Juego de Dormir

Summary

Un príncipe condenado a la cima de una torre y un prodigio que baila entre las sombras de los excluidos. En un mundo de rivalidad constante y magia oscura, dos monstruos descubren que sus soledades son piezas del mismo rompecabezas. Unidos por una conexión magnética que desafía la vigilia, entre pociones de brillo escénico y jardines de cristal negro rodeados de espinas, la única forma de no ser olvidados es encontrarse en el silencio de un sueño compartido.

Genre
Romance
Author
Athe-38
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

|Espinas y Pociones|

“En un pequeño jardín impecable, incontables voces cantan

Lo que resuena es una canción de cuna que pintaste

¿El tiempo sigue corriendo?

¿Es algo que se pueda desvanecer?

Solo quiero deleitarme un poco más.”

Allí, frente a un lago cuya superficie es un espejo de obsidiana perfecta, dos figuras permanecen suspendidas en un limbo de terciopelo. El mundo a su alrededor es un boceto inacabado; no había sol, ni luna; solo un cielo teñido de un violeta tan profundo que dolía, las estrellas parpadeantes al ritmo de un corazón lento son trazos borrosos, como si la realidad no tuviera la fuerza suficiente para dibujarlos por completo.

—¿Has vuelto a perderte? —La voz era una caricia de seda y grava, profunda como el eco de una catedral vacía.

La figura a su lado, de cabellos claros que parecen capturar la poca luz del lugar, no respondió de inmediato. Sus pies descalzos se hundían en una hierba que se sentía más como polen que como tierra.

—No sé si estoy perdido —susurra y su voz aporta una calidez que contrasta con el frío aristocrático del lugar y contra sí mismo—. Solo... Me quedé dormido.

El más alto soltó una risa suave, un sonido que hizo que las luciérnagas de color verde ácido despertaran entre los juncos. Se acercó un paso, y por un instante, la luz efímera iluminó un par de ojos que brillaban con el fulgor de la malaquita, pupilas verticales que observaban con una curiosidad milenaria.

—Dormir es un arte peligroso —dijo él, extendiendo una mano pálida, de dedos largos y elegantes que terminaban en uñas que rozaban lo felino—. Algunos duermen para olvidar, otros para encontrarse. Pero tú... Tú pareces haber vuelto a caminar a través de los sueños de alguien más.

—¿Tus sueños, cariño?

Él no negó nada. El viento agitó su túnica oscura, revelando por un segundo el brillo metálico de algo que colgaba de su cinturón, frío y pesado.

—Pareces tan frágil bajo esta luz —murmuró él, y esta vez su voz no solo era profunda, sino que vibraba con una nota de anhelo—. Como si un soplo de viento pudiera devolverte al mundo de los que despiertan y dejarme aquí, custodiando un reflejo vacío. Pero si vuelves a quedarte por mucho tiempo, el rocío de este lugar se convertirá en espinas en tu memoria.

Él se inclinó, su rostro apenas un perfil de sombras elegantes bajo el cielo violeta. Estaban tan cerca el uno del otro que podían sentir el frío que emanaba de la piel de ambos, una temperatura que no pertenecía a los vivos, pero que se sentía extrañamente reconfortante.

—No quiero que seas una visión que se desvanece con el sol.

Aquel que descansaba observando la penumbra violácea, alzó su mano, la punta de sus dedos delineó el contorno del rostro ajeno, siguiendo la línea de la mandíbula con una delicadeza que rozaba la devoción. Su tacto se volvía cálido, cargado de una electricidad estática que sabía a magia antigua.

En respuesta, el más alto inclinó su cabeza y sus ojos verdes se encendieron, no con amenaza, sino con una ternura melancólica, tan característica de él. La distancia desapareció. No fue un beso, sino algo más etéreo, él inclinó su frente hasta que casi rozó la del otro.

—Dime —susurró el más bajo, y su aliento pareció detener el tiempo—, si mañana me encontraras frente a esa muralla de espinas, ¿me dejarías cruzarla? ¿O tendrás que ser quien aprenda a caminar por mis sueños, para encontrarme de nuevo si vuelvo a parecer una traviesa oveja perdida?

Antes de que el más alto pudiera articular una nueva respuesta, el espacio entre ellos se transformó en un movimiento fluido. En un gesto sencillo y lleno de gracia, el más bajo lo inclinó sobre sus brazos; una característica posición de baile, suspendidos en ese ángulo perfecto donde el mundo parece contener la respiración a la espera de la primera entonación de una tecla musical.

Desde esa posición, con los ojos anaranjados observándolo desde arriba con una mezcla de posesividad y ternura, sentenció:

—Mírame bien —su rostro era iluminado por una fascinación genuina mientras rodeaba los cuernos de su ser amado con sus dedos—. Graba cada destello, porque incluso si soy una tragedia volátil, soy la única que ha decidido regocijarse en tu sombra. Volveré ahora. El guardián de la puerta se impacienta. Pero recuerda este lago... Y recuerda que, en este mundo de sombras, no eres el único que espera a que el huso del destino deje de girar.

El sonido de un suspiro se transformó en el crujir de sábanas.

Cuando sus párpados se abrieron, el fulgor verde de sus ojos iluminó la penumbra por un instante. No hubo confusión en su mirada, solo una profunda y pesada melancolía. Soobin no se movió de inmediato. Se quedó allí, tendido sobre las sábanas de seda oscura, con una mano aún extendida hacia el vacío, como si sus dedos todavía pudieran sentir el cuerpo que lo acababa de inclinar en ese baile onírico.

Agudizó su oido, buscando el eco de una guitarra distante que solía acompañar la presencia de Yeonjun. Sin embargo, la habitación en sí y los pasillos estaban mudos; no había melodías etéreas flotando en el aire ni esa presencia que siempre lograba transformar la rigidez del castillo en un escenario. Sabía que, a esa hora, Yeonjun estaría sumergido en sus propios juegos de luces y contratos, demasiado ocupado como para acudir a su encuentro. La ausencia de su voz, ahora que el lago plateado se había quedado atrás, era un recordatorio lacerante de que su pareja era una estrella con su propio brillo, una que no siempre podía ser capturada por sus exigencias, en el buen sentido de la palabra.

—Una oveja perdida... —murmuró para sí mismo. Su voz, ahora real, sonó más grave sin el eco del lago.

Se incorporó con una elegancia felina. El roce del aire frío de la noche de los valles contra su piel le recordó que el lago plateado se había quedado atrás, encerrado en el rincón de su mente donde guarda los tesoros que no puede tocar. Llevó la mano a su corazón, esbozando una boba sonrisa.

—Si eres tú quien camina por mis sueños —susurró, levantandose para observar por el ventanal el paisaje en el exterior de su habitación, mientras un pequeño rayo de magia verde chispeaba en la punta de sus dedos—, entonces me temo que el guardián de la puerta tendrá que esperar mucho tiempo. Porque ahora... Soy yo quien no desea terminar este juego de dormir.

Esta es la verdad de su futuro. Bajo su reinado, aún si el mundo temblaba ante su poder y las sombras del Valle de las Espinas se extendían obedientes a su voluntad, él solo se rendía ante una persona. Fue una entrega silenciosa que comenzó mucho antes de las coronas y los protocolos, porque para el Rey Dragón, el universo entero podía esperar mientras su Luz de Luna reclamara su lugar entre sus brazos.

“Incluso si es una ilusión o solo una memoria

Vamos, ten todo y sé tan feliz como que quieras

Ni un fragmento de dolor tendría que haber en esos ojos

Haré todo lo que pueda para que no despiertes

No te asustes, toma mi mano

Ahora, por toda la eternidad

Quédate en este sueño.”

El Night Raven College no es una escuela de magia común. Es una de las instituciones más prestigiosas —y temidas— del mundo, dedicada a la educación de magos talentosos. Fundada en honor a los Siete Grandes, siete figuras históricas inspiradas en los villanos clásicos de los cuentos de hadas, la academia está construida bajo la filosofía de que el poder, la ambición y la audacia son virtudes esenciales.

El campus es un laberinto gótico e imponente, con torres que se alzan hacia el cielo y vastos terrenos envueltos en un aire de antigüedad y misterio. Los estudiantes, todos varones, son agrupados en siete dormitorios basados en la personalidad y las cualidades asociadas a cada uno de los Siete Grandes. Estudiar en NRC significa sumergirse en una atmósfera de rivalidad constante, magia oscura y grandeza decadente.

Pero esa rivalidad puede llevar a grandes conflictos.

El Overblot.

Es el estado de colapso mental y físico que sufre un mago cuando sus emociones negativas (como la ira, la envidia, la desesperación o la tristeza) superan el límite y contaminan su magia. Es un recordatorio de que, aunque la magia es poderosa, los sentimientos y las presiones internas son las fuerzas más destructivas en el mundo.

Y lo curioso es la extraña relación entre sus monstruos.

No, no hablamos de la criatura que arruinó la ceremonia de entrada incendiando los alrededores.

En los cuentos y leyendas de la Academia, se le conoce en susurros a un destacado miembro del lugar, pues es el heredero de la temible Reina de Espinas, una figura tan majestuosa como aterradora. Choi Soobin no es simplemente un estudiante; es un dragón que camina entre ovejas, el poseedor de un poder elemental tan vasto que la mera idea de su ira mantiene a raya incluso a los más ambiciosos.

Los estudiantes no lo ven, lo sienten. Su presencia es un escalofrío en el aire. Por eso, en los pasillos de NRC, Soobin es el “monstruo” de los cuentos modernos: una entidad tan poderosa y única que es automáticamente aislada. Él encarna la soledad que viene con la grandeza; el vacío de ser admirado y temido, pero nunca amado o conocido.

Y así, mientras otros luchan por el reconocimiento, él lucha contra el olvido, un príncipe condenado a mirar el mundo desde la cima de una torre de cristal que él mismo no construyó. Su historia es la advertencia no escrita del NRC.

Cuidado con la magia que te eleva tanto que te deja completamente solo.

En contraste con la majestuosidad solitaria de Soobin, existe otra figura que baila en los márgenes de NRC, pero por elección.

Un monstruo más pequeño apodado como el “Rey Del Halloween”.

Choi Yeonjun no posee la magia elemental pura que doblega la voluntad. Su poder es la ilusión, la persuasión y la resonancia. Al igual que las criaturas de la Noche de los Muertos, él no existe para dominar, sino para encantar, seducir y, si es necesario,asustar en un show bien montado.

A diferencia del poder telúrico de Soobin, la magia de Yeonjun es como un truco de luz: gloriosa, efímera y, para los puristas, superficial. Ha sido rechazado incluso en Pomefiore, la Casa de la Reina más Bella, que valora la belleza y la excelencia, por considerarlo “demasiado excéntrico” y “excesivamente teatral” en lugar de elegantemente refinado. Es el Prodigio que no se toma su grandeza en serio, usando un talento devastador para las artes escénicas.

Una estrella demasiado brillante que no podía desaparecer.

Por eso, se refugia en el dormitorio de Ramshackle, el hogar de los excluidos, la casa sin Gran, y desde allí dirige su imperio de contactos, pociones escénicas y shows de medianoche. Su estrategia es simple: ser tan memorable y necesario que la gente olvide lo extraño que es. Si no pueden ignorar su arte, ignorarán el vacío.

El aire en el Laboratorio de Alquimia Advanced, usualmente lleno del olor a azufre y especias secas, burbujeaba con una fragancia inesperada: notas de jazmín y algo metálico, como la electricidad estática.

Choi Yeonjun, envuelto en una bata blanca que contrastaba dramáticamente con su atuendo habitual, se movía entre los mesones con la gracia precisa de un director de orquesta. No estaba haciendo la poción requerida para la lección, aquella simple solución para pulir metales mágicos; sino que él estaba creando una Poción Eterna de Brillo Escénico.

Su trabajo no se parecía al de un alquimista, sino al de un perfumista.

En lugar de usar la llama del Bunsen, utilizó su propia mano para calentar el contenido del matraz. El cristal no se agrietó, sino que vibró con un bajo zumbido, y el líquido en su interior —una mezcla de escamas de dragón trituradas que le había costado horrores obtener y pétalos de rosa negra— comenzó a emitir un vapor tan denso que parecía seda.

Sacó un minúsculo frasco de su bolsillo.

—El toque final, la resonancia— musitó para sí mismo. Añadió una sola gota de su esencia personal—Voz Condensada.

La reacción fue instantánea. El vapor de seda no se disipó, sino que se convirtió en un humo iridiscente que flotó en el aire, refractando la luz en todos los colores del arcoíris y emitiendo un sonido suave, casi inaudible, como un acorde de guitarra distante. El humo era la encarnación de la perfección efímera.

Desde el otro lado del mesón, Ruel, el estudiante de tercer año con un historial de excelencia en pociones, apretó su varita con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

—Estupidez. ¡Esa no es una reacción estable! ¡Es un truco de circo!—no dejaba de quejarse entre murmullos mientras gruñía como lo haría cualquier miembro digno de Savanaclaw.

Estaba frustrado. Su propia poción, técnicamente perfecta y que había tomado tres horas para estabilizar, solo emitía un vapor blanco y aburrido. Yeonjun, el “Prodigio” rechazado incluso en su propia casa, había terminado en veinte minutos y había creado una obra de arte volátil.

El albino, que no necesitaba oír para percibir la envidia, se giró hacia Ruel, con una sonrisa amplia y teatral que no llegó a sus ojos.

—Mi querido Ruel. Tú creas sustancia. Yo creo experiencia.—tomó un poco del humo iridiscente en su mano. La niebla, en lugar de atravesarlo, se condensó en un cristal brillante de color ópalo. Lo sopló hacia Ruel con delicadeza—Ten. Un poco de mi “truco de circo” para que tu poción no luzca tan... Mortalmente aburrida.

El cristal, que era inofensivo, se disolvió en el aire alrededor de Ruel, dejando solo una ligera reverberación musical. El profesor Crewel, que había estado observando la demostración, suspiró y tomó nota:

Yeonjun: Excepcional.

Ruel: Técnico, sin alma.

El albino se encogió de hombros, recogió su equipo y simplemente se fue del laboratorio, dejando solo un rastro de jazmín y una melodía apagada.

Mientras atravesaba el pasillo principal —sin la necesidad de caminar, pero eligiendo hacerlo para disfrutar del contraste de su llamativo atuendo bajo la luz del atardecer—, Yeonjun hizo un breve repaso mental de su agenda. De un modo u otro, la subsistencia de Grim dependía de sus contactos y él era lo bastante amable como para no dejar morir a esa esponjosa pero obstinada criatura que el director prácticamente le obligó a cuidar.

No solo debía verificar que cierta mercancía como comida, o ingredientes exóticos para las pociones y componentes escénicos llegara a Scarabia, sino que era crucial para Octavinelle que no hubiera retrasos. Azul, Kalim... Todos dependían de su eficiencia.

Azul Ashengrotto es un comerciante excelente, pero es impaciente. Si el suministro de brillo escénico se retrasa, comenzará a ofrecer “servicios legales” para “recuperar” el costo de mis “deudas de Ramshackle"— pensaba con una burlesca sonrisa. No le preocupaba realmente, disfrutaba de la tensión del juego — Y lo que es peor, mi pequeño show de medianoche en el Salón de los Espejos se arruinará. Eso sería una tragedia artística.

En lugar de usar el portal, disfrutó del paseo, el sol bajo brillando a través de su llamativo traje. Atravesar paredes sería eficiente, pero caminar era una forma desentir, de fingir que tenía pulso mientras estudiantes más flojos se atrevían a pasar sobre su cabeza mediante sus escobas.

Yeon entró en la sala de su “hogar”, donde Grim estaba durmiendo la siesta sobre un montón de cómics robados, probablemente de esos alumnos de Heartslabyul, roncando ruidosamente. El pequeño monstruo con aspecto felino había dejado un rastro de cáscaras de atún enlatado y chispas azules de magia residual en el suelo.

El albino se acercó al revoltoso montón, y en lugar de buscar una escoba, simplemente dejó que su mano atravesara el desorden.

Su mano, aquella que aún conservaba un ligero brillo iridiscente de la poción, rozó el suelo. Las cáscaras de atún y el polvo no fueron recogidos; simplemente se hundieron en el suelo como si fueran absorbidos por una piscina oscura. En segundos, el suelo de madera antigua quedó impecablemente limpio.

Por un momento, antes de aventarse a su ardua tarea, decidió meditar, su cuerpo parecía un espejismo en la luz de la tarde. En ese estado, cualquier ruido o vibración mágica externa se magnificaba.

Y entonces, volvió a sentirlo.

No era un ruido ni una presencia física. Era una presión, una melancolía pesada que rodaba por los terrenos de la universidad. Era tan familiar, tan denso, la energía era como la de una antigua tormenta, siempre a punto de estallar, pero siempre contenida.

Yeon sonrió sin abrir los ojos.

"Eres tú la dulce ilusión que yo soñé

Eres tú brillando

En tus ojos el amor pude ver

Sin embargo sé que un sueño es difícil realizar

Más yo tengo fé en que despertaré

Y tú me amarás

Se hará realidad lo que yo soñé”.

Mientras la última nota etérea se desvanecía en su mente, la energía se sintió como una atracción magnética.

Cuando “abrió” los ojos en su mente, ya no estaba con Grim. Estaba parado en un lugar de una belleza imposible.

Era un Jardín Nocturno, oscuro y opulento. En lugar de flores, había rocas de cristal negro y enredaderas de plata que crecían hacia una luna llena, gigantesca y roja. El aire olía a tierra húmeda y a ozono.

Yeonjun, ahora vestido con el atuendo que usaría pronto en su show, era una figura perfectamente sólida. Su forma ideal. Se movió, el sonido de la letra de la canción todavía resonando en el silencio.

De repente, una figura que venía persiguiendo entre sueños apareció entre las sombras de un sauce llorón de cristal.

El ser estaba ataviado con vestimentas que recordaban a la nobleza Fae, sus cuernos bruñidos brillando con el resplandor de la luna roja. Tampoco parecía sorprendido de estar allí. Este lugar parecía sersumente, su dominio, al que Yeon había entrado sin invitación.

Una intensidad pura y melancólica se marcaba en sus ojos. Parecía estar buscándolo.

En ese lugar, parecía que no podían emitir ningún sonido. Ninguna palabra escapaba de sus labios; la melodía simplemente seguía reproduciéndose en el aire del sueño. Pero sus pasos, tratando de llegar al contrario, se volvían pesados, demasiado lentos para ambos. Era como si la fuerza de sus respectivas soledades creara una resistencia invisible.

No obstante, Yeonjun, increíblemente terco, como siempre, se atrevió a seguir avanzando, cada paso representaba una ardua batalla contra la inercia del sueño. Finalmente, acortó la distancia lo suficiente como para ofrecerle su mano al más alto.

El contrario se quedó inmóvil, sus ojos esmeralda fijos en la mano extendida de Yeon, que era una mezcla de blanco perfecto y encaje oscuro. Él, tan acostumbrado a que lo evitaran, tardó un momento en comprender la ofrenda.

El albino no retiró la mano, solo la acercó un poco más, y luego, en un gesto de comodidad que desmintió la formalidad del mundo real, sonrió. Era una sonrisa suave, no teatral, sino de reconocimiento mutuo. Estoy aquí, decía.Y no me he ido.

El rostro del más alto, usualmente un estudio de la quietud solemne, se suavizó. Una tensión que había llevado consigo por siglos pareció aligerarse. Él le devolvió la sonrisa, un gesto tan raro y sincero que iluminó el sombrío jardín onírico más que la luna roja. Era la sonrisa de alguien que había encontrado la melodía que lo anclaba.

Lentamente, el ser de ojos esmeralda extendió su propia mano, una mano de poder ancestral y cuasi-divino, para aceptar el primer contacto.

Cuando sus dedos se tocaron en ese mundo onírico, el Jardín Nocturno no se rompió, sino que floreció. Las rocas de cristal negro brillaron con un tenue color verde, y la música se intensificó. Era el sonido de dos almas que reconocen su complemento perfecto en el silencio.

No siempre fue así, varias noches atrás, solo podían haberse visto como dos sombras desde una distancia considerablemente extensa, sin forma, sin nombres, solo reconociéndose como una presencia intrusa pero fascinante. La caotica mente de Yeonjun se había filtrado entre los sueños de Soobin y viceversa.

Luego vinieron los destellos. Una noche, Soobin pudo distinguir el fulgor anaranjado de una mirada; otra noche, Yeonjun vislumbró el brillo de una escama bajo una túnica oscura. Eran como piezas de un rompecabezas que se negaba a completarse. Cada vez que intentaban acortar la distancia, el mundo onírico reaccionaba: el suelo se convertía en agua, el cielo se desplomaba o el aire se volvía tan denso que caminar un paso tomaba una eternidad. El sueño los protegía de sí mismos, o quizás, los ponía a prueba.

Para calmar la ansiedad de la distancia, comenzaron las ofrendas. Yeonjun, con su curiosidad traviesa, dejaba flores de colores imposibles que solo crecían en su imaginación; Soobin, en respuesta, dejaba plumas de cuervo o piedras pulidas que conservaban el frío de su magia. Eran señales de paz, pruebas tangibles de que no eran una amenaza. Pero nunca se habían atrevido a acercarse como hoy.

Yeonjun le había ofrecido la mano. Aquel desconocido que le brindaba gran confianza pese a todo la había aceptado.

El rostro de Yeon se contrajo brevemente cuando un dolor agudo, residual, se manifestó. Pero solo le pudo mostrar una sonrisa igual de hermosa al ser de orbes esmeralda.

El más alto sintió una repentina ráfaga de viento. El suelo del Jardín Nocturno comenzó a temblar violentamente. La Luna Roja se resquebrajó. Eso solo ocurría cuando alguno estaba por despertar, pero aquel ser de ojos esmeralda solo se aferró a la mano del albino, viendo la sorpresa en su rostro.

El de orbes esmeralda estaba aferrado, tratando de mantener la solidez del más bajo, de anclarlo a su realidad, pero la fuerza del despertar era más fuerte.“¡No te irás! ¡No te desvanecerás de nuevo!” era lo que parecía querer gritar.

Él presionó su frente contra la mano que sostenía, en un gesto instintivo de desesperación y apego. Era la primera vez que tocaba a alguien que no huía, y ahora, ese ser se le escapaba de entre los dedos.

Otra vez, en un sueño, ese hermoso cabello blanco se desvanecía como la Luna ante el intercambiar con el Sol. Observó cómo la persona frente a él se desdibujaba como una simple pintura. El de cabellos tan oscuros como la noche sintió la urgencia de grabar cada detalle de su rostro en su memoria, temiendo que la realidad lo robara por completo.

La visión de ese “sueño” desvaneciéndose rompió algo dentro del de ojos esmeralda, liberando una emoción tan pura que la magia del sueño se convulsionó. Ahora que la había encontrado en ese ser etéreo, la idea de volver a la soledad era insoportable.

Choi Soobin despertó con una brusquedad violenta en la seguridad fría y antigua de su habitación. Un sol pálido pese al atardecer se alzaba sobre Diasomnia, era irritante.

Se sentó en el borde de su cama. El silencio de su habitación era opresivo, y la ausencia del contacto en su mano era un dolor físico. Había estado a punto de perderlo, y la impotencia lo enfurecía. Se puso de pie, su expresión era de una determinación de acero que rara vez rompía su habitual melancolía.

No podía forzarse a dormir, esa técnica no funcionaba, pero tampoco podía esperar incluso otra noche para que el destino lo uniera con esa Luna en un sueño. Necesitaba un método para entrar y estabilizar aquel estado onírico, crear un ancla de contacto tan fuerte que trascendiera la realidad.

Necesitaba saber, conocer, qué representaba ese ser en su cabeza.

Necesitaba conocer el nombre de esa dulce ilusión.

Quizás, retomar sus paseos nocturnos le ayudarían a despejarse.

Soobin no habitaba una soledad vacía; era la distancia impuesta por la reverencia, un trono invisible que lo elevaba demasiado para el contacto casual. Aunque estuviera rodeado de súbditos y compañeros, siempre existía esa fracción de segundo de pausa, la cautela en la mirada de los demás antes de dirigirse a él. Pero ese “sueño” simplemente lo vio. No como el Príncipe, no como el descendiente de la Reina de Espinas, sino como una presencia en el jardín. En su compañía, el eco de los vastos salones de Diasomnia se atenuaba, reemplazado por la modesta pero firme resonancia de sus miradas, en esa pequeña intimidad, Soobin encontraba un respiro genuino de la eterna y honorable soledad de su linaje.

"Te conozco

Caminé contigo una vez en un sueño

Esa mirada en tus ojos es tan familiar, ese brillo

Y sé que es cierto que las visiones rara vez son lo que parecen

Pero si te conozco, sé que me amarás como lo hiciste una vez en un sueño”.

‎El reloj había superado hacía mucho la medianoche. La universidad dormía, envuelta en el silencio denso y mágico de sus centenarios terrenos.

Choi Yeonjun se deslizó a través de la puerta principal, sin molestar el crujido de las bisagras mientras cargaba al pequeño Grim en sus brazos. Estaba en un estado de agotamiento sublime. El “pequeño show” en el Salón de los Espejos no había sido pequeño en absoluto; había sido un torrente de energía, música y luces que lo había dejado casi vacío de su “ancla de solidez”. Su maquillaje estaba corrido y su elegante traje de estrella de rock estaba ligeramente rasgado por la intensidad de la actuación.

Esta vez, no se molestó en soltar un contento alarido, su presencia tan débil parecía más una reverberación de luz de luna que una persona. Estaba agotado, frágil.

Se dejó caer en el sofá de la sala común, hundiendo levemente el cojín, apenas cerrando los ojos. Necesitaba recargarse, dormir.

En un chasquido, toda su apariencia desaliñada volvió a cambiar por algo mucho más fresco. En la lejanía, escuchó las risas burlescas de sus compañeros de dormitorio, probablemente queriendo invitarlo a jugar una partida de cartas o preparándose para molestar a Grim. La idea de otra interacción, aunque grata, lo agotaba aún más.

Por instinto, tocó su cuello. Ah, ver las caras del alumnado disfrutando de su música le había hecho tan feliz, pero la euforia solía ser un drenaje peligroso, quemando las bombillas y la energía a su alrededor. Hizo su mayor esfuerzo en relajarse, en amortiguar el brillo interno que siempre amenazaba con escapar. Aunque le resultaba bastante difícil.

Su energía era tan feroz que entrenaba para que sus shows fueran disfrutables hasta para el ser más amargado, su concentración para evitar caos debería ser digna de admirar.

—Mmm... ¿Viste eso? Los destrocé por completo con mi poderoso disparo—Murmuraba Grim entre sueños.

—Lo hiciste—Animó, acariciando el suave pelaje—Sigue entrenando.

Decidió llevar a Grim a su habitación, colocándole una sábana limpia dentro del deteriorado edificio. Desde allí, a través del polvo de la ventana, notó el curioso parpadeo de unas particulares luces verdes que venían de lo que supuso sería la entrada, justo entre los arboles.

Se detuvo en seco. Estaba seguro de que había tenido cuidado cuando practicaba sus hechizos o creaba sus pociones. Esas luces no eran comunes.

Esas luces... Eran el color exacto de los ojos esmeralda que solía ver entre sueños. El color de la tormenta ancestral que siempre sentía cerca.

Yeonjun se acercó a la ventana, la fragilidad desapareciendo por un instante para dar paso a una intensa curiosidad. ¿Podría ser una coincidencia?

Se apresuró.

Antes de dar el primer paso fuera del umbral, Yeon se detuvo un instante, observando el patio delantero desde la seguridad del pórtico de Ramshackle. Aunque las ruinas se sentían frías y vastas, la noche aquí no era del todo oscura. El silencio del bosque se rompía solo por el susurro del viento entre las hojas, y en la maleza crecida brillaban, como pequeños diamantes arrojados sobre terciopelo negro, docenas de luciérnagas. Flotaban a una altura constante, dibujando lentas estelas de luz verdosa en el aire. Era una belleza silenciosa y mágica, un recordatorio de que estaba rodeado de maravillas. La simple vista de ese baile luminoso le daban ganas de cantar. Ofrecía una pausa, un último aliento de paz, antes de enfrentarse al misterio de la noche y, sin saberlo, a la figura solitaria que aguardaba cerca.

Su curiosidad le ganaba.

El pequeño farol que tomó entre sus manos proyectaba un círculo tembloroso de luz sobre el musgo húmedo mientras avanzaba por el cementerio que cubría la propiedad. Ramshackle, aunque se encontraba en reparación para Grim, aún emitía un aire de abandono que la oscuridad de la noche magnificaba. Entonces, notó una silueta: una figura alta y elegante, apoyada contra el grueso tronco de un roble centenario. La figura estaba inmóvil, observando la residencia con una quietud casi irreal.

¿Acaso intentaba robar?

Yeonjun contuvo un grito ante la belleza que apreciaban sus ojos.

—Disculpa, ¿puedo ayudarte?—preguntó, curioso por aquella presencia.

La figura se enderezó, y a la luz de la linterna, Yeon pudo distinguir los cuernos oscuros y un par de ojos de un brillante color verde esmeralda. El joven vestía un uniforme inmaculado, pero su aura no era la de un estudiante común; era poderosa y antigua.

Le llamaba la atención el color del uniforme y la insignia en su brazo. ¿A qué casa pertenecería?

—Hmm esto es una sorpresa. ¿Eres un hijo del hombre?—preguntó él, su voz grave como el resonar de la piedra. Su mirada recorrió a Yeon de pies a cabeza.—¿Vives aquí? Tenía la impresión de que este dormitorio seguía abandonado después de tanto tiempo. Estaba de paso y me detuve a contemplar la morada. Es peculiar. Me gusta tener un lugar donde poder ir a disfrutar de la paz de la soledad.—Yeonjun ladeó la cabeza. Era inusual tener visitas en Ramshackle. Más si solo era para observar el lugar.

—Soy el líder del dormitorio, Choi Yeonjun.—Se presentó de forma cantarina con una pequeña sonrisa, atreviéndose a tomar la mano del desconocido para llevarla a sus labios, en lo que parte de su cuerpo se inclinaba para sus características reverencias.

—Yeonjun... —El nombre escapó de los labios del desconocido como un susurro antiguo, casi una caricia en el aire frío de la noche. Aunque el extraño se mostró impactado por la repentina cercanía del albino, no se alejó por rechazo. Al contrario, lo observó con una intensidad que hizo que el tiempo se detuviera. Colocó levemente su mano bajo el mentón, una pose aristocrática y pensativa, bajándola tan solo segundos después de que el nombre de Yeonjun terminara de resonar en su mente.—Es un nombre interesante —admitió, y por un instante, su voz bajó una octava, volviéndose más íntima—. Yo soy... No, no importa. Es por tu beneficio, te lo aseguro. Aun así, permitiré que me llames con el nombre de tu elección. Puede que algún día te lo recompense—El ser de ojos esmeralda inclinó levemente la cabeza, acercándose al rostro del más bajo—De todas maneras hay algo en tu mirada que me intriga... —Añadió, volteando de reojo hacia las instalaciones, pareciendo soltar un suspiro—Ahora que sé que no está tan abandonado como creía, supongo que dedicaré mi tiempo a buscar otro lugar para mis paseos nocturnos.

—Ni siquiera hice un esfuerzo por asustarte y ya piensas en huir —soltó el albino, haciendo girar el farol en su mano con una destreza ociosa. Desvió la mirada un segundo, solo para volver a clavarla en el más alto con una chispa de travesura—. ¿O será que debajo de toda esa aura poderosa solo eres alguien muy tímido?—Antes de que el extraño pudiera tomar sus palabras como una insolencia, Yeonjun comenzó a rodearlo. Se movía con la ligereza de una criatura saltarina, casi como si estuviera realizando un ritual alrededor de una deidad antigua, sin romper el contacto visual por completo.—¡Eres una visión tan exquisitamente sombría! Esa aura de misterio, esos cuernos que perforan el cielo nocturno... ¡Es simplemente sublime!—exclamó con el rostro iluminado por una fascinación genuina.—Sé que estoy ante la presencia de la elegancia pura. Tu energía grita “Halloween” de una forma que ni en mil años podría replicar. Eres como una leyenda que ha cobrado vida para bendecir mis ojos—Yeonjun se atrevió a enredar su brazó con el del desconocido, pegando su cabeza a la altura del hombro ajeno, su sonrisa se volvió algo más suave, casi íntima—. Dime, belleza de las sombras... ¿Cómo te llamas?

El de cabellos oscuros guardó silencio, visiblemente desconcertado. En siglos de existencia, nadie se había atrevido a rodearlo con esa energía vibrante, y mucho menos a elogiar sus cuernos como si fueran una obra de arte en lugar de un símbolo de maldición o poder temible. La calidez del farol del de ojos anaranjado iluminó por un instante el rostro pálido de Soobin, revelando una expresión que rozaba la vulnerabilidad.

—¿“Bendecir tus ojos”? —repitió el más alto en un susurro, como si estuviera probando una lengua extranjera. Dio un pequeño paso hacia el lider de Ramshackle, recuperando su porte aristocrático, pero con una mirada mucho más suave—. Eres un ser extraño, incluso para los estándares de este lugar. No pareces comprender el peligro que emana de mi sombra, y aun así... Te regocijas en ella.—Se detuvo a escasos centímetros del albino, dejando que el frío de su presencia chocara con el calor del farol.—Dime, hijo del hombre... ¿Acaso no temes que la elegancia que tanto admiras termine por devorar tu alegría?

Una sonrisa fugaz, casi imperceptible, curvó los labios del de orbes esmeralda.

Antes de que Yeon pudiera responder, la figura del misterioso ser se volvió a disolver en la noche con una gracia sobrenatural, dejando al albino solo con el grito de un búho y la sensación de haber hablado con algo mucho más viejo que la propia escuela.


—¿Ya despertaste?

La repentina pregunta de Grim lo trajo de vuelta a la realidad.

¿Qué? ¿Acaso había sido otro bestial sueño?

Pero se había sentido tan real. Seguramente cayó rendido en el momento en que terminó de cobijar al pequeño monstruo.

—El desayuno está listo y se va a enfriar, ¡levántate!

Tras soportar los incansables reclamos de Grim y las prisas por un desayuno compartido a medias, el trayecto hacia el edificio principal se sintió como un suspiro borroso entre bostezo y bostezo.

No era como si necesitara comer de todas formas, pero la sensación de algo delicioso en su paladar era agradable, sobretodo en compañía y más con el resto de miembros en Ramshackle a tales solitarias horas.

El aire fresco de la mañana terminó de despejar la mente de Yeon justo cuando los grandes arcos de la entrada se alzaron frente a ellos, proyectando sombras alargadas sobre el pavimento. Mientras Grim se adelantaba pavoneándose sobre su “increíble puntualidad”, Yeon no pudo evitar detenerse un segundo, ajustando su uniforme y contemplando la imponente silueta de la academia que, bajo la luz temprana, parecía guardar un silencio expectante, como si los muros mismos supieran que el día apenas comenzaba.

—Por cierto, ¿a dónde fuiste anoche? Me levanté para calentar algo de leche y pensé que querrías un poco, pero cuando fui por ti, no estabas.

—Oh, así que no fue un sueño... Fue algo muy raro, un muchacho con cuernos estaba a las afueras de Ramshackle diciendo que le gustaba ver el panorama y luego desapareció en el aire tan repentinamente como vino—Explicó, moviendo sus manos enguantadas.

—Ah, ¿un tipo de cuernos muy raro? ¿Y cuál es su nombre?

—Él dijo que podía llamarlo como quisiera—Grim pareció pensarlo con seriedad.

—¡¿Y que tal “El tipo de Cuernos”?!

—Hmm, supongo que no le gustará, ¡pero funciona!

—Si el tipo de cuernos estudia aquí y nos lo encontramos, ¡me gustaría que nos presentes! Nunca he visto un humano con cuernos.

El bullicio matutino de los estudiantes se hizo más nítido al cruzar el umbral, pero una presencia familiar obligó a Yeon a frenar en seco. A pocos metros, la impecable figura del lider de Heartslabyul destacaba entre la multitud, revisando con mirada severa que cada detalle de los uniformes a su alrededor cumpliera con las normas de la Reina de Corazones. A su lado, uno de sus superiores deslizaba los dedos sobre la pantalla de su teléfono con una agilidad casi sobrehumana, deteniéndose solo para dedicar una sonrisa radiante hacia su dirección.

—Buenos días a ambos—saludó— Justo a tiempo para no arruinarle el humor a nuestro Prefecto antes de la primera clase.

Yeonjun no devolvió el saludo; ni siquiera pudo obligar a sus labios a liberar una palabra. En lugar de eso, apretó los dientes, sintiendo cómo flaqueaba.

Al igual que en ese jardín nocturno que veía en sueños, sintió un espasmo gélido que le recorrió la columna, deteniéndose justo en la base del cráneo. De manera casi mecánica, su mano enguantada subió hacia su cuello, presionando con una urgencia silenciosa la tela de su uniforme. No era un dolor común; era una pulsación rítmica, como si un eco de acero frío estuviera intentando manifestarse de nuevo sobre su piel. Aunque el actual Prefecto era ajeno a su tormento, los colores de su casa y la rigidez de su postura actuaban como un catalizador para una memoria que su cuerpo aún se negaba a procesar.

Ignoró el comentario y pasó de largo en un silencio sepulcral. Mientras se alejaba hacia las aulas, el rastro de jazmín que dejaba a su paso parecía mezclarse con un matiz metálico, una nota discordante que solo aparecía cuando el recuerdo se volvía demasiado real para ser ignorado.


Otra semana ajetreada por culpa de estudiantes flojos en temporada de exámenes y un maniatico que adora aprovecharse con contratos de doble filo.

La atmósfera en el museo se había vuelto densa, saturada de un olor a tinta rancia y salitre. Frente a ellos, Azul Ashengrotto ya no era el prefecto calculador de Octavinelle; se había convertido en una masa de resentimiento líquido y tentáculos de pesadilla.

Yeonjun se ajustó el curioso accesorio en su cabeza, que amenazaba con caerse debido a las ráfagas de magia oscura que emanaban del Overblot. Sus ojos, ocultos tras sus gafas de color negro brillaron con un fulgor anaranjado mientras observaba la gigantesca figura sombría que se alzaba tras el otro líder.

—¡Vaya, vaya! Esto sí que es una falta de etiqueta absoluta, Joven Maestro Ashengrotto—exclamó, su mandíbula castañeteando con una mezcla de nerviosismo y fascinación profesional.—He visto contratos romperse, pero ver a alguien romperse a sí mismo de forma tan... Pegajosa, es una novedad.—El albino dio un paso atrás cuando un tentáculo de tinta se estrelló contra una vitrina cercana, reduciéndola a polvo.— ¡Cuidado con la cristalería! ¿Sabe cuánto cuestan limpiar las alfombras? Es un martirio —continuó, agitando sus manos con un gesto dramático.—Aunque debo admitir... Ese aire de tragedia le sientan de maravilla. Si no estuviéramos a punto de ser devorados por su inseguridad manifiesta, le pediría que posara para un retrato mortuorio.

La tormenta mágica había cesado una vez se cortó el problema de Azul de raíz, o por lo menos el intento, pero el silencio que quedó después de ello era casi más pesado, sobre todo luego de dar su debido reporte al molesto Director. Yeonjun caminaba con el uniforme medio desarmado, ya harto de dar una buena apariencia a tales horas donde no había sentido alguno de resaltar, su cabello estaba tan enredado que no tenía una forma coherente, hasta un nido de pájaros podría considerarse más decente. Su rostro incluso parecía más desgastado y ojeroso en tan pocas horas.

—Azul... Tiene un talento especial para agotar hasta a los que ya no tienen sangre en las venas. Tanta ambición es... Agotadora. Solo quiero un momento de silencio absoluto donde nada intente redactar un contrato o robarme el alma.

Arrastraba los pies por los terrenos de la academia, evitando los senderos principales. La luz de la luna, usualmente su aliada, hoy se sentía demasiado pesada sobre sus hombros. Su silueta por momentos parecía fundirse con las sombras de los árboles, creyó empezar a tener migraña y soltó un exagerado suspiro de resignación.

No se hubiera metido en tal escándalo en primer lugar si no fuese porque Grim arruinó todo al querer ser un estudiante ejemplar haciendo trampa.

Al notar que estaba entrando a su territorio, observó nuevamente impresionado que las particulares luces de la otra noche habían regresado, y con ello, la elegante figura del misterioso de ojos esmeralda. En un chasquido, el albino pareció arreglarse como si su amargada semana no hubiese hecho efecto.

El misterioso lo reconoció inmediatamente y Yeonjun lo interrumpió antes de que pudiese mover sus labios.

—¡Oh, hola tipo de los cuernos!

—¿“Tipo de los cuernos”? ¿Quién es ese?—El más alto se cruzó de brazos, abriendo un poco más los ojos—¿Acaso... Te refieres a mí?

—Dijiste que podía llamarte con un nombre de mi elección—Aquella revelación provocó que el de orbes esmeralda soltara una risa melosa, divertido.

—¡Yo, llamado “Tipo de los Cuernos”! De verdad que eres valiente. No importa, después de todo supongo que esta libertad creativa te permitirá llamarme... Con tu curioso apodo—La sonrisa divertida se fue volviendo un poco más seria, más reservada—De todas formas, he notado que este dormitorio suele estar más activo durante las noches, ¿tienes más estudiantes?

—Actualmente... Si todo sale bien a partir de ahora, tendré un poco de colaboración por parte de Octavinelle. Solo espero un poco más de compromiso por parte del Director Crowley para intervenir—El más alto pareció interesado por la respuesta.

—Ya veo, seguramente al amanecer este lugar será reclamado por estudiantes escandalosos—El de cabellos oscuros esta vez formó una sonrisa mucho más retadora, inclinándose hasta el rostro del más bajo—Je, parece que no estás de acuerdo con mi afirmación, ¿No te gusta que hable como si tu pérdida fuera un hecho? —Volvió a enderezarse, apuntando levemente con la cabeza hacia el viejo edificio—Por cierto, las paredes de este dormitorio tienen algunas esculturas de gárgolas bastante impresionantes.—Yeonjun parpadeó varias veces tras oírlo, ladeando la cabeza.

—¿Las gárgolas?

—A primera vista, estas gárgolas parecen ser monstruos imponentes y peligrosos, pero en realidad son muy amables al ayudar a que el agua no se estanque y dañe las paredes. Lucen espantosos, pero son muy devotos a la preservación de su hogar.

—¡Vaya! tu entusiasmo por la mampostería es un arte de una melancolía exquisita. Cualquier tonto puede admirar una estatua de mármol bajo el sol, pero apreciar a los guardianes que se erosionan en silencio bajo la lluvia... Eso requiere un alma que entiende de sentimientos profundos —Yeonjun entornó los ojos, fascinado—. Es una devoción por lo grotesco que me resulta... Absolutamente encantadora. Me dejas impresionado; tienes el gusto de un coleccionista de tragedias.—Yeonjun soltó un suspiro dramático, casi un ronroneo, y asintió con una reverencia exagerada.—Quién lo diría. El tipo de los cuernos resultó ser el crítico de arte más romántico de toda la academia.—El más alto descruzó los brazos y los colocó a descansar sobre sus caderas, meneando discretamente su cola mientras se entretenía hablando con aquel ser que parecía ser hijo de la propia Luna.

—A veces, lo que ven tus ojos puede ser lo opuesto a la verdad. Y... Yo prefiero evitar que este lugar se vuelva ruidoso durante las noches.—El de orbes esmeralda miró con cariño inusual al más bajo, animándole antes de desaparecer—Continua peleando para proteger tu dormitorio.


—Vaya, vaya, qué tenemos aquí—Los murmullos desesperados en el coliseo se extinguieron al instante. Una presión gélida y antigua pareció descender sobre los escombros del lugar, congelando a los presentes en sus sitios. El recién llegado observaba el desastre con una parsimonia aterradora.—Creí que llegaría un poco temprano, pero... ¿por qué el escenario es un caos absoluto?

—¡Oh! ¡Hola, Tipo de los Cuernos! —saludó Yeon con una energía que rompió la tensión como un cristal. Agitó la mano con entusiasmo, ignorando el polvo del ambiente, mientras un ligero rubor asomaba en sus mejillas.

—¡¿TIPO DE LOS CUERNOS?! —el grito coreado de Ace, Deuce y el resto de los presentes resonó en el lugar, cargado de puro pánico.

—Oh, ey, así que tú eres el tipo de los cuernos que siempre anda paseando en las noches por el jardín del dormitorio Ramshackle. Escuché de tí gracias a Yeonjun. ¡De verdad que tienes grandes cuernos saliendo de tu cabeza!— chillaba emocionado el felino.

—¡¿Grim, eres tonto?! —siseó Deuce, cubriendo el hocico del felino que ya empezaba a fanfarronear sobre el tamaño de los cuernos del de ojos esmeralda—. ¡No puedes hablarle a un superior... A él... De esa manera!

—¡Yeonjun!—chilló preocupado Ace—¿De verdad te atreves a llamarlo “Tipo de los Cuernos”? ¡¿Acaso deseas morir?!

—¡¿No tienes idea de quién es?!—acompañó Epel.

El albino casi dejó caer sus gafas oscuras por la tierna risa que suavizó la expresión severa del almuno de Diasomnia. Con un movimiento fluido, Yeonjun se acercó al de orbes esmeralda sin pizca de miedo, entrelazando su brazo con el del contrario con una confianza que hizo que los presentes contuvieran el aliento.

—Él me permitió llamarlo como yo quisiera —declaró Yeon con una sonrisa traviesa. Encantado de ver las expresiones aterradas.

Roi des Dragons, ¿como ingresó al coliseo?—Preguntó el vice líder de Pomefiore mientras alzaba las manos como si fuese un criminal siendo atrapado por la ley.

—Fuí invitado por el hijo del hombre que vive el dormitorio Ramshackle.—El más alto inclinó su cabeza hasta chocar ligeramente con la del de orbes anaranjados centimetros más abajo, mirando con fastidio al resto de los presentes—Tengo mi invitación aquí mismo.

—No era eso a lo que me refería... Toda la avenida está envuelta bajo una poción maldita generada por la magia única de Vil, no hay forma en que no haya nadie que pueda moverse libremente sin que la maldición lo atrape.

—Oh, sí, supuse que era solo una pequeña broma cuando venía llegando, aunque no hay maldición, por más poderosa que sea, que pueda funcionar en mí—Aún con el albino pegado a él, el de orbes esmeralda cruzó sus brazos sobre su pecho con una sonrisa arrogante. El líder de Pomefiore, Vil Schoenheit dio un paso al frente, aclarando su garganta con elegancia herida.

—Parece que te has aprovechado de la bendita ignorancia de Yeonjun todo este tiempo... Choi Soobin, líder de Diasomnia, aquel que se rige bajo el espíritu del hada de las espinas.

—¡Así que eso significaba el “C.S” de aquella carta que me enviaste durante las vacaciones de invierno!—Soobin formó otra ligera sonrisa ante el descubrimiento del albino.

—Correcto. Choi Soobin, heredero del valle de las espinas.

—Chicos... Ustedes hablaban mucho de este poderoso tipo durante el torneo de Spelldrive, ¡¿están diciendo que era el Tipo de los Cuernos todo este tiempo?!—Grim maulló de la sorpresa.

—Estuve en lo correcto cuando te comenté que no conocer mi nombre sería por tu propio beneficio—le comentó a Yeonjun, quien solo hizo un pequeño ademán con los hombros. Realmente para él eso era irrelevante, pero estaba satisfecho de conocer el nombre del misterioso visitante de su territorio y de sus sueños—De cualquier manera, Schoenheit. Tú, que te riges por el espíritu de la Reina más bella, pareces haber causado un desastre impropio de tu posición.

—No estás equivocado...—El líder de Pomefiore se cruzó de brazos, avergonzado.

—Hijo del hombre, ¿qué ha ocurrido exactamente?

Yeonjun suspiró, ajustando sus gafas oscuras mientras su mirada recorría los restos de los focos, las gradas, las pantallas rotas y la energía residual que aún flotaba en el aire del coliseo. No soltó el brazo de Soobin; al contrario, se recostó en él mientras comenzaba su narración.

—No fue un simple capricho, Tipo de los Cuernos—suavizó el tono de su voz para que se captara la seriedad en sus palabras—. El joven Vil... Se rompió. Durante meses, la fama de la presentación que se llevará el día de hoy no fue solo un concurso para él; era una validación que el mundo le negaba. La presión de ser “el más bello” y la envidia hacia el talento natural de Neige, el representante de Royal Sword Academy lo llevaron al límite. El blot se acumuló en su joya mágica hasta que su propia perfección se volvió veneno. Lo que ves aquí, este desastre, fue el estallido de un hombre que intentó controlar el destino con una maldición porque sentía que su esfuerzo nunca sería suficiente para superar la pureza de otros. Fue un Overblot nacido de la desesperación, no de la maldad.

Ramshackle estuvo bajo un ambiente caótico luego de las vacaciones de invierno... Dejó de ser un refugio silencioso, el aire de abandono, donde las melodías de Yeonjun y sus experiementos sacudían las paredes, fue reemplazado por la magia punzante de Vil Schoenheit.

Ramshackle se convirtió en el epicentro de una colisión de voluntades, el cuartel general del NRC Tribe, el grupo seleccionado para representar a la universidad en el Vocal & Dance Championship. El objetivo era simple en papel, pero destructivo en la práctica: Alcanzar la perfección absoluta para derrotar a Neige LeBlanche de Royal Sword Academy.

El primer choque empezó cuando el director Crowley le dió la batuta a Pomefiore, pero en un movimiento que muchos calificaron como un experimento arriesgado, decidió equilibrar la balanza. Designó a Choi Yeonjun como manager del proyecto; al ser en teoria un estudiante destacado de dicho dormitorio, Supervisor General del alumnado en NRC, sumado a su vasta experiencia bajo los reflectores, lo convertía en la única figura capaz de gestionar el caos que se avecinaba.

La fricción entre líderes se resumia en una colisión de dos perfeccionistas con metodologías opuestas. Uno, acostumbrado a ser el monarca absoluto, cuya palabra era ley y nadie tenía el criterio suficiente para cuestionar su “visión artística”; el otro, el rebelde, aquel Rey del Halloween que llevó su belleza artística hasta los extremos y conocía el sabor de la traición. Solo con el tiempo, y tras muchas chispas, lograron congeniar... Aunque fuera a medias.

Los participantes seleccionados tras una ardua audición fueron sometidos a un entrenamiento que desafiaba la resistencia física y mental.

Cada paso de baile debía ser milimétrico; cada nota, impecable. Yeonjun ponía la mano dura cuando el momento de los ensayos lo requería y observaba desde las sombras del pasillo cómo la obsesión de Vil por el “ideal de belleza” se filtraba en las grietas del dormitorio, convirtiendo las cenas en sesiones de dieta estricta y los descansos en correcciones de postura. Ramshackle, que solía ser un caos acogedor por la magia del albino, se volvió un motor de alto rendimiento donde el margen de error era cero. Fue en ese ambiente de alta presión donde los hilos de la cordura de Vil comenzaron a deshilacharse, trazando una trayectoria predecible hacia el abismo.

Soobin observaba el perfil de Yeonjun en silencio, mientras su mente procesaba la magnitud de lo que el albino acababa de relatar, sintiendo un calor inusual bajo su pecho. Mientras él terminaba sus asuntos reales durante el invierno y contaba los días para encontrar al albino en cual fuese de los jardines, fuese en el mundo de los sueños o en aquel dormitorio desvencijado, Yeon estuvo domando bestias y midiendo el colapso de una estrella.

Le fascinaba esa resiliencia. Para alguien que medía el tiempo en siglos, la intensidad que Yeonjun expresaba cada segundo era embriagadora. Los humanos se rompían con tanta facilidad, y sin embargo, él pareces florecer en medio del desastre. Más que enfrentar un Overblot con magia, había sido la pura voluntad de su espíritu. ¿Era eso lo que lo convertía en el Rey del Halloween? ¿Esa capacidad de convertir el caos en una métrica de victoria?.

Soobin nunca había tenido problemas para hablar con los demás, pero estaba acostumbrado a ser una sombra temida o una leyenda odiada. Como fae, siempre había sido el nombre excluido de las invitaciones, cargando con el estigma de un poder que nadie quería cerca. Por ello, su sorpresa fue absoluta cuando, en una de sus visitas a Ramshackle, el albino le extendió aquellas invitaciones al VDC. Yeonjun no solo esperaba su presencia; lo consideraba parte fundamental de uno de sus momentos más importantes.

Se había divertido tanto sabiendo que el albino aún no reconocía quién era, y más aún, al comprobar que no existía ni un rastro de miedo en sus ojos al estar cerca suyo.

Al entender la gravedad de la situación con el overblot de Vil Schoenheit y ver el cansancio tras las gafas de Yeonjun, Soobin tomó una decisión. Se ofreció a ayudar con la restauración del coliseo; después de todo, unas pocas ruinas no eran nada comparado con su poder ancestral.

Era su regalo para Yeonjun.

A pesar de que Yeonjun no fuese el centro de aquella presentación, su presencia no era la de una entidad ajena a la vista; era un pilar ruidoso, posicionado ante un órgano de tubos masivo que hacía vibrar los cimientos del lugar. La música no solo se escuchaba; se sentía en el pecho como una advertencia de que la verdadera belleza también puede ser aterradora. Yeonjun usaba su magia para que las sombras del escenario cobraran vida propia, bailando en perfecta sincronía con los miembros de NRC, mientras una densa niebla —producto de sus últimos experimentos— envolvía el tablado, creando la hipnótica ilusión de un espacio infinito y vacío donde solo existía el arte.

Desde su lugar, Choi Soobin, en compañia de otros miembros de Diasomnia, su familia, no le quitaba la vista de encima.

—Mírame, Yeonjun—pensó con una sonrisa imperceptible.—Enséñame cómo un solo hombre puede hacer que incluso las sombras se arrodillen ante su ritmo.

La ovación para Neige LeBlanche era ensordecedora. Los aplausos del público caían como una lluvia incesante sobre el representante de la Royal Sword Academy, sellando una victoria que, para el NRC Tribe, se sentía como una amarga injusticia tras meses de sacrificio. Yeonjun, tras haber finalizado su magistral interpretación en el órgano de tubos para respaldar a sus pupilos, sintió finalmente el peso del agotamiento; con los dedos aún entumecidos por la ejecución de la pieza, se había retirado hacia las gradas para buscar refugio al lado de Soobin y los alumnos de Diasomnia. Allí, en el silencio compartido de la tribuna, bajó la mirada un segundo, procesando el impacto de un resultado que sus métricas no habían podido evitar.

Mientras Neige celebraba entre aplausos, Yeonjun sintió una capa pesada y bordada cayendo sobre sus hombros. Era de Soobin, impregnada de su inconfundible aura de poder. El príncipe rodeó la cintura del albino con un brazo, reclamando su espacio frente a los estudiantes de ambas instituciones.

—No bajes la cabeza —le ordenó Soobin al oído, pero lo suficientemente alto para que los presentes de la Royal Sword Academy lo escucharan—. Un voto de humanos no cambia el hecho de que eres el centro de mi mundo. Te esforzarte en entrenar al grupo y eso vale más que cualquier otra cosa.

Rook Hunt, observando la escena desde la tarima con esa mirada analítica que lo caracterizaba, parecía ser el único inmune a la pesadumbre del ambiente. Ignorante —o quizás simplemente encantado— ante la mirada desafiante y dolida de sus compañeros del NRC Tribe, soltó una carcajada dramática mientras ajustaba su sombrero de cazador. Para él, no había derrota que pudiera opacar la estética de lo que estaba presenciando.

—¡Ah, l’amour! —exclamó, extendiendo los brazos como si declamara un poema al viento—. No hace falta que lo confirmen con palabras; el aire vibra con la fuerza de su compromiso. Una derrota en el escenario no es nada comparada con el triunfo de un corazón conquistado por sus majestades. ¡Magnifique!

Las palabras de Rook resonaron con una mezcla de burla y admiración genuina. Mientras los demás se hundían en el resentimiento por los votos perdidos, el cazador de Pomefiore celebraba la unión de dos fuerzas de la naturaleza. Para él, ver al Rey del Halloween siendo reclamado por el Príncipe de las Espinas era la actuación más auténtica y sublime de todo el festival; una métrica de pasión que ningún jurado humano podría puntuar.


La luz, siempre tenue y filtrada por las vidrieras de tonos profundos y esmeralda en Diasomnia, nunca llegaba a ser completamente brillante. En ese ambiente de perpetua sombra elegante, la mañana comenzaba con una serenidad casi antinatural.

‎Eran las 7:00 a.m.‎ Choi Soobin despertó sin la necesidad de una alarma. Sus ojos de color jade, que a menudo parecían albergar un cielo nocturno y distante, se abrieron lentamente. Se incorporó en su cama con dosel, cubierta de ricas telas de seda verde bosque y plata.‎‎

Su rutina matutina era metódica, un eco de siglos de tradición y autocontrol.‎‎

Silencio y Reflexión. Permanecía sentado un minuto, escuchando el distante sonido del viento entre los árboles del dominio y sintiendo la magia latente. Era su meditación silenciosa antes de dirigirse al vestidor.‎‎

A diferencia de sus compañeros, no necesitaba el uniforme para sus horas privadas en el dormitorio. Elegía una simple, pero impecable, túnica de lino negro. Se dedicaba unos minutos a peinar su cabello, largo y oscuro como la obsidiana, asegurando que los cuernos en su cabeza estuvieran perfectamente visibles. Un acto de auto-afirmación de su estatus.‎

Su primer destino siempre era el balcón privado adyacente a su habitación.‎‎

El aire de la mañana era fresco y punzante, incluso a través del escudo protector de magia que envolvía la torre de Diasomnia. Soobin se recargó contra la balaustrada de piedra, mirando hacia el campus que aún dormía. Desde esa altura, todo el Night Raven College parecía diminuto e intrascendente.‎‎

Otro día. Mismo tedio. Mismas personas evitando su mirada. ¿Por qué nunca se acercan? ¿Tan aterrador es realmente?‎‎

Una pizca de melancolía familiar se posó sobre él, un sentimiento tan constante como el latido de su propio corazón.

‎Justo cuando estaba por dar la vuelta para iniciar su lectura matutina, notó un pequeño destello de movimiento a lo lejos, cerca del invernadero botánico.‎‎

No era Taehyun, quien siempre entrenaba antes del amanecer. Esto era... Distinto.‎‎

Vio una figura diminuta, vestida con el uniforme escolar, luchando visiblemente con una pila de macetas grandes y una regadera. Parecía estar haciendo alguna tarea de limpieza o mantenimiento que se le había encomendado—probablemente una penalidad.‎‎

Aquel alumno dejó caer una maceta. El sonido, aunque amortiguado por la distancia, hizo que Soobin se inclinara ligeramente. El alumno se llevó las manos a la cabeza en un gesto de frustración cómica, luego se arremangó y comenzó a recoger los restos con una determinación terca.‎‎

Soobin sonrió, una sonrisa tan sutil que no afectó la compostura de sus labios, pero que calentó la frialdad de sus ojos.‎‎

—Qué criatura tan... Persistente.‎‎

Sin pensarlo dos veces, Soobin extendió su mano, no para un hechizo grandioso, sino para un pequeño acto de... Conveniencia.‎‎

Un diminuto y casi invisible viento mágico se generó desde la torre. Era apenas un susurro de poder, pero fue suficiente. El cabello blanco se agitó un poco y, de repente, las macetas y la regadera se levantaron unos centímetros del suelo, flotando suavemente, moviéndose sin esfuerzo en dirección al cobertizo. Yeonjun miró alrededor, confundido, rascándose la cabeza y encogiéndose de hombros antes de seguir la carga flotante y encontrarse con Grim.‎‎

Soobin bajó la mano. Su sonrisa se había vuelto más genuina.‎‎

El día ya no era tan tedioso.‎‎

La tarde que cayó sobre el Night Raven College, tiñendo el cielo de naranja y morado, no era diferente a lo usual. La gente normal lo llamaría crepúsculo; Choi Soobin, la hora de la discreción.‎‎

Había sido otra semana de ser “El tipo de Cuernos”, resumidamente, “Tsunotarō” o peor aún, de ser invisible en los pasillos de su propia escuela. Necesitaba... Necesitaba ver ese edificio que, por alguna razón, lo llamaba.‎‎

Ramshackle.‎‎

Flotó ligeramente sobre los terrenos, tan silencioso como la brisa nocturna, aterrizando justo delante de la puerta mohosa. El aire aquí era diferente; no olía a ambición mágica ni a miedo reverencial, solo a polvo, humedad, y la inexplicable calidez de un hogar improvisado.‎‎

Normalmente, Yeonjun no estaba a estas horas. Estaría componiendo, usando el laboratorio, limpiando los pasillos para pagar alguna deuda, o intentando que Grim no incendiara otra cocina. Soobin ya lo sabía. Era parte de la rutina de su visita no autorizada: Observar la única residencia donde nadie temía su presencia porque nadie sabía que estaba allí.‎‎

Pero esta noche, algo era diferente.‎‎

La puerta de madera, siempre chirriante, estaba ligeramente entreabierta.‎‎

Soobin arrugó el ceño. Por un momento, pensó que los fantasmas se habían vuelto descuidados. Empujó la puerta con la punta de su bota pulida.‎‎

El interior era un desorden organizado: Libros apilados con descuido, una mochila en el suelo, y el aire aún caliente por el uso reciente. Sus ojos de dragón se posaron en la pequeña y humilde sala común.‎‎

En el sofá desvencijado, enredado en una manta raída de colores de NRC, estaba Yeon.‎‎

El albino no lo había escuchado. Estaba profundamente dormido, la cabeza apoyada incómodamente sobre el brazo del sofá, un viejo libro de texto de Herbología cayendo de sus manos. La luz de la luna, filtrándose por una ventana sucia, resaltaba la suavidad de su rostro, libre de las usuales expresiones vibrantes, escandalosas, incluso tímidas.‎‎

Soobin se quedó completamente inmóvil. Se suponía que no debía estar aquí. Se suponía que no debía verlo así: Desprotegido, tranquilo.‎‎

Una punzada, que no era dolor ni magia, le apretó el pecho. Era la cercanía de algo que nunca antes había poseído: Intimidad casual.‎‎

Se acercó lentamente, sin hacer ruido, y observó. Yeon suspiró en sueños y se movió, haciendo que la manta se deslizara.‎‎

El Príncipe Dragón se encontró haciendo algo que jamás hubiera imaginado.‎‎

Se agachó con cuidado, recogió la manta y la subió suavemente, cubriendo los hombros de Yeonjun. Por un instante, su mano rozó el cabello suave.‎‎

Un pequeño gesto de profunda, inadvertida, y prohibida atención.‎‎

Mientras se enderezaba, sus ojos se detuvieron en el libro de texto que había caído. Lo recogió y, al pasar las páginas, encontró un simple trozo de papel usado como marcapáginas. Era un dibujo rápido, hecho a lápiz.‎‎

Era un boceto de... Él mismo.‎‎

Choi Soobin.

Sus ojos esmeralda se abrieron con sorpresa. No era un dibujo hecho por compromiso; simple, pero era una interpretación cruda y hermosa de su propia esencia. No era una imagen temerosa, sino una observación tranquila, casi cariñosa. En el papel, Yeonjun había trazado su silueta no como un rey temible, sino como una criatura de una belleza trágica. Los cuernos estaban dibujados con líneas firmes que se entrelazaban con espinas, y sus ojos —incluso en el grafito oscuro— parecían brillar con la misma soledad que Soobin sentía en su pecho cada noche.

Al pie del dibujo, una pequeña anotación con la caligrafía descuidada del albino decía:“La elegancia que perfora el cielo”.

‎Soobin sintió un extraño calor punzante en su pecho, una sensación que su corazón fae apenas recordaba. Volvió la mirada hacia el joven dormido, sintiendo por primera vez que su identidad no era una carga, sino un regalo para alguien más.

—Así que... Así es como me ves —susurró, su voz apenas un roce en el aire—. Ni como un monstruo, ni como un trono... Sino como algo que vale la pena recordar.

‎El dibujo se sentía demasiado pesado en sus dedos, pero a pesar de ello, lo acercó a su rostro, rozando el papel con los labios en un beso invisible. Lo deslizó de nuevo en el libro y lo colocó con cuidado sobre la mesa. Tenía que irse antes de que Yeonjun despertara y el hechizo de la noche se rompiera.

Una pequeña chispa de magia verde quedó flotando sobre el papel como una promesa silenciosa.

‎Dio media vuelta y se dirigió a la puerta, su cola espinosa susurrando en el aire, pero justo cuando iba a irse, una voz pequeña y soñolienta rompió el silencio.‎‎

—¿Mmm... Tsunotaro...? ¿Te vas ya...?‎‎

Choi Soobin, el dragón temido y reverenciado, se congeló como una estatua de mármol. Su cuerpo dejó de obedecerle. Su instinto era desaparecer, desvanecerse en la sombra de la noche, pero la voz de Yeonjun era suave y contenía una familiaridad que lo desarmó.‎‎

Yeon apenas había abierto sus orbes color anaranjado, todavía envuelto en la neblina del sueño. No había miedo en su expresión, solo una confusión perezosa mientras intentaba distinguir la figura alta que bloqueaba la luz de la luna.‎‎

—...¿Tsunotaro? —repitió Yeon, parpadeando varias veces. Luego, la conciencia se instaló y sus ojos se abrieron de golpe—. ¡¿Soobin?!

‎‎Se enderezó de golpe, la manta cayendo al suelo. La sorpresa era palpable, pero no había rastro de pánico, solo una incredulidad total.‎‎

—Tú... ¿qué haces aquí? ¿Y a estas horas? —Yeon miró alrededor del dormitorio destartalado, como si buscara una cámara oculta o una broma de Ace y Deuce.‎‎

Soobin se giró completamente. La máscara de indiferencia que siempre llevaba era difícil de mantener, especialmente bajo la mirada directa y sin adornos del albino.‎‎

—Yo... —comenzó, y se detuvo. No podía decir: “Vengo a mirar tu casa porque es el único lugar donde me siento menos solo.” En lugar de eso, su mirada se dirigió inconscientemente a la mesa, donde el libro de Herbología y el dibujo lo esperaban.—Parece que me has atrapado, humano de Ramshackle —dijo con un tono que pretendía ser imponente, pero que sonó más bien a disculpa—. Solía venir... A veces. Nadie me notaba.

‎‎Yeon asimiló esa información, procesándola con una calma asombrosa. Asintió, recogiendo el libro.‎‎

—Ah. Entonces, no eres un ladrón de fantasmas. Eso es un alivio.

‎‎Soobin sintió la necesidad de justificarse.‎‎

—No soy un ladrón. Solo... Aprecio la tranquilidad de este lugar. Es un alivio de la constante atención o, peor, la evitación, de los demás estudiantes.

‎‎Yeonjun, aún ligeramente somnoliento, miró el dibujo que usaba como marcapáginas. Sus mejillas se tiñeron de un ligero rubor al comprender que el Dragón lo había visto.‎‎

—¿Quieres un poco de té de hierbas? Es la única cosa decente que me queda después de que Grim se comiera todos los snacks —ofreció, señalando un pequeño hornillo eléctrico a la distancia.

‎‎Soobin se encontró, de repente, sin querer irse. El secreto se había roto. Su soledad había sido vista y nombrada. Y a cambio... Le ofrecieron té.‎‎

—Si no es una molestia.‎‎

Yeonjun sonrió por completo esta vez, esa sonrisa un poco retorcida, quizás un poco irónica también, pero cálida que Soobin había visto innumerables veces dirigida solo a él.‎‎

—No. Eres el primer invitado que no viene a incendiar o destruir la residencia. Tómalo como una mejora.‎‎

Yeonjun se movió con eficiencia sorprendente para alguien que había estado profundamente dormido un momento antes. Puso agua a hervir en la pequeña resistencia eléctrica y sirvió el té. Las tazas estaban algo desconchadas, pero el vapor aromático de menta y un toque de manzanilla era reconfortante.‎‎

Soobin se sentó, no en el sofá ya que parecía demasiado frágil para un dragón, sino en la única silla de madera que no se tambaleaba visiblemente. Sostuvo la taza con ambas manos, observando la infusión con una mezcla de curiosidad y cautela. Era la primera vez que aceptaba algo así de alguien en la universidad.‎‎

—Gracias —murmuró.‎‎

—De nada.‎‎

Se quedaron en un silencio cómodo, roto solo por el suave sorber del de orbes anaranjados, quien volvió a mirar el libro de Herbología.‎‎

—Oh, no me digas. Hoy me quedé dormido intentando entender la tarea del profesor Trein—dijo, señalando una página abierta sobre especies de musgos raros—. Estoy intentando que Grim no suspenda otro examen. Esa pequeña criatura es casi como un hijo para mí a pesar de lo irritable que era en un inicio. Entendí que es más fácil para él aprender las cosas después de que yo intente crear nueva música. ‎‎

Soobin miró la página. Sus ojos, acostumbrados a leer grimorios ancestrales, analizaron el texto sin esfuerzo.‎‎

—Los musgos de roca de los Páramos... Sí, la diferencia entre Musgo Dracónico y Musgo de la Guardia Real es sutil, pero esencial para la poción de curación de nivel tres. La distinción es por la cantidad de Dra-magia latente absorbida de la piedra caliza circundante.‎‎

—¿Lo sabes de memoria? El profesor Trein solo mencionó eso de pasada...‎‎

—Es conocimiento básico para mi linaje —respondió Soobin, tomando un sorbo de té—. El Reino del valle de las espinas está construido sobre estas formaciones rocosas mágicas.‎‎A Yeonjun se le encendió una bombilla de manera descarada y sin pensarlo dos veces. La oportunidad era demasiado buena para dejarla pasar.

—Si es conocimiento básico para ti... —Yeonjun ladeó la cabeza, dejando que una sonrisa persuasiva se dibujara en su rostro—. Entonces, ¿por qué pierdo el tiempo peleando con el programa de Trein cuando tengo a la fuente original frente a mí?

Soobin arqueó una ceja, intrigado por el cambio de energía.

—¿Me estás sugiriendo que actúe como tutor, Hijo del Hombre?

—No solo tutor. Este dormitorio es un caos, pero es el único lugar en todo Night Raven donde puedes actuar como alguien corriente sin que nadie tiemble por tu presencia. —Yeonjun se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa para quedar a escasos centímetros del rostro de Soobin. Sus ojos, usualmente ocultos tras las gafas en las aulas, brillaban con una intensidad febril.—Podrías venir aquí a leer tus propios libros o a tomar el té en paz. A cambio, me das una mano con estas notas de Herbología y me cuentas más sobre esa magia de los Páramos. Es un intercambio justo, ¿no crees? Una “zona libre de prejuicios” por un poco de tu sabiduría. ¡¿Te imaginas la increible música que podría crear gracias a tu ayuda?!—mencionó con una sonrisa soñadora.

‎En ese instante, la habitación pareció desprenderse de la realidad. La emoción de Yeonjun, ese anhelo artístico y pragmático a la vez, actuó como un detonante para su magia latente. Ramshackle se convirtió en otro mundo: la mayoría de los objetos comenzaron a flotar en un vals gravitatorio; incluso Soobin sintió cómo su silla de madera se elevaba unos centímetros del suelo. Las luces parpadeaban en un ritmo errático y las paredes mismas parecieron entonar la melodía de una caja musical antigua y polvorienta.

Fue una explosión de creatividad pura y descontrolada que duró apenas unos segundos. Cuando Yeonjun se dio cuenta de que el Príncipe estaba flotando frente a él mientras las tazas de té giraban en el aire, el hechizo se rompió. Todo regresó a su sitio con un estrépito sordo, dejando a Yeonjun con las mejillas encendidas de vergüenza.

—Lo siento... —murmuró, jugando con aquel curioso accesorio en su cabeza y evitando la mirada esmeralda del contrario—. A veces mi magia decide que quiere su propia banda sonora. No es nada profesional de mi parte ser tan descuidado frente a las visitas.

Soobin, lejos de estar molesto, descendió a su posición original con una elegancia imperturbable. Observó los restos de la energía de Yeonjun que aún chispeaba en el aire. Nadie le había ofrecido nunca algo tan valioso como “ser alguien corriente”, y mucho menos lo habían hecho con una sinfonía tan honesta y caótica.

—Es una oferta que no puedo rechazar —respondió Soobin, con una suavidad que hizo que Yeonjun levantara la vista—. Si mi presencia ayuda a que este dormitorio componga melodías tan... Interesantes como si fuese ese mundo de ensueños, entonces vendré cada noche.


Esa noche, Ramshackle no vibraba con la música habitual. El ambiente se sentía pesado, como si el aire mismo estuviera perdiendo consistencia. En el rincón del taller, Yeonjun apenas parecía sostenerse sobre sus pies. Sus manos, que normalmente se movían con la precisión de un cirujano entre partituras y experimentos alquímicos, ahora temblaban levemente.

Su piel, usualmente de un blanco pulcro, se veía casi traslúcida bajo la luz de las velas, como si su propia esencia estuviera siendo consumida por la ambición de sus creaciones. El albino se reincorporó en su asiento al sentir la presencia de Soobin llegar a sus espaldas.

La pluma de sus dedos fue arrebatada por el más alto y el frasco de tinta fue cerrado antes de que el albino pudiera protestar.

‎—Tu mente es como un motor sin freno —sentenció Soobin, su voz resonando con una autoridad que no admitía réplicas—. Se niega a detenerse porque teme fallar.

—Supongo que sí —admitió el albino con la cabeza gacha, sintiendo que el peso de la gravedad finalmente le ganaba la partida.

‎—Ven aquí.—Yeonjun alzó la mirada, sorprendido por la firmeza del tono. Soobin señaló el sofá desvencijado pero cómodo que presidía la estancia.—Tienes que descansar. Y si no puedes hacerlo por tu cuenta, tendré que ayudarte.‎‎

Soobin usó su magia, no para conjurar una cama, sino para suavizar el ambiente. El aire se hizo más pesado, más tranquilo, teñido con un leve aroma a tierra fresca y tormenta. Era la magia de su tierra natal, un sutil pero poderoso hechizo de calma que a menudo usaba en sí mismo para conciliar el sueño en la ruidosa NRC.‎‎

Yeonjun se dejó caer en el sofá. Soobin se sentó al borde, manteniendo la distancia, pero su presencia era imponente y cálida.‎‎

—Cierra los ojos, Yeonjun—ordenó Soobin con suavidad, usando el nombre que casi nunca pronunciaba.‎‎

El albino obedeció, sintiendo que sus párpados pesaban inmediatamente. El hechizo era sutil, pero el cansancio acumulado era más sutil. Soobin notó la tensión en la mandíbula de Yeon. Necesitaba algo más. Algo que calmara el ruido interno del albino.

‎‎Sin pensarlo dos veces, Soo hizo algo que nadie más que él había escuchado en siglos.‎‎

Comenzó a tararear.‎‎

Era un sonido grave, bajo, casi inaudible para el oído humano normal, resonando más en el pecho que en los tímpanos. Era la canción de cuna del Valle de las Espinas, un canto antiguo de dragones para sus crías, que hablaba del vuelo bajo las lunas y del profundo sueño bajo la tierra protectora.‎‎

La melodía no tenía palabras, solo una vibración que parecía armonizar con las pulsaciones del corazón. Yeon, tendido en el sofá, sintió cómo se desvanecía. La resonancia mágica actuó como un bálsamo, relajando cada parte de él.‎‎

Yeon abrió un ojo por un momento, solo para ver a Soobin. El Príncipe Dragón miraba el techo con una expresión infinitamente distante y melancólica, como si estuviera reviviendo un recuerdo de la infancia, ajeno, estaba revelando una parte tan vulnerable de sí mismo.‎

El mundo físico pronto se desvaneció como una pintura bajo la lluvia. Yeonjun ya no era el líder de un dormitorio en ruinas, sino un príncipe de la ilusión envuelto en seda y jazmín. Frente a él, el Jardín Nocturno resplandecía bajo la luna roja, un reino de cristal negro y enredaderas de plata donde el tiempo se había detenido por siglos.

Allí estaba él: el ser de ojos esmeralda, la tormenta ancestral que siempre parecía estar a punto de estallar, pero que siempre permanecía contenida.

Durante muchas noches, el silencio había sido su única corona. Una fuerza invisible, nacida de sus respectivas soledades y del peso de sus linajes, les robaba las palabras en cuanto intentaban pronunciarlas. Se limitaban a ofrecerse flores de cristal, gestos de una ternura callada que bastaban para demostrar que no eran una amenaza, sino un refugio.

Pero hoy, la desesperación de Soobin era más fuerte que la magia natural del sueño.

Yeonjun avanzó con una lentitud poética, cada paso una batalla contra la marca en su cuello que pulsaba al ritmo de la magia del fae. Sus dedos buscaron la mano de poder ancestral de Soobin. En ese instante, el aire del jardín vibró como una cuerda de arpa tensada hasta el límite. Soobin no se limitó a aceptar el contacto; estrechó la mano del albino contra su pecho, justo sobre el lugar donde debería latir un corazón humano, buscando anclar esa “reverberación de luz de luna” a su propia existencia.

—Yeonjun... —El nombre brotó de los labios de Soobin no como un susurro, sino como un hechizo que rompía una maldición de siglos.—. Caminé contigo en este sueño tantas veces que mi propia alma ha olvidado cómo respirar sin tu melodía. Eres aquel que me salvó de mi torre de cristal.

Yeonjun, el “Rey de Halloween” que siempre tenía una respuesta teatral para todo, sintió que su máscara de estrella de rock se desmoronaba finalmente. Sus ojos anaranjados, usualmente cargados de una chispa desafiante, se humedecieron ante la intensidad de esa mirada esmeralda que, por primera vez lo “veía” por completo en su esencia más pura.

Soobin, pese a su poder capaz de mover montañas, no había podido evitar caer víctima del Overblot meses atrás. Aquella realización fue una herida abierta: su deseo desesperado de proteger a quienes amaba se había transformado en la misma jaula de espinas que terminó por asfixiarlos. Al despertar del frenesí de su magia desbordada, el príncipe había observado con amargura cómo su miedo a la soledad y al paso implacable del tiempo lo llevaron a pisotear la voluntad de sus amigos. Comprendió, con una lucidez dolorosa, que un mundo de sueños eternos no era más que una existencia vacía si se carecía de la libertad de elegir.

Su pesar no nacía solo del caos causado en el campus, sino de la humillación de admitir que, a pesar de ser uno de los magos más fuertes del mundo, era un analfabeto en los asuntos de su propio corazón. Frente a Yeonjun, se sentía más pequeño y solo que nunca, cargando con el peso de haber estado a punto de condenar a la única persona que lo trataba con normalidad.

Soobin había tenido pavor de volver al mundo onírico. Temía que, al usar su magia especial de nuevo, el escenario se convirtiera otra vez en una prisión. Sin embargo, al ver que Yeonjun no oponía resistencia alguna, que se entregaba a ese sueño compartido con una confianza absoluta, sintió una cura de aceptación que no merecía, pero que necesitaba desesperadamente. Era el perdón silencioso de alguien que también sabía lo que era vivir entre sombras.

—Tuve miedo de que, al cerrar los ojos conmigo, te sintieras un prisionero de nuevo —susurró Soobin, su voz quebrándose ligeramente mientras entrelazaba sus dedos con los del albino—. Pero aquí estás... Dándome tu libertad como si no fuera nada.

—Si esto es un sueño, no quiero despertar jamás —respondió Yeonjun. Su voz se entrelazó con la de Soobin mientras, bajo sus pies, las rocas de cristal negro comenzaban a transformarse, floreciendo en un verde esmeralda vibrante que devolvía la vida al páramo—. Porque si te conozco, sé que me amarás, tal como lo hiciste una vez... En mi propio sueño.

En ese jardín, bajo la mirada de una luna que ya no representaba una amenaza de olvido sino un testigo silencioso, los dos “monstruos” de Night Raven College aún buscaban dejar de luchar contra su propia soledad. El silencio sepulcral que antes los separaba se transformó en una canción que prometía que, sin importar cuán alto los elevara la magia o cuán profundo los hundiera el destino, nunca más volverían a estar solos.

“Con miedo al amanecer

Pido un deseo una y otra vez

Para despedir al solitario cielo y para una salvación por amor

Campanas, carguen con mi deseo

Si es que está permitido

En la felicidad o en la tristeza

Permanezcamos juntos

La voz de una persona resplandeciente

Una persona llena de sonrisas

Por favor guía mi camino, luz resplandeciente.”