Domingo a las 9 a. m.
El sonido apagado de un radiador viejo fue lo primero que Lennart Weiss escuchó al despertar.
Luego, la claridad: una luz pálida entrando por las cortinas baratas del motel, dibujando rectángulos amarillos sobre las sábanas arrugadas.
Lennart parpadeó un par de veces, como si el mundo tardara en acomodarse a su alrededor.
—Otra vez… —murmuró, llevándose una mano al rostro.
El reloj del velador marcaba las 9:07 a. m..
Un domingo, y él sentía que el día ya le pesaba encima.
Se incorporó lentamente, con esa mezcla de cansancio y resignación que le venía acompañando desde hacía cuatro días. Cuatro días exactos desde que su hermano menor, Julius, le había presentado “a su pareja”.
Y aunque la palabra le quemaba la boca, la repitió en voz baja, amarga:
—Su pareja…
Giró un poco la cabeza y entonces recordó dónde estaba. No era su departamento. No era su cama. No era su vida normal.
Era un motel.
Y junto a él, dormía una mujer que posiblemente ni recordaría su nombre.
La observó por un instante: cabello rubio revuelto, maquillaje corrido, respiración tranquila.
La noche anterior había sido intensa, sí… pero no especialmente significativa.
—Muy bien, Lennart… gran estrategia para distraerte —se reprochó con ironía.
Se levantó con cuidado para no despertarla, buscó su camisa en el suelo y se la puso con movimientos mecánicos, como si su cuerpo ya conociera de memoria esa rutina sin compromiso.
Mientras abrochaba los botones, volvió el pensamiento que había estado tratando de ignorar:
—Julius… ¿por qué demonios…?
Se quedó quieto un momento, mirando la pared frente a él.
—¿Un hombre? ¿En serio? ¡Tantas personas en este mundo y eliges justamente eso!
No gritó, pero su voz reflejaba una frustración acumulada, profunda.
Tomó su billetera, sacó un par de billetes y los dejó en la mesita junto a la mujer. No sabía si ella esperaría algo o no, pero él prefería evitar conversaciones innecesarias.
Cuando se dirigía a la puerta, escuchó la voz adormilada de ella:
—¿Te vas ya…? ¿Sin despedirte?
Lennart colocó la mano en el picaporte.
—Sí. Tengo cosas que hacer.
—¿Vas a dejarme tu número? —preguntó ella, entre risas suaves.
—No es buena idea —respondió sin voltear. Luego añadió con un tono neutro—. Descansa.
Y salió.
El frío lo golpeó apenas dio un paso fuera del edificio.
La nieve cubría las calles como un manto silencioso, y el cielo tenía ese gris típico del invierno alemán: pesado, ancho, inmóvil.
Lennart se subió el cuello del abrigo y empezó a caminar con las manos hundidas en los bolsillos. Cada una de sus exhalaciones formaba pequeñas nubes blancas.
—Mi hermano está feliz —refunfuñó entre dientes—. ¡Claro que lo está! ¡Qué maravilla para él! ¡Qué desastre para mí!
Un hombre mayor, que barría la entrada de una panadería, lo observó con una sonrisa cansada.
—Joven, abríguese más. Hace demasiado frío para andar así —comentó.
Lennart lo miró apenas un segundo.
—Créame, he pasado por cosas más frías.
—Eso dicen todos, joven —respondió el panadero, encogiéndose de hombros.
Lennart continuó caminando, hundido en sus pensamientos. Podía escuchar el crujido de la nieve bajo sus botas, un sonido que se mezclaba con la voz de su conciencia.
—“Lenn, estoy enamorado”… —repitió en un murmullo, imitando a Julius—. ¡Enamorado! Como si eso lo justificara todo.
Se detuvo frente a un semáforo que brillaba en rojo.
Las luces se reflejaban sobre el hielo del pavimento, creando destellos rojos y blancos que le molestaban la vista.
—¿Desde cuándo pasan estas cosas? —preguntó en voz baja, aunque no esperaba una respuesta.
El semáforo cambió, y justo cuando iba a cruzar, un auto se detuvo a su lado y bajó la ventanilla.
—¡Profesor Weiss! —La voz sorprendida pertenecía a Franz, un asistente de laboratorio del campus—. ¿Todo bien? Tiene una cara…
—No empieces —interrumpió Lennart con un suspiro—. No estoy para comentarios.
Franz sonrió con nerviosismo.
—Lo siento, pensé que… bueno, no importa. ¿Irá hoy al laboratorio? El profesor Hofmann dijo que quizá pasaría.
—No. Hoy no.
—Entiendo… entonces que tenga buen domingo.
—Sí. Tú también —respondió Lennart sin energía.
El auto arrancó y él volvió a sumergirse en el silencio blanco de la ciudad.
Una pareja pasó junto a él tomada de la mano, riendo. Lennart desvió la mirada, molesto.
Otra pareja los siguió. Una chica apoyando la cabeza en el hombro de su novio.
—Si al menos Julius hubiera traído a una chica… —susurró, frustrado—. Algo normal, algo… esperado.
Se oyó el sonido de un bus frenando en la esquina y algunas palomas levantaron vuelo. Lennart siguió caminando, cada vez más hundido en sus pensamientos.
Cuando llegó al frente de su edificio, su teléfono vibró.
Miró la pantalla.
Otra vez Julius.
Lennart apretó los labios antes de responder.
—¿Qué pasó?
La voz alegre del chico resonó en el auricular.
—¡Lenn! Buenos días. ¿Dormiste bien?
Lennart cerró los ojos por un segundo.
—Más o menos.
—Quería saber si mañana vienes a casa. Nos gustaría hablar contigo.
Lennart arqueó una ceja.
—“Nos”… —repitió con tono incómodo—. Claro. Tú y él.
—No seas así…
—Julius, estoy ocupado. Mañana hablamos.
—Pero Lenn…
Lennart cortó antes de que terminara la frase.
Apoyó la frente contra la puerta de entrada del edificio, dejando que el frío del metal calmara un poco la tensión en su cuerpo.
—No voy a soportar esto —susurró para sí mismo—. No me pidas que lo haga…
Entró al edificio sin mirar atrás.
Afuera, la nieve seguía cayendo con una tranquilidad cruel.
Y el domingo, lejos de mejorar, apenas estaba empezando.
El departamento de Lennart olía a jabón y humedad.
Había salido de la ducha hacía pocos minutos, y su cabello aún goteaba pequeñas gotas que caían sobre la camisa suelta que llevaba puesta. El vapor del baño seguía escapándose por la rendija de la puerta mientras él se sentaba frente a la pequeña mesa donde acumulaba exámenes, cuadernos y tazas de café vacías.
—Perfecto… —murmuró, moviéndose el flequillo mojado de la frente—. Otro domingo perdido entre papeles.
Abrió una carpeta llena de exámenes de sus estudiantes de primer semestre. Eran pilas interminables, llenas de garabatos y respuestas incompletas.
—Que sea biología no significa que puedan escribir con los pies… —se quejó, sosteniendo un examen con dos dedos como si le diera alergia.
Lo dejó sobre la mesa y tomó el siguiente.
Mientras lo corregía con un lápiz rojo, su vista se desvió al calendario colgado en la pared.
Primera semana de noviembre.
El lunes marcado con un círculo azul que no recordaba haber dibujado.
—¿Qué puse aquí…? —frunció el ceño, acercándose.
Leyó la nota pequeña escrita a mano:
“Inicio de parciales — revisar temario. Examen teórico jueves.”
Lennart soltó un suspiro inmediato.
—Genial, Lennart. Muy bien. Olvidas tus propios exámenes.
Se pasó una mano por el cabello mojado y dejó un mechón rebelde pegado a su frente.
Volvió a la mesa, abrió su libro de cátedra y empezó a revisar qué incluiría en la evaluación.
—Introducción a genética… —leyó—. Morfología celular… división mitótica… perfecto. Lo básico. Nada complicado. No quiero un grupo entero reprobando… otra vez.
Tomó un sorbo de café. Estaba frío.
—Asco —dijo, empujando la taza lejos.
Entonces su teléfono vibró sobre la mesa, y él lo miró con desconfianza, como si fuera una bomba a punto de explotar.
—Si es Julius otra vez…
Miró la pantalla.
No era Julius.
Era Karl, un colega del departamento de Zoología.
Lennart respondió con cierta resignación.
—¿Qué pasa?
—Hola, Weiss. ¿Interrumpo? —preguntó Karl.
—Depende. Si es algo del trabajo, no mucho. Si es algo social, sí.
Karl rió al otro lado.
—Solo quería recordarte que mañana tenemos reunión a las ocho.
—¿Otra? —Lennart dejó caer la cabeza hacia atrás—. Tuvimos una el jueves.
—Sí, pero mañana vendrán los nuevos profesores. Uno de matemáticas también empieza este lunes, creo que se llama… Matthias Keller.
—Ajá, muy bien —dijo Lennart mientras marcaba una línea en su calendario—. Lo anotaré.
—¿Lo harás de verdad o me estás mintiendo?
—Lo haré —respondió él, sin emoción alguna—. A las ocho. Entendido.
—Perfecto. Descansa.
—Eso intento.
Colgó.
Lennart se quedó mirándose las manos. Las tenía tensas, como si cada músculo estuviera reaccionando a algo invisible.
—Un nuevo profesor… maravilloso… otro que va a preguntar dónde está el laboratorio o cómo funcionan las máquinas —refunfuñó, abriendo su libro nuevamente.
Pasaron unos minutos en los que solo se escuchaba el sonido de su lápiz contra el papel.
Pero la calma no duró.
Una gota cayó desde su cabello mojado directamente sobre un examen.
—¿En serio? —dijo con un fastidio inmediato.
Dejó el lápiz, se levantó y fue a la cocina por una cerveza. Nada fuerte, pero suficiente para templar sus nervios. Abrió la lata y apoyó el codo en el marco de la ventana mientras miraba la ciudad bajo la nieve.
La vista era tranquila, demasiado tranquila para lo que él sentía dentro.
—No quiero ver a Julius mañana… —admitió en voz baja—. Y mucho menos a ese hombre…
Tomó un trago largo, cerró los ojos y respiró hondo.
—Concéntrate, Lennart. Tienes exámenes que preparar, clases que organizar… deja de pensar en eso.
Volvió a la mesa, recogió los papeles y empezó a escribir el temario final del examen del jueves. Su letra era firme, ordenada, casi severa, como él mismo.
Mientras escribía, sus pensamientos volvían, tercos, a donde no quería.
—¿Por qué tenía que ser un hombre…? —susurró, con algo que no sabía si era rabia o tristeza.
Sacudió la cabeza.
—Basta.
Cerró el libro con un golpe suave, dejando escapar un suspiro agotado.
—Mañana será un día largo…
Y aunque intentaba convencerse de que lo que lo esperaba era solo una semana de parciales y trabajo académico, algo en su pecho parecía decirle que no.
Que sería más complicado.
Más incómodo.
Más… inquietante.
Pero Lennart no estaba listo para pensar en eso todavía.