01
Kaden Allen había conocido a Ciel y Bryce hace varios años atrás. La experiencia se sentía como un revoltijo de incidentes, rumores y destellos incómodos.
Los tres se habían cruzado en la escuela secundaria, aunque nunca habían sido parte del mismo círculo íntimo. Para Kaden, esa pareja era más un fenómeno, una extrañeza de la que todos hablaban en susurros llenos de emoción o desprecio, dependiendo de quien lo hiciera.
Desde que recordaba, esos dos habían estado juntos. Eran inseparables, una unidad envuelta en una burbuja de indiferencia hacia el mundo exterior. Ver a Bryce era ver a Ciel, y viceversa. No se movían, ni respiraban, ni vivían como individuos. Ellos eran ellos. Juntos. Siempre. La mayor parte del tiempo, al menos.
Con Ciel, Kaden había hablado muy poco. Casi nada. Sus interacciones se limitaron a un par de proyectos grupales forzados por los profesores y algunos saludos obligatorios. Estaba claro que al chico de cabello castaño claro y ojos verdes helados no le agradaba.
Pero a Ciel, en verdad, no le gustaba nadie, o eso parecía. Su actitud áspera era dirigida hacia cada persona que se cruzara en su camino. Ciel era una pequeña mierda arrogante que despreciaba a todos, con esa barbilla perpetuamente levantada en un gesto de superioridad que hacía hervir la sangre de muchas personas, a pesar de que la dulzura de su rostro lo compensaba todo. Su aversión no era algo reservado solo para Kaden, así que nunca se lo tomó como algo personal.
Con Bryce, fue diferente. Bryce, el tipo de cabello oscuro con una sonrisa confiada y hombros anchos, era más accesible, más realista. Kaden no lo consideraba uno de sus amigos, estaba lejos de serlo, pero ocasionalmente salían con la misma multitud.
Se veían en fiestas, en grandes reuniones y se saludaban cuando se encontraban en la calle. Se podría decir que había cierta confianza, aunque su cercanía no iba más allá de compartir el espacio y tal vez una cerveza o dos.
La escuela secundaria terminó y, por un breve momento, Kaden pensó que el binomio singular se disolvería, que la vida los separaría. Estaba equivocado.
Kaden se topó con la peculiar pareja de nuevo en la universidad. Aunque estaban en diferentes facultades, él en Artes y Diseño, Bryce en Ciencias Políticas y Ciel, para su sorpresa, en Literatura. La fama de la pareja se disparó rápidamente y llegó a sus oídos.
La universidad era un lugar más grande, pero las paredes eran igual de delgadas cuando se trataba de chismes jugosos. Todo el mundo sabía lo extraña que era la relación de Ciel y Bryce, una mezcla volátil de exclusividad y exhibicionismo, tan pervertida y desinhibida que rozaba en la depravación.
Kaden incluso había oído que los atraparon teniendo sexo en una de las mesas de estudio en el cuarto piso de la biblioteca principal, entre pilas de textos de la Ley Romana. El escándalo duró unas horas y desapareció sin consecuencias, lo cual era perfectamente comprensible. Bryce era hijo de un senador, y esa fue la carta de triunfo que borró cualquier registro de mal comportamiento. Y esa era solo una de las muchas cosas conocidas sobre esa peculiar pareja.
En las fiestas, eran igual de... ardientes. No les importaba la luz, el ruido o la gente. Era como si les molestara la ropa cuando estaban cerca el uno del otro. Kaden se había topado con ellos más de una vez en rincones oscuros, en los rellanos de las escaleras o en los jardines traseros, sus cuerpos entrelazados, besándose con una ferocidad que sugería que estaban a punto de devorarse y acariciarse el uno al otro sin vergüenza.
En realidad, Kaden no los juzgó. De hecho, no podía juzgarlos, especialmente a Bryce, porque incluso si Ciel era un maldito egomaníaco que pensaba que era mejor que todos, que trataba a la gente como algo a lo que pisar, era un espectáculo digno de contemplar.
Kaden tenía la imagen de Ciel grabada en su mente. Un rostro angelical, casi virginal, que contrastaba hilarantemente con su actitud de pequeño tirano. Piernas largas y delgadas, una cintura delgada que prometía ser fácil de envolver y una piel cremosa que, bajo la luz adecuada, parecía irradiar un brillo propio. Recordó una fiesta en la piscina organizada por un amigo en común, donde el sol de la tarde se reflejaba en las gotas de agua en la piel de Ciel. Lo había visto en un bañador de una pieza, y su mente se había detenido: la clavícula definida, los delicados hombros y los pezones... Dios, los pezones, erectos por el agua fría, le gritaban a Kaden lo fácil que sería despertarlos con su boca. Lo divertido y excitante que sería tirar de ellos con los dientes y hacer retorcer de placer al mocoso malcriado.
Kaden se había encontrado mirando en más de una ocasión, hipnotizado por el contraste entre su temperamento y su belleza etérea. Y cuando lo atraparon, Ciel apenas se molestó en mirarlo correctamente. Solo torció la boca en un gesto de disgusto y dejó salir algún insulto trivial:
—¿Qué estás mirando, pervertido? ¿Nunca has visto a alguien en ropa interior?
Su voz había sido suave, con un tono delicado que desarmó el veneno de sus palabras.
El insulto ni siquiera lo afectó. La voz de Ciel era demasiado suave, demasiado musical.
Entonces, si fuera Bryce, Kaden a menudo pensaba con un nudo en la garganta, que también lo estaría poniendo sobre cualquier superficie plana que pudiera encontrar. Recordó esa erección punzante que había tenido en la fiesta en la piscina, una que no parecía querer bajar con nada hasta que se encerró en el baño con un tipo al azar y lo puso de rodillas, con los ojos cerrados, imaginando desesperadamente que era Ciel quien estaba en el suelo dándole placer. Aunque eso era un gran imposible. Ciel no parecía ser de los que se ponían de rodillas. Al menos que te llames Bryce Morgan.
Cuando Bryce y Ciel estaban juntos, parecía que no les importaba nadie más.
Eran un cosmos cerrado.
Fue por eso que Kaden se sorprendió cuando los vio separados en una mesa en la parte trasera del bar que solía frecuentar.
El bar, llamado "The Haven", era un lugar oscuro, con música rock alternativa a un volumen tolerable y cabinas de terciopelo desgastadas. No era el tipo de lugar que la pareja de moda solía frecuentar. Preferían los clubes nocturnos de lujo donde la gente apenas está consciente como para saber contra quien se están frotando y qué están metiendo en sus bebidas.
Ciel estaba acurrucado en una esquina de la cabina, con un vaso de líquido transparente entre sus dedos. Su cara de porcelana estaba pálida bajo la tenue luz, y su expresión era la de siempre: aburrida e inalcanzable. Bryce estaba frente a él, inclinado sobre la mesa, con el pelo desordenado y una mirada que, por una vez, parecía más calculadora que despreocupada.
Kaden estaba a punto de pasar, para fingir que no los había visto y así evitar el desagrado de Ciel, pero su sorpresa fue genuina cuando Bryce levantó la cabeza y, al verlo, le hizo señas con un gesto para que se acercara.
Kaden se detuvo, confundido. Su ceño se frunció levemente. Había al menos una docena de otras personas en el bar que conocían mejor a Bryce. Tragó saliva y se acercó a la mesa, sintiendo la intensidad de los ojos verdes de Ciel perforarlo, aunque su boca permaneció inexpresiva.
—¿Todo bien? —preguntó Kaden, manteniendo una distancia segura, con las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros.
Bryce sonrió, con un toque de conspiración, e hizo un gesto hacia el lugar vacío en su mesa.
—Siéntate, Kaden. ¿Te puedo invitar un trago? ¿Qué tomas?
Kaden dudó, pero su pulso ya estaba golpeando con fuerza en su garganta. Nunca había estado tan cerca de Ciel en un contexto de conversación normal. Se deslizó en el asiento de terciopelo, justo enfrente de Bryce, y al lado de Ciel, que se había hundido más en la esquina casi como si temiera que la distancia entre ellos desaparezca.
—Una cerveza está bien —dijo Kaden.
Bryce le hizo un gesto con la cabeza a la camarera que se acercaba, y esta dio media vuelta y regresó por donde llegaba.
Ninguno dijo nada mientras esperaban. El silencio era denso, pesado. Ciel miró fijamente la pared. Bryce miró a Kaden, sus ojos brillaban con una luz extraña. Cuando llegó la cerveza, Bryce esperó a que Kaden bebiera antes de hablar.
—Seremos directos, Kaden. No queremos andar con rodeos.
Kaden asintió, sintiendo el frío del vaso en su mano.
—Está bien.
Bryce se inclinó hacia atrás.
—Ciel y yo... hemos estado juntos durante mucho tiempo. Tanto tiempo que algunas cosas se vuelven... predecibles. Queremos probar algo nuevo.
Bryce hizo una pausa, lamiéndose los labios. Kaden solo podía escuchar el fuerte latido de su corazón, anticipando alguna propuesta extraña.
—Y pensé que serías una buena opción.
Kaden arqueó una ceja, sin entender.
—Dijiste que no te andarías con rodeos. ¿Buena elección para qué?
Bryce se rio, una risa seca y áspera. Luego se inclinó hacia adelante, la conspiración en sus ojos ahora total.
—Quiero que te folles a Ciel —dijo sin más preámbulos, con la misma naturalidad que se emplea para preguntar la hora.
Kaden parpadeó. Todo a su alrededor pareció detenerse. El bajo pulsante de la música se desvaneció, y el olor a lúpulo y humedad en el bar desapareció. Solo podía ver los ojos de Bryce, serios a pesar de la sonrisa en sus labios.
El cuerpo de Kaden se tensó. El alcohol se sentía pesado en su estómago.
—Espera... —dijo Kaden, tratando de concentrarse y entender lo que Bryce acababa de decirle. Sacudió la cabeza—. ¿Me acabas de pedir que me folle a tu novio?
Kaden miró a Ciel, que permaneció con los brazos cruzados y una postura relajada, casi indolente, sin ofrecerle ni una sola mirada. Luego volvió su atención a Bryce, quien se lamió los labios después de beber el resto del alcohol que habían pedido, su manzana de Adán se movió mientras tragaba.
Bryce se rio de nuevo, con esa misma risa seca y ruidosa, y asintió, como si hubiera pedido algo tan mundano como cambiar de canal.
—Queremos probar algo nuevo, y pensé que serías una buena opción.
Kaden se frotó la barbilla, frunciendo el ceño, tratando de reconciliar la realidad con la fantasía más profunda que había albergado en años.
—¿Quieres que me folle a tu novio?
Bryce puso los ojos en blanco. Finalmente, un gesto de impaciencia.
—Sí, maldita sea, Kaden. Lo he repetido varias veces. Ciel y yo queremos probarlo. Queremos un tercero. Quiero verlo. Quiero ver a alguien más follárselo. Y pareces... ansioso. Aunque si no quieres, está bien. Encontraremos a alguien más.
Esa última frase, esa indiferencia casual, fue lo que activó una alarma en la mente de Kaden. No era solo la idea; era la posibilidad de que esa fantasía fuera entregada a otro. Eso era lo que él había deseado. Era suyo. De una forma extraña. Si iba a haber otra polla clavada en el interior de Ciel, entonces sería la suya.
Kaden, todavía en su consternación, miró a Ciel. Se obligó a hacerle la pregunta directamente, sin andar con rodeos.
—¿Y tú... estás de acuerdo con esto?
Ciel finalmente se volvió para mirarlo. Esos ojos verdes, que eran más fríos que cálidos, se encontraron con los suyos. No había miedo, ni emoción, ni siquiera asco. Solo esa eterna y helada indiferencia. Se encogió de hombros con una lentitud exasperante.
—No es gran cosa... —murmuró Ciel—. Solo serías usado para nuestro entretenimiento.
Su voz. Su voz era tan suave, tan aterciopelada, que envió un escalofrío por la columna vertebral de Kaden, justo donde había comenzado su deseo por Ciel. El tono era casi un murmullo, pero Kaden lo escuchó perfectamente.
Se mordió el labio inferior. La lógica le gritó que se negara. Esos dos parecían un gran problema, y él no quería problemas. Las historias sobre ellos eran un torbellino de drama y caos, y el hijo de un senador no era alguien con quien involucrarse en situaciones íntimas y poco convencionales.
Pero la lógica no podía competir con el deseo de su cuerpo.
Todo lo que se necesitó fue ver la bonita cara de Ciel, con sus labios llenos y ligeramente separados, sus mejillas definidas, la línea limpia de su mandíbula. El cabello castaño, cortado en un estilo ligeramente andrógino, que enmarcaba su rostro de forma impecable.
También recordó las curvas de su cuerpo. La imagen de la piscina regresó ferozmente: la piel cremosa, la forma en que el calzoncillo de natación se ajustaba a sus caderas. Podía recordar haber fantaseado durante semanas sobre morder esa piel, sobre dejar una marca permanente en ella, sobre arruinar esa perfección angelical. Y ahora, ese pedazo de paraíso, la fantasía más candente que había albergado, estaba a su alcance, y ni siquiera tuvo que levantar un dedo para que llegara.
El calor ya estaba subiendo por su espalda, un torrente furioso de lujuria que borró toda precaución.
—Entonces, ¿qué dices, Kaden? ¿Te apuntas? —Bryce insistió, con una sonrisa que se hizo un poco más amplia, como si supiera exactamente lo que estaba pasando en la cabeza de Kaden.
Kaden tragó con fuerza y se aclaró la garganta. La voz que salió era áspera, pero firme.
—¿Y qué debería hacer? ¿Hay algún límite?
En ese momento, por primera vez, Kaden pudo ver una pequeña sonrisa astuta en los labios de Ciel. Un brillo. Algo. Ciel lo miró con una ceja arqueada, y ese gesto hizo hervir la sangre de Kaden.
—Tú estableces los límites. Puedes hacer lo que quieras conmigo.
Kaden no escuchó mucho entusiasmo en la voz de Ciel, sino más bien una especie de resignación indiferente, esa sensación de que no le importaba lo que le sucediera a su cuerpo. Pero en ese momento, el cerebro de Kaden ya estaba saturado de adrenalina y deseo reprimido. Ya no le importaba el «por qué». Solo le importaban los «sí».
—¿Lo que yo quiera? —dudó, buscando confirmación o una excusa, pero secretamente esperando que dijeran que sí.
—Lo que quieras —respondió Bryce esta vez—. Puedes follarlo como quieras. Ciel será tuyo, y hará lo que quieras. ¿No es así, cariño? —Bryce le preguntó directamente a Ciel.
Ciel asintió, su rostro todavía bajo una máscara de aburrimiento. Una máscara que Kaden quería romper con sus dientes.
Kaden ya no dudó. Se puso de pie abruptamente, la silla raspando el suelo. La cerveza se había enfriado en el vaso, pero las entrañas de Kaden estaban ardiendo.
—Está bien —aceptó, su voz profunda—. Hagámoslo.
Bryce sonrió ampliamente. Era una de sus sonrisas habituales, llena de triunfo y descuido. El hijo de puta se sentía el gran ganador. Pero a Kaden no le importaba en lo absoluto. No cuando podría por fin disfrutar de Ciel, a quien llevaba deseando por mucho tiempo.
Ciel siempre fue algo que anheló. La sangre le hervía cuando lo veía cerca. Pero jamás se imaginó que podría poner sus manos sobre él. Y no era porque dudara de sus habilidades. Había tenido un sinfín de mujeres y hombres en su cama. Era bastante confiado en ese ámbito. Pero Ciel siempre había estado muy inmerso en Bryce. Así que, aunque lo hubiese intentado, tenía la certeza de que Ciel lo hubiera rechazado e incluso se habría ganado un golpe. Pero, esta vez, era Bryce quien se lo estaba entregando en charola de plata. Listo para ser tomado. Para poseerlo. Kaden tuvo que reprimir ese deseo insano por ponerlo en ese mismo instante sobre la mesa, bajarle los pantalones, y meterse tan profundo en él hasta quemarle las entrañas. Ni siquiera se molestaría en prepararlo. Tan solo para romperlo. Para que el interior de Ciel se amolde a su grosor y quedara con esa marca de por vida. Sus deseos eran oscuros. Lo admitía, pero ¿cómo no convertirse en un demonio para mancillar a alguien que parecía un ángel?
—Genial. Iremos al motel al otro lado de la calle —indicó Bryce, bastante entusiasmado—. ¿Qué te parece? Es discreto.
—Por supuesto —respondió Kaden, casi sintiendo la necesidad de correr.
No pudo evitar que su mirada se desviara hacia Ciel, que todavía no parecía tan emocionado como él. Parecía que iba al dentista.
Kaden iba a cambiar la expresión de ese rostro pronto. Se lo juró a sí mismo. Pero primero...
—¿Estás seguro de que quieres hacer esto? —le preguntó directamente, su última concesión a su conciencia.
Ciel lo miró, y luego miró a Bryce, con una expresión ilegible, antes de volver a mirar a Kaden, y asintió con una lentitud que permitió a Kaden saborear la rendición.
Entonces, Kaden asintió también, la decisión final fue tomada, y el camino al infierno pavimentado con la cara de ángel de Ciel. Bryce pagó las bebidas de todos en el bar, tirando una gran cuenta con un gesto casual, y los tres se fueron del bar.
La noche estaba fresca en el exterior, pero para Kaden, la temperatura del ambiente se había evaporado bajo el intenso calor de la euforia y la urgencia. El pulso, latiendo en su cuello y sienes, era un violento retumbe, un eco constante de la polla dura y pesada presionando incómodamente contra la cremallera de sus jeans.
Acababa de aceptar el papel de verdugo de la santidad, el destructor temporal de una pareja, y la realidad de ese hecho era una constante descarga de adrenalina. Su mente estaba fija en una cosa: Ciel. Tuvo que hacer puños sus manos para no estirarlas y tocarlo. No sería apropiado.
Caminaron a lo largo de la estrecha acera, las luces de neón del bar y la calle reflejándose en el asfalto húmedo. Bryce caminó ligeramente por delante, con ese aire de descuido que no se molestaba en ocultar. Kaden, sin embargo, se quedó en la parte trasera, un depredador observando a su presa. La distancia fue una bendición; le permitió estudiar a Ciel sin ser detectado, para grabar cada detalle de su apariencia para el archivo de fantasía que estaba a punto de quedar obsoleto por la realidad.
Ciel era una figura delgada, casi frágil. La sencilla camiseta de algodón blanco se ajustaba a su espalda con una tensión mínima. Pero fue la mitad inferior la que obsesionó a Kaden. Los pantalones cortos negros, apenas una cintura, dieron paso a la vista de sus muslos pálidos. Y luego vinieron las medias altas y negras que se aferraban a esa carne con un agarre preciso, la tela oscura haciendo un contraste dramático con la piel inmaculada. La línea de carne expuesta antes del encuentro con las botas de cuero era una tortura visual.
Joder. Esas medias se quedan, se prometió Kaden, la voz en su cabeza un gruñido. Quería arrancar todas esas prendas molestas y dejar esa imagen intacta. Quería sentir esa piel cremosa bajo sus manos, arrastrar sus dedos por esa carne y sentir la textura del muslo debajo de la tela.
La urgencia lo estaba consumiendo. Se sentía anhelante, desesperado, como un animal que ha olido sangre después de una larga hambruna.
Para su fortuna, no tardaron demasiado en llegar al motel. El Sunset Inn era un lugar sórdido y perfecto. Bryce pagó y recibió la llave. En el ascensor, con ese olor a cereza artificial, Kaden estaba pegado a la pared, sintiendo que iba a explotar. Su mano se apretó en un puño en su bolsillo, tratando de controlar el temblor de su cuerpo. El roce accidental de Ciel en su hombro fue una descarga eléctrica.
Llegaron al tercer piso, habitación 307. Bryce abrió la puerta con un gesto dramático. Ciel entró, su paso un poco vacilante. Kaden pasó al último.
El giro de la cerradura fue el sonido más definitivo. No había vuelta atrás. Estaban allí, los tres, en esa pequeña caja del motel, bajo la tenue y cálida luz.
La habitación era funcional, limpia. Una cama grande, un sofá pequeño. Bryce caminó hacia el sofá y se reclinó con la irritante calma de un rey viendo un torneo. Se cruzó de brazos, listo para el espectáculo.
Ciel, sin el apoyo de Bryce, tomó una respiración profunda y temblorosa. Su cuerpo tembló al sentir la desnudez de su posición. Se volvió para enfrentar a Kaden.
Tuvo que levantar un poco la barbilla para ver al hombre a los ojos. Kaden era más alto, más ancho, una imponente masa de músculo.
Kaden no dejó de mirar a los ojos de Ciel. Y en esos ojos verdes, por primera vez, vio la verdad: la altitud se había ido. El chico que siempre despreciaba a todo el mundo ahora parecía un cordero. No estaba asustado, sino más bien vencido. Era evidente de que su sumisión había sido forzada, pero de todos modos, se mantenía sumiso. Alcanzable. Esa era la palabra adecuada. Ciel estaba a su alcance.
Kaden sintió un escalofrío de placer depredador. Le encantaba ese poder.
—Pueden empezar cuando quieran, chicos —dijo Bryce, con un murmullo casual desde el sofá.
—Acabemos con esto —murmuró Ciel, su voz era un susurro nervioso, y trató de quitarse la camiseta, agarrando el borde del cuello.
Pero la mano grande y tatuada de Kaden salió disparada y agarró su muñeca en un agarre firme.
Ciel lo miró con el ceño fruncido, sorpresa y un rastro de ira.
—Te dijeron que eres mío, Ciel —gruñó Kaden, dando otro paso más cerca hasta que sus respiraciones se mezclaron—. Si eres mío, yo decido lo que sale y lo que se queda. Seré yo quien te desnude, y obedecerás.
Ciel se sonrojó violentamente, con los dientes apretados, la humillación luchando contra la creciente excitación. Miró a Bryce, pero Bryce solo sonrió y asintió, validando la orden. Ciel, derrotado, volvió a mirar a Kaden y asintió.
—Bien —murmuró.
Kaden soltó su muñeca y ahueco la cara de Ciel. Se inclinó, lento, casi tierno, rozando sus labios. Fue una farsa de suavidad.
—Abre para mí, cariño —ordenó en un susurro áspero.
Ciel abrió la boca. Y el beso se incendió. Kaden presionó sus labios contra los de Ciel con una fuerza que buscaba imponerse, su lengua conduciendo profundamente, buscando la confrontación, el sabor, la humedad. Ciel se aferró a los hombros esculpidos de Kaden. Fue un beso caótico y desesperado.
Kaden separó sus labios, dejando a Ciel jadeando, con los labios hinchados y rojos.
—Eres jodidamente hermoso —gruñó Kaden. Le mordió el labio inferior a Ciel, tirando de él con brusquedad.
Con un empuje fuerte y definitivo, Kaden hizo que Ciel cayera hacia atrás, contra el colchón. Kaden se sentó en las caderas de Ciel, sujetándolo, con los ojos fijos en la palidez del joven. Tan dulce. Tan bello. Tan entregado.
—Te quiero desnudo, Ciel —susurró Kaden, su voz baja y dominante—. Pero lo voy a hacer yo. Voy a disfrutar de cada centímetro de tu delicioso cuerpo.
Kaden agarró la camiseta blanca por el cuello y se la desgarró por el centro sin medir su fuerza. Un acto de pura violencia y necesidad. Los pezones ya duros estaban expuestos.
—¡Mi ropa! —protestó Ciel, pero fue un gemido.
—Ahora es basura, y no la necesitas mientras te tenga en la cama —gruñó Kaden, y se inclinó, tomando uno de los pezones con su boca. Pasó su lengua por encima de la protuberancia, y luego mordisqueó y chupó.
La succión fue dura, anhelando. Los dientes de Kaden rasparon la piel sensible. Ciel gritó, un sonido alto y estrangulado. Kaden se dedicó a chupar, morder y besar su pecho y abdomen, dejando marcas rojizas. Quería que su marca durara en el cuerpo de Ciel. Que las viera y pensara en él por varios días.
Con sus pulgares, desabrochó los pantalones cortos y los bajó junto con la ropa interior, revelando al fin su desnudez en su totalidad. Después de eso, le quitó las botas fácilmente, dejándolo solo con los muslos cubiertos por las medias.
—Las medias se quedan puestas —dijo Kaden, exteriorizando un deseo que ya había decidido desde antes.
Ciel asintió, su rostro una marea de carmesí.
Kaden se levantó de la cama después de darle un último beso profundo. Uno que dejó a Ciel con las comisuras húmedas y el pecho agitado.
—Mírame. Mírame mientras me preparo para cogerte. Quiero tus ojos sobre mí en todo momento.
Kaden se fue desprendiendo de su ropa con lentitud. Todo bajo los ojos expectantes de Ciel. Se quitó la chaqueta de cuero, la camiseta, los vaqueros y las botas, dejando solo los bóxers negros. Sus dedos se enrollaron en la cinturilla jugando con ella. Ciel recorrió el jugueteo, y se lamió los labios.
—La quieres, ¿no? —inquirió Kaden.
Ciel trató de mantener el último atisbo de dignidad que le quedaba. Pero su piel ardía por el toque de Kaden. Por tenerlo cerca de nuevo. Su aroma lo había vuelto loco. Esa apariencia salvaje que siempre tenía no era solo una fachada. Era Kaden. Su esencia. Tan primitivo en sus besos, en la forma en que lo acariciaba. Ciel había notado su mirada desde hace mucho tiempo. Le divertía. Le excitaba. Fingía no notarlo para jugar con la cordura de ese hombre de mirada oscura y pasional. Si hubiese sido por él, habría coqueteado con Kaden en el pasado. Se habría entregado a esa lujuria que lo consumía. Pero no era correcto, estaba Bryce, y era su novio.
Sin embargo, fue el mismo Bryce quien lo tentó al proponerle eso. Fue su novio quien sugirió a Kaden para ese juego. Y aunque trató de negarse al inicio por sus propios deseos, Bryce no dejó de insistir hasta que lo hizo ceder.
Así que ahí estaba, entregándose a ese hombre frente a su novio. Solo sería una vez. Solo una vez, se repetía en su cabeza. Era por la novedad. Después de coger con Kaden una vez, podría dejar de anhelarlo. Pero en ese momento, como había dicho Bryce, era suyo.
—Responde, Ciel —le insistió Kaden, aún con los dedos en la cinturilla de su ropa interior—. ¿La quieres? Si no respondes, me iré.
Ciel boqueó por aire, sin dejar de mirarlo.
—La quiero. Por favor, Kaden, dámela.
Kaden sonrió y terminó por sacarse el bóxer. Su polla se levantó inmediatamente, grande, venosa y completamente erecta, palpitante con urgencia.
Vio la reacción de Ciel. Los ojos verdes se abrieron de asombro. Ciel tragó duro.
—Te gusta, ¿verdad, precioso? —Kaden saboreó la admiración en la mirada de Ciel.
Volvió a la cama. Ahuecó la cabeza de Ciel y la dirigió hacia su entrepierna.
—Quiero que me chupes, Ciel. Quiero que te la tragues toda. Ahora.
Ciel se sonrojó de vergüenza, pero el deseo lo superó. Se arrodilló entre las piernas de Kaden.
—Mírame a los ojos mientras lo haces —ordenó Kaden, con ese tono controlador.
Ciel obedeció. Su pequeña boca se abrió, y el calor húmedo y la abundante saliva envolvieron la punta. La boca de Ciel era suave, caliente y sorprendentemente competente. Tomó la polla de Kaden con voracidad. Tomó todo lo que pudo, su garganta trabajando hasta su límite, tragando la longitud, haciendo un sonido fuerte y húmedo. Incluso si las comisuras de sus labios ardieron por el grosor y sus ojos se llenaron de lágrimas, siguió chupando.
Kaden llevó sus manos al suave cabello de Ciel, tirando de él con una fuerza controlada.
—Así, cariño. Chúpalo todo. Tienes la mejor boca que he probado, Ciel. Trágatelo.
La saliva se acumulaba y corría por la longitud de la polla de Kaden, brillante y abundante, y caía por sus bolas. Kaden sintió que el orgasmo se acercaba con una velocidad aterradora. De repente apartó la cabeza de Ciel, sujetando su cabello. Ciel jadeó, un rastro de saliva y líquido preseminal brillando en sus labios.
—Para. Ahora no.
Kaden agarró la cintura de Ciel con ambas manos y lo giró con fuerza, dejándolo apoyado en cuatro; sobre sus manos y rodillas.
—Alza tu trasero hacia mí.
Ciel obedeció, su cuerpo temblaba. Permaneció de rodillas, con sus nalgas pálidas y redondas expuestas, las medias tensas en sus muslos.
Kaden se inclinó. Su cara se hundió en el valle entre las suaves nalgas de Ciel. Su lengua rodó, lamiendo la entrada con dedicación.
—Joder... —Ciel gimió, su voz era un gemido agudo y desesperado—. ¡Oh, mierda! ¡Kaden!
La lengua de Kaden era implacable, explorando la entrada, moviéndose por los espacios más recónditos, expandiéndolo y suavizando aquellas paredes que pronto lo estarían envolviendo.
—Me encanta ese puto sonido, Ciel —gimió Kaden, su lengua más profunda, más audaz—. ¿Te gusta que te coma el culo? ¿Te encanta esto verdad? Te vuelve loco...
—¡Sí! ¡Sí, por favor! ¡Me encanta! —Ciel gritó, sus manos agarrando el colchón con fuerza.
Kaden usó sus dedos para abrir los pliegues sensibles y presionó su lengua directamente contra el centro de la entrada.
Ciel gritó, un sonido desgarrador de sorpresa y placer abrumador. Su cuerpo se volvió rígido.
—¡Oh, espera! ¡Dios, e-espera, Kaden! ¡No puedo más! —gritó Ciel, sin poder contenerse.
Su cuerpo tembló incontrolablemente. Fue el primer orgasmo, violento y explosivo.
Kaden se levantó ligeramente, lamiéndose los labios.
—Vaya, y solo estoy usando mi puta lengua. No cabe duda de que tienes el cuerpo de una zorra. Fuiste hecho para que otros hombres te disfruten, ¿no es así, Ciel?
Ciel asintió, perdido. Con todo a su alrededor dando vuelta. Los primeros vestigios de sudor perlando su cuerpo. Su visión borrosa, y el ardor corriendo bajo su piel.
—Eso es, eres un buen chico. Ahora, gírate.
Kaden lo volteó sobre su espalda. Ciel estaba agotado. Kaden tomó el lubricante que descansaba en la mesita de noche junto a la cama y untó tres dedos.
—Relájate. Me vas a sentir. Y me vas a decir que te gusta.
Kaden insertó el primer dedo bruscamente. Ciel gimió. Kaden ignoró la mueca de dolor de Ciel e insertó el segundo y tercer dedo, forzando la abertura con un gruñido.
Kaden comenzó a mover sus dedos. Buscó sin descanso entre esas paredes, volviendo a Ciel un muñeco sin voluntad. Un muñeco que solo sabía arquearse y gemir, enloquecido por el placer. De pronto, tocó un punto en el interior de Ciel que hizo que el joven gruñera con fuerza y su miembro se sacudiera, derramándose un poco sobre su abdomen.
—Aquí, ¿te gusta esto? —preguntó Kaden, su voz en un tono bajo y lleno de lujuria.
—¡Sí, sí, por favor, no pares! —suplicó Ciel.
Kaden usó sus dedos con precisión y fuerza. Atacó esa pared sensible. La expresión de Ciel se transformó.
Kaden aceleró el ritmo.
—Mírame mientras te hago venir, Ciel —ordenó Kaden.
Ciel luchó por mantenerse mirando a Kaden, se sentía atrapado por esos ojos oscuros. Entonces una corriente lo atravesó de pies a cabeza, y gritó, arqueando la espalda mientras hilos de semen le cubrían el pecho y el abdomen. Fue el segundo orgasmo, intenso y prolongado.
Kaden sacó sus dedos.
—Dos veces. Definitivamente fuiste hecho para esto, cariño. Me pregunto cuántas veces voy a hacer que te corras antes de que pierdas la cabeza por completo.
Kaden no esperó respuesta. Por la expresión en el rostro de Ciel, era obvio que no la obtendría. Tomó su propia polla erecta y la untó generosamente con el lubricante. Se inclinó y besó a Ciel con renovada ferocidad.
—Abre para mí, cariño. Te voy a llenar.
Ciel expandió sus piernas.
Kaden colocó la punta de su polla en la entrada de Ciel y se hundió con lentitud en él, procurando que Ciel fuera consciente de cada centímetro que iba metiéndole.
Un grito ahogado escapó de Ciel, su pecho se sacudió y rodó los ojos hacia atrás. Un placer exquisito lo recorrió e hizo burbujear su sangre. Su miembro se endureció con fuerza. Y cuando Kaden terminó por introducirse en él, Ciel supo que había cometido un error al aceptar pertenecerle a Kaden, porque tenía la certeza de que ahora no podría superarlo. Kaden había llegado a lugares dentro de él que nunca nadie antes pudo alcanzar. Estaba tan lleno. Tan necesitado. Como un jodido perro en celo. Y al ver la expresión de Kaden mientras lo clavaba a la cama; con las venas de su cuello marcadas, la mandíbula endurecida y el ceño fruncido, no pudo contenerse más. Gimió alto y trató de follarse a sí mismo con la polla de Kaden.
—Ciel, joder, estás tan apretado. Me aprietas como un guante —Kaden gimió, con una mezcla de dolor y éxtasis.
Ciel contuvo el aliento y aferró sus uñas a la espalda de Kaden, asegurándose de dejar marcas, al igual que lo había hecho el otro con él.
—¡Muévete! ¡Por favor, no te quedes quieto!
Kaden sonrió. La bestia fue desatada. Aceleró el ritmo.
—Ahora vas a ser mío, completamente —prometió Kaden.
El sonido de la carne golpeando la carne se volvió fuerte y rítmico.
Kaden lo giró sin sacar su polla, poniéndolo en cuatro de nuevo, la posición de sumisión. Tomó la cintura de Ciel con ambas manos y comenzó a empujar más fuerte, más profundo. La próstata de Ciel fue golpeada con cada empujón.
—¡Ah, Dios, ahí! ¡Más duro! ¡Kaden, más duro! —Ciel gritó.
Kaden agarró el cuello de Ciel. Apretó suavemente, obligándolo a mirar hacia atrás.
—Di que eres mío —exigió Kaden—. Necesito escucharte decirlo. ¡Dilo!
—¡Soy tuyo! —Ciel no se hizo esperar, las palabras un torrente de deseo. Ni siquiera se detuvo a pensar en lo que estaba diciendo. Deseó decirlo, y lo hizo. Además, no mentía. En ese momento tenía la polla de Kaden revolviéndole las entrañas, así que le pertenecía.
Kaden empujó con más ferocidad. Ciel se corrió por tercera vez, gritando el nombre de Kaden.
Kaden lo levantó por las caderas y lo hizo montarlo, la posición que mejor exponía sus pezones.
—Móntame. Demuéstrame lo mucho que puedes disfrutar de mi polla. Lo mucho que la quieres.
Ciel, perdido en la neblina del placer, obedeció. Fue rápido y brusco desde el comienzo. Su cuerpo entero ardía mientras rebotaba en los muslos firmes de Kaden, quien se inclinó para chupar sus pezones con fuerza, dejándolos rojos y maltratados. Esa pocha gruesa y larga tocaba puntos que ni siquiera Ciel sabía que eran alcanzables. Lo estaba enloqueciendo tanto.
Kaden lo azotó con dos bofetadas secas en el culo.
—¡Más rápido, bebé! Vamos, sé que puedes hacerlo mejor —gimió Kaden, empujándose hacia arriba—. Eso es, amor. Vamos, dámelo. Tienes un culo exquisito. Es mío. Tú eres todo mío.
En algún momento, Ciel se corrió por cuarta vez, un orgasmo que lo dejó temblando y agotado. Con la mente en blanco.
Kaden lo volvió a girar. Tuvo que darle un último orgasmo, el más memorable. Se puso detrás de Ciel, que estaba agotado, jadeando.
—¡Déjame descansar un segundo! ¡Es demasiado! —Ciel gimió, con la voz ronca de tanto gemir y el cuerpo demasiado sensible.
Kaden lo ignoró. Comenzó a empujar con una ferocidad inaudita, golpeando su próstata.
—No te detendrás hasta que te lo diga. Vas a llorar. Vas a gritar, y después, rogarás para tomar todo mi semen.
Ciel estaba al límite, lloriqueando. Kaden detuvo el ritmo por un instante, saboreando el control.
—¿Y bien? —se burló Kaden con embestidas cortas—. No te escucho, Ciel.
—Kaden... ah... córrete dentro, por favor —Ciel suplicó, con lágrimas en los ojos—. Dame tu semen... lo quiero dentro.
Kaden reanudó el asalto, esta vez con una velocidad infernal.
Ciel gritó, un sonido fuerte y desesperado, y su cuerpo se arqueó por quinta vez. Fue el orgasmo más intenso y prolongado de su vida. Y con eso, perdió el control, soltando un gemido profundo y largo mientras, debido a la intensidad del estímulo en su próstata, mojaba un poco las sábanas. No fue semen lo único que salió esta vez.
Y ese fue el detonante final. Kaden se emocionó más allá de lo soportable. El sudor, el semen, el olor de la piel y el rastro de la orina de Ciel.
—Joder, Ciel —Kaden rugió, su voz un trueno.
Con un empuje final y devastador, sintió que su propio cuerpo se convulsionaba en el éxtasis. El orgasmo fue explosivo, liberando una gran cantidad de semen que llenó a Ciel con un calor abrumador.
Kaden se derrumbó sobre Ciel, agotado, sudoroso, y se quedó dentro de él. El silencio volvió, roto, sucio, lleno del olor del sexo.
—¿Estás bien, cariño? —preguntó Bryce, su voz inusualmente suave.
Y solo entonces Ciel se dio cuenta de su presencia, porque una vez que Kaden lo había tocado, todo lo demás desapareció.
—Sí —murmuró Ciel, su voz un hilo, pero con una extraña satisfacción y rendición—. Bien.
Kaden salió de Ciel con un sonido húmedo. Su semen se escurrió por el orificio maltratado de Ciel. Se perdió en la vista por un larga rato antes de tomar una sábana para limpiarse. Y con el ambiente volviendo a la normalidad, recordó la otra presencia en la habitación y miró a Bryce.
—Kaden, veo que tienes talento —dijo Bryce, ofreciéndole una toalla limpia—. Para que te duches, luego yo me encargo de mi novio.
—Solo seguí las instrucciones —respondió Kaden, tomando la toalla. Se giró y miró a Ciel, quien se encontraba temblando en la cama con la respiración aún agitada—. ¿Te gustó?
Ciel se sonrojó de nuevo, y aunque trató de controlarse, no pudo. Estaba deshecho. Ese hombre de sonrisa estúpida lo había convertido en un despojo humano con su polla. Aun así, hizo su mayor esfuerzo por ponerse de nuevo su coraza, pero sus ojos verdes ahora estaban menos fríos. Había una chispa de fuego en ellos.
—No tengo ninguna queja, imbécil —murmuró Ciel con la voz temblorosa, y por primera vez, no sonaba como un insulto.
—Me alegra oír eso —dijo Kaden—. ¿Entonces? —preguntó, mirando a Bryce, su voz grave, exigente—. ¿Esto es... una cosa de una sola vez?
Bryce sonrió.
—No seas tonto, Allen. Nos volveremos a ver pronto. Te llamaremos cuando queramos repetir la experiencia.
Kaden asintió y miró a Ciel una vez más. Este trató de huir de su mirada, pero por la forma en que encogía, Kaden tenía la certeza de que al menos podía percibirla.
No dijo nada, solo recogió su ropa y fue al baño.
Una vez allí, solo, se permitió darse cuenta de lo que había sucedido. El calor de la lujuria satisfecha y la promesa de una repetición lo mantuvieron excitado. Kaden solo podía pensar que había tenido el mejor sexo de su vida con el novio de otra persona, y que estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario, para hacerlo de nuevo.
Porque con Ciel bajo su cuerpo, había tocado el cielo.