El invierno del demonio

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Summary

En la víspera de Navidad, cuando la nieve cae como un sudario sobre la ciudad, Ira, una bruja exiliada, siente que el tiempo se agota. Durante siglos ha huido del mismo destino: entregar su alma al demonio que una vez amó y traicionó. Pero esta noche es distinta. La Nochebuena, símbolo de pureza y redención, se convertirá en el escenario de su perdición. Cuando Azazel, el demonio del fuego eterno, aparece en medio de la tormenta, Ira comprende que no ha venido a reclamar su alma… sino su corazón. Entre el hielo y las brasas, ambos se enfrentarán al deseo que los destruyó y a la verdad que los condena: el amor que los unió nunca murió, solo ardió en silencio. Mientras la ciudad duerme bajo un manto de nieve ardiente, una antigua promesa resucita y, con ella… el invierno del demonio.

Status
Complete
Chapters
4
Rating
n/a
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18+

1

La nieve había comenzado a caer antes del anochecer, silenciosa, persistente, como si el cielo se desangrara en copos pálidos.

La ciudad, envuelta en un manto blanco, parecía detenida en el tiempo: las luces parpadeaban como almas cansadas y las campanas de las iglesias repicaban con una tristeza que no pertenecía a la Navidad.

No había risas. No había villancicos. Solo el susurro del viento que se colaba por las rendijas de las casa, recordando a todos que la alegría también podía congelarse.

En el límite de la ciudad, al final de una calle empedrada que el invierno había devorado, se alzaba una vieja librería. Nadie la visitaba desde hacía años. El letrero, cubierto de escarcha, aún rezaba en letras desgastadas: “El Refugio de la Medianoche.”

Allí vivía Ira. Nadie conocía su verdadero nombre. Los vecinos la llamaban “la mujer del abrigo negro”, y los pocos que se atrevían a acercarse aseguraban que sus ojos cambiaban de color según la luz: a veces grises como el acero, a veces de un verde tan intenso que dolía mirarlos.

La chica había aprendido a ser invisible. A caminar entre los humanos como una sombra con rostro. Pero esa noche, algo dentro de ella temblaba, un presentimiento que le helaba la sangre y le recordaba que el tiempo se había agotado.

Lo sentía. Él estaba cerca.

La bruja se movía por su tienda con movimientos lentos, casi rituales. El interior olía a papel viejo, incienso y madera húmeda. Los libros, apilados en torres imposibles, parecían observarla desde la penumbra.

Encendió una vela sobre el mostrador y el fuego titiló con un color anaranjado que no pertenecía del todo al mundo de los mortales. Las sombras bailaron alrededor, deformando su silueta.

Ira llevaba una bata de lana oscura y el cabello suelto, tan negro que absorbía la luz. Tenía las manos finas, los dedos manchados de tinta y ceniza, y una marca en la muñeca: un círculo de runas que parecía arder bajo la piel. Era el resto del antiguo pacto. El sello que alguna vez unió su alma con la de Azazel.

Cerró los ojos. El nombre prohibido le pesó en los labios como una plegaria rota.

Hacía tres siglos que había escapado. Tres siglos de cuerpos nuevos, nombres falsos y lugares distintos. Pero los demonios no olvidan y, el invierno, su estación, siempre terminaba por devolverla al mismo punto: la vísperas del hielo. Esa noche, la última antes del amanecer.

El reloj marcó las once cuando el viento cambió. Dejó de ser un murmullo y se volvió un lamento. Las llamas de las velas se inclinaron hacia el este y un escalofrío le recorrió la espalda.

—No aún… —murmuró con voz temblorosa—. No esta vez.

Tomó una llave oxidada del cuello y la apretó contra su pecho. El objeto brilló débilmente, reaccionando al pulso de su magia. Luego, caminó hacia la trastienda.

El suelo crujió bajo sus pasos. Las paredes parecían respirar.

La trastienda era un santuario escondido detrás de un falso estante. Nadie entraba allí salvo ella. Dentro, el aire era más denso, cargado de energía. Había frascos de cristal llenos de polvo de hueso, plumas ennegrecidas, velas negras consumidas hasta la mitad y un espejo cubierto con una tela roja.

Sobre una mesa, descansaba un grimorio abierto. Las letras danzaban lentamente, vivas, escritas, en una lengua que solo las brujas antiguas comprendían.

Ira pasó los dedos por las páginas y sintió el calor del conjuro bajo su piel. Había jurado no volver a usar esa magia. Era prohibida incluso para las suyas. Pero ya no tenía elección. Si no detenía a Azazel antes del amanecer, él la arrastraría de vuelta al infierno. Y esta vez, no habría escapatoria.

Fuera, la tormenta rugía. Los copos golpeaban los cristales con furia. La ciudad parecía borrarse bajo la ventisca.

La chica dibujó un círculo en el suelo con sal negra y polvo de ónice. Luego colocó seis velas en los puntos cardinales y una en el centro, sobre un cuenco de plata. Cada vela representaba un voto: soledad, silencio, sangre, memoria, deseo y renuncia.

—Por el hielo que cubre la tierra… —susurró mientras el aire se espesaba—. Por la noche que niega el amanecer… Por las cadenas que aún atan mi nombre al suyo… Que el fuego me escuche y me olvide.

Su voz tembló. El viento golpeó con más fuerza.

—Que el demonio me busque… y no me encuentre.

Las velas se encendieron al unísono. Un resplandor rojo llenó la habitación para derretir la escarcha de las paredes. El espejo vibró bajo la tela y un sonido bajo, casi un gemido, emergió desde las profundidades del aire.

El conjuro estaba funcionando.

No obstante, en ese instante, una corriente helada se coló por debajo de la puerta. Las llamas se alzaron con violencia y una de las velas estalló, lanzando cera ardiente al suelo.

El viento dejó de soplar. De repente, todo se detuvo.

El silencio fue tan absoluto que pudo escuchar el latido de su propio corazón.

Una voz, profunda y suave como un eco antiguo, rompió la quietud:

—¿Aún rezas por redención, pequeña bruja?

El espejo se quebró en mil fragmentos. Ira giró con el corazón encogido. Detrás de ella, el aire se distorsionó como si la realidad misma se derritiera. Las sombras se curvaron, se alzaron y tomaron forma humana.

El suelo tembló. Las velas se apagaron, excepto una, la del centro, que ardía con una llama negra. De entre la penumbra emergió Azazel.

Era alto, con una elegancia peligrosa. Llevaba un abrigo largo de cuero oscuro que parecía absorber la luz. Su cabello, negro con reflejos rojos, caía en desorden sobre los hombros. La piel, pálida como el mármol, contrastaba con el fulgor de sus ojos: un rojo profundo, casi líquido, como brasas ocultas bajo ceniza.

Su presencia llenaba el aire de una calidez insoportable, como si el fuego del infierno hubiese encontrado una grieta en la tierra.

La joven retrocedió un paso y él sonrió.

—Has invocado fuerzas que no comprendes —dijo con voz grave, y cada palabra parecía resonar en las paredes—. Aun después de todo este tiempo, sigues creyendo que puedes huir de mí.

—No te he invocado —susurró ella, intentando mantener la calma—. Te he maldecido.

Azazel dio un paso adelante. Donde pisaba, la nieve que se filtraba por la rendija de la puerta se evaporaba.

—¿Maldecirme? —rio, bajo, casi con ternura—. Ira… tú fuiste mi maldición.

Ella quiso replicar, pero su garganta se cerró. Verlo después de tantos siglos era como abrir una herida que jamás había sanado. El mismo rostro que una vez besó entre ruinas. La misma voz que le prometió el poder eterno y la condena.

Y, aún así, su corazón se aceleró.

—Te advertí que vendría a por ti —continuó él al acercarse—. El pacto debía cumplirse. No hay hechizo ni exilio que cambie eso.

La muchacha apretó los puños. Su magia respondió, débil, cansada.

—No te temo.

—Mientes —el demonio sonrió con la cabeza ladeada—. Siempre lo hiciste.

Su tono era casi dulce, mas había peligro en él, una promesa velada de fuego y cadenas.

—Tu magia se apaga, bruja —levantó una mano y chasqueó los dedos. Las velas se encendieron de nuevo, todas a la vez, con una llama escarlata—. ¿Sabes por qué? Porque yo la sostuve durante siglos. Todo lo que eres… aún me pertenece.

Las palabras la atravesaron.

—No —murmuró con la voz quebrada—. Te dejé atrás.

El demonio la miró y, por instante, el fuego en sus ojos se suavizó.

—Intentaste dejarme atrás —corrigió—. Pero el amor no muere. Solo cambia de forma. A veces se convierte en castigo.

Ira sintió que el aire se volvía pesado. Cada respiración dolía. Cada recuerdo, cada instante que compartieron, regresó con una intensidad que la desarmó: los besos bajo un cielo carmesí, las promesas hechas sobre cuerpos entrelazados, la traición final que selló su condena.

Él había sido su guardián. Su amante. Su ruina.

Ahora estaba allí, más hermoso y aterrador que nunca. Ella alzó la mano para reunir la poca energía que le quedaba y un resplandor verde brotó de su palma.

—Te destierro… —empezó a decir—. Por el hielo, por la tierra y por mi sangre…

No obstante, el demonio desapareció de su lugar y reapareció frente a ella, tan rápido que el aire se quebró. Le tomó la muñeca con suavidad, como si temiera romperla.

—¿Aún rezas por redención, pequeña bruja? —repitió, acercando su rostro al suyo.

La chica lo miró, con los ojos brillando por el reflejo del fuego.

—No creo en la redención —susurró—. Solo en la venganza.

Él sonrió, con la paciencia de quien ha esperado siglos para escuchar esas palabras.

—Entonces, quizás aún haya esperanza.

El viento volvió a rugir. Las velas estallaron. El suelo se agrietó bajo el círculo de sal y la oscuridad los envolvió.

Y así, mientras la ciudad dormía bajo la nieve, el demonio y la bruja volvieron a encontrarse, justo donde la eternidad los había dejado: entre el fuego y el hielo, entre el odio y el deseo.

Fuera, la tormenta se calmó. Las campanas dieron la medianoche. Y en el interior de la vieja librería, la última vela seguía ardiendo, negra como la sangre seca, iluminando dos sombras que ya no pertenecían al mundo de los mortales.