LOS DESAMPARADOS

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Summary

En la vasta y desolada inmensidad de la estepa siberiana, la una narrativa densa y profundamente simbólica que explora los límites de la psique humana frente a la culpa, la fe y la muerte. La obra se estructura como un viaje tanto físico como metafísico, donde dos hermanos, Iván y Dmitri, se encuentran confinados en un vagón de carga que atraviesa una «eternidad blanca» mientras custodian el cadáver de su padre en una caja de pino. El motor central del relato es la tensión irreconciliable entre los protagonistas. Iván, el hermano menor, es un hombre forjado en la lógica de los enciclopedistas que ve el universo como un vacío astronómico regido por las leyes de la física y la entropía. Para él, la muerte es simplemente «la ausencia de temperatura» y el fin de un proceso biológico. Por el contrario, Dmitri, el mayor, está imbuido de un misticismo sufriente; lleva una cruz de plata y percibe la realidad a través del lente del sacrificio y la redención cristiana.

Status
Ongoing
Chapters
25
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Capítulo 1

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento de su propia conciencia, Iván recordaría aquella tarde remota en que su hermano Dimitri sacó el cuchillo para partir el pan en el vagón de carga que atravesaba la eternidad blanca de Siberia.


El tren no era una máquina, sino una bestia prehistórica de hierro y vapor que tosía hollín sobre una nieve tan antigua que ya había olvidado el nombre de los colores. Avanzaban hacia el este, o tal vez hacia el centro de un espejo, arrastrando en una caja de pino sin cepillar el cadáver de su padre, un hombre que en vida había ocupado tanto espacio con sus gritos que ahora, muerto, su silencio pesaba más que el plomo de los Urales.


El vagón olía a grasa rancia, a orina congelada y a ese aroma dulzón y persistente de los claveles marchitos que Dimitri, en un arrebato de piedad inútil, había depositado sobre la tapa del ataúd.


Dimitri, el mayor, el que llevaba la cruz de plata quemándole el pecho bajo tres capas de lana, sostenía el cuchillo. Era una hoja de acero de Damasco, una herencia absurda para dos hombres que no tenían más patrimonio que su propia fatiga. Lo limpiaba con la manga de su abrigo, con una meticulosidad litúrgica, como si en el brillo del metal pudiera leerse el versículo final del Apocalipsis. Iván lo observaba desde el rincón opuesto, ovillado entre mantas que parecían pieles de animales sarnosos. Iván, el que había leído a los enciclopedistas y había decidido que el cielo era un vacío astronómico, sentía que cada pasada de la tela sobre el acero era un insulto a su inteligencia, una provocación teológica.


—El acero tiene memoria —dijo Dimitri sin levantar la vista, su voz ronca por el tabaco y el rezo—. Recuerda la mano que lo forjó.


—El acero es una aleación de hierro y carbono —respondió Iván, con esa precisión fatigada de quien ha explicado el truco de magia mil veces—. No tiene memoria, Dimitri. Solo tiene filo. Y el filo es indiferente a quién corta.


Dimitri se detuvo. La luz grisácea que se filtraba por las rendijas del vagón iluminó la mitad de su rostro, dejando la otra en una penumbra goyesca, revelando la dualidad de un santo torturado. Levantó la hogaza de pan negro, dura como una piedra de río, y apoyó el cuchillo sobre la corteza.


El aire en el vagón se tensó. No era el frío siberiano, capaz de convertir las lágrimas en diamantes antes de tocar el suelo; era la tensión de dos almas que orbitaban abismos opuestos. El padre, desde su caja, parecía escuchar. La presencia del muerto era tan sólida que Iván tuvo que reprimir el impulso de ofrecerle un cigarrillo.


Dimitri presionó la hoja. El crujido del pan seco sonó como la ruptura de un hueso pequeño.


—Padre decía que el pan es el cuerpo de Dios —murmuró Dimitri, y sus ojos se humedecieron con esa facilidad lacrimosa que Iván detestaba, esa sensiblería rusa que mezcla el vodka con el agua bendita.


—Padre decía muchas cosas cuando no estaba golpeando a madre o perdiendo la dicha en las cartas —replicó Iván. Su voz era seca, un desierto de lógica—. Corta el pan, hermano. El hambre es lo único real en este tren. Lo demás es literatura.


Dimitri cortó. No fue un movimiento brusco, sino una incisión quirúrgica. Separó una rebanada gruesa, irregular, y la sostuvo en la punta del cuchillo, extendiéndola hacia Iván a través de la penumbra oscilante del vagón.


Ese fue el duelo.


No hubo espadas ni pistolas al amanecer. Hubo un trozo de pan suspendido en el aire viciado, ofrecido por una mano que creía en la redención y rechazado en silencio por una mente que solo creía en la entropía. Iván miró el pan. Si lo tomaba, aceptaba la caridad cristiana de Dimitri, se sometía a la jerarquía del hermano mayor, validaba el ritual. Si lo rechazaba, el orgullo lo mataría de hambre antes de llegar a Irkutsk.


El tren dio una sacudida violenta, como si hubiera tropezado con el cadáver de un mamut enterrado en la vía. El cuchillo no tembló en la mano de Dimitri. Su pulso era firme, sostenido por esa fe ciega que permite a los mártires sonreír en la hoguera.


—Come —dijo Dimitri. No era una orden, era una súplica. O quizás una sentencia.


Iván extendió la mano. Sus dedos, entumecidos por un frío que llevaba siglos habitando aquellas estepas, rozaron la corteza. Sintió la aspereza, la realidad material del trigo. Tomó el pan, pero no miró a los ojos de su hermano. Miró el cuchillo. Ese objeto brillante, ese Zahir que ahora descansaba entre ellos, era la única verdad. Podía servir para repartir la vida o para quitarla. La diferencia residía únicamente en la voluntad de la mano, y la voluntad, pensó Iván con un escalofrío dostoievskiano, es el más terrible de los tormentos.


—Gracias —dijo Iván. La palabra salió de su boca como un insecto extraño.


Dimitri asintió y procedió a cortar su propia parte. Masticaron en silencio. El ruido de sus mandíbulas se mezclaba con el traqueteo rítmico de las ruedas sobre los rieles, un metrónomo que medía el tiempo hacia la nada. Afuera, la estepa pasaba volando, un océano blanco y monótono donde los lobos aullaban canciones de cuna para los que iban a morir.


De pronto, Dimitri dejó de masticar. Miró el ataúd.


—¿Crees que tiene frío? —preguntó.


Iván tragó el bolo de pan seco, que le raspó la garganta como lija.


—Está muerto, Dimitri. La muerte es la ausencia de temperatura. Es el equilibrio térmico perfecto. No siente frío, ni calor, ni remordimiento.


—Yo siento que tiene frío —insistió Dimitri, y se quitó su propio abrigo, quedándose en camisa en aquel congelador rodante.


—No lo hagas —advirtió Iván, sintiendo una oleada de irritación que le subía por el esófago—. Es un gesto teatral. Es inútil. La madera no necesita tu calor.


Pero Dimitri ya se había levantado. Con movimientos lentos, solemnes, cubrió el ataúd con su abrigo raído. Lo alisó con ternura, como quien arropa a un niño enfermo. Luego volvió a su rincón, tiritando, con los labios azules, pero con una sonrisa beatífica que a Iván le pareció la mueca de un demente.


—Ahora estamos todos iguales —dijo Dimitri, frotándose los brazos—. El pan compartido, el frío compartido.


Iván cerró los ojos. La lógica de su hermano era un laberinto circular del que no se podía salir mediante la razón. Dimitri había convertido el sufrimiento en una moneda de cambio con lo divino. Iván, en cambio, solo tenía su resistencia. Su capacidad para soportar el vacío sin adornarlo con metáforas.


El tren aulló de nuevo, un lamento largo y desgarrador que pareció rasgar el cielo de plomo. Iván apretó el puño dentro de su bolsillo. Allí guardaba una piedra pequeña, lisa, que había recogido antes de subir. No era nada. Solo una piedra. Pero era suya. Era su ancla en la realidad, su prueba de que el mundo existía sin necesidad de un creador.


—Faltan tres días para Irkutsk —dijo Iván, rompiendo el silencio litúrgico.


—O tres siglos —respondió Dimitri, cerrando los ojos—. El tiempo es una invención de los hombres para no volverse locos con la eternidad de Dios.


Iván miró el cuchillo, que había quedado olvidado sobre la caja de municiones que usaban como mesa. Brillaba con una luz propia, maligna y pura. Sabía que, antes de que el viaje terminara, ese cuchillo volvería a ser el centro del universo. Y sabía, con el terror lúcido de un personaje de tragedia, que la verdadera batalla no era por el pan, sino por quién sostendría el mango cuando el silencio se volviera insoportable.