Supersonic
La música del bar era más fuerte de lo habitual, pero no lo suficiente como para ahogar el ruido dentro de la cabeza de Luka. La luz amarilla, casi ámbar, bañaba las mesas desgastadas y hacía que todo pareciera un recuerdo borroso, incluso antes de convertirse en uno.
Letty agitaba su michelada con una pajilla negra mientras Supersonic, de Oasis, vibraba en las paredes.
—Vamos, amor —dijo, inclinándose hacia él con esa mezcla de cariño y desesperación que solo ella podía manejar—. Llevas semanas encerrado. Y cuando por fin sales, te me quedas viendo el vacío como si fuera tu amante secreto.
Luka forzó una sonrisa, apenas una curva mínima. No llegaba a los ojos.
—Me halagas. Ojalá el vacío me hiciera el favor de invitarme un trago.
Letty bufó, divertida.
—Ay, por Dios. ¿Sabes lo que él te diría si te viera así? —endureció un poco la voz—. “Te ves tan patético actuando así”. Con ese tono suyo… el que tú imitabas demasiado bien.
Luka bajó la mirada hacia su vaso. La espuma ya se había ido. Igual que tantas otras cosas.
—Sí —respondió—. Diría eso. O algo peor.
Durante un momento se quedaron en silencio. El bar estaba lleno de gente hablando, riendo, empujándose entre mesas, pero alrededor de Luka el mundo parecía ir un poco más lento, como una película que no termina de cargar.
Letty lo observó con atención. Sus ojos, grandes y delineados, tenían el brillo inquieto de quien se preocupa más de lo que admite.
—Mira, bebé —susurró, tocándole el brazo—. No quiero que sigas así. Te estás apagando. Y tú… tú eres de los que deberían brillar, incluso cuando odias el mundo.
Luka soltó una risa pequeña. Vacía pero agradecida.
—No estoy apagado. Solo… en modo avión.
—Pues apágalo, y regresa. Te extraño.
Eso sí lo hizo mirarla. Letty siempre decía la verdad cuando hablaba bajito.
—Estoy intentando —respondió Luka, masajeándose el puente de la nariz—. De verdad. Solo que a veces… cuesta.
No dijo más. No necesitaba. Letty entendía que había cosas hundidas en él que no podían expresarse en voz alta sin romperlo un poco.
Una carcajada fuerte estalló en una mesa cercana. Luka parpadeó, sobresaltado. Su corazón se aceleró como si hubiera sido empujado a la superficie sin aviso. Esa reacción automática, esa chispa de ansiedad, esa sensación de “no pertenezco aquí”… Letty la reconoció inmediatamente.
Cambió de tema con una agilidad casi protectora.
—Escucha, tengo un plan —dijo, levantándose un poco del asiento—. Y no podrás decirme que no.
—Letty… —Luka rodó los ojos—. Por favor no es otra cita a ciegas. No quiero volver a salir corriendo como la vez del tipo que confundió “crepúsculo” con “Crepúsculo”.
Letty se rió a carcajadas.
—¡Es que te pones exquisito!
—Era un crepúsculo, Letty. Un atardecer. Una metáfora. No un vampiro con glitter.
Ella volvió a reír, pero su voz suavizó cuando añadió:
—A veces siento que él te dejó más filosófico de lo que ya eras.
Luka no respondió. Tomó otro sorbo de cerveza, evitando la conversación por una mezcla de costumbre y defensa. No iba a hablar de heridas esa noche. No tenía el valor… ni la energía.
Letty lo estudió nuevamente. Era su amiga, sí, pero también su testigo silenciosa: la única que había visto cómo se hundía en semanas grises sin motivo aparente, cómo perdía peso sin intentarlo, cómo sus ojos se volvían opacos incluso cuando reía.
Ella sabía.
No sabía todo, pero sabía lo suficiente.
—Solo quiero que vuelvas a conectar con el mundo —dijo finalmente—. Aunque sea poquito. Aunque sea esta noche.
Luka respiró hondo. Muy hondo. Como si tomara aire para sobrevivir bajo el agua.
—Está bien —murmuró—. Lo intentaré.
Letty sonrió como si acabara de ganar una batalla importante.
—Sabía que dirías eso, bebé.
Y mientras Supersonic entraba en su coro, por primera vez en mucho tiempo Luka sintió —no esperanza, no alegría— sino algo más pequeño, más delicado:
La sensación de que quizá, solo quizá, esta noche podría ser el inicio de algo distinto.
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Adelanto del capítulo 1.
Este es solo el inicio; iré actualizando esta misma publicación con la continuación.
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