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La Frecuencia de la Inocencia

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Summary

"¿Qué pasaría si tu canción favorita pudiera regresarte a la época en la que fuiste más feliz?" Sam tiene veintiséis años, un trabajo agotador y una familia que solo valora sus logros. Pero bajo su traje de oficina, esconde un secreto que lo mantiene a salvo del colapso: el deseo de ser cuidado. Al descubrir "La Hacienda", un refugio oculto en el corazón de Monterrey, Sam se sumerge en un mundo donde un viejo tocadiscos tiene el poder de devolverle la infancia a los adultos rotos. Pero Sam no es un residente común; él es un Sincronizador. Su don le permite entrar en las mentes de los "Silenciadores" —seres consumidos por la amargura del mundo real— para rescatar sus notas perdidas. Entre biberones, canciones de Harry Styles y el miedo a ser descubierto por su estricto tío, Sam deberá aprender que la mayor valentía no es crecer, sino permitirse ser vulnerable. Una historia sobre el niño interior, el trauma generacional y la música que nos salva de la oscuridad.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

El Peso de la Rutina

Me quedé un segundo más de lo normal frente al espejo del baño de la secundaria.

Me acomodé el cuello de la camisa, empapada de sudor tras toda la jornada.

Estaba cansado, pero lucir mal no era opción.

Afuera, el último timbre del viernes desató el caos habitual en el pasillo. Las voces empezaron a mezclarse con gritos, risas y groserías.

Cerré los ojos y me concentré en el sonido del agua saliendo del grifo. Era uno de los pocos sonidos que me relajaban.

Salí del baño y caminé por el patio central. Asentí cuando algunos compañeros se despidieron de mí.

Más adelante, escuché a dos maestros hablando de una profesora.

—¿Sí viste como venía hoy...?

Las risas me hicieron bajar la mirada.

Saqué los audífonos de mi mochila y me los puse.

Empujé la puerta principal y me senté en una banca a esperar el camión.

Afuera, los alumnos corrían de un lado a otro mientras los del turno vespertino empezaban a llegar. Una señora acomodaba tacos y gorditas en un puesto junto a la banqueta. Un perro salió disparado detrás de un gato que desapareció entre los carros.

Saqué el celular.

Busqué mi canción favorita y le di play.

Viennaempezó a sonar.

Cerré los ojos. El ritmo tranquilo de la canción fue aflojando poco a poco la tensión de mis hombros.

Pensé en Daniel.

Quizás ya estaría saliendo de la escuela.

Abrí los ojos de nuevo.

Un camión pasó de largo, lleno de gente sudada y de pie. El chofer ni siquiera bajó la velocidad.

El transporte escolar dejó a los alumnos del turno vespertino, y poco a poco, la calle empezó a vaciarse frente a mí.

Finalmente, llegó el siguiente camión.

Subí y me abrí paso entre la gente, sosteniendo la mochila contra el pecho.

El camión avanzó lentamente entre el tráfico de la tarde.

Un rato después, me bajé para esperar el siguiente transbordo.

Dos conductores bajaron las ventanas para gritarse desde carriles distintos.

—¡Te voy a partir tu madre!

Subí un poco más el volumen de la música.

Me senté en la parada y cerré los ojos.

Intenté imaginar mi cuarto.

Mi espacio.

Mis cajones.

Mis cosas.

Sonreí.

No necesitaba que nadie más lo entendiera.

La avenida Miguel Alemán era una fila interminable de carros, tráileres y camiones avanzando a vuelta de rueda.

Perdí la cuenta de cuántos camiones pasaron de largo antes de lograr subir al siguiente.

Me subí al Ruta 111 y busqué un asiento junto a la ventana.

El trayecto hasta Pesquería era largo, pero la voz deLana Del Reyhacía que el camino se sintiera un poco más corto.

Conforme avanzábamos, más gente empezó a subir.

El aire empezó a volverse más pesado.

Sudor de jornadas largas, aliento pesado y el olor del pañal sucio del bebé que una mujer llevaba en brazos.

Abrí un poco más la ventana junto a mí.

Billie Eilishterminó su canción justo en el momento que toqué el timbre para bajar.

Caminé las últimas cuadras rumbo a la casa de mi tío.

En la calle había algunas fiestas. Puestos de comida. Niños entrando al kínder. Perros callejeros.

Pensé en Daniel.

¿Ya habría comido algo?

Aceleré el paso.

Al llegar a la casa de fachada verde, abrí la puerta despacio.

Ricardo seguía hundido en el sillón, con varias cervezas vacías sobre la mesa.

Ni siquiera levantó la vista.

Subí las escaleras procurando hacer el menor ruido posible.

El narrador deportivo seguía gritando desde la televisión.

Daniel ni siquiera levantó la mirada cuando me acerqué.

Estaba acostado boca abajo sobre la cama, deslizando el dedo por la pantalla del celular con movimientos rápidos y automáticos.

La luz azul le iluminaba la cara.

—Hola, Dani. ¿Qué ves?

—Nada.

Me senté a un lado de él.

Todavia llevaba puesto su uniforme de la primaria.

—¿Por qué no te has quitado tu uniforme?

Se encogió de hombros.

—No quería.

Giró el celular hacia mí.

Era un video de un perrito usando zapatos. Probablemente estaba hecho con inteligencia artificial.

Aun así, solté una risa.

—¿Y eso te da risa? —pregunté.

Daniel apenas sonrió.

—Mira cómo camina.

El perro avanzaba torpemente por el piso mientras sonaba una música ridícula de fondo.

Terminé viendo el vídeo completo.

Luego otro.

Y otro.

Y otro.

Era adictivo.

—¿Ya comiste? —pregunté—

Negó con la cabeza.

—No me gusta que pases tanto tiempo viendo vídeos.

Daniel dejó escapar un suspiro.

—No eres mi papá.

Sentí una punzada en el pecho.

—Oye, eso me dolió.

—¿Vas a llorar?

—Dani...

No respondió.

Siguió deslizando el dedo por la pantalla.

Él no era así.

Sentí un nudo en la garganta.

Algo estaba pasando.

—Daniel ¿todo bien en la escuela?

Puse una mano sobre su hombro.

Entonces se quebró.

Dejó el celular sobre la cama.

Empezó a sollozar.

—N... no.

—¿Qué pasó?

—Unos niños se burlaron de mí porque les dije que me gustaba Bluey.

Guardé silencio unos segundos.

Después le despeiné el cabello.

—Dani...

—También se burlaron de que me gusta jugar con mi dinosaurio. Dicen que ya estoy muy grande y que eso es para bebés.

Suspiré.

Solo tenía diez años, pero ya empezaba a sentir que había cosas para las que era demasiado grande.

—A mí también me gusta ver Bluey contigo.

Sollozó un poco más.

—S... sí. Pero...

Se lanzó a abrazarme.

Lo abracé de vuelta sin decir nada.

—Ven, vamos a comer.

Sonrió.

Caminamos escaleras abajo hasta la cocina.

Daniel abrió el refrigerador.

—Quiero macarrones con queso.

—Ya no quedan.

Hizo una mueca.

—Pero ocupamos leche.

—Cierto.

—Ya casi no hay.

—Pues no. Tomas muchísima leche. Pareces un becerrito.

Eso lo hizo reír.

—Cállate.

—No.

—¡Sam!

—¿Qué?

Daniel bajó la mirada por un instante.

—Te quiero mucho.

Sonreí.

—Yo también te quiero, enano.

—No soy enano. Ya soy grande.

—¡Uy! Todo un adulto.

Me dio un golpe en el hombro.

—Cállate.

—Óbligame.

Frunció el ceño, intentando verse enojado.

—Te odio.

—No es cierto.

Aguantó la mirada unos segundos.

Después sonrió.

—Está bien.

—Bueno, señor adulto, ¿qué quiere comer hoy?

—No lo sé. ¿Cereal?

—Acabas de decir que no hay leche.

—Cierto.

—Podemos pedir una pizza.

—No me gusta el tomate.

—Pero comes cátsup.

Daniel se encogió de hombros.

—¿Un biberón, tal vez?

Me dio un golpe en el hombro.

—¡Oye!

—¿Qué? —dije, sonriendo.

—¿Cómo que un biberón?

—Pues después de todo el drama que hiciste...

—¡Cállate! ¡No soy un bebé!

—Mira al bebito haciendo berrinches. ¿Ocupa un cambio?

Daniel cruzó los brazos y empezó a zapatear.

—¡No soy un bebé!

La discusión siguió varios minutos.

Hasta que recordé que era lo que estábamos haciendo en la cocina.

—Bueno, ya. ¿Pido la pizza o no?

—¿Se puede sin tomate?

—Puedo pedir una de queso.

Noté como se le iluminaron los ojos.

—¡Si!

Pedí la pizza por la aplicación y subimos a su cuarto a ver la televisión mientras esperábamos.

—¿Qué quieres ver?

—Los Jóvenes Titanes.

Sonreí.

—¿En serio? ¡Yo también veía esa serie! ¿Te gusta?

Daniel asintió.

—Me encanta. Es muy divertida.

Fruncí el ceño.

—Qué raro... Yo la recordaba diferente.

—Sí. Hacen muchas tonterías.

—¿Tonterías? No. Ellos se dedicaban a salvar el mundo.

—O sea, sí... pero siempre hacen puras tonterías.

Tomó el control y empezó a navegar por la aplicación de streaming.

Seleccionó un episodio y le dio play.

El intro comenzó a sonar.

Era completamente distinto al que me había acompañado durante mi infancia.

—¿Qué es esto? —pregunté—

—Los Jóvenes Titanes. —dijo Daniel—

Y sí, lo eran.

Estaban Robin, Raven, Cyborg, Starfire y Chico Bestia. Eran los mismos personajes que recordaba, pero con una animación completamente distinta.

Algunas escenas me hicieron soltar una carcajada.

—Yo veía otra serie.

—¿En serio?

Asentí.

—Es que eres un anciano.

—Tengo veinticinco.

—Y yo diez.

—Touché.

Sonrió.

Había ganado.

En ese momento recibí una notificación.

El repartidor de la pizza estaba por llegar.

Bajé las escaleras para recibirla.

Le pagué y regresé al cuarto.

La puerta estaba cerrada.

No le di importancia.

La abrí.

Daniel estaba en ropa interior.

En cuanto me vio, tomó la cobija y se cubrió.

—Estaba cambiándome.

—Perdón —dije.

Salí del cuarto.

No esperaba que se fuera a cambiar.

Hasta pensé que dormiría con el uniforme.

Unos minutos después, abrió la puerta.

Ahora llevaba un short y una playera de Bob Esponja.

—Eso fue incómodo.

Asentí.

—Lo siento.

Entré al cuarto y me senté en la cama.

Busqué una película para ver junto a él.

—No vayas a poner películas de viejitos.

—Cállate.

ElegíLa Familia del Futuro.

Tomé un pedazo de pizza.

Noté que Daniel poco a poco dejaba de mirar la comida para concentrarse en la película.

—Hoy un niño vomitó en mi salón—dijo de repente—

—Qué agradable conversación para la hora de la cena.

—¡Nos cayó cerquita!

Eso me hizo reír otra vez.

La película continuó mientras comíamos la pizza.

En la pantalla apareció la escena donde uno de los personajes decía que todos lo odiaban.

Daniel bajó la mirada.

—A veces me siento así en la escuela.

—Pero ¿sí viste que era mentira? Todos lo estaban felicitando.

Daniel siguió mirando la pantalla.

—Pero él creía eso.

Me quedé en silencio.

—Oh.

Daniel se acomodó mejor entre las almohadas hasta terminar recargándose contra mi brazo.

No dije nada.

Su cabello olía a shampoo barato y cereal de chocolate.

Seguimos viendo la película en silencio unos minutos más.

—Sam.

—¿Hm?

—Me gusta cuando llegas temprano.

Seguí mirando la pantalla unos segundos antes de responder.

—¿Sí?

Daniel asintió.

—La casa se siente menos enojada.

Sentí un nudo en la garganta.

Luego, despeiné su cabello con cuidado.

—Ven acá, dramático.

Daniel soltó una risita y terminó abrazándome por la cintura.

Daniel empezó a bostezar.

—Hora de dormir —murmuré.

—No tengo sueño.

—Daniel...

—No tengo clases mañana.

Eso me hizo sonreír.

—Qué conveniente.

Apagué la televisión mientras él se quejaba en voz baja.

—¡Oye!

—Ya es tarde.

Daniel dejó caer el cuerpo dramáticamente sobre la cama.

—Sí, sí. Párate.

Abrí uno de los cajones y saqué su pijama: pantalones suaves de dinosaurios y una camiseta demasiado grande para él.

Daniel se sentó en la orilla de la cama mientras se quitaba la sudadera.

—Creo que ya me queda chiquita—dijo, mirando las mangas.

—Estás creciendo muy rápido.

Le pasé la camiseta.

—Levanta los brazos.

Obedeció sin abrir del todo los ojos.

Terminé de acomodársela y volvió a dejarse caer sobre la cama, abrazando una almohada contra el pecho.

—Cuando tenga dinero me voy a comprar un dinosaurio gigante—murmuró—

—¿Ajá?

—De verdad. Así nadie me molestaría.

Solté una risa mientras recogía los tazones vacíos.

—¿Y dónde piensas meter un dinosaurio?

Daniel abrió un ojo.

—En el patio.

—Tu papá se infartaría.

Eso lo hizo reír.

Me senté a su lado mientras el ventilador giraba lentamente sobre nosotros.

—Sam.

—¿Hm?

—¿Tu querías crecer cuando eras niño?

La pregunta me sorprendió. Miré el techo antes de responder.

—Creo que sí.

—¿Y te arrepientes?

Sentí un nudo extraño en el pecho.

El narrador del partido seguía retumbando desde la planta baja.

—Ahora creo que estoy muy cansado para saberlo.

Daniel bostezó otra vez.

—Ponte el pantalón antes de dormirte —murmuré—

Daniel dejó escapar un quejido dramático.

—No quieroo.

—Daniel.

—Cinco minutos.

—Te vas a quedar dormido así.

Gruñó bajito antes de incorporarse sobre la cama. Se puso el pantalón de dinosaurios con movimientos torpes, todavía medio dormido.

No pude evitar reirme un poco.

—No te burles.

—Pareces un pingüinito.

—Cállate.

Cuando terminó se dejó caer sobre la almohada y se envolvió en las cobijas.

Me levanté despacio y acomodé la manta sobre sus hombros.

Daniel ya tenía los ojos medio cerrados.

—Buenas noches,Sam —murmuró.

Me incliné y le di un beso en la frente, apártandole el cabello con cuidado.

—Buenas noches, Dani.

Él sonrió, todavía adormilado.

Salí del cuarto y cerré la puerta con cuidado.

El pasillo se volvió silencioso, interrumpido únicamente por los comentarios finales del partido.

Entré a mi cuarto y cerré la puerta con seguro.

El silencio me golpeó de inmediato.

Mi escritorio seguía lleno de planeaciones y trabajos que debía revisar el fin de semana.

Los ignoré.

Me quité los audífonos y abrí el ultimo cajón del clóset.

Mis manos dudaron apenas un segundo antes de apartar unas sudaderas dobladas y sacar el paquete escondido debajo.

El plástico crujió suavemente entre mis dedos.Solté el aire lentamente.

Me senté en la orilla de la cama mirando el pañal sobre mis piernas mientras el celular seguía reproduciendo mi canción favorita.

Cerré los ojos.

Y por primera vez desde que salí de la secundaria, sentí que podía respirar de verdad.

Chapters
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