ÚNICO
El aire en el comedor de máxima seguridad "El Abismo" siempre olía a desinfectante barato, sudor agrio y violencia, pero hoy, el olor predominante era el de sangre fresca y adrenalina.
Park Jimin, conocido en cada rincón de ese infierno de concreto como "La Rosa", tenía el nudillo de su mano derecha partido y sangrante.
No se lo había limpiado.
Dejaba que el líquido, rojo y espeso, goteara sobre su bandeja de comida fría, formando pequeños círculos oscuros en el puré grisáceo.
A sus treinta y tres años, condenado a veintiocho años de cárcel por tráfico de estupefacientes y armas, el pelirosa era la belleza hecha veneno.
Su cabello rosa, un desafío vibrante contra la monotonía carcelaria, caía sobre una frente donde una vena palpitaba de furia contenida. La rosa negra tatuada en su cuello parecía enroscarse con cada latido acelerado.
En la mesa opuesta, a quince metros de distancia que podían ser quince kilómetros o quince centímetros dependiendo del día, Jeon Jungkook, "El Joker", masticaba un trozo de pan duro como si fuera carne cruda.
A sus treinta años, con una condena de treinta años de cárcel por asesinato, extorsión y secuestro, el peliverde era la tormenta hecha hombre.
Su cabello verde esmeralda brillaba bajo las luces fluorescentes como la escama de una serpiente. Tenía el labio inferior partido, regalo de la misma pelea que había abierto el nudillo de Jimin.
Se pasó la lengua por el corte, saboreando el hierro de su propia sangre, y sonrió.
Era una sonrisa sin humor, solo dientes y promesas.
La pelea había estallado media hora antes en el patio de ejercicios.
Un hombre de Jimin, un nuevo recluta con más entusiasmo que cerebro, había cruzado al lado oeste para recuperar una pelota de contrabando.
Los hombres de Jungkook lo habían rodeado.
No le habían pegado.
No hacía falta.
Le habían orinado encima, los seis, riendo mientras el chico tosía y escupía, Jimin lo había visto desde la ventana de su celda de líder.
No había dado una orden.
Solo había bajado.
Lo que siguió no fue una pelea.
Fue una carnicería breve y eficiente.
Jimin, con esa velocidad de víbora que siempre subestimaban, había desarmado a dos hombres y roto la nariz de un tercero antes de que Jungkook, alertado por los gritos, irrumpiera en el patio como un toro enfurecido.
Se habían enfrentado en el centro del círculo de cemento, bajo un sol cenital que no calentaba nada.
Sin palabras.
Solo el sonido de sus respiraciones y el impacto seco de puño contra carne, de hueso contra hueso.
Jimin era preciso, rápido, sus golpes buscaban puntos débiles; la garganta, los riñones, la sien.
Jungkook era fuerza bruta, poder puro, cada golpe suyo tenía la intención de destrozar, de romper, de aniquilar.
El pelirosa le había fracturado una costilla con una patada giratoria perfectamente ejecutada. El peliverde le había dislocado el hombro a Jimin al atraparlo en un derribo brutal y retorcer su brazo hasta que un crujido nauseabundo sonó en el aire quieto.
Se separaron solo cuando una docena de guardias con porras eléctricas y escudos antidisturbios los rodearon.
Jimin, con el brazo colgando en un ángulo antinatural, escupió un coágulo de sangre a los pies de Jungkook.
El peliverde, jadeando, le devolvió el gesto escupiendo sobre la cara sudorosa del pelirosa.
Ahora, en el comedor, la tensión era un cable a punto de reventar.
Doscientos hombres comían en silencio, pero todos los ojos, todos los sentidos, estaban puestos en las dos mesas enfrentadas.
En el bloque de Jimin, nombrar al "Joker" era un delito castigado con una visita al sótano de tortura.
En el bloque de Jungkook, dibujar una rosa en la pared significaba perder los dientes.
Fue Minho, la mano derecha de Jimin, quien rompió el silencio cargado.
— Jefe, el hombro. — Susurró preocupado. — Tenemos que ir a enfermería, puede que esté roto.
Jimin no apartó la mirada de Jungkook. — No me toques. — Espetó, en un gruñido enfadado. — No me muevo de aquí hasta que ese pedazo de mierda verde se ahogue en su propio vómito.
La frase, dicha en un tono normal pero en el silencio absoluto, cruzó la sala como un disparo, Jungkook dejó caer su tenedor de metal.
El golpe resonó en todo el comedor.
— ¿Hablas conmigo, florero? — Le preguntó el Joker, en un rugido bajo.
— No veo a nadie más que huela a podrido y tenga el cerebro del tamaño de un guisante. — Replicó la rosa, tomando un sorbo de agua con su mano buena, fingiendo indiferencia. — A menos que tus payasos también califiquen. — Murmuró. — Es difícil distinguirlos.
Un hombre de Jungkook, un gigante llamado Yong, se puso de pie. — ¡Cállate, maricón rosa! — Gritó.
Jimin ni siquiera parpadeó, niró a Yong, luego a Jungkook, y sonrió, era una sonrisa fría, cruel. —bTu perro ladra, Joker. ¿No le enseñas modales? — Preguntó burlón. — ¿O es que solo obedece órdenes para matar mujeres y niños? Eso sí que lo hace bien, ¿No? Secuestrar y extorsionar. — Bufó. — Un verdadero trabajo de hombre.
La referencia a los cargos de Jungkook fue un golpe bajo, deliberado, envenenado, la cara del peliverse se llenó de furia y se levantó tan rápido que su silla se cayó hacia atrás con un estruendo.
— ¡Al menos yo no escondo mi mierda tras faldas y perfumes! — Rugió, señalando a Jimin con un dedo acusador. — ¡Tú y tu bandada de putos vestidos de rosa! — Bramo. — ¡Traficantes de juguete! — Chilló. — ¡Vendes drogas a niños y te crees un señor! ¡Eres una vergüenza incluso para esta cloaca!
Jimin se puso de pie lentamente, haciendo caso omiso del dolor punzante en su hombro.
Su hombro derecho colgaba, pero su postura era erguida, desafiante. — Prefiero vender drogas que vender mi humanidad. — Dijo, cada palabra era como un latigazo. — Tú no eres un hombre, Jungkook. — Aseguró. — Eres un animal que aprendió a caminar en dos patas, un perro rabioso al que deberían haber puesto a dormir hace años. — Escupió. — Tu condena es de treinta años, pero todos aquí sabemos que morirás en esta jaula y el mundo respirará mejor cuando tu corazón de mierda deje de latir.
El insulto fue tan visceral, tan personal, que por un segundo, todo el comedor contuvo la respiración.
Jungkook temblaba.
No de miedo, si no de una rabia tan pura que parecía blanquearle los ojos.
Caminó hacía la tierra de nadie, sus pasos pesados y decididos, Jimin no retrocedió, avanzó también, cojeando ligeramente, su brazo lesionado balanceándose de manera grotesca.
Se encontraron en el centro.
A un metro de distancia.
Podían oler el sudor y la sangre del otro, podían ver cada detalle de los moretones que se formaban, de las heridas abiertas.
— Te voy a matar... — Susurró el Joker, su era voz tan baja que solo Jimin podía oírla, pero estaba cargada de una promesa. — No hoy, quizás no mañana... — Le amenazó. — Pero te voy a romper el cuello con mis propias manos y voy a plantar una maldita rosa en tu tumba para que se pudra contigo.
Jimin se inclinó hacia adelante, hasta que sus labios casi rozaban la oreja de Jungkook, su aliento era cálido contra la piel sudorosa.
— Hazlo, cobarde. — Susurró a su vez, en un tono sedoso, mortal. — Inténtalo. — Lo reto. — Porque mientras lo intentes, mientras gastes tu aliento de animal en mí, sabré que sigo siendo lo único importante en tu vida patética. — Se burló. — Tu único propósito, tu única rosa y te voy a hacer un favor, Joker. — Prometió. — Cuando finalmente te pudras aquí dentro, voy a pedir que me den tu celd, voy a dormir donde tú moriste y voy a descansar mejor que nunca.
Fue demasiado.
La imagen, la profanación futura, rompió el último hilo de control del peliverde, con un grito ahogado de rabia, lanzó un puñetazo directo a la cara del pelirosa.
Jimin, a pesar del hombro dislocado, tenía reflejos de gato.
Esquivó la mayor parte del golpe, pero el puño de Jungkook le rozó la sien, lo suficiente para hacerlo ver estrellas.
En lugar de retroceder, Jimin se abalanzó hacia adelante, hundiendo su cabeza en el estómago de Jungkook, empujándolo con todo el peso de su cuerpo.
Ambos cayeron al suelo de cemento, rodando, golpeando, arañando, mordiendo como animales.
No fue una pelea de hombres.
Fue una pelea de bestias.
Jungkook intentó estrangular a Jimin, éste le clavó los pulgares en los ojos, el peliverde aulló de dolor y soltó a su presa, dando a Jimin la oportunidad de rodar encima y lloverle una ráfaga de puñetazos con su mano buena al rostro ya magullado de Jungkook.
Sonidos húmedos y crujientes se escuchaban en todo el comedor.
Los guardias tardaron más en reaccionar esta vez, quizás estaban asustados o quizás disfrutaban del espectáculo.
Cuando finalmente se abalanzaron, diez de ellos, fue para arrastrar a los dos hombres ensangrentados y aún forcejeando el uno contra el otro.
Les aplicaron gas pimienta directamente en la cara.
Jimin tosió, cegado, escupiendo.
Jungkook rugió, frotándose los ojos furiosamente.
Los separaron a la fuerza, arrastrándolos en direcciones opuestas.
Mientras los alejaban, el pelirosa, con la vista nublada por el gas y el dolor, gritó hacia donde sabía que estaba el peliverde.
— ¡Esto no ha terminado, hijo de puta! — Gritó. — ¡Me perteneces a mí! ¡MI ODIO ES LO ÚNICO QUE TE MANTIENE CON ALMA!
Desde el otro extremo del pasillo, la respuesta de Jungkook llegó, ronca, desgarrada: — ¡YO SOY TU INFIERNO, ROSA! ¡Y VAS A ARDER EN ÉL!
♡
La celda de castigo de Jimin era un cubo de concreto de dos por dos metros, sin luz, sin cama, solo un agujero en el suelo y el olor constante a orina y desesperanza.
Le habían reacomodado el hombro a la fuerza en enfermería, sin anestesia, el dolor era un latido constante y ardiente, pero era un recordatorio.
Un mantra.
Jungkook, Jungkook, Jungkook.
Pasó tres días en la oscuridad.
Tres días en los que no hizo más que recrear cada momento de su pelea, cada insulto, cada expresión de odio en el rostro de Jungkook.
Lo odiaba.
Lo odiaba con una intensidad que era casi física, un peso en el pecho, un sabor amargo en la boca, soñaba con romperle cada hueso, con arrancarle ese cabello verde mechón a mechón, con ver la vida apagarse en esos ojos marrones llenos de furia.
El cuarto día, la puerta se abrió.
No era un guardia.
Era el Ministro.
El Ministro era un hombre viejo, de sesenta y tantos años, con un traje gris impecable que siempre parecía absurdo en medio del caos carcelario, tenía ojos de reptil, fríos y calculadores.
Era la ley absoluta en "El Abismo".
— Park Jimin. — Dijo el Ministro. — Jeon Jungkook, dos niños malcriados rompiendo sus juguetes. — Negó. — Mi prisión no es un patio de recreo.
Jimin, sentado en el suelo, no respondió, solo lo miró con desprecio.
— Su enemistad es... Contraproducente — Continuó el Ministro. — Está afectando la productividad, los flujos de ingresos se están interrumpiendo y eso a mí no me gusta.
— Mátalo entonces. — Espeto Jimin, su voz estaba ronca por la falta de uso. —. Solución simple.
— Oh, no. — El Ministro sonrió en una mueca desagradable. — Eso sería un desperdicio, ustedes dos son mis mejores... motivadores. — Se burló. —Así que he decidido unirlos, forjar una alianza en el fuego de su odio mutuo.
Jimin sintió un frío repentino que no tenía nada que ver con la celda.
—¿Qué?
— A partir de mañana, el sistema de bloques cambia. — Se cruzó de brazos. — Usted y Jungkook serán Co-líderes. — Espeto. — Gobernarán todos los bloques, juntos. — Emboso una suave sonrisa. — Las decisiones, compartidas, mas ganancias, divididas, el poder... conjunto.
Jimin se puso de pie de un salto, ignorando el dolor en su hombro. — ¡Estás loco! ¡Prefiero cortarme la garganta!
— Esa es una opción... — Asintió el Ministro tranquilamente. — Pero si lo hace, entregaré a todos sus hombres a Jungkook. — Se encogió de hombros. — Les diré que usted fue quien delató la red de escape del año pasado, imagino que lo harán pedazos en menos de una hora. — Le amenazó. — A Jungkook, por supuesto, le hago la misma oferta, si lo mata a usted, le entrego su bloque a los cruzados, esos nuevos que tanto anhelan carne fresca. — Sonrió con maldad. — Es un equilibrio delicado, ¿Verdad? Mutuamente asegurado.
La trampa era perfecta.
Diabólica.
Jimin sintió náuseas.
— No funcionará. — Escupió. — Nos mataremos el uno al otro en la primera reunión.
— Ese es el riesgo — Admitió el Ministro. — Pero si lo hacen, incumplen el contrato conmigo y yo... me enojo. — Siseo en voz baja. — Y cuando me enojo, hago que la gente desaparezca en los túneles de drenaje, lentamente. ¿Entendido?
La puerta se cerró, dejando a Jimin nuevamente en la oscuridad, pero ahora con un nuevo horror agregado a su odio.
Gobernar junto a Jungkook.
Respirar el mismo aire.
Tomar decisiones juntos.
Era una tortura refinada, un nivel de crueldad que ni siquiera él había imaginado.
Al día siguiente, en la sala de calderas, el primer "Consejo de Co-liderazgo" fue un festival de veneno. El pelirosa llegó con el brazo en un yeso improvisado hecho de tela rasgada. El peliverde llegó con un ojo morado completamente cerrado y una costilla vendada.
Se sentaron en extremos opuestos de una mesa larga y oxidada.
Una hora.
Pasaron una hora sin que ninguno hablara.
Solo se miraban.
El odio en la sala era tan espeso que casi se podía cortar.
Finalmente, fue Jungkook quien rompió el silencio, su voz sonó áspera por los gritos de los días anteriores.
— El bloque norte controla el lavadero, mis hombres lo patrullan.
Jimin no apartó la mirada de él. — Tus hombres son analfabetos funcionales y el lavadero tiene las tuberías principales para el contrabando de drogas. — Espetó. — Mis hombres lo manejan.
— Tus hombres son un puñado de maricones que se desmayan con la sangre. — Replicó Jungkook, golpeando la mesa con el puño cerrado. — El lavadero es mío.
— Tómalo entonces — Dijo la Rosa suavemente. — Inténtalo y verás cuántos de tus analfabetos terminan flotando en las aguas residuales con la garganta cortada.
La amenaza flotó en el aire, el Joker se inclinó hacia adelante, con sus nudillos blancos sobre la mesa.
— Estás cojo y con un brazo inútil, no estás en posición de amenazar.
— Tú estás ciego de un ojo y respirando entrecortado. — Contraatacó Jimin. — Parece que estamos igualados, ¿No, Joker? Dos inválidos atrapados en el mismo infierno. — Se burló. — Qué poético.
La reunión continuó así.
Cada punto, una batalla.
Cada decisión, un campo minado.
Asignaron tareas de manera que pusieran a los hombres del otro en mayor peligro, desviaron recursos para sabotear las operaciones del contrario.
El Ministro los observaba a veces desde una ventana alta, sonriendo.
La tensión no disminuyó.
Se transformó.
El odio ya no era un simple deseo de destrucción.
Era una obsesión íntima, un conocimiento profundo y desagradable de los movimientos del otro, de sus tácticas, de sus debilidades.
Jimin sabía que Jungkook tenía claustrofobia en las celdas de aislamiento demasiado pequeñas, el peliverde sabía que el pelirosa no podía soportar el sonido de los cuchillos afilándose durante demasiado tiempo.
Eran armas, guardadas para el momento adecuado.
Una tarde, después de una reunión particularmente agotadora donde habían estado a un insulto de volver a los golpes, Jimin se quedó solo en la sala de calderas.
El rugido de las máquinas era ensordecedor, pero prefería eso al silencio de su celda, donde sus pensamientos lo atormentaban.
Pensamientos que, últimamente, no solo eran de odio.
A veces, en medio de la furia, capturaba la forma en que la luz se reflejaba en el sudor del cuello de Jungkook, la forma en que sus músculos de la mandíbula se tensaban cuando estaba pensando.
Detalles.
Detalles repulsivos y fascinantes.
Se levantó bruscamente, sacudiendo la cabeza.
Necesitaba aire.
O algo más.
No podía quedarse quieto.
Su cuerpo, aún dolorido, estaba lleno de una energía nerviosa, violenta, bajó las escaleras hacía los niveles inferiores, pasando las celdas de castigo habituales, adentrándose en las zonas más antiguas, en los sótanos olvidados.
No sabía a dónde iba.
Solo caminaba, impulsado por un demonio interno que se alimentaba de rabia y algo más, algo que no se atrevía a nombrar.
Llegó a una puerta de metal pesado y oxidado, marcada solo con un "03" descolorido.
El tercer sótano.
Un lugar del que se rumoreaba que ni siquiera los guardias bajaban.
Un lugar para cosas que necesitaban ser olvidadas para siempre yin pensar, empujó la puerta que cedió con un gemido metálico.
La oscuridad dentro era absoluta.
Y el silencio.
Un silencio tan profundo que parecía absorber el sonido de su propia respiración.
Dio un paso adentro, luego otro, el aire era frío, quieto, olía a tierra húmeda y muerte antigua.
No lo escuchó acercarse.
No había nada que escuchar.
Solo sintió el cambio en la presión del aire un microsegundo antes de que las manos lo agarraran desde la oscuridad.
Las manos que atraparon a Jimin en la oscuridad del tercer sótano no eran humanas, eran trampas de acero, grilletes forjados en odio puro y una fuerza animal que no dejaba espacio para el aire, para el pensamiento, para nada que no fuera un pánico instintivo y cegador.
Una mano enorme, callosa y brutal se cerró sobre su boca, apretando con tanta fuerza que sintió cómo sus dientes cortaban el interior de su mejilla.
El sabor a sangre, su propia sangre, llenó su boca.
La otra mano capturó sus dos muñecas con una facilidad humillante, retorciéndolas detrás de su espalda en un movimiento que hizo gritar a Jimin en silencio, una explosión de agonía en su hombro apenas curado.
Fue levantado del suelo, su espalda aplastada contra un torso duro como una roca que subía y bajaba con una respiración acelerada y furiosa.
Reconoció el olor antes que nada, sudor salado, el aroma metálico de la sangre vieja y nueva, y debajo de todo, ese olor terroso, primitivo, a tormenta y tierra revuelta que era Jungkook.
Un estremecimiento que no tenía nada que ver con el miedo, si no con un reconocimiento visceral y aterrador, sacudió a Jimin de la cabeza a los pies.
La voz del Joker llegó a su oído como el rozar de una hoja de afeitar contra el hueso, era un susurro cargado de una furia que hacía vibrar cada sílaba.
— ¿Te crees muy listo, pequeña puta? — El aliento caliente y rápido le quemó la piel del cuello. — ¿Siguiéndome hasta mi propia guarida? — Gruñó. —¿Pensaste que era un juego? ¿Que podías husmear en la madriguera del lobo y salir a contarlo?
La Rosa forcejeó, un movimiento frenético e inútil, su cuerpo, aún magullado y dolorido de sus batallas anteriores, protestó con agudos gritos de dolor.
Un sonido ahogado, mezcla de rabia, agonía y una indignación feroz, se escapó por los bordes de la mano que le cubría la boca, ñateó hacia atrás, sus talones golpeando las espinillas del peliverfe, pero fue como patear un árbol.
— Te voy a demostrar quién es tu mejor cliente... — Gruñó y su tono cambió, la furia seguía ahí, candente, pero ahora se mezclaba con algo más oscuro, más visceral, un deseo crudo y retorcido que resonó en las entrañas del pelirosa como un tambor de guerra primitivo. — Te voy a enseñar lo que le pasa a las rosas que se meten donde no las llaman. — Ronroneo. — Las arranco, las piso y las hago mías hasta que no quede ni el perfume.
Con un movimiento brusco, Jungkook le bajó los pantalones del uniforme, la tela áspera raspó los muslos de Jimin. Luego, sus bóxers fueron arrancados sin ceremonia, con un tirón seco que hizo que el pelirosa volviera a arquearse, con un nuevo gemido atrapándose en su garganta.
El aire gélido del sótano lo golpeó, pero fue la vulnerabilidad absoluta, la exposición total, lo que le arrancó un temblor incontrolable.
Estaba completamente a su merced.
Y Jungkook lo sabía.
Cuando la mano en su boca se relajó lo suficiente para que pudiera tragar sangre, Jimin escupió, sus palabras un silbido lleno de odio puro y un pánico que no quería admitir.
— ¡Hijo de puta! — Bramo. — ¡Asqueroso animal! — Rugió. — ¡Si vas a hacerlo, usa al menos la saliva, maldito salvaje!
Jungkook soltó una risa baja, un sonido que no tenía nada de alegría, solo crueldad y una excitación perversa.
— ¿Saliva? ¿Para ti, Rosa? No mereces ni eso. — Gruñó, tanteando la entrada de su agujero, intentando meter sus dedos. — Mereces que te rompan en seco, mereces que te haga doler. — Siseo. — Como me duelen tus palabras y como me duele tu puta existencia.
Y sin más preámbulo, sin preparación, sin más que la humedad del sudor y los fluidos de su miembros Jungkook lo penetró.
Fue una invasión.
Una intromisión brutal y despiadada.
El dolor fue tan agudo, tan desgarrador, que la visión de Jimin se nubló en lágrimas saladas. Un grito desgarrador, ahogado por la mano que volvió a apretar su boca, estalló en su pecho.
Era un fuego cegador, una sensación de ser partido en dos.
Forcejeó de nuevo, violentamente, pero la fuerzs de Jungkook era mayor, lo tenía inmovilizado, clavado contra su propio cuerpo, y cada movimiento de lucha solo empeoraba el dolor, solo aumentaba la fricción.
— ¿Te gusta? — Jadeó en su oído, con su voz ronca, su respiración entrecortada. — ¿Te gusta cómo te rompe tu enemigo? — Se burló. — ¿Es esto lo que querías cuando me provocabas, puta? — Pregunto. — ¿Querías que te demostrara quién manda?
Jimin sollozo.
Las lágrimas calientes se mezclaron con el sudor en su rostro, maldijo al peliverde entre dientes, ininterrumpida de insultos, de promesas de venganza, de deseos de muerte.
Pero Jungkook no se detuvo.
Sus movimientos eran salvajes, descontrolados, impulsados por una furia que iba más allá del odio, que se adentraba en un territorio primitivo de afirmación y posesión.
Cada embestida era una afirmación: Mío, mío, mío.
Y entonces, algo cambió.
En medio del dolor insoportable, en medio de la humillación, el cuerpo de Jimin, traicionero, empezó a responder.
No era placer.
No podía ser placer.
Era algo más profundo, más visceral.
Era una reacción física a la brutal proximidad, al calor, a la fuerza aplastante que lo poseía, su sexualidad también influyendo, hace mucho que no se descargaba.
El dolor comenzó a mezclarse con una sensación de electricidad perversa que le recorrió la columna vertebral.
Sus insultos se quebraron, convirtiéndose en jadeos entrecortados, en sonidos guturales que ya no eran solo de angustia.
Dejó de forcejear.
Su cuerpo, agotado y traicionado, se relajó un poco contra el de Jungkook, sintió cada músculo tenso del torso del peliverde, cada latido furioso de su corazón contra su espalda. El olor a sudor, sangre y sexo violento llenó sus sentidos, embriagándolo de una manera nauseabunda e irresistible.
Jungkook notó el cambio.
Su agarre en las muñecas de Jimin no se aflojó, pero la mano en su boca se deslizó, no para liberarlo, si no para envolver su cuello, los dedos anchos presionando a los lados de su tráquea, no para estrangular, si no para sentir el latido salvaje y acelerado de su pulso.
— Así... — Susurró Jungkook, su voz era ahora una mezcla de triunfo y algo que sonaba a asombro y confusión. — Así mi Rosa. — Murmuró. — Hasta tu cuerpo lo admite, hasta esta carne débil y fina sabe la verdad. — Ronroneó entre embates. — Me perteneces, tu odio me pertenece, tu dolor me pertenece y esto me pertenece.
La afirmación, dicha en ese susurro ronco y caliente en su oído, hizo que el pelirosa cerrara los ojos con fuerza.
Era verdad.
En este momento, violento, degradante, era verdad.
Jungkook lo poseía por completo, no como un líder posee un bloque, si no como un depredador posee a su presa y en esa posesión, había una horrible y retorcida verdad.
Una verdad que eliminaba todas las mentiras, todos los juegos de poder, todos los insultos.
Solo era esto.
Fuerza.
Sumisión.
Posesión.
Con un gruñido gutural que surgió de lo más profundo de su ser, Jungkook lo tomó empujándolo contra la pared fría de piedra del sótano.
Ahora, Jimin miraba al vacío oscuro, sintiendo las manos de Jungkook en sus caderas, clavándolo en su lugar.
La nueva posición era más profunda, más intensa.
El pelirosa gritó, un sonido crudo y desgarrado que se perdió en la oscuridad y poyó su frente contra la piedra fría, los dedos arañando la superficie áspera inútilmente.
El ritmo de Jungkook se volvió más errático, más desesperado.
Ya no era solo furia.
Era necesidad.
Una necesidad tan profunda y confusa como la de Jimin.
Sus gruñidos se mezclaron con los jadeos del peliross, la mano en el cuello de Jimin se tensó, no para lastimar, si no para anclarlo, para mantenerlo ahí, en ese momento, en esa horrible y única verdad compartida.
— ¡Ah, ah, ah! — Gimoteo el pelirosa, con lágrimas saladas de placer cayendo por sus mejillas.
Jimin ya no pensaba.
Solo sentía.
El dolor se había transformado en una sensación abrumadora, abarcadora, que borraba todo lo demás.
El mundo se reducía al calor y la fuerza detrás de él, al roce, a la presión de los dedos en su cuello, al sonido de la respiración jadeante de Jungkook en su oído.
Un calor repentino y violento comenzó a acumularse en sus propias entrañas, una respuesta involuntaria de su cuerpos.
Lo odiaba.
Lo odiaba más que nunca.
Pero su cuerpo, su maldito y traicionero cuerpo, se acercaba al borde, arrastrado por la marea física del acto, por la intensidad insoportable del momento.
Cuando Jungkook finalmente se vino, fue con un gruñido prolongado y animal, un sonido que era mitad agonía, mitad liberación. Su cuerpo se estremeció violentamente contra el de Jimin, sus dedos se clavaron en sus caderas con la fuerza suficiente para dejar moretones.
La sensación, la intimidad violenta y total de ello, fue la gota que colmó el vaso para el peliross y on un grito ahogado de un placer perverso que nunca admitiría, él también cayó por el precipicio, su cuerpo convulsionándose en una ola de sensaciones contradictorias y abrumadoras, derramandose contra la pared fría.
El silencio que siguió fue más profundo que la oscuridad del sótano.
Solo interrumpido por el sonido de su respiración jadeante, entrecortada, tratando de volver a la normalidad.
El peliverde no se movió de inmediato, permaneció ahí, con su peso apoyado en el pelirosa, su aliento caliente en su nuca.
Jimin, con las piernas temblando tan violentamente que apenas podía sostenerse, se apoyó contra la pared fría, sintiendo cómo el sudor se enfriaba en su piel.
Lentamente, como si despertara de un trance, Jungkook se separó, saliendo de su interior.
El sonido de su ropa al ajustarse fue obscenamente normal en la oscuridad, Jimin se derrumbó hacía adelante, apoyando las manos en las rodillas, jadeando, sintiendo cómo el dolor y el líquido cálido le corrían por los muslos.
La humillación lo golpeó entonces, una ola fría y nauseabunda.
Lo que acababa de pasar.
Lo que había sentido.
Lo que su cuerpo había hecho.
Oyendo un ruido, alzó la vista.
Jungkook estaba de pie a un metro de distancia, apenas visible como una silueta más oscura contra la oscuridad, no podía ver su expresión, pero podía sentir su mirada, pesada, confusa, tan llena de conflicto como la suya.
Sin una palabra, el peliverde dio media vuelta, sus pasos resonaron en el suelo de piedra, alejándose, subiendo por una escalera que el pelirosa no había visto.
La puerta se abrió, dejando entrar un rayo de luz tenue del pasillo superior, y se cerró de nuevo, sumergiéndolo en la oscuridad absoluta una vez más.
Jimin se quedó allí, temblando, durante lo que pareció horas.
Finalmente, con movimientos torpes y doloridos, se puso la ropa, cada tejido rozaba su piel sensible, recordándole cada detalle; caminó hacia la puerta, sus pasos eran inestables.
Al salir al pasillo débilmente iluminado, se detuvo.
Se miró las manos.
Todavía temblaban.
No se dirigió a su bloque, caminó sin rumbo, sintiéndose sucio, roto, y extrañamente vivo de una manera nueva y aterradora.
El odio seguía ahí.
Ardiendo más fuerte que nunca.
Pero ya no era simple.
Estaba mezclado con la memoria del calor de Jungkook, de su fuerza, del sonido de su respiración en su oído, con el conocimiento de que su enemigo lo conocía ahora de una manera que nadie más lo haría jamás.
Al día siguiente, en la sala de calderas, la tensión era diferente.
El aire no estaba cargado solo de odio, si no de algo eléctrico, incómodo, casi palpable.
Jimin llegó primero y se sentó, mirando fijamente la mesa.
Jungkook llegó minutos después y se sentó en su extremo.
Ninguno habló.
Ninguno se miró directamente.
Pasaron diez minutos en silencio cuando finalmente, Jungkook habló, con su voz ronca pero neutra.
— El lavadero... — Murmuró. — Pueden manejarlo tus hombres, pero el diez por ciento de lo que saquen va a mi fondo común.
Jimin no levantó la vista, jugueteó con un tornillo oxidado sobre la mesa. — El quince por ciento del negocio de tabaco del bloque sur. — Susurró. — Para mis medicamentos.
Tras una pausa, Jungkook asintió. — De acuerdo.
Y así continuó la reunión.
Con órdenes breves, asentimientos, sin insultos, sin gritos, era un entendimiento frío, práctico, nacido del caos de la noche anterior.
Gobernaron con eficiencia ese día.
Sus hombres, confundidos pero aliviados por la tregua, obedecían.
Cuando la reunión terminó, ambos se levantaron al mismo tiempo, en la puerta, se detuvieron y por un instante, sus miradas se encontraron.
No había calidez.
No había perdón.
Solo el reconocimiento de un secreto compartido, de una línea cruzada que nunca podría borrarse.
Jimin salió primero, Jungkook se quedó unos segundos más, mirando el espacio vacío donde el pelirosa había estado sentado y luego salió, cerrando la puerta tras de sí.
La guerra no había terminado.
Había mutado.
Se había vuelto interna, privada, una batalla que se libraría en los sótanos oscuros de sus propias almas y quizás, en la oscuridad compartida del tercer sótano.
Ya no peleaban por bloques o por poder.
Peleaban por el significado de lo que había sucedido.
Por el control de la verdad que ahora compartían y ambos sabían, en lo más profundo de su ser, que esta batalla no tendría un ganador.
Solo sobrevivientes, atados para siempre por el sabor amargo y adictivo de su veneno mutuo.
Fin.








