Justicar War: La justicia del vampiro

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Summary

Un vampiro antiguo vuelve para vengarse de los traidores que casi lo destruyen hace ochocientos años. En una espiral de sexo, sangre y violencia, muchas vidas se veran afectadas mientras el protagonista se abre paso en esta nueva y moderna era.

Genre
Erotica
Author
Ricard
Status
Complete
Chapters
186
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Alguien podría pensar que la vida de un vampiro es fácil, simple, pero en el fondo, un vampiro no es más que un parásito que se apodera de un huésped humano y necesita alimentarse de las formas más obscenas para un ser humano, con la sangre de sus víctimas, con sus almas, consumiéndolas o, mejor aún, corrompiéndolas. Pero el parásito termina mezclándose con el alma del huésped, con sus recuerdos, con su personalidad, se fusiona y eso crea una nueva entidad, más allá del parásito y del huésped, que es el verdadero vampiro, el monstruo que nace de la fusión.

Hablo de monstruos y me incluyo a mi mismo, porque eso es lo que somos, negarlo es un absurdo, somos un peligro para el resto de humanos, pero no porque tengamos mejor o peor corazón, no por unas inclinaciones inherentes a nuestra naturaleza, sino por el factor más terrible y que más facilmente corrompe a cualquier tipo se ser, el exceso de tiempo, el aburrimiento que conlleva el paso de los siglos sin que estos cuenten. Eso nos hace fríos, nos hace relativistas desde un punto de vista moral, nos hace estar desconectados del verdadero sentimiento humano.

Hay otro factor que pocos mencionarían, yo no soy de esos, me gusta llamar a las cosas por su nombre, la superioridad manifiesta, nuestros poderes, nuestra fuerza, nuestra capacidad de supervivencia nos hacen ser el depredador perfecto, y es muy difícil no ceder a la tentación de usar ese poder de las formas más crueles posibles.

La cuestión es que cada monstruo tiene su ámbito de juego, para unos es el asesinato, el salvajismo, para otros es el ejercicio del poder, para mi es el sexo, ese es el aspecto que nunca he podido controlar, la parte corrupta de mi y en el fondo el motor que permite a esta vieja alma seguir existiendo. La emoción de la conquista, el placer, el vicio... soy un depredador sexual aunque no en el sentido moderno del término, esa es otra historia, soy un ser que vive por muchas cosas pero no sería capaz de resistir los siglos sin el sexo, así de simple, así de brutal, así de enfermizo...

La vida de un vampiro no es fácil, vivimos en la sombra, con todas las precauciones para no ser descubiertos, de modo que cuando cazamos, nos alimentamos y nos reproducimos, esto siempre pasa debe pasar desapercibido. Esa es la única ley común a todos los vampiros, que no nos descubran después cada familia impone su propio credo.

Pero en ninguna sociedad estos crímenes no siempre pasan completamente desapercibidos; tarde o temprano terminan cazándote, ya sean otros humanos en su feroz cruzada, o bien otros vampiros que quieren el poder de tu linaje. La sangre antigua es poder y conocimiento, y nada importa más que ser el depredador más fuerte, hay está la clave de tu supervivencia y de tu independencia.

Cuanto más antiguo y puro sea el parásito, mayor será su potencial. Al final, lo más peligroso para un vampiro siempre es otro vampiro. El vampirismo no tiene cura, y matar a un vampiro antiguo es muy difícil. Solo se nos puede encerrar para secarnos hasta que nuestro huésped sea un cascarón tan vacío y muerto que se convierta en polvo, y en ese momento el parásito morirá si no encuentra un nuevo ser que lo ocupe. Es un procedimiento lento pero efectivo.

Si el vampiro es joven, puedes empalarlo en una estaca para que pierda su magia y luego prenderle fuego. Sin la capacidad de desmaterializarse, el caparazón arderá, pero no es buena idea intentarlo con los antiguos; rara vez funcionará, la otra opción, un tabu si queréis verlo así es comerte al antiguo, robar su poder, pero con ello su parásito en parte pasará a tí, o incluso tomará el control si no eres lo suficientemente fuerte como para resistirte. Nuestro corazón es el origen de nuestros poderes, he tardado milenios en descubrir esta verdad que parece tan obvia.

Mi nombre original era Derrel Ap Vendem. Nací en el siglo XII antes de Cristo en un pueblo de lo que ahora llaman Irlanda, y mi amo me convirtió a los veintidós años. No lo vean como algo romántico, como si me hubiera salvado de morir de enfermedad; me convirtió solo porque necesitaba soldados que lo salvaran de sus enemigos o le permitiesen cumplir sus planes, ni más ni menos. Yo era parte de sus planes, y lo fui durante muchos siglos, hasta que me dio la libertad.

La conversión es el proceso más difícil y duro del mundo, en realidad el vínculo entre el amo y el nuevo vampiro se establece porque ambos comparten el parásito, y con él gran parte de los recuerdos, y poder. Con entrenamiento, con trabajo, con voluntad el maestro puede elegir lo que traspasa de su mente al discípulo, pero un vampiro joven que convierte a otro humano es como un vaso de agua que se vierte sin filtros sobre el otro recipiente.

Pero en cada conversión, esa sangre se diluye, se desvanece, se debilita. Según los recuerdos de mi maestro, solo había cuatro vampiros más por encima de él hasta llegar a la fuente, el primer ser humano contaminado por el parásito. Un linaje antiguo y poderoso, una fuerza sobrenatural capaz de controlar las energías más oscuras, un ser con todos los poderes imaginables.

¿que fue de ese ser o como desaparecio? es algo que mi maestro no sabía, y que yo descubrí muy tarde...

La rama de mi amo tenía reglas muy estrictas sobre la comida y el control del hambre. Nos alimentábamos de criminales, la escoria de la sociedad, y no matábamos inocentes a menos que nuestra supervivencia estuviese claramente comprometida, y aun así eso merecía un castigo. Era una regla de oro, una que, si se rompía, significaba la muerte a manos del resto de la familia, o como poco el encierro o el destierro.

Los vampiros pueden pasar años sin comer, eso solo nos debilita si pasan muchas décadas sin probar sangre, por eso tuvimos que saber elegir las víctimas para pasar lo más desapercibidos posible.

Lugares con guerras, pobreza y abusos constantes siempre han sido el caldo de cultivo del que bebimos los vampiros. Entre la corrupción y la muerte, nadie se fija en cuatro criminales muertos, una puta descomponiéndose en el agua o cuatro soldados que mueren en patrulla, no son cosas en las que nadie antes metiera la nariz. Los tiempos han cambiado para el bien de la humanidad.

Después de más de dos milenios escondido, viviendo, con periodos de letargo y encima aprendiendo todos los secretos de la vida y la no vida, cuando más tranquilo estaba en la red de seguridad que había creado, justo en ese momento que confié en mí mismo sellé mi destino para siempre.

Yo tenía todo el poder que quería y en 1269 no había mejor lugar para mí que Londres, dos siglos infiltrándome yo y mi gente en esa ciudad y ese reino hasta controlarlo por completo, operando con diferentes nombres, con riquezas, títulos y placeres a mi disposición, y siendo temido y respetado por todos era el lugar perfecto para un vampiro con moralidad.

La habitación de la pequeña torre estaba llena de gente. Recuerdo que toda mi camada estaba allí. No eran malos niños, muchos llevaban tanto tiempo a mi lado que eran como hermanos. La puerta de la habitación se abrió y Melgar, uno de los más pequeños, entró corriendo. Recuerdo su rostro como si fuera hoy.

“Derrel, tenemos un problema, los Lamia quieren una reunión...”

“¿Los Lamia?” “¿Qué hacen en Londres y qué quieren de nosotros? Inglaterra no es su territorio...”

“Me dieron esta carta para ti. Dicen que esperarán dos días, si no, entenderán que es una negativa...”

Tomé ese papel escrito con pomposa caligrafía. No habían usado tinta, era sangre, pero una que conocía muy bien: era la sangre de mi amo, la sangre del Juez supremo Justica Anubiel.

“Derrel ap Asnubiel, Maestro Justicar de Londres, yo, el Arcano Theofolus, en nombre de mi clan solicito una reunión para la división del territorio en Inglaterra. Vuestro gran señor ha muerto, como podéis oler, y la negativa implicará la guerra y la extinción del vuestro. Os esperamos en la granja de Clarence Oldshide, camino a Notingam.”

La copa de vino que tenía en la mano se rompió, derramando vino y sangre sobre la mesa. Mi maestro había muerto, mi territorio amenazado por los Lamia, malditos bastardos ocultistas. ¿Cómo pudieron derrotar a Anubiel, un auténtico quinto grado? Ni siquiera podía pensar que entre los Lamia hubiera alguien tan poderoso y atrevido. Pero lo peor era cómo lo habían encontrado. ¿cómo es que nadie de mi pueblo, ni siquiera yo, que tenía un gran don de profecía, lo había predicho?

El maestro llevaba casi dos siglos en letargo; no le tocaría despertar hasta sesenta y dos años después, junto con mis otros hermanos. Su santuario era tan secreto que ni siquiera yo sabía dónde estaba; solo Seth, el hermano de mi maestro, lo sabía. Los Justicar contaban actualmente con dos grandes maestros que se turnaban para gobernar al resto cada doscientos cincuenta años; la siguiente generación podía tomar descansos para dormir cada cien años.

Los Justicar se extendían por siete territorios, tres de los cuales estaban bajo nuestro control exclusivo: las Islas Británicas, Egipto y Sicilia. Coexistíamos con otros clanes en la Península Ibérica, Francia, Italia y Grecia. Un ataque a nuestro poder era demasiado atrevido para un simple grupo de ocultistas; tenía que haber más fuerzas activas.

“Marcelus ve a Edimburgo y avisa a Odiseo y a su gente, para que estén preparados para lo peor. Trevor, toma un barco y ve a Egipto. Tienes que encontrar al maestro Seth y advertirle de lo que está pasando. El resto, envíad a las crías al resto de los nidos para que todos estén preparados para partir. Fernando, llevate a toda tu camada y que se escondan en escocia. Si no regreso en dos días, huye a Sicilia o Francia con Viriato”.

“¿Qué vas a hacer, Derrel?”

“Daré una vuelta por la prisión antes de ir a verlos”

“¿No vamos a pelear?”

“Los Lamia no tienen poder para someternos ni amenazarnos de esa manera, pero si se alían con los Strighoy o los vrykolakas , no podríamos derrotarlos, si son capaces de atacar a un quinto, ninguno de nosotros tendrá oportunidad”

No era la primera guerra entre vampiros que vivíamos, ni la situación más desesperada, en los siglos pasados ​​habíamos perdido y recuperado territorios, hubo acuerdos débiles, y otros más estables, pero desde la muerte del Gran Maestro Athod, el maestro de Isbaelen y Seth, hace más de un milenio y medio, nunca habíamos recibido una amenaza similar.

Los justicars éramos discretos, podíamos establecer grandes nidos debido a nuestra política de no matar inocentes, pero eso también nos hacía despreciables a los ojos de otros clanes de vampiros.

Me fundí con la sombra de la noche, y el viento me impulsó por los aires a toda velocidad. Para cuando crucé los muros de la prisión de Londres, solo habían pasado veinte minutos. Oculto en la sombra de un guardia, llegué a las mazmorras más profundas, donde los criminales, a la espera de ser ejecutados en la horca o la decapitación, aguardaban su momento.

El hombre no me vio venir cuando me colé por las rendijas de la puerta de su celda. Era joven, no tendría más de dieciocho años, por eso lo elegí, por eso y porque su mente era un revoltijo de imágenes violentas marcadas por sus crímenes. Su sangre era fuerte y llena de vida. Roncaba como si saber que estaba condenado a muerte no tuviera nada que ver con él. Tenía una sonrisa cruel mientras dormía, y esos rasgos perturbados eran solo una sombra de los crímenes que habría cometido afuera.

Me materialicé a su lado y, con un golpe de mis afiladas uñas, le corté la garganta y la yugular. La sangre brotaba a borbotones, pero no desperdicié ni una gota. Hacía años que no comía y el sabor me embriagó. No diré que no lo disfruté, pero lo que me llevó allí fue la necesidad de poder.

Cuando el prisionero ya no era más que un cuerpo seco, salí, escondiéndome de sombra en sombra hasta salir de la prisión y ponerme de nuevo en manos del viento, y con una ráfaga fui al siguiente punto donde debía detenerme antes de caer en la trampa que sabía que me estaban tendiendo.