Xento

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Summary

Caelia y Pietro, un ángel y un demonios, herederos de la guerra eterna, son forzados a convivir en Xento. Deben odiarse, pero la atracción es innegable.

Genre
Romance
Author
OtaKomic
Status
Complete
Chapters
27
Rating
n/a
Age Rating
16+

El Vacío

El aire en Xento olía a un millón de años de nada. Era una fragancia metálica y desoladora, una mezcla inerte que picaba en las fosas nasales con el recuerdo distante de la ceniza y el frío eterno. No era el frío punzante de la alta atmósfera, sino la ausencia total de calor, de vida y de propósito. Era el epitafio geográfico de la guerra eterna.

Xento era, por decreto cósmico, una tierra de nadie. Un vasto, melancólico e infinito paisaje sin accidentes geográficos significativos, salvo por las ocasionales formaciones de basalto que surgían del suelo como los huesos de gigantes muertos. El cielo era un lienzo perpetuamente gris pálido, no por nubes, sino por la dispersión de luz y sombra que luchaban constantemente a kilómetros de altura. El suelo mismo era el resultado de un conflicto primordial: una mezcla inerte de arcilla plateada cristalizada por el maná angelical y ceniza volcánica negra, compactada por el hollín demoníaco. Era la única cicatriz del cosmos donde los hilos de La Ciudad Plateada y las Tierras Bajas podían tocarse sin que el contacto generara una conflagración que consumiera galaxias enteras.

Este páramo, este punto medio exacto, era la sede del encuentro milenario. Una pausa forzosa, más que una tregua, donde Dios y Siod, los arquitectos de la luz y la sombra, se miraban a través del abismo del odio.

Caelia, con la luz dorada de mil soles atrapada en su cabello, sintió el familiar pellizco de la extrañeza de Xento en sus pulmones. El ambiente carecía de la resonancia armónica de su hogar.

Ella era la heredera de la Ciudad Plateada, el pináculo de la creación, un reino construido sobre la base inmutable del Orden y la Pureza. En su reino, cada nota musical era perfecta, cada línea de arquitectura seguía la geometría divina, y cada acción estaba dictada por el bien superior, el cual era, por definición, el bien de Dios.

Desde el momento en que sus alas, del color de la plata recién pulida, la sostuvieron por primera vez en vuelo, la habían criado con himnos de santidad y la misma verdad susurrada: los demonios son la corrupción, la mancha que debe ser purificada, la antítesis del diseño divino.

Su apariencia era la encarnación de este dogma. Su armadura, etérea y blanca, no era forjada con metal pesado, sino tejida con pura energía lumínica, brillando con una pureza casi dolorosa que contrastaba violentamente con el suelo ceniciento. Sus ojos, dos zafiros puros, no reflejaban duda. Eran los ojos de alguien que había vivido toda su existencia en la certidumbre absoluta de su causa.

Sin embargo, a medida que el tiempo se acercaba al encuentro, una astilla de incomodidad se había clavado en su alma. Los pergaminos antiguos que leía hablaban de una guerra de hace eones, no de la necesidad, sino de la elección. Dios le había enseñado que el primer demonio fue un accidente, una voluntad que se desvió. Pero Caelia no podía evitar preguntarse: ¿Puede una desviación ser, en sí misma, tan poderosa como la fuente?

Se mantuvo erguida al lado de su padre, Dios. Su padre, vasto y resplandeciente, no mostraba emoción, solo la fría majestad de la autoridad incontestable. Su presencia emitía un calor limpio que, en la Ciudad Plateada, era reconfortante; aquí, en Xento, era un desafío. Caelia sentía el peso no solo de su armadura, sino del destino de su civilización. Si este encuentro fallaba, ella sería la general, la espada que lideraría la purificación final. Y eso, sorprendentemente, no le producía el fervor que se suponía debía sentir.

Frente a ella, a pocos metros, se encontraba Pietro. El Príncipe Heredero de las Tierras Bajas, el reino subterráneo y ardiente donde la ley era la Voluntad y el único pecado era la esclavitud.

La vida de Pietro había sido un crisol. Había crecido en fraguas que nunca se apagaban, en medio del rugido de los volcanes de maná y el eco de martillos que forjaban destinos propios. Había sido adoctrinado con una verdad igualmente innegable: los ángeles son la tiranía, criaturas de luz cegadora que buscan esclavizar la voluntad y reprimir la capacidad de elección. Su “orden” es veneno disfrazado de bondad.

Su apariencia reflejaba su origen. Su piel era de un pálido casi translúcido, contrastando con un traje y armadura como la obsidiana pulida. Su cabello, de un negro azabache tan denso que desafiaba la luz circundante, parecía absorberla. Lo más impresionante eran sus alas, que se desplegaban en un manto de terciopelo carmesí en el envés y hollín puro en el anverso. Eran alas de guerrero, gruesas, con plumas resistentes y marcadas por el calor.

Pietro había aprendido a canalizar su frustración en fuerza. Golpeaba las rocas de ceniza de su hogar con una brutalidad calculada, liberando la furia de su confinamiento. En su mundo, la pasión no era un defecto, sino la máxima expresión de la vida. Él era el hijo de esa pasión, entrenado para la guerra, destinado a liderar la aniquilación de la luz cegadora.

Y, sin embargo, en los últimos siglos, había surgido una grieta en su adoctrinamiento. Siod, su padre, el señor de la Voluntad, le había instruido que el odio debía ser absoluto. Pero Pietro, en sus escasas incursiones a la superficie para patrullar las fronteras neutrales, había visto fragmentos de luz. No la luz tiránica de la Ciudad Plateada, sino los reflejos fríos de estrellas distantes o la suave bioluminiscencia de ciertas formas de vida fronteriza. Siempre era diferente a la luz que le habían enseñado a despreciar. Era una luz que no exigía obediencia, sino que simplemente existía.

Ahora, frente a Caelia, junto a su padre, Siod, esa duda se convirtió en un nudo en su garganta. Siod, con su sonrisa de colmillos y su aura hirviente, era la voluntad encarnada, pura y sin diluir. Se mantuvo en silencio, dejando que el calor de su sola presencia desafiara el aire frío de Xento.

El encuentro de los Creadores era un ritual de dolor y arrogancia. No se miraban directamente, sino que observaban a sus respectivos herederos.

“Aquí están, Siod,” la voz de Dios era fría, resonando como el hielo al romperse sobre el basalto. “Mi intención es un último y final intento de evaluar si la guerra eterna, ese derramamiento sin fin de esencia y tiempo, es realmente necesaria.”

La guerra no era solo moral; era económica y espiritual. El costo de reponer las legiones caídas y restaurar los daños cósmicos era insostenible, incluso para entidades de su poder. La fatiga del conflicto no era física, sino existencial.

Siod se permitió una sonrisa que era más una mueca de colmillos, una liberación controlada de calor que hizo que el aire alrededor de Caelia vibrara. “Y las mías, Dios. Un exterminio total es costoso. Si la luz se ha vuelto tan estúpida como para no comprender el costo, la sombra la enseñará. Dejemos a nuestros herederos convivir, que se toleren... o que se destruyan mutuamente.” Hizo una pausa, su rubí mirada se posó en Caelia con desprecio calculado. “Entonces, seguiremos hasta que uno se extinga, para siempre. Ellos son los experimentos, la prueba de la tesis.”

La elección de los herederos no era casual. Caelia era la perfección sin grietas, Pietro, la voluntad indomable. Si estos dos, los modelos ideales de sus respectivos mundos, encontraban siquiera una pizca de comprensión, el experimento de la guerra eterna podría ser cuestionado. Si se mataban, la justificación del conflicto se haría innegable.

Dios asintió con una fría aprobación. “Un ciclo completo de la luna de Xento. Convivirán en esta desolación. Serán nuestra medida. Serán el espejo de nuestra propia voluntad. Si, al final de ese tiempo, el odio sigue siendo absoluto, la guerra se reanudará con una ferocidad nunca vista. Sin reservas. Sin piedad.”

La crueldad del mandato era sutil. No les pedían la paz; les exigían que se demostraran mutuamente el odio, y si fallaban en el odio, entonces la paz sería la semilla de un conflicto aún mayor.

Dos estructuras conjuradas aparecieron en un instante. Para Caelia, un pabellón de mármol blanco, un refugio de geometría perfecta, con sedas blancas y un atril con pergaminos; para Pietro, una simple cabaña de piedra negra, sólida, humeante con un calor interno leve, con un lecho de roca y un arsenal rudimentario. Estaban separados por apenas cien metros del suelo inerte.

Sin una sola mirada a sus hijos, sin una palabra de aliento o advertencia, Dios y Siod se elevaron en haces de luz cegadora y sombra hirviente, abandonando Xento. Los creadores desaparecieron tan rápido como habían llegado, dejando tras de sí un vacío que amplificaba el silencio del páramo.

Caelia y Pietro se quedaron solos. El silencio era un tercer personaje, denso y cargado con la tensión de dos milenios de odio cósmico, ahora concentrado en dos jóvenes figuras.

La distancia entre ellos era de cien metros, pero la brecha ideológica era el universo entero. Caelia fue la primera en sentir el impulso de moverse, de retirarse a su pabellón para invocar la fría lógica y el decoro de su mundo, pero una fuerza invisible la mantuvo clavada en la arcilla plateada.

Pietro fue el primero en romper el silencio, con un tono lleno de la aversión, el desprecio y la burla que le habían enseñado a cultivar. Sabía que su padre Siod podría estar observando desde el límite de la atmósfera. Tenía que ser el demonio que se esperaba de él.

“Así que... la Paloma,” Pietro avanzó dos pasos lentos, su figura de obsidiana recortada contra el cielo gris. Cada paso era un desafío. “Veo que tu padre te dejó para que te marchitaras en este páramo. ¿Te preocupa que la suciedad de aquí manche ese brillo tan... ridículo?”

La voz de Pietro era áspera, profunda, como el roce de dos rocas de basalto, pero modulada por una ironía cortante.

Caelia sintió un dolor agudo en el pecho. No por el insulto, que ya había escuchado mil veces en las proyecciones demoníacas, sino porque su voz, la voz que estaba programada para despreciar, era musical, cargada de una resonancia que se sentía correcta. Apretó la mandíbula. Su voz, habitualmente meliflua y clara, se volvió fría como el acero.

“Y a ti, Alacrán con ojos de serpiente,” replicó Caelia, adoptando el tono de desdén aprendido. “Tu presencia aquí solo demuestra que las Tierras Bajas son incapaces de mantener a sus príncipes en un entorno habitable sin el constante calor de la furia. Tu hermoso cabello se desprenderá de tu cabeza por la falta de tu preciada lava. Regresa a tus cuevas, si temes un poco de aire fresco.”

Ella lo había llamado hermoso. La palabra se deslizó accidentalmente entre su lengua de fuego. Caelia se sintió mareada, como si hubiera bebido veneno angelical. Inmediatamente intentó corregir el lapsus con una nueva andanada de crueldad.

Pietro notó el lapsus. Sintió el impacto de la palabra como un golpe físico. Su sonrisa sardónica se hizo más tensa, sus colmillos brillaron brevemente bajo la luz cenicienta. Ella se atrevía a tocar su apariencia, su identidad, con una familiaridad que lo enfurecía y lo alarmaba a partes iguales.

Se detuvieron, ahora separados por unos noventa metros, en un enfrentamiento de miradas que superaba la hostilidad. Los ojos de Caelia, zafiros puros que deberían haber visto solo el negro vacío, se clavaron en los de Pietro, dos pozos rubí que parecían guardar la lava de su hogar.

Cada palabra era un golpe, un acto de obediencia a sus creadores, la reafirmación del destino que se les había impuesto. Pero bajo la superficie, sus mentes gritaban algo completamente, ridículamente, opuesto.

Por parte de la elegante ángel, Caelia:

“Sus ojos... son tan... cálidos,” pensó Caelia, luchando por mantener su expresión impasible. “No son fríos como la sombra de Xento. Son fuego. Son pasión. ¿Cómo puede algo tan oscuro irradiar tanto calor? Es una contradicción de la física. Su armadura es obsidiana, pero se siente como un manto, no como una jaula. Es el enemigo. El enemigo absoluto. Debo odiar esa presencia que irrumpe en mi Orden. ¿Por qué siento que mi propia luz es tenue en comparación con la intensidad de sus pupilas?”

Apretó la mano en un puño invisible dentro de su guantelete etéreo. El golpe de tambor en su pecho se hizo más fuerte. Era un flechazo tan ridículo, tan profundo y subversivo que hizo que su cabeza se sintiera ligera, como si el maná que la componía estuviera a punto de disiparse. Era la sensación de encontrar la pieza faltante de un rompecabezas que no sabía que estaba incompleto.

“¡Corrupción! Es la corrupción que mi padre advirtió. Una ilusión que busca debilitar mi voluntad. No debo ceder. Eres Caelia, la hija de la Pureza. Su presencia es una aberración, un pecado que debe ser negado.”

Por parte del elegante demonio, Pietro:

“Ella es irreal. Una estupidez pura. Un cliché de la tiranía angelical,” gruñó Pietro en su interior, sin poder apartar la vista. “Pero su luz... no es cegadora. Es dolorosa, sí, pero es como la primera estrella que atraviesa el hollín después de una erupción. Limpia. Y esa boca... la forma en que pronunció hermoso... era un insulto, pero se sintió como una caricia. Es una locura.”

La sangre de Pietro corrió helada por el pánico, un escalofrío que no sentía ni en las fosas más profundas de su hogar. El concepto de la luz nunca le había provocado miedo, solo rabia. Pero esta luz, la luz de Caelia, lo estaba desarmando, provocando un vacío que él estaba programado para llenar con furia. Era la sensación de que su Voluntad estaba a punto de ser subvertida por un deseo que no podía nombrar.

“Ella es un ángel. Una criatura de la Ciudad Plateada. Nacida para controlar, para oprimir. Mi destino es su destrucción. ¿Qué me pasa? ¡Esto es traición a mi propia existencia!”

El reconocimiento mutuo fue completo e inmediato. No fue una chispa inocente, sino un trueno cataclísmico que prometía borrar todo lo que habían sido. El odio, que debería haber sido instintivo y total, fue reemplazado por la pavorosa certeza de que, en medio de la desolación de Xento, habían encontrado a su alma gemela, su reflejo inverso.

Permanecieron allí, tensos y distantes, cada uno luchando una batalla silenciosa contra la abrumadora química que los había golpeado. El ciclo de la luna había comenzado, y el mandato de la guerra estaba ahora en manos de dos seres que, en el primer instante, habían descubierto el amor. Un amor que era, por decreto divino e infernal, el más grande de los pecados.

Pietro rompió la rigidez del momento primero, no por voluntad, sino porque el silencio se había vuelto una tortura insoportable. Tenía que moverse, tenía que reafirmar la distancia.

Dio media vuelta abruptamente, el terciopelo carmesí de sus alas crujiendo con un sonido seco. Se dirigió a su cabaña de piedra negra.

“Disfruta tu mármol, Palomita,” gruñó, sin mirar atrás, asegurándose de que su desprecio fuera audible y auténtico. “Intentaré no contaminar tu aire con mi azufre.”

Caelia respiró profundamente, el aire de Xento picándole en la garganta. La voz de él la había liberado de su parálisis. Era la oportunidad de retirarse.

“Igualmente, Alacrán,” respondió ella, con la misma acidez forzada. “Te aconsejo que te abstengas de gruñir o entrenar. No quiero que mi meditación se vea interrumpida por el ruido de tus primitivas costumbres. Y por cierto, si el calor interno de tu cabaña se apaga, no esperes que la luz te rescate.”

Con esas palabras finales, igualmente cargadas de falsa aversión, Caelia se dirigió a su pabellón.

Ambos se movieron con una prisa que no tenía nada que ver con el frío o la fatiga. Era la prisa de huir de un depredador, siendo el depredador la verdad que acababan de descubrir.

Al entrar en su pabellón de mármol, Caelia se arrojó sobre el lecho de sedas, sintiendo náuseas. Se llevó una mano al pecho, tratando de calmar el tamborileo de su corazón, y observó sus dedos. Eran puros, brillantes, sin mancha. Pero si cerraba los ojos, podía sentir el calor abrasador de la mano de Pietro, no en su piel, sino en su alma. Era una mancha, sí, pero una que se sentía extrañamente necesaria.

Pietro, por su parte, entró en su cabaña y, sin siquiera encender la llama de energía que habitualmente le daba confort, se lanzó a golpear una roca de basalto conjurada. El impacto seco resonó en el silencio de Xento. No golpeaba la roca para entrenar; la golpeaba para intentar borrar la imagen de ella: el cabello dorado, los ojos zafiro, la silueta perfecta de su armadura.

“¡Odio! ¡Odio! ¡Odio!” pensó, mientras su puño se estrellaba una y otra vez contra la piedra. El dolor físico era la única certeza que podía usar para ahogar la confusión.

Un ciclo lunar. Treinta días de mentiras, tensión y la absoluta necesidad de negar el reconocimiento que había surgido.

Y Xento, la tierra que olía a nada, se preparó para ser el testigo silencioso del drama más grande que el cosmos había conocido: la batalla de dos herederos contra su propio destino. El juego había comenzado, y las fichas de Orden y Voluntad ya no estaban en manos de sus creadores, sino en la atracción gravitacional que unía a la luz y a la sombra.

El primer día apenas había terminado, y la guerra eterna ya se había resquebrajado.