Capítulo 68. No vamos a enterrar a nadie más
El amanecer se filtraba apenas entre las cortinas del hospital, una luz opaca de otoño que caía sobre el cuarto con la calma de un suspiro. No era un día brillante ni frío: era ese tipo de mañana gris suave que parecía pedir silencio, contención. Las sombras de los árboles se proyectaban sobre la pared, moviéndose lento, como si también estuvieran en reposo.
Seiya llevaba un rato despierto. Estaba acostado de lado, mirando el techo sin pensar realmente en nada, solo dejando que la tibieza del cuarto lo acunara. Alzó una mano y la observó a contraluz. Los dedos largos, la piel todavía marcada por la vía del suero... movió la mano muy despacio, como si estuviera probando si todavía era suyo ese cuerpo que lo tenía tan confundido. La aguja clavada en el dorso parecía más ligera de lo normal. O quizás él simplemente estaba demasiado cansado para sentirla.
Después giró el rostro con suavidad. Eliot dormía en el sillón amplio de la habitación, encorvado de una manera que no era propia de él. Tenía el rostro apoyado en una mano grande, y el ceño fruncido incluso dormido, como si hasta en sueños no pudiera relajarse. Seiya lo observó un rato largo, sin prisa, con ese cariño silencioso que solo aparecía cuando nadie los veía.
Se ve tan serio inclusive cuando duerme... Pensó, con un gesto casi divertido. Se incorporó con cuidado, retirando las mantas sin hacer ruido. Sus pies tocaron el suelo frío y avanzó hacia el sillón, paso a paso, como si se acercara a un animalito asustado que no quería espantar.
Cuando llegó junto a él, Seiya se agachó. Llevó una mano a las cejas fruncidas de Eliot y las acarició suavemente, empujando apenas con la yema de los dedos, queriendo cambiarle la expresión, abrirle un poquito el rostro.
Eliot se sobresaltó. Abrió los ojos de golpe, respirando hondo, buscándolo con urgencia.
—¿Amor? —preguntó enseguida, alarmado—. ¿Te pasa algo? ¿Te duele algo?
Seiya negó rápido, sonriendo.
—No, no... estoy bien. De verdad. Solo... —lo miró con ternura—. Deberías ir a casa a dormir. Aquí no descansas nada. Yo voy a estar bien.
Eliot parpadeó una vez, como si procesara aquella petición absurda, jamás se iría. En vez de responder, se levantó del sillón con una decisión que no admitía discusión. Lo tomó en brazos de inmediato, uno de esos gestos que hacía sin pedir permiso, como si fuera lo más natural del mundo.
—No —murmuró, firme pero suave—. Tú vas a volver a tu camita y vas a ser un niño bueno. Tienes que portarte bien.
A Seiya se le escapó una risa chiquita, de esas que se le escapaban cuando Eliot se ponía protector sin aviso.
—Eli... estoy bien, no hace falta tanto...
Pero igual se dejó llevar. Eliot lo acomodó de vuelta en la cama con una delicadeza que contrastaba con su tamaño. Le arregló la sábana, alisó un mechón rebelde y le puso el cabello detrás de la oreja. Después, como si ese gesto sellara alguna promesa, le dio un beso suave en la mejilla.
—¿Cómo te sientes? —preguntó, bajito, con esa voz que solo usaba cuando tenía miedo de que la respuesta fuera mala.
Seiya respiró hondo antes de responderle.
—Estoy bien... solo me siento un poquito raro —admitió, acomodándose ligeramente contra la almohada.
Eliot asintió, pero la tensión en su mandíbula no bajó.
—Shun me dijo que tu embarazo es de alto riesgo... porque es impredecible —murmuró—. Tienes que decirme si algo está mal.
—Está bien, Eli —repitió Seiya con suavidad—. No te preocupes.
Eliot bajó la mirada, inquieto.
—¿Qué deberíamos hacer ahora...? —preguntó, sincero, casi en susurro.
Seiya soltó una risa corta, sin alegría.
—Si tú no tienes respuestas... eso sí que me pone nervioso.
Eliot levantó la vista de inmediato.
—Estoy preocupado por tu salud —confesó.
—Yo también —admitió Seiya, tragando—. Ese colapso... y todo mi descontrol feromonal... me pone nervioso. Eso de ser peligroso para mí mismo y para los demás... lo complica todo.
Eliot extendió la mano y apretó la suya con cuidado.
—No quiero presionarte, amor... pero aún podemos pensarlo mejor —dijo—. Si seguir... o parar. Estamos a tiempo.
Lo dijo con calma, pero por dentro sentía que la lengua se le llenaba de ceniza. La idea de “parar” le revolvía el estómago, pero la de “seguir” lo aterraba.
Hubo un silencio pequeño, espeso. Después Seiya inhaló profundo.
—Voy a ser brutalmente honesto —murmuró—. Una parte de mí dice que es una locura... y todo se siente irreal. Pero otra parte... —sonrió apenas— Me dice que este accidente es lo mejor que me pudo pasar.
Eliot lo miró, y la expresión protectora cedió un poco.
—Es verdad que pensar en un hijo de los dos... se siente irreal —susurró, con una sonrisa suave— pero es hermoso.
Hizo una pausa.
—¿Deberíamos quedárnoslo...? —terminó casi suspirando, ido, como si aún no creyera lo que estaba diciendo.
Seiya lo miró, incrédulo, y le dio un toquecito en el pecho.
—Lo dices como si fuera un perrito...
Los dos se rieron de verdad, con ganas, dejando escapar la tensión por un momento. Risa limpia, necesaria. El tipo de chiste que Seiya usaba para aligerar el aire.
Cuando el silencio volvió, Seiya fue el primero en hablar.
—He pensado mucho en eso desde que me enteré... —murmuró, ya más serio.
Eliot le acarició la mano con el pulgar.
—¿Cómo lo decidiste la primera vez?
—Fue fácil... —respondió Seiya—. Yo podía sentir el pulso de mis niñas en el vientre de Karina. Siempre supe que las quería. Mi instinto me dijo todo.
Eliot bajó los ojos, conmovido.
—¿Y qué te dice el instinto ahora?
Seiya se llevó una mano al vientre, casi sin darse cuenta.
—Desde que Shun me hizo consciente del embarazo... puedo sentir al bebé — susurró—. Solo que... diferente a la primera vez.
Bajó la mirada.
—Mi instinto me dice que no es seguro... pero mi corazón me dice que sí.
Eliot sonrió, una sonrisa pequeña, temblorosa.
—Eres un papá muy bueno... por eso tu corazón te lo pide.
Seiya lo miró directo.
—Sí, pero hay alguien más en quien pienso...—Hizo una pausa, respirando despacio—. Tu papá.
Eliot frunció ligeramente el ceño.
—¿En mi padre?
—Siento que si le quito esto... lo mataría de pena moral —explicó Seiya, con sinceridad—. Él me ha dado tanto... que siento que no puedo quitarle a su nieto soñado.
Eliot bajó la mirada. No contradecía ni una palabra.
—Mi papá nunca me perdonaría si supiera que hicimos algo así —admitió en voz baja.
Seiya tragó saliva.
—Entonces... ¿deberíamos?
Eliot levantó la cabeza, decidido.
—Creo que sí —respondió con firmeza suave—. Yo voy a encontrar el modo de cuidarte. Haré lo que haga falta.
Su voz se quebró apenas.
—Te amo.
Seiya le tomó el rostro con ambas manos.
—Yo te amo más.
Eliot se inclinó hacia Seiya, hasta rozar sus labios con los del enigma. El beso no fue urgente ni desesperado; fue profundo, lleno de la promesa que acababan de hacerse, sellando un pacto mutuo. El de seguir adelante, juntos, con todo lo que eso significara.
Un golpe suave en la puerta anunció la llegada de Shun. Entró con su bata impecable y un carrito pequeño donde llevaba un Doppler Fetal—el típico aparato que se usa para medir frecuencia fetal, movimientos uterinos y respuestas biológicas.
—Buenos días —saludó con una inclinación leve, formalito como siempre—. Quisiera hacer algunas pequeñas pruebas para medir la tolerancia de Seiya a las feromonas.
Miró a Eliot.
—Así podré responderle con precisión si debe o no darle las suyas. Si están de acuerdo.
Los dos asintieron al mismo tiempo. Shun se acercó al borde de la cama y colocó el monitor con manos delicadas, abrochando las bandas sobre el vientre de Seiya.
—Esto nos permitirá medir cómo reacciona el bebé y cómo reacciona tu cuerpo — explicó—. Pero el mejor monitoreo es lo que tú sientas. Si notas algo raro, por mínimo que sea, debes decirlo. De eso depende todo.
—Entendido —respondió Seiya, serio.
Shun tomó su libreta y su bolígrafo.
—Bien. Empecemos por lo básico: quiero que liberes tus feromonas poco a poco, solo un pulso suave. Necesitamos ver tu tolerancia a ti mismo.
Seiya inhaló, cerró los ojos y liberó un aura mínima. Ni siquiera era intenso; apenas un rastro. Pero segundos después su respiración cambió. Abrió los ojos, mareado, y llevó una mano al vientre. Su corazón le dio un salto absurdo. ¿Cómo podían sus propias feromonas afectarle?
—Siento... incomodidad —murmuró.
Shun enderezó la postura, preocupado.
—¿Incomodidad dónde?
—Aquí... como un tirón... y un pequeño mareo.
Shun anotó rápido.
—Tus feromonas no eran fuertes —dijo, sorprendido—. Apenas las percibí.
Lo miró directo.
—Tu tolerancia a ti mismo es muy baja.
Seiya respiró hondo, intentando estabilizar el cuerpo.
—Quizá la respuesta sea suprimirme por completo —dijo—. Como si fuera un beta.
—No —negó Shun enseguida—. No es buena idea. Los embarazos necesitan feromonas para llegar a término. El bebé también.
Lo miró con calma.
—Tenemos que encontrar el punto de equilibrio, no eliminarlo todo.
Luego giró hacia Eliot.
—Ahora... probemos con las tuyas. Solo un pulso pequeño.
Eliot tragó saliva. Estaba nervioso, pero obedeció. Liberó una pizca de sus feromonas, tan reducida como pudo. Al principio, Seiya parecía tolerarlo. Se mantuvo quieto, respirando despacio. Un minuto pasó. Luego otro. Pero entonces Seiya se llevó la mano a la boca y su rostro palideció de golpe.
—Me siento mareado... —susurró, apretando los ojos.
Shun se movió rápido.
—Detenga la emisión —ordenó, y Eliot cortó su aura al instante.
Les tomó unos minutos permitir que Seiya respirara y se estabilizara. El monitor marcaba leves alteraciones, nada grave, pero sí lo suficiente para tensarlos a todos. El silencio era incómodo. Nadie sabía qué decir.
Hasta que Shun frunció ligeramente el ceño, como si hubiera tenido una corazonada.
—Seiya... ¿puedo probar algo más? —preguntó—. Me gustaría emitir mis propias feromonas. Quiero ver si tu cuerpo las tolera.
Seiya lo miró, curioso.
—Sí... prueba.
Shun liberó un aura mínima: chocolate amargo con vainilla bourbon, dulce y cálida, limpia. Seiya la recibió... sin ninguna reacción negativa. De hecho, sus hombros bajaron, y un segundo después soltó un suspiro suave.
—Es agradable... —admitió, sorprendido.
Eliot lo miró desconcertado.
—¿Cómo es posible...? Si usted no es el padre, ni tiene ninguna conexión con el bebé.
Shun cerró su libreta.
—Mis feromonas no tienen nada opresivo en su base —explicó—. Son feromonas omega puras. El cuerpo de Seiya no se siente amenazado por mí.
Miró a ambos.
—La base de Seiya... y la suya... siempre cargan un componente dominante. Aunque sea suave, está ahí. Quizá el cuerpo de Seiya lo detecta como una amenaza y responde mal, su instinto de protección es diferente, estamos aprendiendo como funciona.
Los dos se quedaron en silencio, procesando. Shun se volvió hacia Seiya con una seriedad amable.
—Voy a pedirte algo... y para un enigma debería ser sencillo.
Seiya levantó la mirada.
—Dime.
—Necesito que separes tu parte base opresiva —dijo Shun—. Que la apartes por completo. Solo deja salir tu lado protector. Tu feromona de refugio.
Seiya pensó unos segundos, cerró los ojos... y respiró. Desplegó una nueva aura. Sándalo puro. Calmo, suave y cálido. Sin rastro de sake. Sin licor. Sin dominancia. Solo el aroma protector. Al comienzo fue tímido. Pero Shun lo animó.
—Un poco más —pidió.
Seiya aumentó la intensidad... y su cuerpo respondió perfecto. Nada de mareos o de molestias. Incluso parecía más firme, más conectado consigo mismo.
Shun sonrió, satisfecho.
—Así debes permanecer durante todo el embarazo —sentenció—. Solo tu sándalo. Tu sake queda fuera: podría ser peligroso.
Guardó la libreta.
—Y te recomiendo evitar feromonas externas. Incluso las de Eliot.
Eliot bajó la mirada de inmediato. El golpe fue silencioso pero devastador. Por primera vez sintió que no era útil para su esposo. No podía ayudar, ni proteger. No podía hacer nada. Y Seiya lo notó al instante.
Shun guardó su libreta y acomodó los instrumentos con movimientos medidos. Eliot permanecía de pie junto a la cama, todavía tenso por lo ocurrido.
Antes de irse, el médico lo miró con neutralidad profesional.
—Señor Foster, usted también podría ayudar... si aprende a modular solo la parte suave de su base. No es fácil, pero es posible.
Eliot parpadeó, como si no esperara tener una opción real.
—Eli —lo llamó Seiya, extendiendo una mano.
Él se inclinó hacia Seiya de inmediato.
—Puedes ayudarme de otras formas —dijo Seiya, con serenidad contenida—. Yo voy a estar bien.
Eliot respiró hondo, asentando apenas. Shun consideró que era suficiente, así que considero oportuno retirarse para darles espacio.
—Descansen. Regresaré más tarde.
La puerta se cerró y la habitación volvió al silencio. Eliot apoyó su frente en la de Seiya por un instante. El tiempo corrió lento después de eso. La luz fue cambiando sobre las paredes blancas, deslizándose del dorado suave al naranja que anunciaba la tarde.
Ese respiro silencioso, tibio, parecía la calma antes de algo importante. Cuando el cielo ya se volvía color cobre... Tocaron suavemente la puerta.
Eliot levantó la mirada. Seiya también.
La puerta se abrió sin prisa, dejando entrar a Nataniel con el abrigo aún sobre los hombros. Llevaba el ceño fruncido, la respiración ligeramente acelerada, como si hubiera subido las escaleras demasiado rápido.
—Mi niño... —fue lo primero que dijo al ver a Seiya—. ¿Cómo estás? Me dijeron que habías colapsado. Perdóname por no venir antes, estaba con las niñas en casa.
Seiya enderezó un poco la espalda en la cama.
—Gracias por cuidar de mis niñas, siempre es tan bueno conmigo y con ellas.
—No tienes que agradecerlo hijo, tú sabes que lo hago con mucho amor. Ustedes son mi felicidad. ¿Ya te sientes mejor?
Seiya lo miro con ternura, era cierto que Nataniel era un increíble abuelo. Así que decidió que tenia que decirle la verdad.
—Suegro... necesito contarle algo.
Nataniel se acercó al borde, apoyando una mano en la baranda como quien se prepara para escuchar malas noticias.
—Dime, hijo —pidió con voz baja.
Seiya respiró hondo.
—Estoy... embarazado.
Nataniel parpadeó; lo miró con calma tensa... y ladeó la cabeza con una mezcla suave de reproche y preocupación.
—Seiya... por favor. No me hagas esas bromas. Ya sabes que no son para mi edad.
—No es una broma —respondió él, sin sonreír.
El viejo lo observó con más atención. La incredulidad seguía ahí, plantada como un muro.
—Hijo... tú eres un enigma. Eso no...
Seiya tomó su mano con cuidado, la guio hacia su vientre y la dejó reposar ahí, cálida y firme.
—Aquí está —susurró—. De verdad.
Nataniel contuvo la respiración.
Miró la mano.
Miró a Seiya.
Y luego buscó a Eliot, casi pidiéndole permiso para creer.
El alfa asintió, sin palabras.
Entonces algo se abrió paso en el rostro del anciano. Una emoción profunda, casi infantil, que parecía demasiado grande para su cuerpo cansado. Sus ojos se llenaron de brillo.
Se inclinó y tomó la cara de Seiya entre las manos, besándole la frente con un temblor en los labios.
—Hijo... —murmuró—. Este es el regalo más grande de mi vida...
Acarició el cabello oscuro con ternura, como si temiera que Seiya pudiera romperse entre sus dedos. Una pequeña lágrima de emoción se le escapo al viejo, pero no le importó. Estaba frente al mayor sueño de su vida, aquel que pensó que nunca sería una realidad. Su nieto biológico.
Pero mientras sonreía, mientras lo mimaba, mientras lo sostenía... sus pensamientos se afilaron al fondo: ahora todo tenía sentido. El colapso por estrés de Seiya tenía una explicación lógica y fácil de entender. Como hombre mayor sabia perfectamente que los embarazos eran frágiles ante el caos. Y aquella mujer había enviado a su yerno al hospital. Ya no era una simple molestia, era una amenaza. Desde ese momento el anciano tenía un enemigo jurado. Karina Rossi.
Nataniel no dejó que esa sombra se le notara en su rostro. Su voz siguió siendo cálida cuando dijo:
—Descansa, mi niño. Yo… yo quiero consentirte ahora más que nunca, déjame traerte algo rico ¿sí?
Seiya le sonrió ampliamente, sabía que su suegro era alguien que adoraba cuidarlo y mimarlo cada vez que tenía la oportunidad. Así que quiso dejarlo ser.
Nataniel levantó la mirada hacia Eliot.
—Ven, hijo... acompáñame a buscarle algo bueno a mi nieto.
Eliot rozó la mano de Seiya antes de levantarse.
—Vuelvo enseguida —susurró.
Salieron al pasillo y la puerta se cerró detrás.
Apenas dieron unos pasos, cuando Nataniel apretó el brazo de Eliot con firmeza, la suficiente para hacer que se girara para verlo. El anciano levanto la mano y le sujeto el rostro.
—Escúchame bien Eliot —dijo en voz baja—. Vas a dar todo lo que tengas para cuidar a Seiya y a ese bebé.
Hizo una pequeña pausa. Apenas un segundo. Un filo se encendió en su mirada.
—No podemos permitirnos enterrar a nadie más.