Protegida

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Summary

Cloudy Mäkinen Alguna vez fue una famosa actriz reconocida en todo el mundo. Amada y apoyada entre sus seguidores. Sin embargo, un accidente lo cambió todo. Su tragedia la expuso como una Protegida de dios, arrastrándola a una persecución mediática que acabaría con su carrera y fama. Abandonada por sus admiradores y perseguida por su gobierno. Cloudy debe luchar para limpiar su nombre, arriesgándolo todo al involucrarse en las temibles guerras de los Cuatro Vientos. Pese a sus esfuerzos, su destino ya estaba marcado. Protegida es una precuela del libro: Creador de Vida.

Genre
Scifi
Author
EvelSytrani
Status
Complete
Chapters
9
Rating
n/a
Age Rating
16+

Esta es mi historia...

¿Por qué quieres saber mi historia? Eso no regresará a tus amigos. Lo hice porque era obligada a hacerlo, sin embargo; no borra que era yo quien empuñaba el arma.

Quise ayudar cuando tuve elección… no obstante... me convertí en eso que la gente temía. La figura fantasmal en una calle solitaria, el acechador en la oscuridad. El verdugo de almas inocentes a quien estuve obligada a desvanecer…

—¡No mintieron! —Gritó Jihan al descender desde la punta del risco, trayendo consigo arena y vegetación muerta.

Buscó refugio junto al resto exhalando aire y continuó.

—¡Está ahí! Karxane, la vi, no puedo estar equivocado. Los caminantes dijeron la verdad. Tienen que subir y verla. No puedo describirla, Allah no me consagró el habla suficiente.

Nos miramos especialmente aterrados, todos tumbados sobre lo rocoso del terreno, con el sol ardiente sobre nosotros y la arena profanando nuestro ropaje, apenas logrando conseguir sombra en nuestra trinchera. Erdelan me miró, con su viejo rifle en mano y su uniforme desgastado.

—Mujer —inició—. Te seguiremos ahí donde tú nos guíes.

Al igual que todos los presentes, el temor de encontrar un templo construido por dios, creaba ansiedad y pena. Más eso no detendría la guerra y el avance de sus rûh sobre los pueblos Kurdos. Tragué saliva y ordené escalar la cordillera rocosa y mirar desde ahí. El grupo obedeció y nuestra trinchera fue abandonada al completo, montando a sus espaldas los explosivos que hemos traído para derribar tan abominable creación. Escalar el suelo rocoso y resbaladizo no se compara con toda la travesía que vivimos hasta llegar a estos páramos desolados donde la flora consigue sobrevivir con pocas lluvias al año. La cima de la cordillera nos recibió con el viento elevando aquella tierra que el terreno seco deja escapar. Nos tumbamos al suelo y de inmediato dimos uso a los binoculares y mirillas en los rifles.

—Está ahí, es inmensa. Somos nada ante su presencia. —Dijo Erdelan atreviéndose a no parpadear pese a la arena, lastimando sus ojos.

—¡Es una tontería! —gritó Hejar abandonando su lugar para ocultarse de todo peligro detrás nuestro— No vine para morir así.

Nadie lo hizo, pensé, pero el criadero de rûh se mostraba ante nosotros. La estructura era difícil de describir, la sostenían muchos pilares de puntas finas, su forma era la de un caparazón destellando miles de colores. Sobre esta base se ubicaban dos chimeneas, en una ingresaban lo que aparentaba ser la materia prima para la creación de esos demonios, en la otra, los liberaba al cielo y estos desaparecían en portales ocultos bajo los ennegrecidos nubarrones. Su trabajo no tomaba descanso alguno y cada segundo que dudábamos, más rûh eran creados. Mismos que llegarían a las ciudades.

Volvimos pasos atrás donde el terreno nos permitió descansar y obtener cobertura. Los soldados mostraban temor, la angustia se reflejaba en sus voces y rostros.

—Somos nada para esos gul, nos masacrarán si bajamos ahí. Los ejércitos en nuestras ciudades fueron derrotados por cantidades menores de rûh, nosotros no lo lograremos. —Comentó Jihan con miedo en la voz.

—Podemos hacerlo, hermano, ¡Podemos hacerlo! —intentó animarlo Erdelan— Nadie vigila. Con Allah de nuestro lado, ningún ifrít o gul podrá con nosotros.

—¿Allah? ¿Oyes tus palabras? —cuestionó Hejar— Cuando ese otro dios profano descendió del cielo, destruyó toda creencia. Las religiones se quedaron sin bases, los profetas sin argumentos. No nos elevaremos al yanna, no habrá gloria ni ḥūrīyah para ninguno porque no existe nada de eso. Moriremos aquí sin el jardín prometido.

—¡Blasfemo! Impera víbora que escupe su veneno entre los corazones de tus hermanos. —Respondió Erdelan, enojado, fastidiado por el débil temple de su compañero.

—¡Basta! —grité— Hejar, no pertenezco a tu religión, no sé si mi dios tendrá un paraíso para mí o sólo será muerte y el final, pero esa karxane sigue liberando demonios que devastarán a nuestro pueblo. La gente ahí depende de nuestras acciones aquí, nuestras familias y compañeros de armas, ellos esperan que triunfemos. Si no destruimos ese templo, el dios profano que mencionas, habrá ganado.

—Es fácil para ti decirlo, eres una protegida, esas bestias no te dañarán.

—Esa karxane es un sitio construido por dios, si él me encuentra, retirará el escudo que me dio y con eso llegará todo el dolor que he acumulado en estos años luchando a su lado. Corro el mismo riesgo que ustedes. Los he dirigido hasta aquí porque tenemos una guerra que no ha terminado. Ustedes fueron testigos de los actos de los rûh en todos los pueblos alcanzados. Esos gul no descansarán hasta que cada niño, mujer o anciano esté muerto. Si destruyendo ese templo, podemos impedir su avance o dar la oportunidad de que los civiles evacuen, valdrá la pena arriesgarse por ello. ¡Están conmigo!

—¡Arriba guerreros de Allah, el yanna nos espera! —gritó Erdelan— ¡Al·lahu-àkbar! — Expresó después. Todos lo acompañaron.

Corrimos cerro arriba hasta superar el borde y descender en el lado inverso de la cordillera, el templo de dios se volvía más cercano a nuestro avance. Distorsionado por reflejo del sol, su imponencia robaba el aliento a los más jóvenes y lo sustituía por temor. El grupo de 26 kurdos no se permitió vencer por el karxane ni por la cantidad de rûh emanando de su chimenea. Mantuvieron su marcha con el coraje aferrado a sus rifles para abrir fuego a cualquier defensa que proteja el templo. El ruido de las chimeneas conquistaba el paisaje, la succión de una, el desprender de la otra, combinadas para enloquecer las mentes de los presentes. Di la orden de separarnos, llevar los explosivos a cada pilar del templo y prepararlos antes de que las defensas alertaran.

La gigantesca estructura pronto nos cubrió y con ello, nuestros ojos se asombraron por su presencia. El ruido que emanaba de ella no dejaba en claro cómo creaban a los rûh, debíamos soportarlo y su intensidad crecía a cada pisada. Les grité que se mantuvieran firmes, no olvidaran nuestro propósito aquí. La gente en los pueblos vecinos agradecerá la oportunidad de encontrar refugio y salvarse de la extinción.

Corrí con los explosivos sobre la espalda en una abultada bolsa militar, con mi dedo en el gatillo del G36, el resto de mi equipo tintineando a cada segundo y mis botas escarbando la arena suelta del desierto. El grupo que me sigue muestra una situación similar. Miradas serias, decisiones firmes. No podía pedir mejor unidad, dispuestos a enfrentar al mismo dios que desató la extinción de la humanidad. Ese era el grupo autonombrado Jinetes del desierto, dignos combatientes de la guerra más devastadora que haya golpeado una ya lastimada medio oriente. La guerra de los Cuatro Desiertos. Ellos confían en mí, en mi liderazgo, en mi fortaleza. Ellos cumplirán sus objetivos porque los he convencido en estos dos años de ser la mejor decisión. El seguirme.

No siempre fue así, no siempre cargué con detonadores y materiales peligrosos. No siempre postré mis manos sobre un rifle que no fuera una imitación realista. Que fuera letal. Esta vida no me pertenecía. Jamás habría enfrentado la desolada guerra, las crueles batallas donde la humanidad muestra lo peor de ella. Donde la ciencia y pericia se unen para ser más letales, más genocidas. Jamás habría corrido bajo el abrasador sol con el sudor de mi frente tratando de escabullirse a mis ojos en dirección hacia un karxane de dios. Mi vida anterior era lujosa y caprichosa. Glamour y grandes fiestas; reconocimiento y zapatillas costosas. Donde lo que importaba era ser tendencia, que el público se fijara en ti y tu apariencia, sacando provecho de las causas sociales que apoyas por recomendación de tu representante.

Vivía pegada al teléfono, publicando mi sofisticada vida junto a mis pensamientos más profundos y buenos deseos sobre problemas que aquejan al ciudadano promedio. Creí que estaba haciendo un cambio al seguir las campañas altruistas más conocidas. El creer que mi donativo se gastaba en alimentar bocas hambrientas y no en las limusinas y banquetes que se ofrecían en todas las reuniones de la comitiva. Qué sabía yo de la verdadera maldad del mundo… de las atrocidades que cometía la humanidad a sus iguales. De los pueblos sin patria que buscan un lugar que puedan llamar hogar.

Yo no sabía nada, pensaba que el presentarme al evento de caridad con mi vestido más humilde, estaba haciendo un cambio, sin darme cuenta de que el costo de esa prenda habría alimentado a las familias más pobres en aquellos países que desconocía de su existencia.

Esa era yo, la actriz y modelo del momento que se preparaba para el rodaje de cuatro películas el próximo año. Con una biografía más que basta de participaciones tanto en obras de teatro como de filmaciones. Cameos cortos, portadas de revistas, escándalos menores y un grupo de fans que atacaban sin piedad a cualquiera que se atreviera a manchar mi imagen. Había fingido ser un soldado en una batalla ficticia contra enemigos fuera de este planeta, contra perversas razas que pretendían dominarnos. Haciendo pensar a los espectadores que la malicia se encontraba fuera de nuestro mundo, en un sitio donde los inicuos seres se reunían y buscaban la manera de asesinarnos, y que, por ende, todos en el planeta somos uno mismo, dispuestos a luchar lado a lado por el bienestar de todos. Un ente de apoyo y responsabilidad que, dado el momento, lograríamos hacer que todo funcionara.

Nada más falso que eso.

La maldad está aquí, en la indiferencia de los unos a los otros, donde el enemigo es tu propio país velando por los intereses de sus ciudadanos y su posicionamiento económico. Asegurando los recursos necesarios, comercializando con las armas y el dolor ajeno. Esa es la verdad, una que yo desconocía y jamás habría probado de no ser por esta maldición que algunos llamaron privilegio.

Ser una protegida no ha traído más que desgracia a mí y a mi familia. Desde que dios se alzó ante nosotros y amenazó con extinguirnos si el planeta no era salvado, cambió la vida de todos, las reglas del mundo, mi propia vida y fama. Los meses pasaban y la humanidad trataba de asimilar que una deidad caminaba entre nosotros, sin entenderlo por completo. Algunos simplemente volvimos a nuestro trabajo y creímos que todo era igual, sin saber que estábamos equivocados.

Cada uno lo descubrió a su modo, que el mundo había cambiado desde ese primer segundo.