Capítulo 1 - Sangre y sal
Existen leyendas sobre nosotras. Historias contadas en tabernas junto al fuego, advertencias susurradas a los niños para que no se acerquen a la costa. Dicen que somos monstruos. Que no tenemos alma. Que si un hombre es cazado por una de nosotras, jamás vuelve a su hogar.
Cuentan que, una vez que escuchan nuestro susurro, pierden la voluntad; son arrastrados a nuestro territorio y usados para procrear. Ese lugar es mi hogar: Abyssia, un asentamiento construido sobre agua y roca, donde el viento huele a sal.
Los humanos lo llaman el Charco de la Muerte.
Dicen que ningún hombre ha regresado.
Dicen que nadie puede escapar.
Y todo, absolutamente todo, es verdad.
Pero lo que las historias no cuentan es que no sirve cualquier hombre. Necesitamos a uno con el aura podrida; alguien que, al igual que nosotras, carezca de alma. También existen mujeres de esa calaña —demasiadas—, pero se libran por no tener una verga entre las piernas.
Mi abuela me dijo una vez que mi madre era especial, diferente, y que por eso acabó muerta, con las escamas arrancadas y el esqueleto de su cola colgado en el salón del Gobernante. Ella pensaba que no todos eran malos y que las auras podían cambiarse. Se enamoró de un humano y escapó con él.
—Eres una sirena, Selyra. Mañana empieza tu iniciación —dijo mi abuela, tirando de una red repleta de peces—. No me decepciones.
Me fijé en sus arrugadas manos; su pelo ya era blanco como la espuma de mar, exceptuando un mechón castaño en la zona frontal, justo a su izquierda. Curiosamente, las arrugas de su rostro potenciaban aún más su belleza.
—No lo haré, abuela.
La situación con mi madre la superó. A veces me llamaba por su nombre, creyendo que yo era ella, su niña, la única. Por lo general solemos tener un total de cinco hijas: una por año de fertilidad. Pero mi abuela fue nombrada Eptrem demasiado pronto, obligada a realizar los rituales de iniciación y a guiar a las nuestras desde entonces. No todas estuvieron de acuerdo con su ascensión, y eran muchas las que deseaban usurpar su lugar, el poder que te otorgaba ese puesto dentro de la comunidad. Ya lo hubieran conseguido, si no hubiera sido por mí, la siguiente Eptrem, la única descendencia que le quedaba.
—Vete a dormir. El mar está agitado… siente la luna, siente cómo te observa. Sabe lo que ocurrirá mañana.
Asentí y me dirigí pausadamente hacia mi cabaña, sintiendo el crujir de la madera bajo mis pies descalzos. El agua del mar se colaba entre las rendijas, acariciando mi piel como si quisiera calmarme, y el sol comenzaba a desaparecer tras el océano. Y la luna, a pesar de no estar llena hasta mañana, ya intentaba ocupar su lugar, dándonos su tímida luz.
Algunas de mis hermanas entraban en sus casas de madera, todas construidas sobre el mar. Desde allí se veía la orilla, pero para un humano sería necesario acercarse en barca. Y ninguno era tan estúpido como para intentarlo.
—¡Selyra! —la voz de Etraura a mi derecha.
Estaba dentro del mar; su cola grisácea asomaba levemente con el movimiento de la marea.
—Mañana es el día. Por fin sabrás lo que es comer un corazón de verdad.
Un corazón de verdad. Era de lo único que hablaban todas, más que del sexo. Los corazones de pescado eran nuestro alimento, pero las que se iniciaban decían que ninguno sabía igual al de un humano. Y es que, para que el ritual y la gestación funcionaran, debíamos comernos el corazón de nuestro Opertrum —o como los humanos llamaban: nuestra presa, nuestra víctima—.
—Sí… ¿qué harás ahora, sin tener motivos para sentirte superior a mí? ¿Qué te inventarás para aumentar tu ego? —seguí andando sobre las tablas mientras Etraura me seguía por el agua.
—Oh, venga… sabes que en el fondo te aprecio. ¿Aún me guardas rencor por eso? —su tono burlón provocó una ola de fuego en mi pecho.
—Intentaste matarme.
—Ya te pedí perdón; no ha vuelto a pasar.
—¿Por qué será? Ah, sí… ¿qué tal el trozo de escamas que te falta? —sonreí, apenas una mueca.
—Selyra… —de nuevo tono burlón.
Me incliné hacia ella como si fuera a hablar; volví a sonreír, ahora una sonrisa más amplia y, con la velocidad que me caracterizaba, la agarré del pelo antes de que pudiera reaccionar, levantándola y lanzándola sobre las tablas. Su rostro cambió al instante mientras retrocedía con los brazos, intentando alejarse a la vez que su cola dejaba un eco de golpes secos sobre la madera.
—No vuelvas a pronunciar mi nombre. No eres mi hermana. No eres nadie. Tuviste suerte de que mi abuela no te desterrara. Si vuelves a hablarme o a mirarme, el próximo corazón que probaré será el tuyo.
—¡Ya basta! —otra sirena, Surnea, apareció frente a nosotras—. Ya cumplió su castigo, déjalo estar.
Miré a ambas, aunque mis ojos se posaron en Etraura. Apreté los puños, evitando que mis uñas afiladas se deslizaran por mis cutículas; quería rajarle el cuello. Cumplir su castigo… Cien días en el fondo del mar, atada por las algas de Veriom, cien días de oscuridad por intentar quitarme la vida. No, no me eran suficientes. Algún día acabaría con ella y todas mis hermanas lo sabían, incluida mi abuela.
—Selyra… —Surnea volvió a hablar, su tono más firme.
—Que la sal del mar te vea —me despedí.
—Que la sal del mar te vea.
Me fui sin apartar la vista de Etraura. Me habría gustado poder mirarla a los ojos, pero la muy cobarde agachó la cabeza mientras sus escamas se levantaban y giraban, una tras otra, como las olas del mar cuando, tras rozar la orilla, vuelven al agua. Surnea la ayudó a incorporarse, como si ella sola no pudiera, pero a Etraura le gustaba dar lástima. «Algún día te las partiré», pensé al verla ya con piernas. Pero hoy no era ese día; eso era lo que ella quería, provocarme, y lo había conseguido. Aunque eso no era difícil.
Entré en mi casa y me tumbé en la hamaca hecha de red. Mi abuela no tardó mucho en acompañarme.
—¿Cómo debo decírtelo? ¿Cómo te hago entender que no puedes permitirte tener ese temperamento? —dejó el cubo con peces, retumbando las paredes de la casa con un golpe seco.
—Ella…
—¡Me da igual, Selyra! Si empezó ella, si fuiste tú… —se sentó en el pequeño taburete junto a la mesa.
—Nos quiere muertas… y no solo ella. Deberías ejecutarlas, ¡son unas traidoras! —yo ya me había levantado de la tumbona.
—En unos años ocuparás mi lugar y menos mal que no viviré para verlo. Con esa actitud no durarás ni dos días —me señaló el otro taburete—. Siéntate y acompáñame a la mesa. —Le hice caso— ¿sabes por qué la antigua Eptrem tomó la decisión de que fuera su sucesora?
—Sus hijas eran unas inútiles —mi abuela sonrió.
—Porque me odiaba, cariño. A mí, y a sus hijas.
El rostro de Etraura inundó mi mente. Ella era una de las hijas de la antigua Eptrem, pero no soportó que nombrara a mi abuela. No me extrañaba que su madre la odiara, a todas y cada una de sus cinco hijas. Eran insoportables, todas y cada una de ellas; romper la tradición fue la mejor decisión que pudo tomar.
—Quería dividir la aldea —mi abuela sacó un pez del cubo—. Ahora que lo pienso, esa mal nacida nos odiaba a todas —sonrió.
—Pues lo consiguió, la dividió.
—Lo consiguió, si… pero yo sigo viva ochenta años después, y eso seguro que no se lo esperaba. Hazte un favor a ti misma y no te dejes provocar; actúa más con la cabeza y menos con tu impulsividad.
Tenía razón, a medias, ya que tenía claro que esa impulsividad me hacía impredecible y eso me hacía ser temida. Pero mañana era un día importante y no iba a permitir que nadie, absolutamente nadie, me lo echara a perder. Así que, aunque fuera solo por unas horas, le haría caso.
Me desperté con el sonido del viento azotando entre los huecos de las maderas y el sonido del mar. Siempre se despertaba agitado el día de la iniciación, recordándonos la unión que había entre él y nosotras. Mi abuela roncaba, como siempre, y, a pesar de que ya estaba acostumbrada a aquel sonido, una vez despierta me resultaba insoportable. Así que comencé a chasquear la lengua contra el paladar, un sonido efectivo para acallarla.
Abrí las hojas de la ventana, el sol aún no había salido y, aun así, sus rayos ya comenzaban a teñir el mar de un color anaranjado. Me senté a la mesa y me dispuse a comer, no sabría cuántos días tardaría en la búsqueda de mi Opertum. El menor tiempo había sido cuatro días. El pánico se apoderó de mí, no había pensado en aquello.
Salí por la puerta con el corazón en un puño y me dirigí a casa de Miraral, era la única en la que podía confiar. No me digné a llamar, no podía perder el tiempo; me adentré en su casa al igual que el viento. Miraral, que dormía, se incorporó asustada. Su pecho agitado y sus uñas fuera me lo confirmaron.
—Selyra… ¿qué demonios…?
—Debes protegerla —no permití que terminara la frase.
—Es mucha responsabilidad… —sus uñas volvían a su estado natural y comenzaba a incorporarse de la hamaca.
—Debes protegerla —repetí, exigiendo.
—No sé si podré… son demasiadas las que os quieren fuera del poder, ya lo sabes.
—Miraral, escúchame —me coloqué frente a ella—, no sé cuánto tiempo estaré fuera, ella es mayor, no podrá defenderse sola…
—Haré lo que pueda, pero no te aseguro nada.
—Por la sal que lo harás, Miraral… más te vale mantener a mi abuela con vida tú y todas las que nos apoyáis, porque te juro que la aldea arderá, Abyssia desaparecerá y no quedará nada que gobernar.
—Oye, cálmate. Ellas lo saben, no pasará nada.
—Estás avisada.
Volví a la casa. Mi abuela seguía durmiendo y había vuelto a comenzar a roncar. Durante su juventud era poderosa, mucho. Nuestra descendencia lo era. Mi abuela pensaba que la eligieron porque la odiaban, pero yo sabía que lo que querían era extinguirnos. La querían muerta, sin descendencia, acabar con el legado más poderoso. Y ahora estaba convencida de que mi ausencia era la oportunidad que tanto ansiaban. A su edad no podía defenderse como antes.
—¿Los nervios no te dejan dormir? —me preguntó entre bostezos.
—Eso parece…
Se incorporó y se acercó a mí, pero antes metió la mano en una de las rendijas del suelo, la que estaba más abierta, mojándose los dedos con el agua del mar. Se acercó a mí y posó su dedo índice sobre mi pecho, creando olas del mar sobre él.
—Que el mar y la sal te protejan y te ayuden. Que la concha te haga fuerte y la arena filtre tus miedos —comenzó a rezar.
—Que las algas ayuden a mis pulmones a respirar el aire del mar y los peces me alimenten —continué.
—Sangre y agua.
—Sangre y agua —.repetí
Entré en mi casa y me tumbé en la hamaca hecha de red. Mi abuela no tardó mucho en acompañarme.
—¿Cómo debo decírtelo? ¿Cómo te hago entender que no puedes permitirte tener ese temperamento? —dejó el cubo con peces, retumbando las paredes de la casa con un golpe seco.
—Ella…
—¡Me da igual, Selyra! Si empezó ella, si fuiste tú… —se sentó en el pequeño taburete junto a la mesa.
—Nos quiere muertas… y no solo ella. Deberías ejecutarlas, ¡son unas traidoras! —yo ya me había levantado de la tumbona.
—En unos años ocuparás mi lugar y menos mal que no viviré para verlo. Con esa actitud no durarás ni dos días —me señaló el otro taburete—. Siéntate y acompáñame a la mesa. —Le hice caso— ¿sabes por qué la antigua Eptrem tomó la decisión de que fuera su sucesora?
—Sus hijas eran unas inútiles. —Mi abuela sonrió.
—Porque me odiaba, cariño. A mí, y a sus hijas.
El rostro de Etraura inundó mi mente.
Ella era una de las hijas de la antigua Eptrem, pero no soportó que nombrara a mi abuela.
No me extrañaba que su madre la odiara, a todas y cada una de sus cinco hijas. Eran insoportables; romper la tradición fue la mejor decisión que pudo tomar.
—Quería dividir la aldea —mi abuela sacó un pez del cubo—. Ahora que lo pienso, esa mal nacida nos odiaba a todas —sonrió.
—Pues lo consiguió, la dividió.
—Lo consiguió, sí… pero yo sigo viva ochenta años después, y eso seguro que no se lo esperaba. Hazte un favor a ti misma y no te dejes provocar; actúa más con la cabeza y menos con tu impulsividad.
Tenía razón, a medias, ya que tenía claro que esa impulsividad me hacía impredecible, y eso me hacía ser temida.
Pero mañana era un día importante y no iba a permitir que nadie, absolutamente nadie, me lo echara a perder.
Así que, aunque fuera solo por unas horas, le haría caso.
Me desperté con el sonido del viento azotando entre los huecos de las maderas y el sonido del mar.
Siempre se despertaba agitado el día de la iniciación, recordándonos la unión que había entre él y nosotras.
Mi abuela roncaba, como siempre, y, a pesar de que ya estaba acostumbrada a aquel sonido, una vez despierta me resultaba insoportable.
Así que comencé a chasquear la lengua contra el paladar, un sonido efectivo para acallarla.
Abrí las hojas de la ventana; el sol aún no había salido y, aun así, sus rayos ya comenzaban a teñir el mar de un color anaranjado.
Me senté a la mesa y me dispuse a comer; no sabría cuántos días tardaría en la búsqueda de mi Opertum.
El menor tiempo había sido cuatro días. El pánico se apoderó de mí; no había pensado en aquello.
Salí por la puerta con el corazón en un puño y me dirigí a casa de Miraral; era la única en la que podía confiar.
No me digné a llamar, no podía perder el tiempo; me adentré en su casa al igual que el viento.
Miraral, que dormía, se incorporó asustada. Su pecho agitado y sus uñas fuera me lo confirmaron.
—Selyra… ¿qué demonios…?
—Debes protegerla —no permití que terminara la frase.
—Es mucha responsabilidad… —sus uñas volvían a su estado natural y comenzaba a incorporarse de la hamaca.
—Debes protegerla —repetí, exigiendo.
—No sé si podré… son demasiadas las que os quieren fuera del poder, ya lo sabes.
—Miraral, escúchame —me coloqué frente a ella—, no sé cuánto tiempo estaré fuera; ella es mayor, no podrá defenderse sola…
—Haré lo que pueda, pero no te aseguro nada.
—Por la sal que lo harás, Miraral… más te vale mantener a mi abuela con vida, tú y todas las que nos apoyáis, porque te juro que la aldea arderá, Abyssia desaparecerá y no quedará nada que gobernar.
—Oye, cálmate. Ellas lo saben, no pasará nada.
—Estás avisada.
Volví a la casa. Mi abuela seguía durmiendo y había vuelto a comenzar a roncar.
Durante su juventud era poderosa, mucho. Nuestra descendencia lo era.
Mi abuela pensaba que la eligieron porque la odiaban, pero yo sabía que lo que querían era extinguirnos.
La querían muerta, sin descendencia, acabar con el legado más poderoso.
Y ahora estaba convencida de que mi ausencia era la oportunidad que tanto ansiaban.
A su edad no podía defenderse como antes.
—¿Los nervios no te dejan dormir? —me preguntó entre bostezos.
—Eso parece…
Se incorporó y se acercó a mí, pero antes metió la mano en una de las rendijas del suelo, la que estaba más abierta, mojándose los dedos con el agua del mar.
Se acercó a mí y posó su dedo índice sobre mi pecho, creando olas del mar sobre él.
—Que el mar y la sal te protejan y te ayuden. Que la concha te haga fuerte y la arena filtre tus miedos —comenzó a rezar.
—Que las algas ayuden a mis pulmones a respirar el aire del mar y los peces me alimenten —continué.
—Sangre y sal.
—Sangre y sal —repetí.