ÚNICA PARTE
Jungkook sabía encestar triples con los ojos cerrados, pero no sabía qué hacer con Jimin.
Ese era el verdadero problema.
En la cancha era puro instinto: correr, saltar, sudar, ganar. El capitán del equipo, el chico dorado, el nombre que gritaban desde las gradas. El que parecía tener el mundo servido en bandeja. Pero apenas cruzaba el pasillo del ala de artes, se volvía torpe, humano, peligrosamente vulnerable.
Ahí estaba Jimin.
Siempre manchado de pintura, con las manos suaves y los dedos cortos, el overol ajustándole la barriga como si no pidiera permiso para existir. El “gordito de arte”, decían algunos con risitas baratas. Jungkook apretaba la mandíbula cada vez que escuchaba eso. Nadie notaba cómo Jimin se mordía el labio cuando se concentraba, o cómo fruncía la nariz al mezclar colores, o cómo reía sin defensa cuando algo le hacía gracia.
Jungkook sí.
Y le dolía.
Porque él era el chico del básquet. El que no encajaba mirando cuadros, el que no debía fijarse en alguien como Jimin. No porque Jimin no fuera suficiente. Al contrario. Porque Jungkook no se sentía digno de tocar algo tan honesto.
Así que lo miraba de lejos. En silencio. Como se miran las cosas que asustan por lo mucho que importan.
Jimin, por su parte, creía que Jungkook ni siquiera sabía su nombre.
Para él, Jungkook era una presencia enorme que pasaba como un cometa por los pasillos: risas, palmaditas en la espalda, olor a jabón y sudor limpio. A veces sentía esa mirada quemándole la nuca cuando estaba dibujando, pero se decía que era imaginación. Nadie como Jungkook miraría dos veces a alguien como él.
Así funciona el mundo, pensaba.
Hasta que llegó el día del partido.
La escuela entera estaba en el gimnasio. Jimin había ido casi obligado por su mejor amiga, con las manos escondidas en la sudadera y el corazón pequeño. Se sentó en las gradas altas, lejos, como si así pudiera desaparecer.
Y entonces Jungkook entró a la cancha.
El ruido fue ensordecedor. Jimin tragó saliva. No estaba preparado para verlo así. El uniforme marcándole los músculos, el cabello húmedo, la mirada afilada. Jungkook se movía como si el aire le perteneciera. Saltaba. Corría. Sonreía de lado.
Jimin no entendía de básquet, pero entendía de belleza. Y eso le dio miedo.
El partido se volvió tenso en el último cuarto. El equipo contrario jugaba sucio. Empujones, codazos disimulados. Jimin lo vio todo con una claridad que le heló la sangre. Vio al chico alto del otro equipo tomar carrera directo hacia Jungkook, con demasiada fuerza, demasiado odio en los ojos.
No pensó.
Simplemente se levantó.
Gritó su nombre —aunque no recordaba haberlo aprendido— y bajó las gradas como pudo. Cuando el choque parecía inevitable, Jimin se lanzó.
Literalmente.
Se tiró encima de Jungkook con todo su cuerpo.
El impacto fue brutal. Ambos cayeron al suelo. El gimnasio explotó en gritos. Jungkook sintió el aire salirle de los pulmones, pero lo primero que registró no fue el dolor. Fue el peso. El calor. El olor a pintura y jabón barato
.Jimin estaba encima de él.
Muy encima.
—¿Qué…? —Jungkook parpadeó, aturdido.
—No… no quería que te lastimaran —dijo Jimin, respirando rápido, las manos apoyadas en su pecho.
El mundo se quedó en pausa.
Jungkook alzó la vista y ahí estaban esos ojos. Tan cerca que dolía. Los labios rosados, entreabiertos. La respiración compartida. El silencio se volvió íntimo, peligroso.
—Jimin —dijo Jungkook, suave. Como si lo hubiera estado diciendo toda la vida.
Jimin se congeló.
—¿Sabes mi nombre?
Jungkook sonrió. Esa sonrisa chiquita, honesta, que nadie veía en la cancha.
—Lo sé desde hace meses.
El murmullo alrededor desapareció. Jimin sintió algo romperse por dentro. No supo qué decir. No supo qué hacer. Solo supo que Jungkook levantó una mano y le apartó un mechón de cabello de la frente, con cuidado. Como si Jimin fuera frágil.
—Gracias por cuidarme
—susurró.—Siempre —respondió Jimin sin pensar.
Y entonces pasó.
Jungkook no se lanzó. No lo tomó por sorpresa. Solo inclinó un poco la cabeza, dando tiempo, preguntando sin palabras. Jimin pudo haberse apartado. No lo hizo.
El beso fue torpe. Suave. Real.
Nada de fuegos artificiales. Solo calor. Solo verdad.
Jimin sintió cómo el pecho de Jungkook se relajaba bajo él. Jungkook sintió cómo el mundo, por fin, encajaba.
Cuando se separaron, ambos estaban sonrojados. El árbitro carraspeó. La realidad volvió a caer encima como una cubeta de agua fría.
—Creo que… eh… el partido —murmuró Jimin, intentando levantarse.
Jungkook lo tomó de la muñeca.
—Quédate —dijo—. Después del partido. Conmigo.
Jimin asintió, el corazón galopándole como nunca.
Más tarde, en las gradas vacías, Jungkook se sentó junto a él. Sin equipo. Sin público. Solo dos chicos intentando entender lo que acababa de nacer.
—Siempre pensé que no te gustaban los chicos como yo —confesó Jimin, mirando sus manos.
Jungkook soltó una risa baja.
—Siempre pensé que no merecía a alguien como tú.
Se miraron. Y esta vez el beso fue lento. Seguro. Con coqueteo en la comisura de los labios y sonrisas que prometían cosas nuevas.
El chico del básquet y el gordito de arte.
Rompiendo reglas. Pintando su propia historia.
Y por primera vez, Jungkook no tuvo miedo de caer.
Porque Jimin ya estaba ahí para atraparlo.
FIN
Psd: La imagen de la portada es referencial y no es mi autoridad sacado de Pinterest.