando la piel de sus manos. Al mismo tiempo, el olor a metal fundido y combustible inundó sus fosas nasales, mareándolo. El pánico empezó a arañar los bordes de su mente; sin embargo, su entrenamiento lo mantuvo centrado. Por suerte, el halo, esa barra de titanio sobre su cabeza, había absorbido parte del impacto, evitando que el guardarraíl lo aplastara. Aún así, el fuego era otra historia.
—Creo que es Kim Taehyung —anunció el comentarista por la transmisión, su voz temblando—. Se ha metido en las barras a unas 140 millas por hora.
El cinturón de seguridad lo sujetaba con fuerza, apretando su pecho hasta dificultarle la respiración. Intentó mover la pierna derecha, pero estaba atrapada entre los pedales retorcidos. El corazón le latía tan rápido que ahogaba incluso los gritos desesperados de su equipo por la radio.
—¡Taehyung! ¡Responde! ¡Responde, por favor! —gritaba su ingeniero, escuchándolo distorsionado.
Las llamas lamían los bordes del cockpit, mientras se acercaban a su brazo derecho. Poco a poco, el aire se volvió denso, irrespirable, cargado de humo acre que le quemaba la garganta. Taehyung tosió, sus ojos llorando por el calor y el humo, pero aún así no los cerró; sabía que no podía rendirse. Entonces, soltó el volante, sus manos temblorosas buscando el cinturón. Sin embargo, el primer intento falló: los dedos, torpes por el dolor y el calor, apenas podían moverse mientras el metal ardía bajo sus guantes. Aun en medio del pánico, lo intentó de nuevo, pero el segundo intento fue igual, un forcejeo inútil contra el mecanismo atascado.
Afuera, los comisarios corrían hacia el accidente, pero las llamas eran un muro impenetrable, demasiado altas para acercarse. Los extintores rociaban espuma, pero el fuego incrementaba con furia, alimentado por el combustible derramado. En la pista, Yoongi, que había visto el destello del impacto desde su propio monoplaza, apretó el volante con fuerza, reduciendo la velocidad cuando la bandera roja ondeó.
—Por favor, dime que está bien —susurró Yoongi, su voz quebrándose mientras tomaba una curva junto a los demás pilotos, todos ralentizando bajo la orden de carrera detenida.
—Bandera roja, bandera roja —anunció el comentarista, su tono grave—. Es un gran incidente. Bandera roja.
Dentro del cockpit, Taehyung luchó contra el pánico. El calor era insoportable ahora, las ampollas formándose bajo sus guantes mientras el traje ignífugo comenzaba a ceder.
Con un tercer intento desesperado, sus dedos encontraron el mecanismo del cinturón. Un clic seco, como un disparo de esperanza, resonó en la cabina. El cinturón se liberó y Taehyung no perdió un segundo más. Veintisiete segundos habían parecido eternos. Se impulsó hacia arriba, pisando una barra retorcida, y saltó sobre las llamas con un movimiento instintivo, su cuerpo moviéndose por puro reflejo. Aterrizó en la pista, las piernas temblorosas cediendo bajo su peso. El aire fresco del desierto lo golpeó como una bofetada, pero el dolor en sus manos era cegador, la piel enrojecida y ampollada palpitando con cada latido.
Se tambaleó hacia los comisarios, que corrían hacia él con extintores en mano, rociando espuma para abrirle paso. Taehyung se dejó caer en sus brazos, su cuerpo temblando por la adrenalina y el shock. Las sirenas de una ambulancia se acercaban, cortando el aire. Respiró una, dos veces, si vista nublándose por unos segundos, viendo borroso. Pero estaba vivo. Había salido vivo y eso era lo que importaba.
—Estoy bien —murmuró, apenas audible, mientras los paramédicos lo ayudaban a subir a la ambulancia, sus manos envueltas en vendas improvisadas.
La bandera roja había detenido la carrera, los expectantes aún seguían en shock ante lo que habían presenciado. Jungkook, frente a la televisión, vio el humo y las llamas, su mano cubriendo su boca en un grito silencioso. Las lágrimas quemaban sus ojos mientras las cámaras mostraban el coche destrozado, las llamas devorando lo que quedaba del monoplaza. Pero entonces, un destello de movimiento: Taehyung, emergiendo del infierno, tambaleándose pero vivo. Las lágrimas de Jungkook se convirtieron en alivio, rodando por sus mejillas mientras sollozaba, abrazando su vientre como si pudiera proteger al cachorro, sintiendo su cuerpo temblar por la angustia de haber presenciado aquello desde la distancia.
Todo había terminado. Taehyung había sobrevivido.
En el hospital de Bahréin, Taehyung fue trasladado rápidamente a una sala de observación. Los médicos trabajaban sin descansar, atendiendo de inmediato las quemaduras de segundo grado en sus manos y revisando el leve esguince en su tobillo derecho. Poco después, sus manos quedaron completamente vendadas, el olor a antiséptico llenó la habitación; sin embargo, Taehyung apenas lo notaba. Su mente estaba en otra parte, anclada a la imagen de Jungkook durante la videollamada que había hecho apenas llegó al hospital.
Su omega había llorado; su voz temblorosa se filtraba por la pantalla mientras le decía que iría a verlo, que ya había comprado el pasaje y que llegaría, a más tardar, al día siguiente. Aun así, Taehyung sintió un extraño alivio incluso a miles de kilómetros de distancia. Le aseguró que no era necesario, que él regresaría a casa muy pronto. No obstante, su omega era terco y él lo sabía bien. Jungkook no soportaría quedarse en casa, esperando respuestas, mientras su alfa seguía en un hospital, lejos de casa.
El silencio del hospital pesaba más que el ruido de la pista. Taehyung cerró los ojos, intentando encontrar paz en ese vacío que sentía y ese malestar físico hasta que la puerta se abrió con un suave crujido. Min Yoongi entró, su rostro pálido y los ojos cargados de una mezcla de alivio y preocupación. Todavía llevaba puesta la chaqueta de su equipo, mal abrochada, como si hubiera salido corriendo del paddock, su cabello desordenado por el casco. Se acercó a la cama, dejando caer una bolsa de dulces en la mesa auxiliar con un gesto casual, aunque su expresión era seria.
—Pensé que por un momento no saldrías vivo, Taehyung-ah —dijo Yoongi, su voz baja, casi un murmullo. Se dejó caer en la silla junto a la cama, pasándose una mano por el rostro—. Diste un gran susto a todos. Cuando vi las llamas… joder, no sabía si estabas… —se detuvo, tragando saliva, sus ojos brillando con una emoción que rara vez dejaba ver.
Taehyung esbozó una sonrisa débil, sus manos vendadas descansando sobre la sábana.
—Sí, también lo pensé por un segundo —admitió, sonriendo apenas—. Pero sabes, así me sentí cuando te vi en Silverstone hace dos años. Ese accidente tuyo —hizo una pausa, recordando vívidamente el Gran Premio de Gran Bretaña, cuando el coche de Yoongi se había volcado tras un choque en la primera curva, deslizándose boca abajo por la pista antes de estrellarse contra las barreras. Taehyung había corrido hacia el coche volcado, temiendo lo peor—. Estaba seguro de que no lo contarías. Ver tu coche de esa manera, atrapado… de verdad creí lo peor.
Yoongi soltó una risa amarga, mirando al suelo, exhalando fuertemente.
Para el omega, fue un accidente que por un momento pensó que no saldría vivo. Cada que recordaba aquello le daba un escalofrío por todo el cuerpo.
—Sí, ese fue un día de mierda. A Hoseok casi le da algo —confesó, recordando cómo su alfa había reaccionado aquel día—. Pero salí, ¿no? Como tú hoy —levantó la vista, sus ojos encontrando los del alfa—. Somos unos malditos afortunados, ¿verdad?
Taehyung asintió, su mirada suavizándose, sintiendo su cuerpo adolorido.
—Demasiado afortunados —murmuró, haciendo una breve pausa. Luego, como si las palabras hubieran estado retenidas en su garganta durante días, añadió—: Mi omega está embarazado, Yoongi-yah. Me lo dijo justo antes de venir aquí, ¿puedes creerlo?
Los ojos del omega se abrieron de par en par, y una sonrisa genuina reemplazó la tensión que aún marcaba su rostro.
Él sabía bien cuánto había esperado la pareja la llegada de un cachorro.
—¿En serio? ¡Eso es increíble! —se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas—. ¿Cómo estás con aquello?
Taehyung sonrió, sus orejas sintiéndose calientes por la vergüenza. Si por él fuera, lo gritaría a los cuatro vientos.
—Es… es lo mejor que me ha pasado —respondió al fin, con una mezcla de timidez y orgullo brillando en los ojos—. Por eso, esta competición sería una de las últimas. Quiero estar con él, con nuestro cachorro. Dejar las pistas. Construir una vida juntos… y solo enfocarme en mi omega y mi cachorro.
Yoongi sonrió, impresionado. Aunque no mentía que extrañaría competir contra él y festejar en el podio en los siguientes años.
—Eso es grande. Estoy muy feliz por ti, y te entiendo perfectamente. Después de lo de Silverstone, también me lo planteé, ¿sabes? Esta vida… es dura para los que nos esperan en casa —se recostó en la silla, cruzando los brazos—. Jungkook-ssi debe estar volviéndose loco ahora mismo.
—Ni me lo digas —rió el alfa, aunque el movimiento le arrancó una mueca por el dolor en sus manos—. Me llamó alterado y enojado. Creo que no me va a dejar acercarme a un coche de carreras en años.
Yoongi rió, sacudiendo la cabeza.
—No lo culpo. Sé que serás un gran padre. Y si necesitas consejos para lidiar con un omega preocupado, ya sabes dónde encontrarme.
—Gracias, Yoongi-yah —dijo Taehyung, su voz cálida—. Y… gracias por venir. Significa mucho, de verdad.
—No hay de qué —respondió, levantándose con un estirón—. Descansa, Taehyung-ah. Y dile a Jungkook-ssi que lo esperamos en la próxima reunión… sin coches, claro.
Taehyung rió suavemente, asintiendo con la cabeza, despidiéndose de Yoongi antes de salir de la habitación.
Y, por primera vez en años, no pensó en volver a correr, sino pensó en volver a casa. Cerró sus ojos, sintiéndose tranquilo.
Sin embargo, el alivio no llegó de inmediato para Jungkook. Su corazón latía con una mezcla de ansiedad durante todo el viaje; necesitaba ver a su alfa con sus propios ojos, tocarlo para confirmar que estaba a salvo.
Cuando llegó al hospital al día siguiente, ya era de noche, pero el personal lo dejó pasar tras verificar su identidad. Los pasillos estaban silenciosos y Jungkook avanzó sin detenerse, guiado por una enfermera hasta una habitación al final del pasillo. La puerta se abrió con un leve chirrido y allí estaba Taehyung: vendado, agotado, con el cabello revuelto, pero vivo.
Tan vivo que Jungkook vio borroso por las lágrimas.
El omega se cubrió la boca con ambas manos antes de correr hacia él. No dijo nada; simplemente se dejó caer sobre su pecho, temblando; inhalando su aroma a cedro que ahora se mezclaba con el de antiséptico.
—Mi bonito omega —murmuró, abrazándolo con fuerza.
—No podía esperar —susurró contra su cuello, su voz entrecortada—. Te vi chocar, alfa. Tenía que verte, tocarte... Pensé que te perdía.
Taehyung besó su cabello, sosteniéndolo cerca, relajándose con el aroma de mora silvestre que desprendía su omega, un poco agrio por la angustia que sentía.
—Estoy aquí, mi amor. Estoy bien —respondió, tratando de calmarlo, apretándolo contra su pecho.
Taehyung decidió permanecer en silencio hasta sentir a su omega más tranquilo, solo abrazándolo, escuchándolo quejarse después de unos minutos cuando se sentía que se quedaría dormido por las feromonas que soltó el alfa. Por lo cual, decidieron pasar la noche hablando en voz baja, el omega acurrucado a su lado, tocando suavemente su vientre hasta que se quedó dormido por todo el cansancio y estrés que había pasado desde que se subió al avión, con la cabeza apoyada sobre el hombro del alfa.
Al día siguiente, los médicos le dieron el alta poco después del mediodía y Jungkook no se separó de él ni un instante. Salieron juntos por la puerta del hospital, caminando despacio entre flashes y murmullos de periodistas, deteniéndose cuando llegaron al coche que le habían asignado al alfa para su regreso con el equipo para hacer los trámites correspondientes para que regresara a su país.
A Jungkook siempre le había incomodado estar en el ojo público, y si bien era cierto que sabían que el alfa tenía un omega, nunca lo habían visto en una de las competiciones hasta ese día.
Una vez en casa, el alfa tardó unas semanas en sanar físicamente, pero emocionalmente, el incidente había solidificado su decisión. Por lo tanto, convocó una conferencia de prensa, rodeado de su equipo y con Jungkook a su lado, aunque fuera de cámara para proteger su privacidad.
—Después de lo sucedido en Bahréin —anunció, con su voz firme pero serena—, he decidido retirarme de la Fórmula 1. Ha sido un honor competir, pero ahora mi prioridad es mi familia. Mi omega y mi futuro cachorro. Por tal motivo, quiero agradecer a todos por el apoyo que me brindaron estos años.
La noticia conmocionó a los seguidores del automovilismo, pero también inspiró a muchos, destacando la importancia de la seguridad y el equilibrio personal. La prensa habló de su retiro, de su legado en las pistas, de cómo Kim Taehyung había decidido dejar el rugido de los motores por una vida más tranquila. Pero el alfa apenas prestaba atención, alejado de las redes. Sus días transcurrían entre citas médicas, risas domésticas y las pequeñas patadas que Jungkook sentía bajo su vientre.
Y meses más tarde, ese sueño se volvió real.
El día del parto llegó envuelto en una mezcla de nervios. El hospital estaba en calma, y Taehyung no soltó la mano de Jungkook ni un solo segundo. Cada respiración del omega le recordaba lo frágil y, al mismo tiempo, lo milagroso que era aquel momento. Cuando finalmente el llanto del cachorro llenó la habitación, Taehyung sintió que se desmayaría por la emoción.
El médico le entregó el pequeño cuerpo envuelto en una manta azul claro. Taehyung lo sostuvo con cuidado, temblando. El bebé era diminuto, pero su llanto era fuerte, decidido, como si ya anunciara que había heredado el espíritu de su padre.
Las lágrimas resbalaron por el rostro del alfa antes siquiera de que pudiera contenerlas. Jungkook lo miraba desde la cama, agotado pero con una sonrisa tan dulce que parecía romper la oscuridad de la noche.
—Mira, Tae —murmuró con una voz ronca, arrullando a su cachorro en brazos—. Es igual a ti cuando sonríe.
Taehyung bajó la mirada hacia su hijo, el pecho apretado por una emoción que no sabía describir.
—No, mi amor —susurró, acariciando la mejilla del bebé—. Es igual a nosotros.
El bebé se movió ligeramente, abriendo los ojos por primera vez. Dos destellos oscuros, profundos, lo observaron con curiosidad; similares a los de Jungkook. En ese instante, Taehyung supo que todo el dolor, las cicatrices y el miedo valían la pena.
Durante las semanas siguientes, la casa se llenó de vida. Las risas reemplazaron el ruido de los motores, las madrugadas se llenaron de arrullos y las manos de Taehyung, antes curtidas por el volante, aprendieron a sostener con cariño y delicadeza. Jungkook se movía por el hogar con serenidad, cantando suavemente mientras el pequeño dormía entre sus brazos.
Algunas noches, Taehyung salía al balcón y observaba las luces lejanas de la ciudad. El rugido del tráfico se perdía en el viento y en su pecho solo quedaba el eco de lo vivido. A veces pensaba en la pista, en la velocidad, en lo que había sido su vida antes de Jungkook. Pero al mirar hacia su cama y ver a su omega meciendo al bebé, entendía que su verdadera victoria estaba ahí: en la calma, en el calor del hogar, en el segundo que lo cambió todo.
La velocidad se convirtió en un recuerdo, el amor por su omega y su cachorro en su verdadero legado.
A veces, la vida solo necesita un segundo para cambiarlo todo. Un segundo para caer y otro para renacer.
Y Taehyung había aprendido, al fin, a quedarse en el segundo donde todo era el amor hacia su familia.