El Compás de la Inocencia
Me quedé un segundo más frente al espejo del baño de la secundaria. Me acomodé el cuello de la camisa, húmeda de sudor después de todo el día.
Afuera, el último timbre del viernes desató el caos habitual. Las voces empezaron a mezclarse en el pasillo: gritos, risas, groserías. Cerré los ojos y me concentré en el sonido del agua saliendo del grifo.
Caminé por el patio central de la escuela. Asentí cuando algunos compañeros se despidieron.
Más adelante, escuché a dos maestros hablando de una profesora.
—Sí viste cómo venía hoy...
Las risas me hicieron bajar la mirada. Me puse los audífonos antes de seguir escuchando.
Empujé la puerta principal y me senté en una banca a esperar el camión.
Viennaempezó a sonar en mis audífonos.
Subí un poco el volumen y me quedé mirando el tráfico.
Un camión pasó de largo, lleno de gente sudada y de pie. El chofer ni siquiera bajó la velocidad. Seguí escuchando la canción.
Finalmente llegó el siguiente camión. Subí y me abrí paso entre la gente, sosteniendo la mochila contra el pecho. Me quedé de pie mirando el tráfico avanzar entre humo y calor.
Me bajé del camión para esperar el siguiente transbordo. Dos conductores empezaron a gritarse desde carriles distintos.
—¡Te voy a partir tu madre!
Subí otra vez el volumen de los audífonos.Me senté en la parada y cerré los ojos un momento.
Intenté imaginar mi cuarto.
Perdí la cuenta de cuántos camiones pasaron antes de lograr subir al siguiente.
El aire caliente me golpeó apenas entré.
Avancé hacia el fondo haciendo una mueca.
Sudor atrapado después de jornadas largas, aliento pesado y el olor del pañal sucio de un bebé que una mujer llevaba en brazos.
Abrí un poco más la ventana junto a mí.
Los acordes de otra canción terminaron acompañándome el resto del trayecto hasta la casa de mi tío.
Al llegar, abrí la puerta despacio, esperando que el sonido de la cerradura se perdiera entre los gritos del partido.
Ricardo seguía hundido en el sillón con varias cervezas sobre la mesa.
Ni siquiera levantó la vista.
Subí las escaleras intentando hacer el menor ruido posible.
El narrador seguía gritando desde la televisión mientras una botella chocaba contra otra en la sala.
Daniel ni siquiera levantó la mirada cuando me acerqué.
Seguía acostado boca abajo sobre la cama, deslizando el dedo por la pantalla del celular con movimientos rápidos y automáticos.
La luz azul le iluminaba la cara.
—¿Qué ves? —pregunté en voz baja.
—Nada.
Me senté a un lado de él.
Después de unos segundos, giró el celular hacia mí.
Era un video de un perrito usando zapatos.
Solté una risa cansada.
—¿Y eso te da risa?
Daniel apenas sonrió.
—Mira cómo camina.
El perro avanzaba torpemente sobre el piso mientras sonaba música ridícula de fondo.
No entendí por qué, pero terminé viendo el video completo. Luego otro. Y otro.
Daniel bostezó.
—¿Ya cenaste? —pregunté.
Se encogió de hombros sin apartar la vista del celular.
Probablemente no.
Suspiré y le despeiné el cabello.
—Ven. Vamos por cereal antes de que tu papá se acabe la leche otra vez.
Eso hizo que Daniel soltara una pequeña risita y dejara el celular sobre la cama.
Lo seguí escaleras abajo mientras el ruido del partido seguía retumbando desde la sala. Mi tío ni siquiera nos vio cuando entramos a la cocina.
Daniel abrió el refrigerador primero.
—Ya casi no queda leche.
—Te dije. Sobrevive el más rápido.
—Eso no tiene sentido.
Saqué dos tazones de la alacena mientras Dani buscaba el cereal de chocolate.
—¿Normal o con mucho chocolate?
Me miró ofendido.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
Solté una risa.
Dani se sentó sobre la barra de la cocina mientras yo servía la leche. Balanceaba las piernas distraídamente.
—Hoy un niño vomitó en mi salón—dijo de repente—
—Qué agradable conversación para la hora de la cena.
—¡Nos cayó cerquita!
Eso me hizo reír otra vez.
Tomó su tazón y empezó a subir las escaleras conmigo detrás.
—¿Qué quieres ver? —pregunté—
Daniel se encogió de hombros.
—No sé. Lo que tú quieras.
Entramos al cuarto. Tomé el control remoto y dudé un segundo antes de buscar una caricatura que no veía desde hace años.
Mansion Foster para Amigos Imaginarios.
La intro empezó a sonar suavemente.
Dani dejó el tazón sobre sus piernas.
—¿Qué es eso?
Me acomodé a su lado mientras Bloo aparecía en la pantalla.
Soltó una risa bajita.
—Está raro.
—Tu estás raro.
—Sí, pero yo no salgo en la tele.
Rodé los ojos mientras me llevaba una cucharada de cereal a la boca.
La música de la caricatura llenó el cuarto.
Daniel se acomodó mejor entre las almohadas hasta terminar recargándose contra mi brazo.
No dije nada.
Su cabello olía a shampoo barato y cereal de chocolate.
Seguimos viendo la caricatura en silencio unos minutos más.
—Sam.
—¿Hm?
—Me gusta cuando llegas temprano.
Miré la pantalla un momento antes de responder.
—¿Sí?
Daniel asintió, todavía abrazando el tazón contra el pecho.
—La casa se siente menos enojada.
Tragué saliva.
Luego, despeiné su cabello con cuidado.
—Ven acá, dramático.
Daniel soltó una risita y terminó abrazándome por la cintura.
La caricatuta siguió avanzando mientras Daniel terminaba el cereal poco a poco. Empezó a bostezar a media escena, aunque intentó disimularlo.
—Hora de dormir—murmuré.
—No tengo sueño.
—Daniel.
—No tengo clases mañana.
Eso me hizo sonreír.
—Que conveniente.
Apagué la televisión mientras el se quejaba en voz baja.
—¡Oye!
—Ya es tarde.
Daniel dejó caer el cuerpo dramáticamente sobre la cama.
—Sí, sí. Párate.
Abrí uno de los cajones y saqué su pijama: pantalones suaves de dinosaurios y una camiseta demasiado grande para él.
Daniel se sentó en la orilla de la cama mientras se quitaba la sudadera.
—Creo que ya me queda chiquita—dijo, mirando las mangas.
—Estás creciendo muy rápido.
Le ayudé a acomodarse la camiseta mientras él seguía medio dormido, dejando que yo hiciera todo sin protestar demasiado.
—Levanta los brazos.
Obedeció inmediatamente.
Después se dejó caer otra vez sobre la cama, abrazando una almohada contra el pecho.
—Cuando tenga dinero me voy a comprar un dinosaurio gigante—murmuró—
—¿Ajá?
—De verdad. Así nadie me molestaría.
Solté una risa mientras recogía los tazones vacíos.
—¿Y dónde piensas meter un dinosaurio?
Daniel abrió un ojo.
—En el patio.
—Tu papá se infartaría.
Eso lo hizo reír.
Me senté a su lado mientras el ventilador giraba lentamente sobre nosotros.
—Sam.
—¿Hm?
—¿Tu querías crecer cuando eras niño?
La pregunta me sorprendió. Miré el techo antes de responder.
—Creo que sí.
—¿Y te arrepientes?
Sentí un nudo extraño en el pecho. El ruido de la televisión seguía atravesando la casa.
Le revolví el cabello con suavidad.
—Ahora creo que estoy muy cansado para saberlo.
Daniel bostezó otra vez.
—Ponte el pantalón antes de dormirte —murmuré—
Daniel dejó escapar un quejido dramático.
—No quieroo.
—Daniel.
—Cinco minutos.
—Te vas a quedar dormido así.
Gruñó bajito antes de incorporarse sobre la cama. Se puso el pantalón de dinosaurios con movimientos torpes, todavía medio dormido.
No pude evitar reirme un poco.
—No te burles.
—Pareces un pingüinito bebé.
—Cállate.
Cuando terminó se dejó caer sobre la almohada y se envolvió en las cobijas.
Me levanté despacio y acomodé la manta sobre sus hombros.
Daniel ya tenía los ojos medio cerrados.
—Buenas noches,Sam —murmuró.
Me incliné y le di un beso en la frente, apártandole el cabello con cuidado.
—Buenas noches, Dani.
Él sonrió, todavía adormilado.
Apagué la televisión, dejando únicamente el sonido del ventilador.
Salí del cuarto y cerré la puerta con cuidado.
El pasillo se volvió silencioso, interrumpido únicamente por los comentarios finales del partido.
Entré a mi cuarto y cerré la puerta con seguro.
El silencio me golpeó de inmediato.
Solté el aire lentamente.
Mi escritorio seguía lleno de planeaciones y trabajos que debía revisar el fin de semana.
Los ignoré.
Me quité los audífonos y abrí el ultimo cajón del clóset.
Mis manos dudaron apenas un segundo antes de apartar unas sudaderas dobladas y sacar el paquete escondido debajo.
El plástico crujió suavemente entre mis dedos.Solté el aire lentamente.
Me senté en la orilla de la cama mirando el pañal sobre mis piernas mientras el celular seguía reproduciendo mi canción favorita.
Cerré los ojos.
Y por primera vez desde que salí de la secundaria, sentí que podía respirar de verdad.