XXXIII —33—

All Rights Reserved ©

Summary

A los dieciocho años, las dos mejores amigas Emma y Keyla, hicieron una promesa entre risas y alcohol: «Si seguimos solteras cuando cumplamos treinta y tres... nos casamos». Quince años después, cuando una regresa y la otra cree tener su vida resuelta, el pasado deja de ser una anécdota, porque no todo lo que se promete borracho se olvida y no todo lo que se ignora deja de importar.

Genre
Lgbtq
Author
Shanell
Status
Ongoing
Chapters
16
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo

La música vibraba demasiado alta para pensar con claridad. Las personas se movían al ritmo mientras las bebidas rebasaban los vasos, derramándose sin que a nadie pareciera importarle.

Cerca de la barra, un grupo de chicas llevaba horas celebrando el décimo octavo cumpleaños de una de ellas, cantando a todo pulmón y bailando sin cesar.

—Ven Keyla, vamos a bailar —pidió la cumpleañera, tomándole la mano para arrastrarla hacia la pista mientras daba un sorbo largo, vaciando el alcohol que aún quedaba en su copa.

—No tienes que hacer esto —gritó Keyla para imponerse al ruido, manteniéndose firme en su lugar—. No deberías beber más, Emma.

La chica negó con la cabeza, sonriendo.

—No, señora. No hoy —la empujó contra ella, pero su estabilidad la traicionó y su amiga tuvo que sostenerla—. Es mi cumpleaños y vas a bailar y a beber conmigo.

A regañadientes aceptó. Mientras caminaban, Keyla sentía que el equilibrio comenzaba a fallarle por los efectos del alcohol, aunque intentó mantenerse lo más sobria posible. Después de un par de canciones y risas, los labios de Emma se cerraron despacio, bajó la mirada y su rostro quedó en silencio perdido en algún punto del ambiente.

—¿Sabes? Mereces a alguien mucho mejor —le recordó Keyla, intentando animarla—. Alguien que te valore y te quiera de verdad.

Emma se quedó observándola con una sonrisa amplia.

—Así como... tú —balbuceó, apoyándose en ella—, que siempre me cuidas, me tratas bien y sabes lo que me gusta.

Al instante, como si se presionara un interruptor, su expresión cambió a una juguetona y peligrosa, con sus ojos color miel brillando en una chispa que Keyla conocía muy bien y que nunca conducía a nada bueno.

—Se me acaba de ocurrir la mejor idea del mundo mundial—continuó eufórica, separándose un poco—. Si seguimos solteras cuando cumplamos treinta y tres... nos casamos.

Keyla soltó una carcajada que, de no ser por la música, habría resonado en todo el lugar.

—Claro, y ¿qué sigue? ¿Levantar el meñique como promesa? —se burló, negando con la cabeza.

—No idiota, escúchame —le tomó el rostro con ambas manos, obligándola a mirarla—. Es algo mejor, aunque antes de eso...

La soltó y la arrastró de vuelta a la barra. Pidió un shot de trago fuerte y le rogó hasta que logró que se lo bebiera. Luego la empujó hacia la salida del bar y, a unos cuantos metros, un cartel de neón brillaba con un anuncio sencillo: Tattoo Studio.

Keyla frenó en seco. El alcohol le nublaba la cabeza, sí, pero todavía le quedaba suficiente conciencia para saber que aquello era una locura.

Antes de que pudiera protestar, su amiga habló:

—Por favor. Tómalo como un regalo de cumpleaños.

Insistió con esa mirada a la que nunca sabía negarse y terminó entrando.

Entre los balbuceos inentendibles de Emma, Keyla no comprendió el alcance de la idea hasta que vio las fotografías colgadas en la pared.

XXXIII, número romano que es más aesthetic —pidió Emma al hombre con la máquina, señalando el lugar exacto.

La aguja bajó y la piel ardió.

Cuando salieron riendo, la tinta seguía fresca y la promesa ya no podía deshacerse del todo.