A la Sombra de su Mirada

All Rights Reserved ©

Summary

Esta es la segunda parte de un libro ya terminado: "Bajo la mirada de ella" ¿Qué sucede cuando el amor no es suficiente y la voluntad de luchar parece agotada? ¿Serán lo suficientemente fuertes para revivir la pasión antes de que la rutina y el resentimiento las obliguen a soltar? O peor aún... ¿es el principio de una nueva historia, una que ya no incluye a las dos?

Status
Ongoing
Chapters
13
Rating
4.0 1 review
Age Rating
18+

Capitulo 1: Después del Final

Holaaa escribo de anticipación para dar la bienvenida a esa nueva historia, y que sera la continuación de la vida de Gabi y Mel.

Pero también para avisar que esta historia ahora, no solo será contada por Mel, sino también por Gabi. Tendremos las perspectiva de ambas y así poder entender los sentimientos de cada una y como enfrentar los obstáculos que tendrán su relación.


-Mel-

El "tic-tac" del reloj sobre la mesita me aturdía. Es curioso cómo la mente puede abstraerse de todo lo que la rodea para centrarse en un detalle insignificante. Los murmullos de las voces a mi alrededor se sentían lejanos. Mi cuerpo físico estaba allí, hundido en un sillón, pero mi mente volaba, perdida en el sonido rítmico, solo para escapar de la realidad...

—Mel…

Tic-tac-tic...

—Mel…

Tic-tac-tic...

—¡¡Mel!! —El grito me devolvió de golpe a la realidad, al lugar en el que me encontraba. Disociar era un mecanismo que había tenido toda la vida, aunque no lo supe hasta que Ana me lo hizo notar.

—Mel, ¿te encuentras bien? —Ana me miraba por encima de sus lentes redondos, con un rostro sereno. Era de piel morena, y su afro, tan cuidadosamente mantenido, siempre me había parecido fascinante.

—Sí, estoy bien. Perdón, no escuché lo que dijeron —respondí con sinceridad. Ana volteó la mirada hacia Gabriela, que estaba sentada a mi lado en el gran sofá, y luego continuó.

—Bueno, pregunté cómo les había ido con las tareas que les envié ¿Han podido avanzar?

—Ja, como si eso fuera posible —dijo Gabi con evidente molestia y sarcasmo.

—No hemos podido hacerlas... Siempre estamos ocupadas con otras cosas —respondí con calma.

—¿Y por qué no intentamos hacer una ahora? —preguntó Ana.

Su sugerencia nos sumió en un silencio incómodo.

En ese momento, mi mente, juguetona a pesar de la situación, se preguntó cómo habíamos llegado a este punto, cómo había comenzado todo. Al notar nuestra falta de respuesta, Ana decidió hablar.

—Sé que este es un proceso difícil… Pero para que la terapia de pareja funcione, necesito que ambas pongan de su parte.

Quién lo diría: después de tres años de relación, Gabi y yo estábamos obligadas a ir a terapia. Era esto o declarar muerta nuestra relación.

¡Qué irónico! Después de todo lo que luchamos al inicio, cuando nos conocimos, ahora ambas estábamos en un rincón oscuro de nuestra relación, sin saber cómo salir.

—Ella nunca quiere hacer los ejercicios —soltó Gabi como un disparo, echándome toda la culpa para quitarse responsabilidad.

—Lo dice la que siempre llega tarde a casa y vive cansada —respondí, apretando la mandíbula.

—Al menos yo trabajo, no vivo encerrada haciéndome la ocupada.

—¡Claro que estoy ocupada! Estoy con el proyecto —dije, volteándome a mirarla. ¿Qué carajos cree que hago todo el santo día?

—Un proyecto que dura más de un año. Jamás te veo hacer algo más.

—Cuando lo termine, me dará una buena cantidad de dinero. Además, yo sigo aportando a la casa —me defendí.

—Pagar solo el internet no lo es todo. Yo cargo con los demás gastos, Mel —dijo furiosa, sus ojos centelleando de rabia.

Aquí vamos de nuevo. Esto se había convertido en una jodida costumbre; peleábamos todos los malditos días. Y si no peleábamos, pasábamos el resto del tiempo sin hablarnos.

—¡Tú misma dijiste que no tenías problema! ¡Por si lo olvidaste, tuve que renunciar a mi puesto en la empresa para que no nos despidieran a las dos! —Alcé la voz sin darme cuenta.

—¡Pero ahora vives solo para ese proyecto que supuestamente dará frutos, sin tener certeza alguna, Mel! ¡Joder, ha pasado más de un año, busca un trabajo de verdad!

Al oír eso, volteé la cabeza para ignorarla. Me mordí la lengua, porque si seguíamos así, sabía que explotaría peor con ella. Gabi me llevaba al límite, y creo que yo a ella también. Últimamente, nuestras peleas eran explosivas, y si ninguna se controlaba, tarde o temprano terminaríamos peor que aquella vez de hace meses, que no quería ni recordar.

El silencio se instaló cuando me callé, y entonces escuché a Ana terminar de anotar algo en su libreta.

Ella ya estaba casi acostumbrada a vernos pelear. Debía pensar que esta relación no tenía remedio, ya que de las cuatro sesiones, en ninguna habíamos logrado una charla tranquila, y jamás habíamos aguantado las dos horas completas. La sesión empezaba, a la media hora todo se iba al carajo, la discusión escalaba, y una de las dos terminaba abandonando la sala.

—Bien, creo que ambas necesitan comunicar de forma más racional lo que tienen que decirse, sin gritar, solo comunicar —dijo, mirándonos—. Empecemos con una, y la otra solo va a escuchar, sin interrumpir, sin hacer muecas, ni reprochar lo que diga la otra… Solo escuchar. —Sin duda, nos tenía paciencia; cualquier otro profesional nos habría echado—. Bien… ¿Qué tal si, Mel, hablas tú primero? Sin gritos ni insultos… Solo di cómo te sientes respecto a esta discusión. Y tú, Gabi, escúchala solamente.

Ninguna dijo nada, pero creo que eso lo tomó nuestra psicóloga como un sí.

—Ok, ahora quiero que se pongan frente a frente y hagan lo que les dije.

Me volteé poco a poco, y noté que a Gabi le tomó un poco más de tiempo. Pero finalmente nos miramos a los ojos… ¿Cuánto hacía que no nos mirábamos? No recordaba. Dios, había olvidado que sus ojos eran tan oscuros. Creo que hacía mucho que no nos veíamos fijamente, a menos que estuviéramos discutiendo.

—Adelante, Mel —me animó Ana. Pero… ¿por dónde empezar?

—Yo… Me siento… mal —lancé un vistazo rápido a nuestra terapeuta para asegurarme de que lo estaba haciendo bien. Ella estaba atenta—Me siento como una mierda dejándote toda la carga de los demás gastos —dije por fin. Gabi se mantuvo callada, con el rostro serio, sin emitir ninguna emoción. Así que continué— Pero más me duele que pienses o tengas poca fe en mí… Yo sé que este proyecto, cuando lo saque, funcionará y…

—Pff —Hizo un sonido con la boca, poniendo los ojos en blanco, como si lo que le decía fuera un cuento repetido. Eso me irritó.

—¡Con ella no se pueden hacer estos ejercicios! ¡No cumple! ¿Vio lo que hizo? —le dije a Ana, señalando a Gabi.

—Es cierto, Gabi, no tenías por qué…

—¡Es ridículo! Siempre es lo mismo contigo, Mel. Al final, todo gira siempre a ti —interrumpió Gabi a la psicóloga, y solo me miró para decirme— No importa cuánto repitamos esta discusión, siempre vuelves a lo mismo. Me habías prometido hace tres meses que buscarías un trabajo.

—Lo busqué, joder, pero después me llamaron del contrato y me dijeron…

—¡¿Qué importa eso, Mel?! ¿De verdad crees que esa gente te pagará? ¡Te llevan utilizando más de un año sin un pago justo, solo buscando que les hagas un trabajo al menor precio!

—¡No es un proceso rápido, Gabriela, te lo he dicho! ¡Cuando esto salga, podré facturar por cada venta!

—¡No va a pasar! ¡Date cuenta de una maldita vez! —me gritó, ya alterada—. ¡Jamás cambias, jamás te pones en mi lugar! ¡Solo vives concentrada en eso!

—¿Y de qué te quejas? Yo soy la que mantiene la casa limpia, la que está pendiente de Max. Trato de lograr esto para darte la vida millonaria que tanto necesitas.

—¡Yo no quiero una vida millonaria, ¿eres estúpida?! No me interesa.

—¿Entonces por qué me sacas en cara el dinero?

—¡Porque ya ni pasamos tiempo juntas, JAMÁS! ¡No me miras y ni me abrazas!

—¿Lo dice la mujer que cada vez que por las noches trato de acercarme me rechaza? ¡No tiene sentido, Gabi! Me dices eso, pero cuando trato de hacer aunque sea algo, solo recibo TU JODIDO RECHAZO.

—¡PORQUE ME ENFERMA SOLO VERTE EN ESA LAPTOP DESDE QUE ME LEVANTO HASTA QUE LLEGO DEL TRABAJO!

—¡AL MENOS YO NO ME LA PASO SALIENDO CON AMIGOS DEL TRABAJO Y LLEGO MÁS TARDE DE LO NORMAL!

—¡PERDÓN POR QUERER OLVIDARME DE TODA LA MIERDA QUE HAY EN MI VIDA!

—Pues perdona ser yo esa maldita mierda…

Dije esto último, harta de toda la situación. No podía aguantar más allí. El aire se me cortaba. Me levanté y salí de ese cuarto lo más rápido posible.

Mis pies no dejaron de caminar rápido, y pronto salí del enorme edificio, directo a la avenida principal. No me detuve; decidí seguir caminando hasta la casa, para despejar mi mente y no explotar con toda la rabia que llevaba dentro.

Caminé y caminé, hasta que levanté la vista y vi que había llegado al nuevo edificio donde vivíamos Gabi y yo. Después de todo lo que pasamos hace tres años, una tormenta de acontecimientos nos había ocurrido uno tras otro: desde que tuve que renunciar a la empresa, porque Ali nos amenazó con despedirnos a ambas (ya que no se aceptan parejas), hasta que, unos cuatro meses después de eso y del divorcio definitivo de ella con Jhonatan, logramos mudarnos a un departamento con dos habitaciones y un baño, mucho más acogedor que el sector donde viví gran parte de mi vida en la ciudad.

Pude dejar ese pequeño apartamento donde viví tantos años. Cuando nos mudamos, pensamos que sería un gran comienzo para nuestra relación, y así fue... El primer año y medio de relación fue estupendo. Nos sentíamos como recién casadas, nos llamábamos mutuamente esposas, hacíamos el amor en cada rincón de ese apartamento y siempre estábamos felices de salir a comer o reunirnos con Aby y otros amigos sin ocultarnos. Todo era maravilloso... Pero después, poco a poco, todo comenzó a desmoronarse.

Cuando renuncié a la empresa, busqué un empleo, pero recibí un correo de una pequeña compañía extranjera que me ofrecía trabajo. Se trataba de ser parte de un proyecto para un videojuego en creación; necesitaban una publicista que los ayudara con las campañas y demás para cuando saliera el juego indie.

El salario era una miseria, casi no alcanzaba para nada, pero era comprensible, ya que la empresa solo éramos cinco personas y yo. Cualquiera habría rechazado la oferta, pero por alguna razón, a mí me atrajo. Cuando leí y vi unos prototipos del videojuego, algo dentro de mí supo que esto podría ser muy grande. Tenía potencial.

Por eso me arriesgué y acepté el trabajo. Se estimaba que el juego saldría hace un año, pero se le terminaron añadiendo más detalles, lo cual causó un retraso. Y yo terminé trabajando en muchas más cosas por el mismo salario. Obviamente, Gabi, al ver esto, creyó que esa gente solo se aprovechaba de mí, y desde entonces me pide que lo deje.

Y lo sé, sé que lo que hago parece estúpido, que no estoy pensando, pero… Ya hice lazos de confianza con los creadores del proyecto, y me aseguraron con un contrato electrónico que, cuando el juego saliera, podría cobrar el diez por ciento de las regalías y ventas. Y aunque se siente como una ruleta rusa, donde cualquier cosa puede pasar, algo dentro de mí me grita que estoy jugando mis cartas correctamente.

Cuando llegué al departamento, abrí la puerta y fui recibida por Max, un labrador castaño que se había convertido en nuestro hijo, y que, por desgracia, ha tenido que ser testigo de muchas de nuestras peleas últimamente. Lo acaricié y saludé con entusiasmo, ya que él siempre logra sacarme una sonrisa después de los malos ratos, en especial con su "otra jodida madre".

—Creo que tu otra madre me odia, Max.

Me moví por el apartamento, tomé mi laptop y me senté en el sillón de la sala para revisar si me habían enviado algún pendiente por correo. Una hora después, escuché la puerta abrirse otra vez. Ni siquiera volteé porque sabía que era ella.

Max corrió a recibirla muy contento, y ella se agachó para abrazarlo.

—Ya llegué, Maxi… Ya que tu otra madre no tuvo la empatía de esperarme.

—Yo me fui caminando y tú tomarías un taxi… No quería quitarte más dinero para que pagaras por mí —dije, refiriéndome al tema que habíamos discutido.

Ella me ignoró. Creo que ahora pasaríamos a nuestra segunda etapa favorita desde hace un tiempo: si no discutimos, nos ignoramos por horas, como si la otra no existiera.

Max nos miraba alternativamente, y era como si el pobre no pudiera decidir con quién ir en ese momento para recibir cariño. Al final, se acostó cabizbajo frente a la puerta de salida. Me dolía verlo así, pero por cómo iban las cosas, esta relación simplemente se estaba muriendo, y nosotras no estábamos logrando revivirla.

____________

Al día siguiente era domingo, mi único día libre, que desde hacía un tiempo utilizaba mucho para dormir y jugar con Max. Me levanté de la cama, mirando a mi alrededor, recomponiéndome del sueño. Desde hacía tres meses, había empezado a dormir en el cuarto de invitados.

Salí de la habitación y escuché un par de voces que venían de la cocina. Caminé hacia allí y vi a Aby sentada frente al mesón, tomando un café que me imaginé le preparó Gabi, y hablando como buenas amigas.

Aby se había vuelto muy cercana a ambas; con el tiempo, se había convertido en la mejor amiga de las dos, y al mismo tiempo, el único puente que a veces nos conectaba a Gabi y a mí.

—Buenos días por la mañana de este hermoso domingo, Mel —dijo con entusiasmo.

—Buen día, Aby. Hoy llegaste temprano, sin tanto escándalo.

—Eso es porque la señorita de aquí me habló del nuevo café que abrieron por la esquina del parque.

—¿Ah, en serio? Yo no tenía ni idea —dando a entender que, obviamente, Gabriela no me había contado una mierda y probablemente había ido con ella antes sin siquiera invitarme.

Nos miramos por unos escasos segundos, pero al hacerlo, fue con mucha rabia contenida. Como si ni ella ni yo estuviéramos dispuestas a dar nuestro brazo a torcer.

—¡Oigan! No empecemos una pelea tonta —dijo rápido Aby, que notó la tensión—. ¿Por qué no mejor salimos por ahí? El día es precioso, hay que aprovecharlo.

—No voy a salir —dije cortante. Tomé un poco de agua y me replanteé volver a acostarme a dormir todo el jodido día.

—¿Ahora también trabajas los domingos? Deberías casarte con tu nuevo proyecto, le das más atención a eso.

—¿Y tú qué haces después del trabajo, querida? Porque, hasta donde tengo entendido, la salida de la empresa es a las cinco, y no deberías tardar tres horas en llegar a casa. Pero siempre llegas a las ocho —lancé como indirecta. Gabi últimamente llegaba muy tarde a casa y hasta parecía evitar estar aquí, lo cual me había hecho replantearme y hasta dudar de si…

"No, no, no, quita eso de tu cabeza".

—¡Parque! ¡Max quiere ir al parque! —alzó la voz Aby, buscando por todos los medios evitar nuestra pelea. Al decir su nombre, Max llegó contento, moviendo la cola, feliz pensando que lo sacarían a pasear.

—Yo iré —dijo Gabi, saliendo de la cocina y buscando la correa. Cuando se perdió en el cuarto y quedamos solas Aby y yo, esta aprovechó para bajar la voz y hablar conmigo.

—Parece que la terapia de pareja no les funciona.

—No funciona porque esto ya no tiene salvación —exclamé con el rostro sin emociones, y Aby me golpeó un brazo.

—¿Cómo vas a rendirte? Ninguna de las dos puede rendirse, ¿ok? —me dijo molesta—. Pelearon mucho por esto, ¿y ahora solo van a dejar que se acabe y ya? Venga, dejen las peleas estúpidas y traten de conquistarse otra vez, salgan a citas o mejor vayan de viaje. O paga un hotel para, tal vez, hacer el amor.

—Jajaja, sí, claro —dije, riendo sarcásticamente—. Ella ni me deja acercarme.

—¿Qué? ¿A qué te refieres?

—No te hagas, Aby, ustedes hablan. ¿Me vas a decir que ella no te ha contado sobre nuestra sequía?

—Ella me mencionó algo de que llevan solo un poquito de tiempo sin hacer el amor…

—Aby… Llevamos seis meses, y la última vez que lo hicimos, ni duró nada porque terminamos peleando en pleno acto.

—¡¿Qué?! ¿Seis meses en serio? Dios —dijo, horrorizada, y su cara cambió a una de preocupación—. Pero ella no me…

—Quién sabe, tal vez la razón por la que no quiere que me acerque es que ya…

—No, Mel, no. Gabi no te engañaría —me tomó de la mano, dándome apoyo.

Gabi salió del cuarto, le colocó la correa a Max y luego abrió la puerta.

—Aby, ¿vienes?

—Sí, ya voy —Dejó su taza de café en la mesa y me dio un beso en la mejilla para luego irse detrás de Gabriela y Max.

Yo suspiré y busqué despejar mi cabeza. Maldije en mi mente el no poder fumar, ya que, cuando nos mudamos, esa fue una de las reglas estrictas que Gabi me impuso en esta casa: nada de fumar. Sin embargo, por cómo habían estado las cosas, lo que hacía era ir abajo del edificio y fumar en la calle, para después subir y colocar mi ropa en la lavadora, y así no se notara que fumé.

Me empecé a vestir para hacer justamente esa rutina, aprovechando que Gabi no estaba. Me puse unos pantalones deportivos y una camiseta blanca sin mangas, busqué mis llaves y salí del apartamento. Bajé por el ascensor, y cuando este se abrió, un montón de cajas me cayeron encima.

"¡Aff, me duele la cadera! Hace mucho que no me caía, joder".

De la sorpresa y sin entender nada, levanté la vista y vi a una chica pelirroja que me miraba desde arriba, avergonzada.

—Lo siento muchísimo, qué vergüenza. Apoyé mis cosas contra la puerta del ascensor y simplemente cayeron cuando se abrió.

La chica comenzó a ayudarme a levantarme y luego buscó agarrar las cajas que tenía. Llevaba como seis cajas medianas y unas bolsas ella sola, y creo que solo medía 1.50.

"Wow, es más pequeña que Gabi".

—Tranquila, solo fue un accidente —le dije con calma, y empecé a ayudarla—. Si quieres puedo ayudarte, dame estas cuatro cajas.

—Muchas gracias —dijo, sonrojada. Ella tomó las demás cosas y entró al ascensor conmigo, presionó el mismo piso donde vivía, y ahí fue cuando me entró la duda.

—¿Eres nueva en el edificio?

—Sí, me estoy mudando.

—Ah, qué bueno… ¿Y no tienes a nadie que te ayude?

—No… Voy a vivir sola, y la verdad no tenía ningún amigo disponible que me ayudara con la mudanza hoy, jeje.

—Bueno, será una nueva experiencia para ti, ¿no?

—¿Cómo así?

—Lo digo por empezar a vivir sola y la escuela… —Fue entonces cuando comencé a dudar y a darme cuenta de que su rostro cambiaba a uno divertido por lo que dije.

—Jajajaja, ¿qué edad crees que tengo?

—Ehhh… ¿Veinte? —Parecía muy joven, su rostro se veía muy suave, y tenía unos ojos muy grandes, de un color azul claro que dejarían a cualquiera anonadado. Llevaba puesto un pantalón azul ajustado y una camiseta ancha de una banda punk remangada por un lado, mostrando una parte de piel de su cintura, que se veía muy blanca y suave.

"Mierda, Mel, ¿qué carajos haces? Estoy falta de sexo, pero no por eso tienes que pensar en esas cosas con una extraña".

—Tengo treinta —dijo sin tapujos, y por poco mis piernas tiemblan. ¿Qué carajos?

—¿Me estás jodiendo? ¿En serio tienes treinta? ¡Es imposible!

—¿Qué edad tienes tú?

—Veintisiete.

—Y yo te calculé veintitrés, ¿viste? —se rió—A veces no aparentamos la edad que tenemos, jajaja. A mí siempre me toman por una niña perdida.

—Lo siento, no quería hacerlo.

Las puertas del ascensor se abrieron, y salimos cargando las cosas. Yo la seguía por detrás y continuamos la conversación.

—No te preocupes, no me ofende, me hace sentir más joven.

Sus caderas se movían de un lado a otro, y yo rápidamente busqué colocar mi vista en el techo del pasillo. Joder, ¿qué me pasa? No lo niego, esta chica es muy hermosa, sin duda, y el que fuera mayor que yo me tomó por sorpresa, pero nada más.

Se detuvo de golpe frente a mi departamento, y fue cuando la vi sacar unas llaves de su bolsillo y abrir la puerta del departamento justo enfrente del mío.

"Oh, mierda".

—Puedes dejar las cosas aquí, yo ya me encargo de ir metiéndolas dentro del departamento. Por cierto, tú también vives aquí en el edificio, ¿no?

—Ehh, sí… Casualmente, es este de aquí —dije, señalando la puerta detrás de mi espalda. Ella miró y luego sonrió.

—Qué bueno. Es un placer tener una chica linda… como vecina —y me guiñó el ojo.

Continuará…