Ya no soy yo

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Summary

Camile y Sara alguna vez lo tuvieron todo: amor, pasión y un matrimonio que parecía inquebrantable… hasta que dejó de serlo. Tras el fin de su matrimonio, Camile se encuentra perdida entre el dolor y la incertidumbre. En su intento por reconstruirse, vuelve a acercarse a sus viejas amigas, quienes la ayudan a sanar, redescubrirse y enfrentar lo que realmente siente. Mientras tanto, el destino sigue cruzando su camino con Sara, haciéndola dudar de si realmente es momento de cerrar ese capítulo. Al mismo tiempo, Andy, una de sus amigas más cercanas, se ve envuelta en un inesperado juego de atracción que desafía su forma de ver las relaciones. Entre amistades que sostienen, amores que nunca se han ido y sentimientos que necesitan ser comprendidos, Camile y sus amigas aprenderán que a veces, para seguir adelante, primero hay que mirar atrás.

Genre
Romance
Author
E.W
Status
Ongoing
Chapters
104
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
18+

Al mal tiempo mala cara

“Quiero divorciarme.”

En las noches, esas palabras regresan como pesadillas. Ambas lo sabíamos; desde hace meses éramos conscientes de que quedaba poco de todo lo que nos unió alguna vez.

Quiero culparla. Me muero por encontrarle defectos, por convencerme de que todo es su culpa. Pero mi corazón traiciona a mi mente. Lo que ella no sabe es que, para mí, el amor no se detuvo nunca. No dejó de crecer. Y, aun así, me culpo por lo poco que fui capaz de darle.

La escuché un par de veces en llamadas con sus amigas. Soy la mala en sus historias. Tan reemplazable, que ahora solo soy un chiste.

—No puedo... solo no puedo.

Estaba ahí, bajo la lluvia, gritándole a la nada. Todo el día había intentado encontrar el valor para firmar los papeles del divorcio, pero mis manos simplemente no podían.

Caminé hacia la casa de sus padres, con la vista fija en el suelo durante todo el trayecto.

Cuando llegué, mi corazón se encogió. Tropezó entre el dolor y el enojo al ver un auto rojo con adhesivos de un equipo de fútbol español en la puerta del conductor. Conocía ese auto.

Era el auto de su amante. Estaba estacionado frente a la casa de mis suegros.

Uno de mis amigos la veía de una forma distinta. Ella nunca habló sobre ello. Cuando le confesé mis celos, me trató como si estuviera loca. Siempre hacía la misma cara de indignación. Mi esposa, la mujer con la que compartía mi vida, me vio la cara de idiota con uno de mis mejores amigos.

El dolor era inmenso, pero la ira lo superaba.

Tomé una roca y la lancé contra el parabrisas del auto. No me importaba nada más que mi rabia y mi sufrimiento. Pateé el auto con todas mis fuerzas mientras su alarma resonaba en la calle.

—¡Vete a la mierda, maldito traidor! ¡Ojalá te mueras! —grité, mientras destrozaba la carrocería con mis manos y con piedras que recogía del suelo.

Ella salió de la casa, asustada.

—Estás actuando como una loca. Detente, por favor. Estás haciendo un espectáculo. Cálmate.

Su preocupación no era por mí, sino por lo que dirían los vecinos.

—¿Qué me calme? ¿Cómo quieres que me calme si mis sospechas se confirman así? —respondí, llena de furia.

Mis suegros salieron detrás de ella, ambos indignados. Y luego salió él.

Estaba siendo incoherente e impulsiva; lo sabía, pero no podía detenerme. La ira ya no cabía en mi pecho, y, sin darme cuenta, se había trasladado a mis manos. Siempre me han considerado una persona tranquila, pero esto es lo que soy: un nudo de emociones sin resolver. Ni siquiera yo me reconozco.

Recuerdo poco de lo que pasó después. Solo sé que terminé con heridas en el rostro tras intentar pelear con él, que probablemente pondrían una orden de alejamiento en mi contra, y que, una hora más tarde, una de mis mejores amigas llegó para pagar mi fianza.

Laura, una de mis amigas más cercanas, fue quien vino por mí. De todas las personas a las que pude llamar, escogí a la más impulsiva y caótica. Quizá esperaba que su experiencia en la locura me ayudara a navegar la mía.

Cuando salimos de aquel lugar, no me hizo preguntas. Simplemente me acompañó a la clínica de su novio para que revisaran mis heridas. Él ya me conocía de antes y fue amable conmigo. Se limitó a hacer preguntas sobre mis heridas y nada más.

Laura me esperó afuera del consultorio y, cuando salí, me pidió que camináramos un rato para platicar.